domingo, 26 de abril de 2026

2095 (1039) Jesús es el Buen Pastor de su Iglesia

 

2095 (1039) Jesús es el Buen Pastor de su Iglesia 

Jesús es el Buen Pastor de su Iglesia Lc 24,13-35

Jn 10,1-10

Texto

1En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; 2pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. 3A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. 4Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: 5a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». 6Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. 7Por eso añadió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. 8Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. 9Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. 10El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante

 Hermanos:

1. El IV Domingo de Pascua todos los años se celebra el Domingo del Buen Pastor. No es que tenag este título, que que lo llamamos así porque todos los años leemos el pasaje del Evangelio donde Jesús se ha identificado como el Buen Pastor. Es el capítulo 10 de san Juan, que lo dividimos en tres partes. El primer año, que es el año en que estamos (llamado ciclo A) leemos la primera sección, el segundo la segunda, y el tercero la tercera.

Pero al mismo tiempo, exactamente desde el año 1964, es decir antes que terminara el Concilio Vaticano II, que duró el año 1962 al año 1965, por lo tanto antes de que se reformara la liturgia, que se hizo después del Concilio, el Papa de entonces, el Papa San PBLO VI, quiso que este IV  domingo de Pascua fuera un domingo especial para orar por las vocaciones, la vocación como nos lo ha explicado el Papa en el mensaje para este día: “la vocación, entendida como descubrimiento del don gratuito de Dios que florece en lo profundo del corazón de cada uno de nosotros”, sea la vocación al matrimonio, la vocación al sacerdocio, la vocación a la vida consagrada, la vocación a entregar la vida a una causa noble como es el servicio a los más pobres.

Vamos a hablar, pues, del Buen Pastor y brevemente de este otro asunto central: la vocación de un cristiano.

2. Jesús es el Buen Pastor. Ha un primer punto que quizás nunca lo hayamos pensado. Jesús ha tenido el atrevimiento de tomar una imagen divina para aplicársela a sí mismo, y decirnos a nosotros: ese Pastor soy yo. Todo judío que ha orado con los Salmos sabe que Dios, Creador y Rey del mundo, es el Pastor de su pueblo, porque se ha escogido un pueblo para cuidarlo directamente él mismo. Pastor de Israel, escucha…, se dice en los salmos. Ya hay un Salmo especial, que cualquier judío devoto lo podrá recitar de memoria: El Señor es mi pastor, nada me falta. Vamos a recordarlos. En realidad es el Salmo que en la liturgia de hoy sigue a la primera lectura:

El Señor es mi pastor, nada me falta:

en verdes praderas me hace recostar;

me conduce hacia fuentes tranquilas

y repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo,

por el honor de su nombre.

Aunque camine por cañadas oscuras,

nada temo, porque tú vas conmigo:

tu vara y tu cayado me sosiegan.

 

Cuánta delicadeza y ternura se percibe en estas palabras. Porque cada uno de nosotros se puede aplicar estas palabras. Si realmente Dios es mi pastor, nada malo me puede pasar en la vida. Pues Jesús nos dice: ese Pastor soy yo.

Recordar aquella parábola del pastor que tiene cien ovejas y resulta que, a la hora de contarlas, le falta una. El sale a buscarla, y no va con la vara a arrearle una paliza; al contrario, cuando la encuentra la carga sobre lo hombros. La pobrecita estará muy cansada.

 

2. Jesús ha tomado, pues, la vieja imagen del Pastor para decirnos él es el pastor y que la Iglesia es su rebaño. Y a partir de aquí va a hacer diversas aplicaciones, para que reflexionemos y aprendamos. De la imagen del pastor y del rebaño, él va a construir una bella alegoría.

Y el primer detalle es el de la puerta.  Y comienza diciéndonos que él es la puerta, la puerta por donde se entra y se sale.  En la casa, donde hay amor y confianza total, todos tienen la llave para entrar y salir. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir.

El que no entra por la puerta, sino que salta por al tapia, ese no es de casa, y viene con malas intenciones.

Jesús nos ha explicado, por tanto, que su Iglesia es un rebaño, una casa donde reinan el amor, la confianza y la libertad.

Tengámoslo muy presente. La Iglesia no es una organización, como puede ser un ejército o una empresa, una fábrica.  La iglesia es la familia de Dios, presidida no por el Papa, sino por Jesús mismo, en donde debe reinar la confianza tota, porque es Dios mismos quien la inspira. Claro que externamente hay elementos organizativos, porque el buen orden lo exigen, pero la Iglesia por dentro no es una organización.

En la iglesia nos movemos, tenemos iniciativas diversas, pero Jesús va delante, él conduce el rebaño y conoce a cada una por su nombre. Y para él todas las ovejas tienen la misma importancia.

Es lo que ocurre en una familia. ¿Quién es el hijo más importante? Ninguno, porque cada uno de ellos es del todo importante, aunque sus oficios sean muy diferentes.

En una familia, ¿quién es más importante, el hijo que tiene un discurso en el parlamento y sale en los periódicos o la madre que prepara la comida para que todos estén a gusto, se sientan felices, y puedan trabajar? En la Iglesia, ¿quién es el más importante, si no hay más que uno importante, que es Jesús mismo?

 

3. Al final de este primer párrafo que hemos leído hoy, Jesús nos dice esto que tenemos que aprender de memoria: yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.

De esto se trata, de que tengamos vida, cada uno de nosotros, una vida hermosa y fecunda. De que cada uno, al final, podamos decir: Señor Jesús, desde mi sencillo puesto, he hecho lo que tenía que hacer: he vivido, con mi vida he dado vida a cuantos me rodean.

 

4. En consonancia con esta imagen del Pastor, hoy oramos para que cada cristiano encuentre su vocación en la Iglesia. El Papa nos ha escrito un mensaje que, ante todo, es muy bello. Y nos dice cosas tan hermosas como estas: “Toda vocación, en efecto, surge de la conciencia y la experiencia de un Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4,16). Él nos conoce profundamente, ha contado los cabellos de nuestra cabeza (cf. Mt 10,30) y ha pensado un camino único de santidad y de servicio para cada uno”.

Se le va la mano citando a san Agustín, que es maestro de la belleza, y recordemos que él mismo es agustino.

Cito de nuevo: “No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad». [5] Una vez más, san Agustín nos recuerda lo importante que es aprender a detenerse y a construir espacios de silencio interior para poder escuchar la voz de Jesucristo.

Queridos jóvenes, ¡escuchen esa voz! Escuchen la voz del Señor que los invita a vivir una vida plena, realizada, haciendo fructificar los propios talentos (cf. Mt 25,14-30) y clavando en la cruz gloriosa de Cristo los propios límites y debilidades”.

Estoy seguro de que si este mensaje caen en manos de jóvenes reflexivos quedarán encantados.

Cada uno de nosotros, hermanos, tiene una vocación en el mundo. Descubrámosla y gocémonos en ella.

 

Señor Jesús, gracias por haberme traído a este mundo y haberme dado una vocación que cumplir. Sé tú el verdadero pastor de mi vida, porque yo quiero seguirte. Amén.

 

Pamplona, sábado, 25 abril 2026.

2094 (1038) Lo reconocieron al partir el pan

 

2094 (1038) Lo reconocieron al partir el pan 

Cómo lo reconocieron al partir el pan

Lc 24,13-35

Texto

 13Aquel mismo día, dos de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; 14iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. 15Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. 16Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. 17Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron con aire entristecido. 18Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». 19Él les dijo: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; 20cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. 21Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. 22Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, 23y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. 24Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron». 25Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! 26¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?». 27Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. 

28Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; 29pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. 30Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. 31A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. 32Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». 

33Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, 34que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». 35Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. 

Hermanos:

1. Estamos en plena Pascua del Señor. Jesús Resucitado vive entre nosotros.

Durante los domingos de las semanas de Pascua vamos a introducirnos más y más en este misterio sin riberas de la presencia de Jesús en medio de nosotros. Hoy escuchamos palabras firmes de Pedro, en su primer testimonio que da en Jerusalén, y posteriormente en la primera carta que escribe.

“Ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, 21que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios” (1Ped 1,18-20).

Las grandes verdades de la vida son las que no pasan ni pueden pasar, pero esas son las verdades que centran felizmente nuestra existencia.

Cuando decimos: “Cristo ha resucitado”, con esa confesión de fe, queremos resumir todo.

2.  Hoy una vez más, y por último, vamos a presenciar una aparición de Jesús, la aparición a aquellos dos caminantes, los discípulos de Emaús. Los domingos siguientes serán distintos: Jesús, Buen Pastor, Jesús despidiéndose de los suyos en la cena y dando las últimas consignas.

San Lucas es un verdadero maestro cuando nos cuenta qué pasó aquella tarde llena de misterio del día de la resurrección, veamos esos dos momentos: el camino y el encuentro.

Dos de los nuestros vuelven a su aldea, tras los días de Pascua que congrega a innumerables peregrinos en la ciudad santa, venidos de la Tierra de Israel y venidos también de la Diáspora, de países de fuera. Van hablando de lo que ha pasado esos días, igual que nosotros hablaríamos hoy de lo que ha dicho Donald Trump o de lo que pasa en Irán. Acaso, si nos interesan estas cosas, de lo que ha diciendo el Papa en los países de áfrica que está visitando: Argelia, Camerún, Guinea, Angola.

De pronto, otro peregrino que va por el mismo camino, se les junta, y para entrar en conversación les dice:

-        ¿De qué vais hablando, que os veo como trsites y preocupados?

-        De lo que ha pasado estos días en Jerusalén.

-        Pues ¿qué ha pasado?

Y extrañados le contestan:

-        Pero, ¿cómo? ¿Eres tú el único forastero que no te has enterado?

-        ¿De qué?

-        De lo de Jesús Nazareno, que era un hombre bueno, un profeta poderoso en obras y palabras. Lo mataron y de esto hace tres días. Nosotros confiábamos que iba a ser nuestro liberador, pero ahora ya no sabemos qué pensar. No queremos retirar nuestra fe, pero la verdad que no sabemos en qué ava a prar todo esto.

-        Lo último que algunas mujeres de nuestro grupo fueron al sepulcro, y lo encontraron vacío y hasta dicen ue ha resucitado, pero a él no lo vieron. Y lo mismo algunos más de los nuestros. No sabemos…

 

3. Ya se ve que estos discípulos son gente buena, pero están paralizados y no saben salir de sus dudas. Tienen al lado al único que sabe lo que realmente ha pasado en Jerusalén.

Y entonces interviene Jesús en la conversación:

Pues ha pasado lo que tenía que pasar, según los profetas, porque vosotros creéis en los profetas, ¿no es así?

-        Claro que sí.

Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. 

Las cosas comenzaron a cambiar, porque mientras Jesús iba hablando, se encía una luz distinta en sus corazones; sus corazones ardían.

Hace muchos años, más de 80, exactamente el año 1943 en su encíclica importantísima sobre la interpretación de la Biblia, el Papa Pío nos daba este consejo a los que eran o habríamos de ser profesores de Sagrada Escritura:

“Propongan el sentido llamado literal y, sobre todo, el teológico con tanta solidez., explíquenlo con tal competencia e incúlquenlo con tal ardor, que en cierto modo sus alumnos experimenten lo que los discípulos de Jesucristo que iban a Emaús, los cuales, después de oídas las palabras del Maestro, exclamaron: ¿No es cierto que nuestro corazón se abrasaba dentro de nosotros mientras nos descubría las Escrituras? (Lc 24, 32). De este modo, las divinas Letras sean para los futuros sacerdotes de la Iglesia, por un lado fuente pura y perenne de la vida espiritual de cada uno, y por otro, alimento y fuerza del sagrado cargo de predicar que han de tomar a su cuenta. Y, a la verdad, si esto llegaren a conseguir los profesores de esta gravísima asignatura en los seminarios, persuádanse con alegría que han contribuido en sumo grado a la salud de las almas, al adelanto de la causa católica, al honor y gloria de Dios, y que han llevado a término una obra la más íntimamente unida con el ministerio apostólico”.

Un consejo que vale igualmente para todos los predicadores.

 

4. Pero sigamos con este maravilloso episodio. Llegaron a laaldea y Jesús fingió que iba más adelante. Entonces los dos peregrinos le cogieron del brazo a aquel amigo desconocido y le dijeron:

- No puedes seguir, se va a hacer de noche, entra y cena con nosotros, te damos hospedaje y mañana sigues tu camino.

Entró y ¿que pasó? Prepararon la cena y se sentó a la mesa. Y lo cuenta san Lucas, si se puede contar:

“Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista” (vv. 30-31).

Hermanos: estas cosas se escribieron no simplemente para recordarlas, sino para vivirlas, porque son reales, totalmente reales.

¡Cuántas preguntas tiene la vida y cómo tantas veces nos encontramos mareados por todo lo que nos pasa! Y justamente hoy nos encontramos en esa situación, en las familias y en la Iglesia como tal. Todo ha cambiado. Lo que antes valía, ahora parece que no vale, y en la Iglesia tantas opciones. Unos sacerdotes piensan así y otros lo contrario.

Vayamos humildemente a la Palabra de Dios, que ahí está la solución, si la escuchamos con sencillez, atentos a la voz de la Iglesia. Y, sobre todo, sobre todo, vayamos a la Eucaristía. Allí es donde principalmente se revela Jesús. Ellos lo reconocieron al partir el pan.

Señor Jesús, haz que yo ame la Eucaristía sobre todas las cosas de mi vida, y sobre todo que pueda recibir que pueda recibir la Eucaristía antes de mi muerte, el santo Viático, para pasar a ala eternidad con el abrazo que tú me das en la santa Comunión. Amén.

Pamplona, sábado 18 de abril de 2026

domingo, 12 de abril de 2026

2093 (1037) Les mostró las manos y el costado

Les mostró las manos y el costado

Jn 20,19-31

Texto

 19Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». 20Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». 22Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; 23a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». 

24Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». 26A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». 27Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». 28Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». 29Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

 30Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. 31Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Hermanos:

1. Estamos en el octavo día pascual, y sigue resonando en neustro oídos el saludo que brotó en la noche de la Vigilia santa: El Señor ha resucitado, verdaderamente ha resucitado.

Durante esta octava cada día hemos contemplado una escena de las apariciones de Jesús. Hoy vamos a cerar el ciclo, celebrando lo que pasó al atardecer del primer día y lo que ocurrió ocho dáis después, con la presencia de Tomás.

Un torrente de gracia y de luz inunda nuestro corazón cada vez que escuchamos estos relatos, que nos traen la presencia viva de Jesús. Aquí está el centro de nuestra vida. ¿Qué ocurrió, pues?

 

2. Lo que ocurrió al atardecer del primer día es que Jesús se presentó en medio de los apóstoles. Estaban juntos, pero con las puertas cerradas, por miedo a los días. Efectivamente, después de la hecatombe, podía pasar cualquier cosa. Si las autoridades habían liquidado a aquel falso profeta y falso Mesías, ¿qué iba a pasar con sus íntimos seguidores?  Podía padar exactamente lo mismo. Era justo tener miedo y tomar precauciones.

Y en estas circunstancias se presenta Jesús, entra estando cerrada la puerta. No hay llaves ni cerrojos que puedan impedir su presencia. Y es así: Jesús puede venir a mi casa, y entrar en mi habitación, sin pasar por la puerta, porque como decíamos en al homilía del domingo pasado su cuerpo ya no está sujeto a las barreras del tiempo y del espacio que limitan nuestras acciones. Yo no puedo estar aquí y allí al mismo tiempo; Jesús sí.

Entra, se pone en medio y les da un saludo: La paz con vosotros. Es el mismo saludo que hoy siguen diciendo los judíos en si lengua: Schalom, la paz. O los árabes en la suya: Shalam. Pero aquella palabra que Jesús les dice no era una cortesía para entrar en conversación, como cuando nosotros decimos “Buenos días” o “Buenas tardes” por decir algo para empezar a hablar.

Porque algo pasó que nunca había pasado: al darles la paz, efectivamente les dio la paz, les quitó todo el miedo que llevaban dentro, y les dio una alegría nueva que no conocían, un valor capaz de afrontar la muerte. Nos dice este Evangelio de san Juan: Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Les volvió a repetir: La paz con vosotros. Se estaba cumpliendo la profecía de la cena: Mi paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo.

Este es, pues, el primer milagro que hace Jesús Resucitado: el milagro de la paz, inundada de dulzura, de gozo y valentía.

3. Y, al dar la paz, Jesús hace un signo sacramental: Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado.

Sría ridículo preguntarnos: ¿cómo les enseñó el costado? ¿Es que llevaba una túnica, que se abría con unos botones o con un lazo, y que Jesús tuvo que soltar los botones o el lazos para mostrar su pecho…? Y aquellas llagas ¿es que todavía tenían sangre?

San Juan no pretende decir nada de esto, como si estuviese dando una clase o una descripción de fisiologóa o de medicina. San Juan nos está diciendo que Jesús les abría plenamente su intimidad humana y divina. Aquella paz que les regalaba, y que hoy nos regala a nosotros, brotaba de las llagas de su Pasión, brotaba de lo más íntimo de su corazón que nos seguía amando.  Que lo que ocurrió

Esto es lo mismo que lo que ocurrió un 27 de diciembre de 1673 a una humildísima religiosa de 25 años, Margarita de Alacoque. Jesús le mostró su corazón y le dijo: “He aquí el corazón que ha amado tanto a los hombres, que no se ha ahorrado nada, hasta extinguirse y consumarse para demostrarles su amor. Y en reconocimiento no recibo de la mayoría sino ingratitud”. Aquel corazón estaba rodeado de llamas, coronado de espinas, con una herida abierta de la cual brotaba sangre y del interior emergía una cruz.

4. Hermanos, tengamos la conciencia de que la resurrección de Jesús fue real, aunque nosotros no la podamos explicar, y que hoy sigue siendo lo mismo de real, y que nosotros, por medio de la fe, podemos tener la misma experiencia; sentir que lo más real de nuestra vida, lo que cambia todo, es que Jesús ha resucitado y está vivo

5. Y sigue el Evangelio: Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

Al escuchar estas palabras, a lo mejor podemos pensar: es que Tomás era distinto de los demás, el más tozudo, el más in crédulo.  No se trata de esto, porque en otro pasaje se nos dice que, de repente, ningún de los apóstoles esperaba que Jesús resucitara, no habían entendido las Escrituras y la promesa de Jesús. Volvamos a repetir que para acceder al misterio de la Resurrección no hay otro camino sino la fe. Solo por la fe se epueden aceptar esta verdad sublime.

Y a los ocho días Jesús se vuelve a aparecer, presente Tomás. : «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Tomás se rinde del todo y confiesa la fe total con una palabras que tantas veces hemos escuchado, en un momento devocional, después de la consagración: ¡Señor mío y Dios mío! Tan breve, tan sencilla, es una confesión de fe absolutamente perfecta.

6. Pero ahora viene una bienaventuranza dirigida no a Tomás, sino a nosotros: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Al hacer esta comparación entre Tomás y los que creen sin ver sin tocar, Jesús está diciendo: Tomás, ¿Tú eres bienaventurado, feliz, por lo que estás experimentando y disfrutando? Pues más bienaventurados son y van a ser los que creen sin tener la prueba de ver y de tocar. Y esos, hermanos, somos precisamente nosotros.

Ya veis, queridos hermanos, que el Evangelio no tiene fondo, que el misterio de la vida, de la muerte, del futuro , el misterio de mi ser entero, está contenido en el misterio pascual. Jesús ha resucitado, el que nos redimió con su pasión y su muerte, Jesús, ha resucitado. Él es el misterio de mi vida; él es mi esperanza, mi paz, la respuesta a todo lo que yo llevo dentro.

Señor Jesús, con infinito agradecimiento, yo creo en ti, yo creo que vives y me amas y estás presente en mi vida, y por eso te digo, diciéndolo todo: ¡Señor mío y Dios mío! Amén.

Pamplona, 11 abril 2026, Sábado de la octava de Pascua.


2092 (1036) Cristo ha resucitado

 

No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho.

Mt 28,1-10

Texto

1Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. 2Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. 3Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; 4los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. 5El ángel habló a las mujeres: «Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. 6No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía 7e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Mirad, os lo he anunciado». 8Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. 9De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. 10Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Hermanos:

1. Esta homilía, a excepción de todas las demás, la escribo y comparto todos ustedes por la tarde del Domingo de Pascua. Diversas circunstancias así me han condicionado. El Señor lo sabe y lo comprende.

Hoy es Pascua, una fiesta que se inicia hoy y durante cincuenta dáis continuos.  En la Vigilia pascual hemos hecho un recorrido de la historia de amor y salvación que Dios ha hecho con nosotros, comenzando con la primera página de las santas Escrituras, la creación de cielo y tierra. Se lee la Torá o Pentateutco (que son los cinco primeros libros, la Ley de Dios), se leen los profetas, se lee incluso la sabiduría. Pero a partir de hoy ya no leeremos en los 50 días pascuales el Antiguo Testamento, ni siquiera los profetas, para significar que todo se cumplido en Cristo, y que en él tenemos la plenitud de toda la revelación. Todo lo que Dios tenía que decir al mundo lo ha dicho por medio de su Hijo encarnado, y lo actualiza hoy en la escucha atenta de la Escritura, iluminada por el Espíritu Santo.

Nos gozamos en las palabras del Señor, que son siempre nuevas para quien se acerca con fe. Recordad cómo el Evangelio nos ha dicho que en aquella aparición Jesús les abrió la inteligencia, para que entendieran estas cosas divinas, que la ciencia haumana no las puede alcanzar. Nos lo dice san Lucas con estas palabras: “Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí». Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras (Lc 24,44-45).

En este día de Pascua se lee tres Evangelios distintos: en la noche de la Vigilia, el que acabamos de proclamar de san Mateo; en la misa del día la aparición de Jesús a la Magdalena, seguida de aquel segundo momento en que se nos cuenta la marcha apresurada de Pedo y Juan al sepulcro. Y allí se nos vuelve a decir, a propósito de estos dos primeros apóstoles: Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos (Jn 20,8-9). No habían entendido Pedro, no había entendido Juan, no habían entendido ninguno de los Apóstoles.

En fin, terminando con lo que pasa el día de Pascua, si se celebra ala misa por la tarde, entonces leemos el Evangelio de los discípulos de Emaús, que ocurrió ese mismo día por la tarde.

2. Iniciamos pues el tiempo pascual, la cincuentena pascual, y la primera semanas, los siete primeros dáis son del todo especiales, porque todos juntos forman una única solemnaidad que nosotros queremos degustar paso a paso, página por páginas. Qué hermoso acudir cada uno de estos días  a la celebración de la Eucaristía y escuchar cada una de estos dáis en la misa un relato de las apariciones de Jesús. Será el mejor modo de celebrar esta siesta, que no es una fiesta sino la fiesta de las fiestas, como de siempre lo ha dicho la Iglesia.

Las palabras que ahora yo les quiero compartir no es simplemente la explicación de la aparición que acabamso de escuchar, sino el humilde intento para acercarnos al misterio central de nuestra fe, que se nos comunica, ante todo, por los relatos del santo Evangelio.

3. Cuando “Jesús ha resucitado”, hermanos, ¿qué decimos?, ¿qué recordamos?, ¿qué celebramos?, ¿qué vivimos? Como cristianos que somos, nos interesa saber lo con toda claridad.

Estamos ante un misterio, y por lo tanto, las ciencias humanas quedan aparte. A la resurrección de Cristo, hoy presente, accedemos por un solo camino: la fe.

Imaginad que Jesús se hubiera aparecido la primera a su madre, María, como se lo imagina san Ignacio de Loyola, al dar las meditaciones y contemplaciones en su pequeño libro de los Ejercicios Espirituales. Si Jesús se apareció a su madre, de los cual nada dice el Evangelio, María no tenía otro medio de conocimiento que la fe. Ella peregrinó en la fehasta el Calvario, nos dice el Concilio Vaticano II, y bien podemos decir que ella peregrinó en la fe hasta el final de su vida.

4. Cuando nosotros decimos que es Pascua, ¿queremos recordar piadosamente lo quepasó allí en Jerusalén hace dos mil años? Ciertamente que remos recordar, pero la Pascua es infinitamente más que un recuerdo.

Toda la familia franciscana del mundo estamos recordando este año de 2026 los 800 años de la muerte de san Francisco, que ocurrió al atardecer de aquel 3 de octubre de 1206, en la ciudad de Asís, en un lugar que se llama la ermita de la Porciúncula. Los historiadores de san Francisco de aquellos tiempos con han descrito con todo detalle cómo fue aquello, qué dijo antes de morir, cómo quiso que le visitara una piadosa dama de Roma y le trajera la mortaja y unos dulcecitos que ella sabía hacer, cómo llevaran su cuerpo difunto a santa Clara y sus hermanas encerradas en su monasterio, cómo el besaron y abrazaron, cómo le dieron sepultura. Todo esto es muy hermoso y emocionante, y hasta nos puede hacer llorar de ternura.

Pero, hermanos, por muy bello que esto sea, no es más que un recuerdo. San Francisco murió y confiamos que directamente se fue al cielo, a cantar con los ángeles la gloria del Señor. Precioso todo esto, y muy beneficioso para que nosotros saquemso lecciones de vida. Pero es solo un recuerdo, hermanos, nada más.

5. Cuando celebramos la Pascua, no decimos vamos a recordar y aprender. No es eso, no; vamos a celebrar el sacramento pascual, la realidad viva de la Pascua, porque Jesús Resucitado se ha instalado en un hoy eterno, que acontece directamente en nuestro ámbito.

Jesús Resucitado ya no muere más; ya no va a regresar a la vida para morir otra vez. Su muerte fue una marcha hacia adelante para conseguir la plenitud de Dios para él y para nosotros. Por eso san Pablo, inventando palabras que no existían nos dijo que hemos muerto con Cristo, que hemos sido consepultados con él, y que con él hemos conserucitado. Y pro tanto, vivimos con él, convvimos, desde dentro del corazón.

Es necesario que el predicar ene ste momento se convierta en una especie de profesor de teología para decir a sus alumnos: Entendamos la realidad en todos sus elementos y partes.

Mirad yo tengo un cuerpo real que puedo palpar; este cuerpo es mi realidad, mi presencia y al mismo tiempo mi limitación. Porque ahora yo quisiera estar con mi familia y darles un abrazo, pero no puedo, porque mi cuerpo está aquí y no allí. El cuerpo de Jesús, en la nueva creación, que se adquiere tras la muerte y que ékl ha inaugurado, no tiene esta limitación.

Nosotros estamos ceñidos por dos referencias, que son el tiempo y el espacio. Jesús se desprende de estas dos limitaciones, tiempo y espacio. Cristo ayer y hoy es el mismo y lo será siempre, nos dice la Carta a los Hebreos.

María Magdalena pudo decir: He visto al Señor y me ha dicho esto. Y yo, discípulo de Cristo, por la fe que es la nueva creación en mi vida puedo decir: Hoy Jesús ha resucitado. Hoy he visto al Señor, porque, en su misericordia ha vendio hasta mí.

Es la experiencia espiritual que nos da la fe. Aquella mujeres se postraron, adoraron y abrazaron. ¿Es que Jesús había regersadp a su estado anterior, que es un estado pasajero y corruptible? No, Jesús ya no regresa a lo que dejó definitivamente. Pero aquella mujeres, a través de la fe, tuvieron la experiencia total, que fue, incluso. Experiencia física y corporal, de que estaban unidad con el Señor.

Y est experiencia de fe puede venir hasta mi corazón creyente. El que cree, hermanos, en su fe percibe, ante todo, que tiene una claridad nueva, serena y coherente.

El que cree percibe una alegría, que noe s ficticia, sino que viene de un manantial verdadero.

Y el que cree se entrega a lo que cree con alma vida y corazón, dispuesto a dar su vida entera pro eso que cree.

Cuando Jesús se apareció a la Magdalena, la mujer amante no lo reconoció, Pensó que sería el jardinero, el encargado del huerto. Pero cuando le dijo simplemente “¡María!” le metió al fe en el corazón. No tuvo que cambiar Jesús su cara ni sus vestidos. Se reconocieron de persona a persona y se fundieron en un abrazo.

Hermanos, la Pascua del Señor, es todo el conjunto de verdades divinas de nuestra fe. La pascua de Jesús tiene una versión perene en nuestra vida, que es la Eucaristía. La Eucaristía es ni más ni menos que la presencia de Cristo Resucitado.

Concluyamos elevando nuestra mirada a Jesús.

Jesús Resucitado, yo creo en ti, hazte persenete en mi vida como te hiciste presente en tus primeros testigos que fueron al sepulcro, y te encontraron a ti vivo para siempre. Amén.

Pamplona, Domingo de Pascua 2026

2091 (1035 Domingo de Ramos 2026

 

2091 (1035 Domingo de Ramos 2026 

La entrada mesiánica en la ciudad santa de Jerusalén

Mt 21,1-11

Texto

1Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, envió a dos discípulos 2diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. 3Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto»4Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta: 5«Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila”». 6Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: 7trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. 8La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. 9Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!». 10Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando: «¿Quién es este?». 11La multitud contestaba: «Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea.

 

Hermanos:

1. Toda la Iglesia inicia hoy la celebración de la Semana Santa, semana que conmemora, celebra y vive de un modo sacramenta l el misterio culminante de la vida de Jesús. Si él nos da su gracia y sabemos recibirla con humildad, podemos vivir en nuestro corazón estos acontecimientos sagrados. No somos menos afortunado que aquellos que los presenciaron y participaron en ellos.  Hasta podemos decir que , viviendo Jesús eternamente en el Padre, los comprendemos como ellos no pudieron comprenderlos. Todo pasó, pero se actualiza sacramentalmente en la liturgia; no son escenas rememorativas para recordar y revivir con la imaginación. Todo ello es tan real y tan cierto como la presencia real de Jesús en la eucaristía. Esa es la fuerza misteriosa de la liturgia, que nos enlaza directamente con el misterio de Dios.

La Semana santa comienza con la entrada mesiánica de Jesús en la ciudad santa de Jerusalén, su ciudad amada, y concluye coronada con la resurrección de Jesús, triunfante del sepulcro y de la muerte. Y esta unión indisoluble de dolor, muerte y resurrección, de la tiniebla y la luz constituye el misterio pascual, misterio central de nuestra fe.

En este inicio de la Semana más sagrada, evocamos y celebramos primero escuchamos aquella mañana cuando Jesús decidió celebrar su despedida con una entrada de amor en la ciudad, que era el símbolo y resumen de todo lo que Dios había hecho en la historia de salvación con su pueblo amado. Ya para eso hacemos la procesión de los Ramos. En un segundo tiempo, en la celebración de la Eucaristía escuchamos el Evangelio de la Pasión y Muerte del señor, el primer año, que este este, la Pasión según San Mateo; el segunod, la Pasión según San Marcos; el tercero, la Pasión según San Lucas, reservando para leer todos los años para escuchar el Viernes Santo la Pasión según San Juan.

Hermanos, vamos a entrar en estos divinos misterios, y hoy más que una homilía propia de un domingo normal, quiero hablarles de la entrada de Jesús en Jerusalén y luego contemplaremos con unas breves consideraciones lo que se refiere a toda la Pasión de Jesús.

2. Los más llamativo de la Entrada de Jesús en Jerusalén no es lo que hizo la gente con él, sino lo que hizo él consigo mismo. ¿Cómo se le ocurrió a Jesús esta idea? ¿Cómo se le ocurrió armar este espectáculo, que iba a comenzar bien y había de termi ar mal?

Si hemos seguido las misas de la semana precedente, que se llama Semana de Pasión, hemos comprobado en el Evangelio cómo la persecución avanza y se estrecha más y más. Varias veces se dice cómo quieren apedrearle y matarle por blasfemos. Pero ayer, sábado, el Evangelio nos ha contado la decisión que tomó el Sanedrín. “Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos” (Jn 11,53-54).

Y ahora Jesús decide que su vida tenía que terminar de otra manera distinta. Va a entrar de una manera humilde, festiva y gloriosa, como el novio o esposa que va al encuentro de su esposa. Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Es verdad, pero noe s la palabra exacta. Jesús no busca una demostración triunfal, como un conquistador que entra gloriosamente en la ciudad después de haber ganado la batalla. San Mateo nos lo ha dicho delicadamente: Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta: «Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila”»

Este es el misterio de la entrada de Jesús en Jerusalén.  Para eso no tuvo dificultad en hacer un milagro con su ciencia divina en favor de sí mismo; nunca lo había hecho. «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto»

Y así pasó, para decirle a su ciudad, con un gesto: Pase lo que pase, yo te amo, yo muero por ti.

Y algunos lo comprendieron, porque dice el texto sagrado que la gente se quitaba el manto ylo ponían por el camino como una alfombra, para que la burrita, que lleva lo más precioso, pisara el manto que yo luego me voy a poner.  Qué alegría poder decir: Este manto que yo llevo lo ha pisado la burrita de Jesús.

Y el mismo Evangelio añade otro detalle: algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y decían: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Otro evangelista, san Lucas, nos aporta otro detalle: Maestro, dia a la gente que se callen. Y Jesús respondió: Si estos se callan, hoy gritarán las piedras.

Hermanos, nosotros tenemos la dicha de celebrar con todo el corazón el triunfo de Jesús. Si hubiéramos estado allí nos habríamos unido a la comitiva y habríamos echa por tierra el mando, la chaqueta o lo que fuera, para la burrita de Jesús.  No es ninguna fantasía. Hoy podemos hacer eso y mucho más. Hoy podemos entregar nuestra vida entera a Jesús para que él disponga y haga lo que quiera. Y eso es lo que vamos a hacer: Señor, mi vida es tuya; inspírame, háblame y yo haré lo que quieras de mí, porque mi único deseo es agradarte como tú lo quieras.

3. Con esta introducción, hermanos, podemos entender mejor qué es la Pasión de Jesús. Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente, nos había dicho Jesús.  Si él la entrega voluntariamente, ¿por qué la entrega? Por amor. Por amo ¿a quien? Por amor a mí. Todo lo que Jesús ha sufrido, lo ha sufrido por mí, como si no hubiese nadie más en el mundo, porque cada uno somos únicos para él. Me amó y se entregó por mí, nos dirá san Pablo.

La Pasión de Jesús, que comienza el jueves por la noche se desarrolla en cuadro grandes escenas, y tiene cuatro espenario.  Y cada una de estas grandes escenas se descompone en múltiples episodio:

Primero. Jesús en el huerto de los Olivos.

Segundo: Jesús en el juicio judío. Sanedrín, Anás, Caifás, negación cobarde de Pedro.

Tercero: en el juicio de los paganos, en el juicio romano: decreto de condena, azotes, cargado con la cruz.

Cuarto: Jesús en el Calvario: desnudado, clavado, injuriado, las palabras de Jesús, la oración ante el Padre, la muerte.

El pensamiento de la Pasión de Jesús es el pensamiento más dulce que podemos tener: Cuánto sufrió Jesús, cuántas injusticias, cuánto dolores en su cuerpo y en su alma. Y todo lo hizo por aceptar la voluntad del Padre, por amor a su Padre del cielo, y todo ello igualmente por amor a mí. De manera que en cada paso de la Pasión está contenida una historia, que es historia del amor al Padre e historia de amor a mí. La historia de la Pasión es mi propia historia, la más verdadera, una historia de amor.

La historia de la Pasión de Jesús es una historia para leerla línea a línea estos dáis y encontrarnos allí a nosotros mismos.  La Cena de Jesús terminó con una gran oración que hace Jesús, y que se llama la oración sacerdotal: es la consagración de toda la Pasión que iba a sufrir.

Escena del huerto de Getsemaní. Es la oración ante al Padre Dios: El Cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber? Abbá, Padre mío, hágase tu voluntad, y no lo que quiero yo.

El juicio ante el Consejo supremo del Sanedrín. Es el juicio y condena por su pueblo al que vino a salvar, y al que había amado con todo el corazón. Dijo Caifás: ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?» Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?». Y todos lo declararon reo de muerte (Mc 14,63-64).

El juicio ante la autoridad romana: Dijeron los judíos: Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios (Jn 19,7). Pero nosotros no podemos matar a nadie. Pilato, por cobardía, cedió, porque, al fin, Jesús moría igual por judíos, que por romanos y griego, por el mundo entero.

Jesús en el patíbulo de la Cruz. Jesús ora al Padre: Dios mío, Dos mío, ¿por qué me has abandonado? Y también dice: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Jesús murió amando y perdonando. Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

Hermanos, es el misterio que hoy iniciamos: la más bella historia de amor que ha ocurrido y ocurre en el mundo: el amor, que es el sustento y la esperanza total de nuestra vida.

Señor Jesús, gracias infinitas por toda la eternidad. concédeme vivir estos días santos con meditación y contemplación. Y y que mi corazón salga colmado del amor que tú nos has dado. Amén.

Pamplona, sábado, 28 marzo 2026.