Parroquia de San Juan Bautista, Tezontepec, Hgo.
Jubileo Parroquial
del 31 de Marzo al 15 de junio
Congreso Eucarístico Parroquial 2024 (4
etapas)
7mo. Aniversario
de Adoración Perpetua
"Señor has de
mi tu fiel Adorador, hasta que mi corazón descanse en ti."
EL
SILENCIO
(ANTE LA
EUCARISTÍA)
Introducción
Con la gracia de
Dios me dispongo a compartir con ustedes unos pensamientos espirituales en
torno a estas dos palabras: Silencio ye Eucaristía.
Antes de entrar
directamente en tema, déjenme expresar con cortesía y sinceridad el agrado que
siento por poder estar entre ustedes y rendir este homenaje a Jesús Eucaristía.
Seguramente que la invitación vino porque algunos de ustedes acudieron al
Congreso Eucarística nacional que en el mes de noviembre se celebró en la
ciudad y diócesis de Cuautitlán. El himno que allí se cantó me lo habían
encargado a este servidor de ustedes, y un maestro competente le puso la música
vibrante, que allí resonó. La dirección me invito a que presentara la letra del
Himno. Sin papeles escritos lo hice, y di testimonio de que mi padre, que murió
muy joven, cuando iba a cumplir 40 años, era de la Adoración nocturna. En
aquella fecha yo ya había ingreso en el Seminario, como Niño Seráfico. Les
conté qué impresión me producía mi padre cuando yo de pequeño le veía que
volvía del campo con el cansancio del día y como tocaba la adoración, no
faltaban. Sin palabras aquel ejemplo, aquella fe que yo veía en él, penetró en
mi corazón. Murió tan joven y en el altar de mi corazón yo siempre lo he tenido
por un santo. Me hace ilusión cuando en el libro de la adoración nocturna de
España hay unos himnos (crep que son cinco) que, sin haberlos presentado yo,
son himnos de mi autoría. Sin que nadie lo haya pretendido me parecen que son
un bello homenaje eucarístico a mi padre.
Estas circunstancias
afectivas, que las puedo referir con sencillez, provocan en mí un especial
agrado cuando se tratar de venerar al santísimo Sacramento del altar. Acaso por
todo ello, me pidieron un himno para este Congreso Eucarístico Parroquial, y
ahora voy a tener el gusto de oírlo cantar con las voces enamoradas de un coro
competente. Gracias por todo ellos.
Así las cosas, pasemos
directamente al tema que nos ocupa: el silencio en torno a la Eucaristía. La
Eucaristía es un misterio, el misterio cristiano esencial, que contiene todos
los misterios, misterio envuelto en el silencio. Adorar es amar en silencio,
porque no hay palabras que puedan expresar la admiración a lo infinito, que
provoca algo que sobrepasa todas nuestras capacidades de conocimiento y de
adhesión.
I - Primer punto: la Eucaristía, secreto del arcano
La Iglesia ha
entendido que la Eucaristía es el secreto del arcano, que debe guardarse en
silencio, y que no puede declararse sino a los iniciados, cuando ya van adelantados
en su camino de la fe.
Jesús nos
advirtió: “No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los
cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para
destrozaros” (Mt 7,6). ¿A quién puedo decir yo que el Hijo de Dios está en la
Eucaristía y que este sacramento de amor es real y verdaderamente la
celebración de la Pasión, muerte y Resurrección de Jesús, que vive y reina con
el Padre en los cielos? Me dirán, como lo más suave, que estoy loco, que estoy
viviendo una fantasía que a nada conduce.
Efectivamente, la
Eucaristía es la locura de Dios por sus Hijos. Es el Sacramento del Gran Deseo,
es el remate de toda la obra divina de Dios con sus hijos, es la desembocadura
del misterio de la Encarnación, es la herencia que Dios ha dejado en la tierra
hasta su vuelta; es la última palabra que Dios nos ha dado y que nunca se podrá
agotar. La Eucaristía dice el Concilio, hablando a los Presbíteros, contiene
todos los bienes. Esto es lo que celebramos, lo que palpamos, lo que tocamos,
lo que comemos y bebemos.
A uno que ha
vivido en el paganismo, que ha venerado a los dioses paganos, yo no se lo puedo
decir de repente, porque a lo mejor me entendería que estoy hablando de un
nuevo dios que aparecido en el Olimpo. Los griegos, a los que Pablo predicaba tenían
muchos dioses:
1. Zeus, dios del
cielo y soberano del Olimpo
2. Poseidón, dios
de los mares y océanos
3. Hades, dios
del inframundo
4. Hermes: el
mensajero de los Dioses
5. Hera: Reina de
los Dioses
6. Hefesto: Héroe
de los Dioses
7. Dioniso: dios
del vino y de la vida
8. Atenea: diosa
de la sabiduría
9. Apolo: dios
del Sol
10. Artemisa:
diosa de la caza
11. Ares: dios de
la Guerra
12. Afrodita:
diosa de la belleza y el amor
Y en estos dioses
estaban todos los mitos y pasiones de los hombres: el poder, la lujuria, la guerra,
la venganza. Y estos dioses veneraban plebeyos e intelectuales, mentes
privilegiadas que podían escribir poemas y tragedias de la actuación de la
divinidad con los mortales.
San Pablo, cuando
fue a Atenas, a evangelizar, encontró un altar con una dedicatoria misteriosa:
Al Dios desconocido. No queremos ofender a otros pueblos y a lo mejor hay otro
dios poderoso que nosotros no conocemos.
Y con este
panorama, con estas enseñanzas que han recibido los ciudadanos, ¿yo voy a decir
que hay un Dios Eucaristía, que se ha hecho comida en el pan y bebida en el
vino, y yo como el Cuerpo del Dios verdadero y bebo la Sangre de un Dios que ha
muerto por mí? O será un dios más para el Olimpo o una locura que de plano hay
que rechazar.
En la primera
generaciones cristianas solo después del bautismo eran admitidos a la
Eucaristía; de manera que en la reunión o synaxis sagrada los catecúmenos
asistía a las lecturas y homilía, y, terminada esta primera parte, el Obispo
decía: Salgan los no bautizados. No estaban todavía preparados para entender el
secreto del arcano. Silencio, adoración ante el sublime misterio.
Hay otro hecho
para entender lo mismo. Cuando se estudia la arqueología cristiana, vemos que
los primeros crucifijos tardaron siglos en aparecer. Hasta el siglo IV y V no
se venera a Jesús en la Cruz. ¡Cómo voy a representar yo a crucificado desnudo,
que es la imagen de un malhechor como emblema de la religión que profeso! Hoy
nos parece tan natural y hermoso el ver a Jesús en la cruz de esa forma, y
hasta nos infunde piedad…, pero, repito, para llegar a esta imagen pasaron
muchas generaciones.
De todo cuanto vamos
diciendo se desprende una conclusión: asombro ante la Eucaristía.
Hace 20 años, el
Jueves Santo del año 2003, el Papa San Juan Pablo II escribió una hermosa
encíclica Ecclesia de Eucharistía, y
allí nos habló del decoro y asombro ante la Eucaristía, pensamiento repetido
posteriormente por los Papas siguientes. “Como la mujer de la unción en
Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de « derrochar », dedicando
sus mejores recursos para expresar su reverente
asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía” (n.
48).
El asombro es el
primer contacto místico ante lo divino. En el Congreso Eucarístico Nacional,
citado al principio, lo que más me impresionó fueron los gestos de adoración,
al exponer el Santísimo Sacramento, en el salón, cuando la mesa de presidencia
se transformada en altar: cómo muchos fieles, lo mismo mujeres que hombres, se
acercaban de rodillas para adorar a Jesús con una reverencia que era muy
visible en las posturas humildes de adoración.
La Eucaristía es
lo más adorable que tenemos en la tierra. No podemos transformarla en
espectáculo. Esas misas televisadas, a veces con millares de asistentes en un
stadium, no puede ser espectáculo sagrado. Es otra cosa diferente y muy
distinta.
Me vienen a la
memoria las palabras que escribía san Francisco en una carta dirigida a toda la
Orden: “¡Tiemble el hombre entero, que se estremezca el mundo entero, y que el
cielo exulte, cuando sobre el altar, en las manos del sacerdote, está
Cristo, el Hijo del Dios vivo (Jn 11,27)! ¡Oh admirable
celsitud y asombrosa condescendencia! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad
humilde, pues el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, de tal manera se
humilla, que por nuestra salvación se esconde bajo una pequeña forma de
pan! 28Ved, hermanos, la humildad de Dios y derramad
ante él vuestros corazones (Sal 61,9); humillaos también vosotros para
que seáis ensalzados por él (cf. 1 Pe 5,6; Sant 4,10). 29Por
consiguiente, nada de vosotros retengáis para vosotros, a fin de que os reciba
todo enteros el que se os ofrece todo entero”.
II - Jesús, Palabra de Dios y Silencio de Dios
Ahora, de la
Eucaristía, vamos a hacer memoria de lo que fue la vida de Jesús, a quien
confesamos Hijo de Dios, y al Hijo de Dios lo llamamos Palabra de Dios. Jesús
vino al mundo para entregarnos la Palabra de Dios, más aún, para entregarnos la
última Palabra de Dios. De modo que después de que Jesús habló Ds no tiene más
que decir, porque en su Hijo Jesús nos lo ha dicho todo. Hay unas frases
célebres de san Juan de la Cruz: ““Porque en darnos como nos dio a su Hijo, que
es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en
esta sola palabra, y no tiene más que hablar”.
Es equivocado
decir que después de Jesús Dios nos reveló nuevas verdades que no las había
revelado en Jesús. Cosa diversa es pensar que el Espíritu Santo nos ha ido
recordando y explicando y aclarando lo que en un primer momento lo que los
Apóstoles no habían entendido.
Así, pues, Jesús
es el revelador total del Padre. ¿Qué nos revela? Quién es Dios: nos revela que
Dios es su Padre y nuestro Padre, revelación no alcanzada en el Antiguo
Testamento. Nos revela quién es él. Y nos revela quiénes somos nosotros. He
aquí la revelación completa. Pero al acércanos a los Evangelios, encontramos
dos hechos sorprendentes.
Primero: Que en
ocasiones, al hacer un milagro, al manifestar de una manera esplendorosa que él
irradia la divinidad, manda, y manda de una manera enérgica y taxativa, que no
lo digan a nadie; manda guardar silencio.
Los exegetas han hablado del “secreto mesiánico” que Jesús impone. Un
secreto, si es secreto, no se puede decir.
Segundo: Que al leer los Evangelio por una parte (Mateo Marcos, Lucas) y el cuarto Evangelio por otra parte (el cuarto Evangelio o Evangelio de Juan) el lenguaje de Jesús es diferente. En los Sinópticos el lenguaje de Jesús es el lenguaje de las parábolas, es el lenguaje de la vida, con mucha frecuencia con dichos incisivos, cortantes, paradójicos. En cambio, en el lenguaje del cuarto Evangelio Jesús habla como un revelador celestial, y con palabra mayestáticas y sublimes que no pertenecen al lenguaje cotidiano. Allí encontramos, por ejemplo, un misterio “Yo soy”, como el Yo soy Yahveh de las manifestaciones de Dios en el Antiguo Testamento: Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida; Yo soy el pan bajado del cielo, el que me come vivirá eternamente. Parecen dos tipos de Evangelios distintos, que hay que considerar aparte.
Aclaremos ahora
eso primero que hemo dicho: Jesús impone silencio. He aquí lo que cuenta Marcos
en uno de los primeros milagros, y con palabras semejante lo repite Mateo. Pero
es más gráfico Marcos:
“40 Se le acerca un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres,
puedes limpiarme». 41 Compadecido, extendió la mano y lo tocó
diciendo: «Quiero: queda limpio». 42 La lepra se le quitó
inmediatamente y quedó limpio. 43 Él lo despidió, encargándole
severamente: 44 «No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a
presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para
que les sirva de testimonio». 45 Pero cuando se fue, empezó a
pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar
abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun
así acudían a él de todas partes” (Mc 1,40-45).
La orden de silencio
es severa: encargándole severamente: 44
«No se lo digas a nadie. Por respeto a la Ley Jesús ordena que se presente
al sacerdote.
El evangelista
nos relata la conducta del enfermo curado: No obedeció a Jesús, porque creyó
que las obras de Dios había que proclamarlas con resonancia. Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el
hecho.
El lector se
pregunta: ¿Por qué Jesús dio esa orden severa?
No creo que se pueda dar una respuesta táctica: Para que m dejen
tranquilo… La razón tiene que ser más profunda: Si Dios está haciendo esta obra
por mí, que lo cuente Dios mismo. Esto no es un negocio que se vende con
propaganda. El Reino de Dios es sagrado y solo Dios lo puede entregar. Jesús nunca va a hacer un milagro para
recabar una ventaja para sí mismo. La gloria de Dios tiene que brillar ella
sola y por sí sola. Es un criterio que
lo tiene que tener muy claro la Iglesia. No podemos hacer marketing. No podemos
hacer propaganda con las cosas de la Fe. El Evangelio ha de ir lleno de milagros,
y Dios puede hacer milagros por nuestras manos. En la misión a los Doce, cuando
Jesús les envía a predicar, a preparar el camino, les dice: Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. 8
Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis
habéis recibido, dad gratis (Mt 10,7-8). El anuncio va acompañado de
milagros, pero que sea Dios mismo el que actúe y convenza. Dejémoslo todo en
sus manos. A renglón seguido dice el mismo Evangelio de la misión: “9
No os procuréis en la faja oro, plata ni
cobre; 10 ni tampoco alforja para el camino, ni dos túnicas, ni
sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento (vv. 9-10). Hay un
Dios en el cielo que es Padre y va a proveer.
Este episodio que
hemos mencionado, no es un ejemplo aislado; es un modo de conducta que se
repite. He aquí otro episodio de los Sinópticos:
“22
Llegaron a Betsaida. Y le trajeron a un ciego* pidiéndole que lo
tocase. 23 Él lo sacó de la aldea, llevándolo de la mano, le untó
saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: «¿Ves algo?». 24
Levantando los ojos dijo: «Veo hombres, me parecen árboles, pero andan». 25
Le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró: estaba curado y veía
todo con claridad. 26 Jesús lo mandó a casa diciéndole que no
entrase en la aldea” (Mc 8,22-26).
Órdenes que parecen imposibles de cumplir. Yo estaba ciego y ahora veo, ¿cómo lo voy a ocultar…! Nos quedamos, pues, atónitos ante ese misterio que Jesús lleva consigo
Lo que vamos
diciendo nos va a resultar más secretos si pasamos al episodio de la Transfiguración,
que nos cuentan con esplendor Mateo, Marcos y Lucas. La vida de Jesús va
avanzando. El Maestro ha producido un enorme entusiasmo, pero es verdad que con
el entusiasmo va el rechazo. Y esta oposición se ha acentuado entre los
dirigentes. Otros que al principio fueron discípulos se van retirando, como
dice Juan al narrar la multiplicación de los panes. En la vida de todo ser
humano hay momentos fuertes, que requieren pausa, reflexión y oración. Y bien
podemos situar el episodio de la Transfiguración como uno de esos momentos de
la vida de Jesús. Jesús necesita orar, y para nuestra sorpresa escoge a tres
confidentes, a los mismos que va a escoger en el momento del huerto de la
agonía. Jesús no ha ido al monte a transfigurarse, a vivir una especie de
espectáculo sagrado, que apoye a los confidentes en el momento de la prueba.
San Lucas nos dice con palabras claras y explícitas para qué fue al monte Jesús
“Unos ocho días
después de estas palabras, tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto
del monte para orar” (Lc 9,25). Los tres primeros Evangelios nos cuenta la
confesión de Pedro. A la confesión de Pedro sigue un mandato y el primer
anuncio de la Pasión: “Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie, 22
porque decía: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por
los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer
día»” (Lc 9,21-22). Inclusive Lucas coloca aquí unas frases tajantes del
seguimiento dirigidas a todos: “Entonces decía a todos: «Si alguno quiere venir
en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su
cruz cada día y me siga. 24 Pues el que quiera salvar su vida la perderá;
pero el que pierda su vida por mi causa la salvará” (vv. 23-24).
En tales
circunstancias Jesús tiene la necesidad de retirarse a orar. Es la hora de la
prueba, para él y para los que quieran seguirle. Jesús no sabe lo que va a
ocurrir. Necesita orar como el pan de cada día. Y he aquí que durante la
oración lo que llevaba adentro sale afuera. Llevaba adentro la intimidad con el
Padre, que convierte su alma en alma luminosa. Llevaba adentro una conversación
misteriosa; llevaba los testigos de la fe que le habían precedido en el camino
de Dios. San Lucas nos ha dicho de qué conversaban.
“29 Y,
mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de
resplandor. 30 De repente, dos hombres conversaban con él: eran
Moisés y Elías, 31 que, apareciendo con gloria, hablaban de su
éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén. 32 Pedro y sus compañeros
se caían de sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria y a los dos hombres
que estaban con él. 33 Mientras estos se alejaban de él, dijo Pedro
a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una
para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No sabía lo que decía. 34
Todavía estaba diciendo esto, cuando llegó una nube que los cubrió con su
sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube. 35 Y una voz
desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo». 36
Después de oírse la voz, se encontró Jesús solo” (Lc 9,29-36).
No había pasado
nada, habiendo `pasado todo. Ahora todo era igual; ningún resplandor, ningún personaje
misterioso: Jesús, Pedro, Santiago y Juan. Esto es la vida. No pasa nada; lo
ordinario, lo cotidiano es la crónica del día, Pero, a lo mejor, por dentro uno
ha tenido una Transfiguración, o una conversión, que es algo semejante. Lucas concluye:
“Ellos guardaron silencio y, por aquellos días, no contaron a nadie nada de lo
que habían visto” (v. 38).
Pero san Marcos
nos dirá por qué no contar nada a nadie, ni siquiera sus otros compañeros
apóstoles. “Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que
habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. 10
Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de
entre los muertos” (Mc 9,9-10). Tornamos a la misma reflexión: las cosas de Dios
las tiene que contar Dios mismo. Hay un silencio que cubre el misterio del
hombre), un silencio que nos acompaña en el camino espiritual de nuestra vida,
en suma, un silencio que viene de Dios y que debemos hablarlo con Dios.
Jesús lleva un
secreto de silencio, pero definitivamente rompe su silencio en la Pasión donde
abiertamente declara lo que es y acepta la condena pro ser el Hijo de Dios.
“El sumo
sacerdote, levantándose y poniéndose en el centro, preguntó a Jesús: «¿No
tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».
Pero él callaba, sin dar respuesta. De nuevo le preguntó el sumo sacerdote:
«¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?». Jesús contestó: «Yo soy. Y veréis
al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes
del cielo». El sumo sacerdote, rasgándose las vestiduras, dice: «¿Qué necesidad
tenemos ya de testigos?» Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?». Y todos lo
declararon reo de muerte. (Mc 14,60-64).
Esta es
declaración más importante de Jesús. Esta es la única palabra, según san
Marcos, que Jesús ha dicho ante el Sanedrín. Ya no hay nada que ocultar. Ante
la suprema autoridad judía, que representaba la alianza de Dios con su pueblo,
nada tiene que ocultar, y a voz unánime lo declaran reo de muerte. El texto
sagrado continúa trágicamente: “Algunos se pusieron a escupirlo y, tapándole la
cara, lo abofeteaban y le decían: «Profetiza». Y los criados le daban
bofetadas” (v. 65). Y esta palabra de Jesús, tras su silencio, es la que ha
pasado a la Iglesia. Sería un diálogo traidor, si la Iglesia quisiera
presentarse como una Palabra más, como una oferta entre otras. Con humildad y
corrección, sin prepotencia, la Iglesia no puede ocultar que en su corazón
lleva al mundo una palabra única y definitiva: que Jesús y solo él es la
Palabra salvadora. Acaso, como a Jesús le respondan con insultos y bofetadas,
pero su verdad es esa: que Jesús, Hijo de Dios, es el Salvador.
Y ahora podemos
entender mejor por qué san Juan escribe un Evangelio distinto, con un Prólogo
revelador. El Evangelio de Juan comienza: “En el principio existía el Verbo, y
el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios” (1,1). El Verbo, la Palabra,
no es la segunda persona de la Santísima Trinidad; el Verbo es Jesús de Nazaret.
Y todo el Evangelio,
para el lector cristiano – no para el pagano – va a estar transido de esta luz.
Jesús es, ante todo, el Revelador de Dios: “Yo y el Padre somos uno”, puede
decir. “2Mi Padre, lo que me ha dado, es mayor que todo, y nadie
puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. 3Yo y el Padre somos uno»*
(Jn 10, 29-30). Claro que el lenguaje de Jesús es distinto en los Sinópticos y
en Juan. El personaje es el mismo, y la verdad es igual; lo que ocurre es que
ahora, a través de las páginas de Juan, estamos escuchando al Jesús de la
historia que habla hoy a la iglesia desde el cielo, desde su resurrección.
Así, pues, la
vida de Jesús es una evidente, gloriosa y salvadora Palabra desde un misterioso
silencio. Solo la Fe hace el contacto.
III - La Eucaristía, Presencia, Palabra y Silencio
Vengamos ahora al
momento en que nace la Eucaristía y se entrega a la Iglesia para manifestar
cómo la Eucaristía es un misterio, el Misterio del Señor, que es presencia y
Revelación, Palabra y Silencio.
Como bien
sabemos, la Eucaristía nace en la celebración de la cena Pascual, que todo fiel
israelita celebraba. Tantas veces cuantos años de vida había celebrado Jesús la
Cena pascual, primero con su familia, luego con el grupo de los apóstoles. Con
todo no ha quedado el recuerdo sino de una, que es la última Cena del Señor.
Esta Cena había sido preparada proféticamente, como la entrada mesiánica en
Jerusalén.
Venimos a Marcos:
“32 El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero
pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a
prepararte la cena de Pascua?». 13 Él envió a dos discípulos
diciéndoles: «Id a la ciudad, os saldrá al paso un hombre que lleva un cántaro
de agua; seguidlo, 14 y en la casa adonde entre, decidle al dueño:
“El Maestro pregunta: ¿Cuál es la habitación donde voy a comer la Pascua con
mis discípulos?”. 15 Os enseñará una habitación grande en el piso de
arriba, acondicionada y dispuesta. Preparádnosla allí». 16 Los
discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había
dicho y prepararon la Pascua” (Mc 14,32-36). Lucas nos dirá que estos dos
discípulos fueron Pedro y Juan, lo cual tiene su significado.
Es, pues, Jesús
el que dirige los acontecimientos. De nuevo Lucas nova a dar la clave esencial
para esta Cena como la Cena del Gran Deseo. Oigamos:
“14 Y cuando llegó la hora, se sentó a la mesa y los apóstoles con él
15 y les dijo: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua
con vosotros, antes de padecer, 16 porque os digo que ya no
la volveré a comer hasta que se cumpla en el reino de Dios». 17 Y,
tomando un cáliz, después de pronunciar la acción de gracias, dijo: «Tomad
esto, repartidlo entre vosotros; 18 porque os digo que no beberé
desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios». 19
Y, tomando pan, después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo
dio, diciendo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en
memoria mía». 20 Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz,
diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por
vosotros” (Lc 22,14-20).
Las primeras
versiones, de Marcos y Mateo, se utiliza en la consagración del vino la
expresión “pro multis”. La Iglesia desde
tiempo inmemorial utiliza la fórmula: “qui
pro vobis et pro multis effundetir in remissionem peccatorum”. No es el
momento de hacer una disquisición teológica de un tema, decidido pro la
Iglesia, y estudiado con la mayor precisión y competencia. Lo que sí debemos tener en cuenta es que
Jesús, mediante sus palabras, y la entrega del “Comed” y del “Bebed” actualiza
de un modo nuevo y definitivo el sentido de la Pascua, haciendo que el don de
sí mismo sea el verdadero sentido de la Pascua; y además, al decir, que la
sangre es derramada “pro multis”,
está refiriéndose al Siervo de Yahweh (Is 53,11), que es entregado para el
perdón de los pecados. Mirada, pues, esta Cena Pascual, desde la altura de vida
de Jesús, y hoy desde la altura de la vida de la Iglesia, confesamos y decimos:
Primero: Esta Cena del Señor
en la cual él se entrega es la desembocadura de toda la vida del Señor, es
decir, de todo el misterio de la Encarnación; y con ello la desembocadura de
toda la historia de la salvación, desde la creación del mundo.
Segundo: Y también, al
decir y mandar que hagamos esto en memoria suya, nos revela que toda la
magnitud de la fe está revelada y contenida en el Sacramento, hasta su vuelta.
Todo Jesús y su obra lo tenemos los cristianos en la celebración de la
Eucaristía, en la Fracción del Pan, en el Sacrificio de la Santa Misa. Jesús
Resucitado, Jesús pascual, está plena y eficazmente en el Sacramento – mysterium fidei – que celebramos: Este
es el Sacramento de nuestra Fe.
Tercero: Y, en
consecuencia, al comer el Pan, al beber el vino, Jesús nos da un tipo de unión
con él mayor que el cual no puede darlo.
Estamos
acostumbrados a decir que la Eucaristía es uno de los siete sacramentos. Quizás
no sea correcto este lenguaje. Ahora desde el Concilio se ha puesto en marcha
otra expresión: la Eucaristía es la fuente y culmen (Fons et culmen) de la
Iglesia. Eso lo entendemos mejor.
Y como estamos
hablando del Silencio, bien podemos decir: La Eucaristía, misterio sin fondo,
es el misterio del silencio de Dios, al mismo tiempo que es la última Palabra
de Dios, hasta la vuelta de su Hijo.
En este momento y
antes de pasar a la Adoración de la Eucaristía presente en el Sagrario o
llevada en procesión o expuesta en la Custodia, quiero traer un texto célebre
de San Ignacio de Antioquía, mártir sobre el año 110 de nuestra era, Padre
Apostólico de primera categoría. En su Carta
a los Efesios escribe:
“XV. Más vale callar y ser que hablar y no ser. Está bien enseñar,
si aquél que habla hace. No hay, pues, más que un solo maestro, aquél que
"ha hablado y todo ha sido hecho" y las cosas que ha hecho en el
silencio son dignas de su Padre. 2. Aquél que posee en verdad la palabra de
Jesús puede entender también su silencio, a fin de ser perfecto, a fin de obrar
por su palabra y hacerse conocido por su silencio. Nada es oculto al Señor,
sino que hasta nuestros mismos secretos están cerca de Él. 3. Hagamos, pues,
todo como aquellos en quienes Él habita, a fin de que seamos sus templos, y que
Él sea en nosotros nuestro Dios, como en efecto lo es, y se manifestará ante
nuestro rostro si lo amamos justamente”.
Desde este
mensaje nace un gran tema en la literatura espiritual del siglo II: El Silencio
de Dios. De él hablan san Justino y san Ireneo.
Retengamos esta
frase de san Ignacio: Aquél que posee en verdad la palabra de
Jesús puede entender también su silencio, a fin de ser perfecto.
¿A qué se refiere
este silencio de Jesús, que dice san Ignacio, por el cual ha obrado obras
dignas de su Padre? Las interpretaciones son múltiples: la vida oculta: la
mayor parte de la vida de Jesús es silencio; la prohibición de publicar sus
milagros, como hemos visto; el silencio de la Pasión ante Pilatos; o, quizás más
atinadamente, el silencio de la divinidad ante los sufrimientos de la humanidad
del Redentor: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado…?
De cualquier manera,
este silencio salvífico de Jesús, que agrada al Padre, nos invita a pensar que
las obras de Dios no van de acuerdo con la espectacularidad y propaganda. La
creación entera es un misterio canto de silencio, pues por medio de ese
silencio el cielo pregona la gloria de Dios y el firmamento la obra de sus
manos.
Si nos acercamos a la Eucaristía, al punto advertimos que es un infinito misterio de silencio. Que al Eucaristía es infinitamente más que lo que se puede decir, y que ante este misterio mejor que hablar es callar, es decir adorar. Paso, pues, a tratar este aspecto: La adoración al Santísimo Sacramento.
IV - Un adorador: LAS PALABRAS DEL SILENCIO
Quiero hablar de
este punto no con palabras mías, sino con el ejemplo edificante, de un adorador
nocturno, un nombre de mi tierra de La Rioja, en España, que ustedes
seguramente no han oído: Alberto Capella Zuazo.
He aquí cómo la
Hoja informativa diocesana para su canonización presenta la figura de este
cristiano, padre de familia, labrador, adorador nocturno:
Nace en Santo Domingo de la Calzada, La Rioja, el 7 de agosto de
1888. Contrae matrimonio con Isabel Arenas Mahave el 30 de junio de 1909.
Labrador y padre de ocho hijos. Muere santamente en su ciudad natal el 24 de
febrero de 1965. Vive una vida cristiana corriente hasta que se convierte de
lleno a Dios, en 1919.
A los pocos meses ingresa en la Adoración Nocturna. Su temple de
Adorador queda avalado por los 15 años de Presidente, 660 noches ante el
Santísimo, y su promoción a Veterano y Veterano Constante. A su extraordinario
amor a la Eucaristía y a la Virgen, une inseparablemente su predilección por
los pobres. Les construye un refugio en 1928, que él llamará “recogimiento”,
donde personalmente les atiende hasta su muerte: “¡Cuántas veces he tenido la
gran dicha de llevar a Cristo sobre mis espaldas en la persona del pobre!”.
Todo en su vida lo valora a la luz de la fe. Un seglar de nuestro tiempo que
cuidó la oración y el amor a sus hermanos los pobres. San Juan Pablo II el 6 de abril de 2000 el Decreto de Virtudes
Heroicas, por ello ya es Venerable. ¡Ahora es cuando más se necesita orar
con fe para obtener ese milagro que la Iglesia exige para su Beatificación.
Testimonio en torno a sus escritos:
Este labrador
tuvo su confidente espiritual, su director espiritual, un religioso claretiano
que vivía en la comunidad que tenían en aquel pueblo de Santo Domingo de la
Calzada. Con el correr de los años este P. Arroyo, claretiano (Hijo del Corazón
Inmaculado de María. De S. Antonio María Claret) pudo contarnos algunas
confidencias.
Como confesor,
amigo y primer admirador de Alberto Capellán fui quien empujó a éste a que
escribiera los dos cuadernos autobiográficos. Muerto ya el biografiado, fui
también yo quien indicó a sus hijos que escribiesen cuantos datos y noticias
recordasen de su padre, pues no era justo que desapareciese con los años el
testimonio de una vida tan cristianamente ejemplar.
En enero de 1943, le ordena el P. Arroyo trasladar al papel lo más sobresaliente de su vida. Puntualmente, un mes después, Alberto entrega un cuaderno, escrito de su puño y letra. Al P. Arroyo le debió temblar el corazón al leer en aquellas páginas el alma santa y apostólica de su dirigido. El P. Arroyo comenta: “Yo veía que Alberto llevaba muchos años de vida santa. Sabía que se pasaba los días en continua unión con Dios. Le veía pasar por los campos con el pretexto de verlos, completamente abstraído. Yo iba tras ese mundo secreto que en él se adivinaba. No sé por qué me forjaba la idea de que Alberto era capaz de descubrirnos algo parecido a lo que hizo Santa Teresa al escribir su vida. Lo exterior y su conversión ya los conocía...Me interesaba enormemente su oración. ¿Cómo podía pasar días enteros y, digamos, años en aquella contemplación?”
Podemos ver cómo
Alberto Capellán bebía del sagrario en sus horas de adoración, A modo de
ejemplo, del material que se encuentra en la Hoja Informativa publicada en
Internet he podido recabar algunos pensamientos, que podemos titular: “Palabras
extraías del silencio”. Son perlas, pequeños pensamientos no de uno que ha
leído libros para escribir, sino de un labrador que ha escuchado en silencio
cómo Jesús habla desde el Sagrario.
Palabras extraídas del silencio
del Venerable Alberto Capellán Zuazo, Padre de
familia, labrador y Adorador nocturno 1888-1965
(Santo Domingo de
La Calzada, La Rioja, España). Textos tomados de la Hoja Informativa de su
causa de Canonización, boletín que se publica en la diócesis de La Rioja
(Calahorra-La Calzada y Logroño)
1)
El cielo está
también en la tierra para las almas que viven su vida en íntima amistad con
Dios por medio de su caridad y amor a los pobres. -Señor, que veamos al pobre
como el mejor libro de tu doctrina (Boletín 58,59,60)
2)
En esta vida toda
nuestra ilusión debe estar puesta en el bien obrar. La dulzura con el pobre,
debe ir acompañada de una razonable severidad, y esto aún para conservar el
prestigio que debemos tener con él y sin el cual no le podremos corregir. La
debilidad de carácter mueve al desprecio y es escarnecida por los mismos que la
explota. ¿Cuáles son los hijos insolentes y poco cariñosos?: los hijos mimados.
Cuando sea necesario, debemos doblar, romper si es preciso, la voluntad del
pobre, no con la nuestra, sino con la de Dios, que haremos prevalecer con
cristiana firmeza (Boletín 61)
3)
¿Quieres ser
feliz?: acepta todas las cosas como venidas del cielo. No te impacientes nunca
porque un deseo tuyo no se realice en el tiempo y en la medida que deseas. Vale
más la paz y tranquilidad de la conciencia que disfruta un alma que vive en
íntima amistad con Dios, que todos los placeres y riquezas que el mundo puede
dar a los hombres. (Boletín 62).
4)
Vale más la paz y
tranquilidad de conciencia que disfruta un alma que vive en íntima amistad con
Dios, que todos los placeres y riquezas que el mundo puede dar a los suyos. Las
excesivas preocupaciones terrenas nos turban la paz y nos perjudican para
pensar en Dios y en nuestros destinos eternos (Boletín 62).
5)
No tiene más
caridad el que más da, sino el que da con más amor. Si no amo a mi hermano,
permanezco en estado de muerte, es decir en pecado grave, porque solo el pecado
mortal puede quitar la vida del alma (Boletín 62)
6)
El que en el
camino de la virtud no anda hacia adelante, vuelve hacia atrás, con el peligro
o la desgracia mayor que cabe, de ser dominado o envuelto su pobre alma en la
tibieza (Boletín 62).
7)
No es suficiente
que seas sabio, además de buen cristiano, si no corriges las maneras bruscas de
tu carácter. Si haces incompatible tu celo y tu ciencia con la buena educación,
no entiendo que puedas ser Santo. Y, si eres sabio, aunque lo seas, deberías
estar amarrado a un pesebre, como un mulo.
8)
No me explico que
te llames cristiano y tengas esa vida de vago inútil. ¿Olvidas la vida de trabajo
de Cristo? ¡Ah, si te propusieras servir a Dios seriamente con el mismo empeño
que pones en servir tu ambición de riquezas, tus vanidades, tu sensualidad!…
9)
Si no eres malo y
lo pareces, eres tonto. Y esa tontería -piedra de escándalo- es peor que la
maldad. El hombre sabio dice: aleja la tristeza de ti, porque ha matado a
muchos. No es buena para nadie.
10) Las perlas vienen del fondo del mar: del agua. El oro de las
entrañas de la tierra, y las grandes alegrías de la vida, se encuentran en lo
más recóndito de un corazón contrito y quebrantado. No quieras estar triste. La
tristeza no es buena para nadie y ha matado a muchos. Un santo triste es un
triste santo.
11)
Nada hay mejor en
el mundo que estar en gracia de Dios. A veces caridad es hablar y a veces callar.
12) Decía una anciana muy pobre: si Dios da alegría, da más que si
fuera oro. La piedad malhumorada, hace más daño que la impiedad. Al amor de
Dios se va por la vía del amor a los hombres. Lo ha dicho Él: lo que hagáis por
mis hijos necesitados, a mí me lo hacéis. Si se pudiera llorar, los Santos lo
harían solo por el tiempo perdido en esta vida.
HOJA INFORMATIVA
De la Causa de Canonización del Venerable Alberto Capellán Zuazo, Padre de
familia, labrador y Adorador nocturno 1888-196
V - La adoración
a la Santísima Eucaristía es un misterio de silencio
Al idear el
detallado programa que yo he recibido para celebrar este Congreso Eucarístico
Parroquial y poner este tema de El silencio creo que pensaban, sobre todo, en
la adoración a Jesús Eucaristía en nuestras Iglesias. El Catecismo de la
Iglesia Católica con suficiente amplitud nos habla y recomienda el Culto de la
Eucaristía, citando el magisterio de los Papas, y comienza con este pasaje de
la encíclica de San Pablo VI, Mysterium
Fidei (1965), “sobre la doctrina y culto de la sagrada Eucaristía”:
“La Iglesia
católica rinde este culto latréutico al sacramento eucarístico, no sólo durante
la misa, sino también fuera de su celebración, conservando con la máxima
diligencia las hostias consagradas, presentándolas a la solemne veneración de
los fieles cristianos, llevándolas en procesión con alegría de la multitud del
pueblo cristiano” (n. 7).
Podemos ir a otra
encíclica pontifica: Ecclesia de
Eucharistia (Jueves Santo de 2003) y allí encontraremos abundantes pasajes
que nos hablan de esta maravilla que es adorar a Cristo, que ha quedado con
nosotros en el Sagrario en la exposición y en la Custodia. Y hasta se atreve a
citar su testimonio personal en un documento público. Dice:
“Es hermoso estar
con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13,
25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de
distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el «arte de la oración», ¿cómo no
sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual,
en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el
Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he
hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!” (n.
25).
Ved, hermanos, no
es ningún sentimentalismo recostar la cabeza sobre el pecho del Señor para
solicitar el consuelo que necesitamos, y obtener, como Juan, la palabra
reveladora que nos dice la verdad en ese momento de nuestra vida.
Estamos
convencidos de ello, pero el apoyo de las palabras del Papa, supremo garante de
la verdad de la Iglesia, dan una fuerza mayor a nuestras afirmaciones. Decía,
pues, san Juan Pablo II en el mismo lugar: “. El culto
que se da a la Eucaristía fuera de la Misa es de un valor inestimable
en la vida de la Iglesia. Dicho culto está estrechamente unido a la celebración
del Sacrificio eucarístico. La presencia de Cristo bajo las sagradas especies
que se conservan después de la Misa –presencia que dura mientras subsistan las
especies del pan y del vino, deriva de la celebración del Sacrificio y tiende a
la comunión sacramental y espiritual. Corresponde a los Pastores animar,
incluso con el testimonio personal, el culto eucarístico, particularmente la exposición
del Santísimo Sacramento y la adoración de Cristo presente bajo las especies
eucarísticas.” (n. 25).
Al momento de redactar
esta plática o conferencia, no me hago idea con exactitud de todo lo que
ustedes han planeado con una custodia nueva, paseando a Jesús Eucaristía por
las calles y arrimándolo a las familias. Solo veo que todo eso se ha planeado
con un amor inmenso. Y todo lo que se hace con amor fructifica.
En fin, quiero
terminar y siendo breve diré tres cosas sobre la adoración a la Eucaristía:
Primera. En el silencio de la iglesia y en la adoración a la
Eucaristía llegamos a la verdad de nosotros mismos, como en ningún otro lugar
ni como en ningún otro momento, salvo que Dios quiera hacer un milagro y nos
salga al paso en el camino, cuando iba camino de Damasco. Son los momentos
espirituales más preciosos de nuestra vida.
Segunda. En esos ratos de adoración personal, uno abre al
Biblia y la lee como nunca la había leído: ds le habla al corazón. Y en la
Adoración nocturna, además, se rezan las Horas canónicas de la Iglesia (por
ejemplo, Oficio de lectura o Laudes), y uno cae en la cuenta de que tenemos
unos tesoros preciosos, que podemos aprovechar y Dios nuestra Padre nos los
regala.
Tercera. Cuando estamos solo y pensamos es cuando más ganas nos
viene de ayudar a los demás a medida de nuestras fuerzas. Y de la adoración
nace la verdadera caridad y la verdadera comunión.
Concluyo: Enhorabuena
a todos sacerdotes y segarles, hombre y mujeres, que han preparado estas
jornadas. Siéntanse muy bendecidos por el Señor.
Alabado sea el
Santísimo Sacramento del altar y la bienaventurada Virgen María, Madre del
Señor, por la cual nos ha venido toda gracia. Amén, aleluya.
Cuautitlán Izcalli,
Viernes de Pascua, 5 abril 2024 (16.45 h.).
NOTA INFORMATIVA
En este Jubileo y “Congreso Parroquial”, compartido en cuatro distritos de la ciudad, compartido por por varios obispos, con sus dievrsas celebraciones, procesiones y conferencia, y más de eviente banderas de la Adoración Nocturna, es particularmente emotivo lo que se dice, con tanto respeto y amor, a propósito de la Visita del Santísimo Sacramento a los hogares. Copio literalmente del amplio programa:
“Recomendaciones
para la Visita en los hogares.
1.- La
familia que recibe a nuestro Señor, de preferencia sea adorador perpetuo,
adorador Nocturno, Agente de pastoral, o por lo menos que la familia asista
cada semana a la misa dominical.
2.- Que
cuente con un espacio, donde se pueda resguardar la integridad de nuestro Señor.
Ya que la anda mide dos metros cuadrados por 3 mts con 50 cms de alto. Algun
Patio, tejabana o enlonado.
3.- Donde
llegue nuestro señor, la Familia se hará responsable de Velarlo, en adoración
durante las 24 hrs que estará expuesto, en su domicilio por lo cual tendrá que organizarse
con vecinos, familiares y amigos para que no se quede ningún momento solo.
4.- Según
sus posibilidades cada quien hará sus manifestaciones de fe y amor como son
"coheteria, adornos, Tapetes, Música, Portadas."