1970. Dom V B Yo soy la vid y vosotros los sarmiento
Jn
10,8-18
Texto
1Yo soy la
verdadera vid, y mi Padre es el labrador.
2A todo sarmiento
que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé
más fruto. 3Vosotros ya estáis limpios por la
palabra que os he hablado; 4permaneced en
mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no
permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
5Yo soy la vid,
vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto
abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. 6Al que no
permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen
y los echan al fuego, y arden. 7Si permanecéis
en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se
realizará. 8Con esto recibe gloria mi Padre,
con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.
Hermanos:
1.
Estamos en el domingo V de Pascua; ya hemos pasado la raya de la mitad de los
cincuenta días de Pascua. Hemos contemplado a Jesús Resucitado en sus
apariciones, primeros tres domingos pascuales; hemos escuchado a Jesús Buen Pastor
que guía a su Iglesia, así el domingo pasado; y hoy y los domingos siguientes
vamos a escuchar palabras de despedida que Jesús dice en la Cena.
La
primera lectura es de los Hechos de los Apóstoles, y en Pascua nunca se lee el
Antiguo Testamento, para significar que las promesas están cumplidas; los
Hechos de los Apóstoles nos cuentan cómo nace la Iglesia comenzando en
Jerusalén, cómo se va expandiendo por las regiones vecinas hasta llegar a Roma,
donde se acaba el libro, sin llegar a narrar el martirio de Pedro y de Pablo.
En estas lecturas de los Hechos vamos viendo cómo vive en unidad la Iglesia en
Jerusalén, cómo nacen los ministerios al servicio de la caridad, cómo comienza
la misión, cómo llega a los confines de la tierra.
Centrémonos en el Evangelio.
2.
El Evangelio de san Juan, sin querer hacer de menos a ninguno de los Evangelios
anteriores, que ya estaban escritos, adopta un tono distinto. Jesús habla con
graves sentencias, en un estilo de revelación, de entrada a un conocimiento
misterioso que se ofrece a los iniciados, a nosotros que hemos recibido el
Espíritu Santo en el bautismo. Para uno que no es creyente y discípulo de
Jesús, seguramente que el Evangelio de san Juan no le dice nada. Le parecerá
como una elucubración espiritual, digna de respeto, y casi como un libro
esotérico. Tampoco podrá aceptar los otros tres libros que nos hablan de la
vida de Jesús. Pero el Cuarto Evangelio, así llamado el Evangelio de san Juan, tiene
ese carácter de revelación que trae Jesús.
3.
La alegoría de la vid es justamente eso. Es la revelación de la intimidad de
Jesús con el Padre – tema que atraviesa todo el Evangelio – intimidad a la que
somos invitados todos nosotros, sus discípulos. Jesús vive en unidad plena con
el Padre, hasta el grado de decir: “Yo y el Padre somos uno”, y nosotros de
hemos de vivir en unidad y fusión con Jesús, “permaneciendo” en él y a través
de él con el Padre. “Permanecer” es una palabra que se repite hasta siete veces
en la sección de este Domingo.
Este
pasaje de hoy podemos resumirlo en dos frases o mensajes centrales:
Jesús
es la Vid y mi Padre es el viñador.
Jesús
es la Vid y nosotros los sarmiento.
Tratemos
de recibir lo que el Señor nos quiere comunicar. Bien es cierto que cada uno
recibe la Palabra de Dios con unos perfiles que quizás el otro ni los puede
sospechar.
1Yo soy la verdadera vid, y mi Padre
es el labrador. El labrador, exactamente
el que trabaja la tierra, en este caso el que cultiva la viña, el viñador. Nunca
se le había dado a Dios este nombre.
Jesús es la vid
“verdadera”. Pero ¿es que hay alguna vid que sea falsa? La vid o es lo que es o
no es vid. Al decir “verdadero” Jesús nos quiere elevar a otro plano de
realidades. Lo mismo cuando nos dice que él es el verdadero pan de la vida. El pan
de la mesa es pan, de mejor o peor calidad, pero es pan, pero si nos dice que él
es el pan verdadero, nos quiere hablar de otro pan, de otra alimentación, de
otra vida.
Pues
lo mismo aquí. Jesús es la vid, pero no la vid de estos viñedos. La vid que
cultivan los viñadores nos sirve de referencia para hacer una alegoría de
realidades diferentes, verdaderas y sublimes. Y la primera aplicación que Jesús
hace en esta alegoría es así, hablando el trabajo del Padre: 2A todo sarmiento
que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé
más fruto.
Un
sarmiento que no dé frutos que no dé su racimo, está de sobra: ¡Fuera! Pero si
este sarmiento, si esta vid, está dando fruto, hay que podarla; hay que meterle
la podadera e ir cortando y cortando para que dé fruto. Es muy delicado el
trabajado de podar, y si uno no ha trabajado mucho en la vid no puede ser
podador, porque hará un estropicio. Al podar con la podadera la vid sufre,
pierde en apariencia y hasta se queda fea; pero si no se hace esta tarea, la
vid no dará esos racimos recios y fragantes, a los que está destinada.
3.
Hermanos, la lección es más que evidente. Tiene que venir la podadera en
nuestra vida para que demos frutos sólidos y sabrosos. Los escritos sagrados, y
en concreto la Carta los Hebreos nos dice que Jesús por el sufrimiento humano
aprendió la obediencia y llegó a la perfección; fue “consumado” – esta es la
palabra – por el sufrimiento. Eso le hacía ser hermano nuestro en todo.
A
lo mejor el sufrimiento nos viene por la maldad humana, por la injusticia. No
importa; detrás está la mano de Dios. Hace falta mucha fe para verlo así.
Porque a lo mejor hasta tengamos que luchar contra esa injusticia que no
debiera existir.
Otras
veces el sufrimiento viene sin saber por qué, sin culpa de nadie: un niño que
nace con una malformación de unos padres ejemplares en todo sentido; un cáncer
en el cuerpo, sin ningún abuso de comida o bebida que pueda explicarlo. ¿Por
qué, por qué, Dios mío? Un abandono que se ha producido, una muerte que nadie
esperaba. ¿Por qué, Dios mío? ¿En qué te he ofendido? No es eso; Dos te ha
sometido a la prueba porque te ama y quiere que des más fruto: que tu fe sea
más pura, que tu amor sea más entregado.
Esto
es, pues, una primera aplicación de la alegoría. Pero sigamos más adentro, que no
es menos importante.
4.
5Yo soy la vid,
vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto
abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Esa es la segunda parte de esta alegoría.
Hasta
podríamos decir que todo el Evangelio de san Juan gira en torno a este
pensamiento: nuestra unión total en Jesús, para que por nuestra unión con él alcancemos
la unión total con Dios, con el Padre, y así se abre en nuestra vida el mundo infinito
de las realidades divinas. Quien a Dios
tiene, nada le falta; solo Dios basta, escribió en unos versos sencillos
santa Teresa, que sin duda los cantaban las hermanas.
El
sarmiento sin la cepa es nada, porque de la cepa recibe la savia que va a nutrir
los racimos. El cristiano, separado de Jesús, es nadie, porque sin mí no
podéis hacer nada.
Esta
unión con Jesús tiene dos características:
Es
a una unión recíproca: yo con él y él conmigo. ¿Es un matrimonio? Es más; el
poder divino que nos une nos compenetra totalmente, como no puede acontecer en
ningún matrimonio de la tierra.
Y
además Jesús nos da una palabra que repite y repite. Esta unión se llama
“permanecer”. Es una unión que lo unifica todo y da pleno sentido a nuestra
vida, pues Dios lo envuelve todo.
Acaso
estamos empleando un lenguaje que llamarán místico, pero la realidad es así.
Pero
aquí no termina. Hay una aplicación o derivación increíble: 7Si permanecéis en
mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
¿Esto
quiere decir que si yo tengo un ser querido muy enfermo y pido la curación, esa
curación se va a producir? No es precisamente ese el sentido, porque quizás esa
misma enfermedad, e incluso la muerte, es una gracia especialísima que Dios le
está concediendo. Lo que Jesús nos está diciendo es que si hay entre él y yo
una unión perfecta, han desaparecido todos los miedos, y sus quereres son los
míos y los míos los suyos. Cuando hay plena confianza no hay permisos que
pedir. Tú ya sabes que puedes disponer de lo mío, como tuyo. Esto es lo que
Jesús nos está diciendo.
Hermanos,
estamos hablando no con un lenguaje moralizador, sino con un lenguaje de
perfectos. Pero estamos leyendo simplemente el Evangelio que la Iglesia nos
propone.
Terminemos
simplemente.
Señor Jesús, tú eres la
vid y yo soy el sarmiento unido a ti. Que nunca me separe de ti, para que mi
vida sea un racimo sabroso para deleite tuyo, mío, y de mis hermanos. Amén,
aleluya.
Cuautitlán
Izcalli, sábado, 27 de abril de 2024.
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