2088 (1032) Dom III Cuaresma – Jesús y la Samaritana
Jesús
y la Samaritana
Jn
4,5-42
Texto
5Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada
Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; 6allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado
del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. 7Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y
Jesús le dice: «Dame de beber». 8Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar
comida. 9La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío,
me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan
con los samaritanos). 10Jesús le contestó: «Si conocieras el don de
Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría
agua viva». 11La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y
el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; 12¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos
dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». 13Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua
vuelve a tener sed; 14pero el que beba del agua que yo le daré nunca
más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un
surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». 15La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no
tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». 16Él le dice: «Anda, llama a tu marido y
vuelve». 17La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús
le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: 18has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu
marido. En eso has dicho la verdad». 19La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un
profeta. 20Nuestros padres dieron culto en este monte, y
vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». 21Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la
hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22Vosotros adoráis a uno que no conocéis;
nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los
judíos. 23Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que
los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre
desea que lo adoren así. 24Dios es espíritu, y los que lo adoran deben
hacerlo en espíritu y verdad». 25La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías,
el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». 26Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».
27En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban
de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le
preguntas o de qué le hablas?». 28La mujer entonces
dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: 29«Venid a ver un
hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?». 30Salieron del pueblo y se pusieron en camino
adonde estaba él. 31Mientras tanto sus discípulos le insistían:
«Maestro, come». 32Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros
no conocéis». 33Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le
habrá traído alguien de comer?». 34Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la
voluntad del que me envió y llevar a término su obra. 35¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro
meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los
campos, que están ya dorados para la siega; 36el segador ya está recibiendo salario y
almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y
segador. 37Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra
y otro siega. 38Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado.
Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».
39En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». 40Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. 41Todavía creyeron muchos más por su predicación, 42y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».
Hermanos:
1. Vamos avanzando en el camino de la Cuaresma y hemos
llegado al domingo III. Hagamos memoria:
Domingo primero: Jesús en el desierto.
Domingo segundo: Jesús en la Transfiguración
Ahora siguen tres domingos, en cada uno de los cuales, se
escoge del Evangelio de san Juan una escena de la vida de Jesús, que en cada
una de ellas es la representación de todo su misterio, de este modo:
Domingo tercero: Jesús da a la Samaritana el agua viva que
quita toda sed.
Domingo cuarto: Jesús da la luz a un ciego de nacimiento.
Domingo quinto: Jesús da a la vida a uno que la había
perdido, Jesús resucita a Lázaro.
Estos Evangelios son tan significativos, tan importantes,
que, aunque en el curso de tres años se van cambiando las lecturas (ciclo A,
ciclo B, ciclo C), se pueden repetir estos Evangelios si así conviene para la
catequesis, por ejemplo, si la parroquia está llevando a cabo una catequesis a
fondo para unos bautismos en Pascua.
Por otra parte, y a modo de instrucción, les quiero decir
cómo se ha escogido la primera lectura de los domingos de Cuaresma. Se hace un
recorrido de los apsos de la historia de salvación que Dios hizo con su pueblo:
Primer domingo. Adán, la creación, la caída.
Segundo domingo: Abraham, la llamada de la fe.
Tercer domingo: Moisés, el don de la Ley.
Cuarto domingo: el pueblo elegido en la tierra prometida
Quinto domingo: los profetas en los tiempos de la monarquía.
Es la historia de Dios que se culminó con la llegada de Jesucristo
y en el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor, y que soy sigue
viva y activa: Dios hace historia con nosotros.
2. Con este cuadro que acabo de explicar vayamos al contenido
de este Evangelio de Jesús y la Samaritana.
La historia comienza con una palabra: Mujer, dame de beber.
Es al mediodía, hace calor, el terreno descampado. Hay un poco adonde una mujer
ha ido a sacer agua. El pozo es hondo, hondísimo, algo más de 30 metros.
El lector de estos relatos sagrados, que no es tonto y que
saben que estas cosas no se han escritos para saciar la curiosidad, se
pregunta, a lo mejor es la voz de Jesús que me está diciendo a mí, precisamente
a mí: Amigo, dame de beber, que tengo sed.
Miles de navarros, hombres y mujeres, están caminando hacia
Javier, y el domingo, día 8, harán el Via Crucis desde Sangüesa a Javier.
¿Camina por deporte o por otra cosa? Aquel Francisco de Javier de la historia
se fue a Paris no para hacerse misionero, pero Dios le cortó el paso y le dijo:
Amigo, dame de ver. No con estas palabras, se lo dijo por un compañero a quien
no conocía, Íñigo de Loyola, quien un día le dijo una frase que no era suya: ¿Y
qué aprovecha al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? Eso dio
vuelco a su vida, y ya no volvió a su castillo.
3. La mujer desconocida, con cierto desdén y un mohín de
superioridad, responde a Jesús: ¿Cómo es eso que tú, siendo judío, me pides de
ver a mí, que soy samaritana? Y san Juan aclara: Es que judíos y samaritanos no
se hablan, no se pueden ver. Y esto es por cuestiones religiosas.
Pero la mujer ya ha caído en la red. Y este atrevido judío va
al ataque: Si conocieras quién es el que dice “Dame de beber”, a lo mejor tú le
pedirías a él.
Hermanos, si se trata de hablar de Jesús, no tengamos miedo
de hablar, con educación, con respeto, sí, pero con valentía, si estamos
convencidos de que Jesús es lo mejor.
¿Qué le dice Jesús? Qué él tiene otra agua, un agua viva, que
quita la sed y no hay que venir cada día a sacarla del pozo.
-
Dame de esa agua, ahora pide la mujer.
-
Muy bien, pero llama a tu marido.
-
No tengo marido.
-
Pues es verdad lo que dices, ya lo sé. Cinco has tenido y el
que ahora tienes, en realidad no es tu marido.
Este
hombre sabe demasiado y yo no se lo he contado. Cuando él venga, el Mesías, él
nos lo contará todo.
-
Yo soy, el que habla contigo.
Pero
¿qué está pasando?, ¡Dios mío!
Y cuenta
san Juan: La mujer entonces dejó su
cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: Venid a ver un hombre que me ha
dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?
Esta
mujer hasta ahora pecadora se hace discípula y misionera, y no tiene ganas sino
de decir lo que había vivido.
Efectivamente
Jesús le había dado de esa agua que salta, que bulle hasta la vida eterna, el
agua de Dios, la vida de Dios. Fue un milagro de primerísima categoría.
4. Jesús
es el que nos el agua de la vida, el agua de la inmortalidad. Nos lo dijo en el
templo en una ocasión solemnísima. Oigamos leyendo este mismo Evangelio de san
Juan: El último día, el más solemne de la
fiesta, Jesús en pie gritó: «El que tenga sed, que venga a mí y beba el que
cree en mí; como dice la Escritura: “de sus entrañas manarán ríos de agua
viva”». Dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que
creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había
sido glorificado (Jn 7,37-39).
Hermanos,
estamos diciendo estas cosas en Cuaresma. Exactamente igual las podíamos decir
en Pascua, porque en estas palabras se nos revela el misterio completo de
Jesús.
El que
cree en Jesús entra a participar de esa vida que él lleva consigo y nos la
comunica. Esa vida de Jesús, esa agua viva está en los sacramentos, en todos y
en cada uno en particular. Tantas veces representamos los sacramentos de la
Iglesia como una fuente surtidor; de esa fuente brotan siete chorros de vida,
siete chorros de agua. El sacramento de la reconciliación, especialmente
recomendado en Cuaresma, es un manantial de agua. El penitente confiesa con
humildad sus pecados ante Dios, que a su vez es pecador y como los demás fieles
ha acudido a recibir este sacramento, pero ahora actúa con el poder que el
mismo Cristo le ha conferido. Cuando ha escuchado la humilde confesión, el
sacerdote dice: "Dios, Padre de
misericordia, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección
de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te
conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el
nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo."
¿Por qué puede decir el sacerdote semejantes
palabras? Sencillamente por lo que Jesús
Resucitado dijo a los apóstoles: “Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan
perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
5.
Hermanos, volvamos la mirada a este encuentro divino de Jesús y la Samaritana,
que cada vez que lo leemos nos llena el alma de suavidad y de paz.
Jesús
sació el alma de aquella mujer que había buscado equivocadamente en la vida y
que había fracasado en su matrimonio. El encuentro con Jesús cambió
completamente y para siempre su vida. No sabemos su nombre, no importa, por esa
mujer puede en cada uno de nosotros.
Jesús
está en muchas partes y de muchos modos, pero Jesús está principalmente en los
sacramentos que celebra la iglesia. Una confesión bien hecha, una comunión
fervososa es el mejor encuentro que podemos tener con Jesús.
Señor Jesús, que me dices a mí como a la
Samaritana “Dame de beber”, yo quiero encontrarte como te encontró aquella
mujer y en ti, que eres el agua viva, encontrar la verdadera felicidad. Amén.
Pamplona, sábado, 7 marzo 2026.
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