1615 Dom XIV B – Jesús nos pide la fe que quería encontrar en su pueblo
Jesús nos pide la fe que quería encontrar en su pueblo
Mc 6,1-6
Texto evangélico
Mc6 1 Saliendo de allí se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos. 2 Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? 3 ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él. 4 Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». 5 No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. 6 Y se admiraba de su falta de fe.
Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.
Hermanos:
1. Estamos leyendo este año la vida de Jesús, que es el centro de nuestra fe, desde la perspectiva que nos da el Evangelio de san Marcos. San Marcos, con su narración sencilla, tiene una altísima teología sobre la persona de Jesús, desde el momento que comienza su mensaje, con esta verdad rotunda, que preside y dirige todo su escrito: Comienzo del Evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios.
Quisiéramos conocer la historia de este hombre del todo singular, absolutamente único. Y cuando entramos en el secreto de una persona, queremos saber los datos menudos de su historia, los aspectos de su psicología y carácter. Quisiéramos saber también cómo era su familia y el entorno de su vida. La escena de Jesús en Nazaret es como un ventanal para observar esto que vamos diciendo.
El evangelista, después de haber narrado el episodio, nos hace este comentario: Y se admiraba de su falta de fe.
No le fue bien en aquella predicación en su pueblo, y Jesús lo sintió. Podría esperar otra cosa de su gente, y parece, incluso -nos atrevemos a conjeturar – que hasta lo esperaba; pero no le resultó. Casi nos atrevemos a decir, con el lenguaje coloquial: Se equivocó; esperaba otra cosa.
2. Jesús lo lamentó con aquella célebre sentencia que les dijo a los de su pueblo: decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». Es muy duro todo esto, si lo decimos no como un principio genérico, sino como balance del trato con la gente de mi pueblo.
Ese desengaño con la propia familia, con la gente cercana a mí, es una de las experiencias más dolorosas que, no raramente el hombre de Dios, tiene que aguantar en silencio.
Pero Jesús había leído los profetas y ya sabía que a Ezequiel, que a Jeremías, y antes a Isaías les había ocurrido lo mismo. Hay que ir lejos, lejos de tu pueblo, de tu entorno para que te aprecien. El fracaso de los hombres de Dios es una triste historia que se repite en la Biblia, y que está muy duramente señalada en la primera lectura de hoy, del libro de Ezequiel. Te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos.
3. Estamos tocando un hecho absolutamente real de la vida de Jesús, que en otros aspectos le ha acompañado en el curso de toda su vida: Jesús admirada – Jesús rechazado. Admirado y seguido con delirio – Rechazado a tal grado que el rechazo popular que había sido manipulado por las autoridades oficiales, justificó socialmente la condena a muerte.
Ahora bien, en su aldea de Nazaret, y en todo su pueblo de Israel, hay otro hecho innegable que fortifica poderosamente nuestra fe. El mismo evangelista Marcos, al hacer el balance e la visita a Nazaret, tiene que dejar constancia de otro dato positivo, que fue entonces, que siguió siendo en su vida, que continúa siendo hoy. Jesús rechazado, siempre encuentra quien le acoja. Esto pasó en Nazaret, y esto nos pasa hoy.
No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Extraña forma de narrar: no pudo hacer allí ningún milagro, pero sí hizo algunos. Para hacer milagros se necesita fe; en Nazaret no había fe, pero sí hubo fe. Hubo enfermos humildes que acudieron a él, y Jesús tuvo piedad de ellos, porque vio su sencillez y su fe: les impuso las manos y los curó.
4. Para ir sacando nuestras propias conclusiones, para ser nosotros del grupo de esos enfermos, con los cuales Jesús se sintió a gusto, y les impuso las manos y los curó, sigamos nuestra reflexión.
La fe de la criatura, la fe que es abandono y confianza, viene a ser el origen del poder de Dios. Entendámonos. Dios es el todo poderoso; pero Dios no es un mago que ejercita su poder para dejar a la gente viendo visiones. Dios es el todopoderoso para aquel que le acoge con fe y con amor.
En la fe lo tenemos todo. La fe es una actitud de humildad, de confianza y de abandono. La fe es decirle al Señor: Dios mío, tú eres el todopoderoso; yo creo en tu poder y yo creo en tu bondad; yo creo en tus palabras y creo en tu silencio. Es lo mismo que hables o que calles, porque de una y de otra forma tú estas presentes, y tú sabes el tiempo y el momento en que debes actuar. Sería ridículo que yo te dictara lo que tú debes hacer, porque tú eres mi Dios y yo soy tu creatura.
Hermanos, con esa fe conquistamos el corazón de Dios. Y ahora ocurre otra maravilla. Dios es sorpresa. Cuando no lo esperábamos, y del modo que no sabíamos Dios entra en escena y actúa en favor de los que tienen fe.
5. Con esto, hermanos, no quiero hablar precisamente de la pandemia, sino de toda circunstancia de vida que nos hace sufrir. La fe es la clave de la solución. Dios ve nuestro sufrimiento; Dios sabe cómo debe actuar y cuándo. Confiemos.
Sepamos pasar por todas las circunstancias. El hecho de la cercanía de ver a la familia de Jesús era un obstáculo para aquellos paisanos. Y de modo semejante, los hechos religioso y sagrados pueden ser también para nosotros un impedimento para ver la presencia de Dios en la vida.
San Pablo nos da una lección cuando, tratando de interpretar su vida, dice que él descubre a Cristo en la debilidad, en la enfermedad; no sabemos del todo cuáles eran aquellas debilidades personales que le condicionaban (se `piensa que era alguna enfermedad que impedía su apostolado). Pero, desde la experiencia de fe, Pablo nos ha podido decir: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte".
Hermanos, dirijamos nuestra mirada a Jesús, para poder decirle como resumen del mensaje de este Evangelio:
Señor Jesús, que estabas esperanzado una fe generosa de tus compaisanos y no la encontraste, cambie nuestro corazón para que puedas encontrar en nosotros, en mí, esa fe que tú mereces, esa fe que es la verdadera respuesta de mi vida a tu amor. Amén.
Madrid, viernes 2 de julio de 2021.
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