martes, 2 de abril de 2024

1959. Homilía en el 64 aniversario de mi ordenación sacerdotal

 

Homilía en el 64 aniversario de mi ordenación sacerdotal

2 abril 2024 – Martes de Pascua

 

Casa de Formación Santa Verónica de

Hermanas Clarisas Capuchinas

Hermanas:

Cada día de la semana pascual la Iglesia presenta la Resurrección del Señor con una escena evangélica de las apariciones. Hoy la aparición a María Magdalena. Fra Angélico quedó extasiado ante esta escena y pintó el Noli me tangere en el convento dominico de san Marco de Florencia. Es una maravilla de pureza y de amor y el rostro de Jesús resplandece con una dulzura divina. Esta escena es un pozo de mística y de contemplación, que nos introduce en este misterio del acceso a una genuina espiritualidad pascual. Como hermano, permítanme decirles que hace más de 30 años tuve la oportunidad de dar unas conferencias espirituales sobre lo que aquí ocurre, y aquellas reflexiones contemplativas fueron a parar a un pequeño libro: “He visto al Señor. La experiencia pascual de los cristianos” (Edicep 1992).

Una circunstancia muy especial de hoy me invita a derivar los pensamientos de fe de una homilía por otro rumbo. El 2 de abril del año de gracia 1960, este servidor de ustedes tuvo la gracia de recibir la unción sacerdotal. Era sábado de témporas de Cuaresma, tiempo litúrgico de órdenes. Esta fecha, pues, en mi calendario es un día festivo singular. Éramos ocho compañeros en el curso; dos abandonaron el sacerdocio, misterios de la vida que uno no puede juzgar con adversidad, sino que los pone en las manos de Dios. Los otros seis hemos perseverado. Todos han ido muriendo – hace unos días en la enfermería de Pamplona Miguel Ángel – y solo quedo yo. En este momento los encomiendo a todos.

Yo quiero hablarles del sacerdocio. Al pensar hacerlo, me vino también la idea: Sería mejor callar. Es fácil hacer teología con habilidad, pero el paso de los años me ha enseñado que también la teología tiene que rendirse ante el misterio. El silencio y la humildad es una manera válida de situarse ante el misterio, que siempre desborda. Pero, por otra parte, escucho a san Pablo: Creí y por eso hablé. Yo creo en el sacerdocio. Sin ofender a quienes pueden pensar legítimamente de otro modo, yo les digo que si no hubiera podido ser sacerdote en la orden capuchina a la que amo con todo mi corazón y  y creo haberlo demostrado, hubiera llamado a las puertas de otra orden, o me habría orientado por el clero diocesano.

Creo que estamos padeciendo una fuerte crisis en torno al sacerdocio, la Iglesia en los seminarios y nuestra Orden también. Hace muy pocos años se publicada “EL DON DE LA VOCACIÓN PRESBITERAL. Ratio Fundamentalis Institutionis sacerdotalis” (8 de diciembre de 2016). Pero ya se ha decidido publicar una nueva. El número de alumnos de los seminarios ha bajado drásticamente, y se buscan nuevos perfiles. Ya saben que yo me ocupo, colaboro modestamente, en la atención espiritual a un seminario. Todo lo que atañe a este tema me preocupa por vocación personal y por oficio.

Vuelvo con mi recuerdo a lo que fue aquel año de mi ordenación. Con cuánta ilusión la fuimos preparando durante un año. Había una Academia sacerdotal, según recuerdo, y yo puse en macha una hojita periódica que se titulaba “Accedite”. Era esta palabra “Acercaos” la que decía el Obispo a los que iban a imponer las manos.

Ocurrió que el año precedente el Papa San Juan XXIII otorgó el título de “Doctor Apostólico” a nuestro hermano San Lorenzo de Brindis. Estudiamos al detalle su figura y yo escogí como tema la Misa de San Lorenzo, que es un caso absolutamente destacado en la hagiografía cristiana. Los testimonios de la canonización nos cuentan que la misa del Padre Lorenzo podía durar horas, tres, cuatro y cinco, y alguien testifica que en cierta ocasión enjugó siete pañuelos de lágrimas. Él había obtenido facultades especiales para comenzar la misa a altas horas de la noche y para usar de ordinario los textos de la Misa de la Virgen. Un teólogo racional podré cuestionar estas singularidades, pero un teólogo sabio no podrá hacer una verdadera teología de la Misa ignorando que ha habido personas como un san Lorenzo de Brindis o un Padre Pío de Pietrelcina. Pero no se trata de que la Misa se alargue sin reloj, sino de que el sacerdote, humildemente, viva en su corazón lo que está celebrando con palabras y ritos. En esta ocasión que menciono mis compañeros de curso me encargaron que preparara la estampa-recordatorio, y escogí como imagen la figura de San Lorenzo, y como inscripción antes de nuestros nombres, una súplica: “Santifica, Señor, a tu Iglesia, dándonos sacerdotes santos”.

¿Qué es, pues, el sacerdocio, hermanas? Una respuesta fuerte y contundente la escuchábamos ayer en la proclamación de la lectura de Vísperas. “Tenemos un sumo sacerdote que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos, y es ministro del Santuario y de la Tienda verdadera, construida por el Señor y no por un hombre” (Heb 8,1-2). Por todos los medios la Carta a los Hebreos trata de evidenciar, que, teniendo el Misterio pascual, ya no hay sacerdotes, no hay santuario, no hay víctimas que ofrecer. Tenemos a un Único y Sumo Sacerdote, que es Jesús, y no hay ningún otro. Toda la institución levítica de la Antigua Alianza ha cumplido su misión y ha sido barrida para siempre. Nuestro Sumo Sacerdote ha penetrado en los cielos, después de haber ofrecido su cuerpo, allí intercede, y nuestra relación con él es la FE. Es lo que acabo de explicar con detalles, con apuntes oportunos, en las clases del Seminario.

Pero estoy hablando a jóvenes que van a ser consagrados sacerdotes. Y entonces tomo el Pontifical para decirles: siendo verdad lo que he dicho, escuchen, hermanos, las palabras que les van a decir un día el obispo ordenante, que copio del Ritual: “Aunque, en verdad, todo el pueblo santo de Dios es sacerdocio real en Cristo, sin embargo, nuestro sumo Sacerdote, Jesucristo, eligió algunos discípulos que en la Iglesia desempeñaran, en nombre suyo, el oficio sacerdotal para el bien de los hombres. Él mismo, enviado por el Padre, envió a su vez a los Apóstoles por el mundo, para continuar sin interrupción su obra de Maestro, Sacerdote y Pastor por medio de ellos y de los Obispos, sus sucesores. … Al configurarlos con Cristo, sumo y eterno Sacerdote, y unirlos al sacerdocio de los Obispos, la Ordenación los convertirá en VERDADEROS SACERDOTES DEL NUEVO TESTAMENTO para anunciar el Evangelio, apacentar al Pueblo de Dios y celebrar el culto divino, principalmente en el sacrificio del Señor”.

¿De dónde viene todo esto?

De las palabras de la Cena del Señor y del mandato de la misión para anunciar el Evangelio.

Entonces, en la comunidad mesiánica de Jesús, el sacerdote pasa a ser Presbítero, y el Presbítero tendrá tres funciones sagradas que cumplir: ser sacerdote, ser maestro y ser pastor.

Amanece una teología en la que nos podemos perder, pero esto no es una clase, sino una homilía. Pido al Señor ser breve y claro.

El sacerdote nace de la Eucaristía y torna a la Eucaristía. El bautismo nos consagra a todos como pueblo sacerdotal, pero solo al sacerdote se le concede pronunciar las palabras del Señor para que la memoria del Resucitado se actualice en una presencia viva y vivificante.

Hermanas: Nuestras fuentes franciscanas nos dicen cómo ha ido evolucionando en la misma Iglesia la praxis sobre la Eucaristía, sobre la comunión del Cuerpo del Señor, en concreto (Regla de san Clara, cap. III: “Comulguen siete veces, a saber…”)

Esa tensión de pensamientos no ha desaparecido, ni mucho menos. Por ejemplo, en nuestras Constituciones no ha sido admitida la palabra “concelebración”, sino que aparece la Misa en común, pese a que la Introducción del Misal aconseja de modo directo y explícito la concelebración en la Misa conventual (si no se ha de celebrar por otros motivos). La no concelebración (entendida esta en sentido estricto), en el sentir de algunos, al parecer de los más, refleja mejor el sentido de la fraternidad. Pero podemos aducir autoridades de quienes piensan o pensamos lo contrario. Todo ello, aunque no lo expresemos, lleva un dolor por dentro.

Torno al principio y concluyo. Hace 64 años recibí esta gracia. No pido otra cosa sino la misericordia del Señor. No hay más excelsa minoridad que acoplarse a la Pasión de Cristo, que es la raíz purísima del sacerdocio. La Carta a los Hebreos pide dos cualidades para ser sacerdote: compasión y fidelidad.

Al dar gracias, pido al Padre de las misericordias acercarme al sacerdocio de Jesús, ser compasivo y ser fiel.

La Virgen María, Madre del Verbo Encarnado, me guarde y proteja siempre.

A Jesús la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

Cuautitlán Izcalli, 2 abril 2024.

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