Cuando tú resucitaste
¿Qué nos pasa, Dios mío…?, ¿qué nos pasa?
Un extraño desosiego agita el corazón. ¿Esto se llama crisis? ¿De la buena o de la mala…?
Montones de documentos, bellos y lúcidos, bien pensados (yo mismo, pecador, escribo…)
¿Qué nos pasa, Dios mío…?, ¿qué nos pasa?
“Raíz de este proceso transformador: el empobrecimiento espiritual y la pérdida de sentido que lleva a vivir en un nihilismo sin drama. El olvido de Dios, la indiferencia religiosa, la despreocupación por las cuestiones fundamentales sobre el origen y destino trascendente del ser humano, influyen en el comportamiento moral y social de los individuos. Muchos autodenominados creyentes viven y organizan su existencia «como si Dios no existiera».
La vivencia religiosa, la fe en Dios, aporta claridad y firmeza a nuestras valoraciones éticas. La vida humana se enriquece con el conocimiento y aceptación de Dios, que es Amor y nos mueve a amar a todas las personas. La experiencia de ser amados por un Dios que es Padre nos conduce a la caridad fraterna y, a la vez, el amor fraterno nos acerca a Dios. Con el empobrecimiento espiritual va aparejada la pérdida de sentido, que desemboca en el vacío existencial y en el aburrimiento, el no ser capaces de saciar la sed de felicidad a pesar de disponer de más medios y posibilidades que nunca”.
(Obispos españoles, Fieles al envío misionero, Cap. 2. Una mirada al contexto actual de aceleración de las transformaciones en la sociedad española y en la Iglesia. Una sociedad desvinculada).
Oh Jesús, te hablo desde el silencio dolorido. Escucha, en tu misericordia, palabras, que quieren ser anhelo y amor. Tú lo sabes. Ante nadie me defiendo; ante nadie porfío. Pero, en la suma indigencia – y también en abandono y confianza – quisiera compartir. Por eso - ¡ten piedad, Dios mío! – por eso, escribo.
Espíritu de consuelo, ven e inspira mi confessio fidei.
Cuando tú resucitaste
no te fuiste a hacerte Nada,
a lo lejos infinito
para ser Fuera olvidada.
Al contrario, tú viniste
a lo íntimo del alma
para ser uno conmigo,
sin espacio, sin distancia.
Y eres el Tú de mi vida
más que el Yo que me traspasa;
eres Yo sin deshacerme
más presente que mi cara.
Quiero volver a mí mismo
para encontrarte en tu casa,
y vivir donde tú estás
en tu divina morada.
Dios y el hombre, tan unidos
morando en la propia estancia,
Dios transcendiendo y viviendo
en el cielo y en mi barca.
Ante tus ojos confieso,
Jesús, la fe que me salva:
Que eres presencia inmanente
con tu Pasión y tu Pascua.
Que viviendo en ti y el Padre,
hoy hasta mí te dilatas,
que en el Espíritu eres
Dios conmigo, Dios de gracia.
Eres Tú, sin ser el mundo,
que el mundo un día no estaba,
eres Tú, estando en mí,
Dios plenitud que me ama.
Soy tu amor existenciado,
nacido de tu Palabra,
amor para eterno Amor,
abandonado en confianza.
Nada tengo y tengo a Dios,
mi entraña divinizada,
no soy líquido que fluye,
soy palabra enamorada.
Soy historia humildemente
por él vivida y pensada,
acaso en próximo tránsito
por ser ya octogenaria.
Tu santa Divinidad
en carne experimentada,
sea mi fe credencial,
mi identidad consagrada.
Dame paz suave y tranquila
bajo tus divinas alas,
un vientecillo de cielo
en mi alma acurrucada.
Jesús, que sepa escribirte,
en prosa muy limpia y clara,
y que viva cuanto digo
sin darme nunca importancia.
O, más sencillo, Jesús,
que sepa amarte sin tasa,
sin pleitos de pensamientos,
sin pretender la batalla.
Jesús, me quedo en silencio,
que he comulgado, ¡oh, gracias!;
habla tú, que yo te escucho,
yo adoro: tú, Dios, ¡habla! Amén.
Madrid, viernes en Jesús de Medinaceli, 30 julio 2021.
No hay comentarios:
Publicar un comentario