No
está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho.
Mt
28,1-10
Texto
1Pasado el sábado,
al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra
María a ver el sepulcro. 2Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un
ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó
encima. 3Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; 4los
centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. 5El ángel habló a las
mujeres: «Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. 6No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid
a ver el sitio donde yacía 7e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha
resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo
veréis”. Mirad, os lo he anunciado». 8Ellas se marcharon a toda prisa del
sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.
9De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se
acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. 10Jesús les dijo: «No
temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
Hermanos:
1. Esta
homilía, a excepción de todas las demás, la escribo y comparto todos ustedes
por la tarde del Domingo de Pascua. Diversas circunstancias así me han
condicionado. El Señor lo sabe y lo comprende.
Hoy es
Pascua, una fiesta que se inicia hoy y durante cincuenta dáis continuos. En la Vigilia pascual hemos hecho un
recorrido de la historia de amor y salvación que Dios ha hecho con nosotros,
comenzando con la primera página de las santas Escrituras, la creación de cielo
y tierra. Se lee la Torá o Pentateutco (que son los cinco primeros libros, la
Ley de Dios), se leen los profetas, se lee incluso la sabiduría. Pero a partir
de hoy ya no leeremos en los 50 días pascuales el Antiguo Testamento, ni
siquiera los profetas, para significar que todo se cumplido en Cristo, y que en
él tenemos la plenitud de toda la revelación. Todo lo que Dios tenía que decir
al mundo lo ha dicho por medio de su Hijo encarnado, y lo actualiza hoy en la
escucha atenta de la Escritura, iluminada por el Espíritu Santo.
Nos
gozamos en las palabras del Señor, que son siempre nuevas para quien se acerca
con fe. Recordad cómo el Evangelio nos ha dicho que en aquella aparición Jesús
les abrió la inteligencia, para que entendieran estas cosas divinas, que la
ciencia haumana no las puede alcanzar. Nos lo dice san Lucas con estas
palabras: “Esto es lo que os dije
mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo
escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí». Entonces
les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras (Lc 24,44-45).
En este
día de Pascua se lee tres Evangelios distintos: en la noche de la Vigilia, el
que acabamos de proclamar de san Mateo; en la misa del día la aparición de Jesús
a la Magdalena, seguida de aquel segundo momento en que se nos cuenta la marcha
apresurada de Pedo y Juan al sepulcro. Y allí se nos vuelve a decir, a
propósito de estos dos primeros apóstoles: Entonces
entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio
y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de
resucitar de entre los muertos (Jn 20,8-9). No habían entendido Pedro, no
había entendido Juan, no habían entendido ninguno de los Apóstoles.
En fin,
terminando con lo que pasa el día de Pascua, si se celebra ala misa por la
tarde, entonces leemos el Evangelio de los discípulos de Emaús, que ocurrió ese
mismo día por la tarde.
2.
Iniciamos pues el tiempo pascual, la cincuentena pascual, y la primera semanas,
los siete primeros dáis son del todo especiales, porque todos juntos forman una
única solemnaidad que nosotros queremos degustar paso a paso, página por
páginas. Qué hermoso acudir cada uno de estos días a la celebración de la Eucaristía y escuchar
cada una de estos dáis en la misa un relato de las apariciones de Jesús. Será el
mejor modo de celebrar esta siesta, que no es una fiesta sino la fiesta de las
fiestas, como de siempre lo ha dicho la Iglesia.
Las
palabras que ahora yo les quiero compartir no es simplemente la explicación de
la aparición que acabamso de escuchar, sino el humilde intento para acercarnos
al misterio central de nuestra fe, que se nos comunica, ante todo, por los
relatos del santo Evangelio.
3. Cuando
“Jesús ha resucitado”, hermanos, ¿qué decimos?, ¿qué recordamos?, ¿qué
celebramos?, ¿qué vivimos? Como cristianos que somos, nos interesa saber lo con
toda claridad.
Estamos
ante un misterio, y por lo tanto, las ciencias humanas quedan aparte. A la
resurrección de Cristo, hoy presente, accedemos por un solo camino: la fe.
Imaginad
que Jesús se hubiera aparecido la primera a su madre, María, como se lo imagina
san Ignacio de Loyola, al dar las meditaciones y contemplaciones en su pequeño
libro de los Ejercicios Espirituales. Si Jesús se apareció a su madre, de los
cual nada dice el Evangelio, María no tenía otro medio de conocimiento que la
fe. Ella peregrinó en la fehasta el Calvario, nos dice el Concilio Vaticano II,
y bien podemos decir que ella peregrinó en la fe hasta el final de su vida.
4. Cuando
nosotros decimos que es Pascua, ¿queremos recordar piadosamente lo quepasó allí
en Jerusalén hace dos mil años? Ciertamente que remos recordar, pero la Pascua
es infinitamente más que un recuerdo.
Toda la
familia franciscana del mundo estamos recordando este año de 2026 los 800 años
de la muerte de san Francisco, que ocurrió al atardecer de aquel 3 de octubre
de 1206, en la ciudad de Asís, en un lugar que se llama la ermita de la
Porciúncula. Los historiadores de san Francisco de aquellos tiempos con han
descrito con todo detalle cómo fue aquello, qué dijo antes de morir, cómo quiso
que le visitara una piadosa dama de Roma y le trajera la mortaja y unos
dulcecitos que ella sabía hacer, cómo llevaran su cuerpo difunto a santa Clara
y sus hermanas encerradas en su monasterio, cómo el besaron y abrazaron, cómo
le dieron sepultura. Todo esto es muy hermoso y emocionante, y hasta nos puede
hacer llorar de ternura.
Pero,
hermanos, por muy bello que esto sea, no es más que un recuerdo. San Francisco
murió y confiamos que directamente se fue al cielo, a cantar con los ángeles la
gloria del Señor. Precioso todo esto, y muy beneficioso para que nosotros
saquemso lecciones de vida. Pero es solo un recuerdo, hermanos, nada más.
5. Cuando
celebramos la Pascua, no decimos vamos a recordar y aprender. No es eso, no;
vamos a celebrar el sacramento pascual, la realidad viva de la Pascua, porque
Jesús Resucitado se ha instalado en un hoy eterno, que acontece directamente en
nuestro ámbito.
Jesús
Resucitado ya no muere más; ya no va a regresar a la vida para morir otra vez.
Su muerte fue una marcha hacia adelante para conseguir la plenitud de Dios para
él y para nosotros. Por eso san Pablo, inventando palabras que no existían nos
dijo que hemos muerto con Cristo, que hemos sido consepultados con él, y que
con él hemos conserucitado. Y pro tanto, vivimos con él, convvimos, desde
dentro del corazón.
Es
necesario que el predicar ene ste momento se convierta en una especie de
profesor de teología para decir a sus alumnos: Entendamos la realidad en todos
sus elementos y partes.
Mirad yo
tengo un cuerpo real que puedo palpar; este cuerpo es mi realidad, mi presencia
y al mismo tiempo mi limitación. Porque ahora yo quisiera estar con mi familia
y darles un abrazo, pero no puedo, porque mi cuerpo está aquí y no allí. El
cuerpo de Jesús, en la nueva creación, que se adquiere tras la muerte y que ékl
ha inaugurado, no tiene esta limitación.
Nosotros
estamos ceñidos por dos referencias, que son el tiempo y el espacio. Jesús se
desprende de estas dos limitaciones, tiempo y espacio. Cristo ayer y hoy es el
mismo y lo será siempre, nos dice la Carta a los Hebreos.
María
Magdalena pudo decir: He visto al Señor y me ha dicho esto. Y yo, discípulo de
Cristo, por la fe que es la nueva creación en mi vida puedo decir: Hoy Jesús ha
resucitado. Hoy he visto al Señor, porque, en su misericordia ha vendio hasta
mí.
Es la
experiencia espiritual que nos da la fe. Aquella mujeres se postraron, adoraron
y abrazaron. ¿Es que Jesús había regersadp a su estado anterior, que es un
estado pasajero y corruptible? No, Jesús ya no regresa a lo que dejó
definitivamente. Pero aquella mujeres, a través de la fe, tuvieron la
experiencia total, que fue, incluso. Experiencia física y corporal, de que
estaban unidad con el Señor.
Y est
experiencia de fe puede venir hasta mi corazón creyente. El que cree, hermanos,
en su fe percibe, ante todo, que tiene una claridad nueva, serena y coherente.
El que
cree percibe una alegría, que noe s ficticia, sino que viene de un manantial
verdadero.
Y el que
cree se entrega a lo que cree con alma vida y corazón, dispuesto a dar su vida
entera pro eso que cree.
Cuando
Jesús se apareció a la Magdalena, la mujer amante no lo reconoció, Pensó que
sería el jardinero, el encargado del huerto. Pero cuando le dijo simplemente
“¡María!” le metió al fe en el corazón. No tuvo que cambiar Jesús su cara ni
sus vestidos. Se reconocieron de persona a persona y se fundieron en un abrazo.
Hermanos,
la Pascua del Señor, es todo el conjunto de verdades divinas de nuestra fe. La
pascua de Jesús tiene una versión perene en nuestra vida, que es la Eucaristía.
La Eucaristía es ni más ni menos que la presencia de Cristo Resucitado.
Concluyamos
elevando nuestra mirada a Jesús.
Jesús
Resucitado, yo creo en ti, hazte persenete en mi vida como te hiciste presente
en tus primeros testigos que fueron al sepulcro, y te encontraron a ti vivo
para siempre. Amén.
Pamplona,
Domingo de Pascua 2026
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