domingo, 12 de abril de 2026

2093 (1037) Les mostró las manos y el costado

Les mostró las manos y el costado

Jn 20,19-31

Texto

 19Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». 20Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». 22Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; 23a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». 

24Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». 26A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». 27Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». 28Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». 29Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

 30Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. 31Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Hermanos:

1. Estamos en el octavo día pascual, y sigue resonando en neustro oídos el saludo que brotó en la noche de la Vigilia santa: El Señor ha resucitado, verdaderamente ha resucitado.

Durante esta octava cada día hemos contemplado una escena de las apariciones de Jesús. Hoy vamos a cerar el ciclo, celebrando lo que pasó al atardecer del primer día y lo que ocurrió ocho dáis después, con la presencia de Tomás.

Un torrente de gracia y de luz inunda nuestro corazón cada vez que escuchamos estos relatos, que nos traen la presencia viva de Jesús. Aquí está el centro de nuestra vida. ¿Qué ocurrió, pues?

 

2. Lo que ocurrió al atardecer del primer día es que Jesús se presentó en medio de los apóstoles. Estaban juntos, pero con las puertas cerradas, por miedo a los días. Efectivamente, después de la hecatombe, podía pasar cualquier cosa. Si las autoridades habían liquidado a aquel falso profeta y falso Mesías, ¿qué iba a pasar con sus íntimos seguidores?  Podía padar exactamente lo mismo. Era justo tener miedo y tomar precauciones.

Y en estas circunstancias se presenta Jesús, entra estando cerrada la puerta. No hay llaves ni cerrojos que puedan impedir su presencia. Y es así: Jesús puede venir a mi casa, y entrar en mi habitación, sin pasar por la puerta, porque como decíamos en al homilía del domingo pasado su cuerpo ya no está sujeto a las barreras del tiempo y del espacio que limitan nuestras acciones. Yo no puedo estar aquí y allí al mismo tiempo; Jesús sí.

Entra, se pone en medio y les da un saludo: La paz con vosotros. Es el mismo saludo que hoy siguen diciendo los judíos en si lengua: Schalom, la paz. O los árabes en la suya: Shalam. Pero aquella palabra que Jesús les dice no era una cortesía para entrar en conversación, como cuando nosotros decimos “Buenos días” o “Buenas tardes” por decir algo para empezar a hablar.

Porque algo pasó que nunca había pasado: al darles la paz, efectivamente les dio la paz, les quitó todo el miedo que llevaban dentro, y les dio una alegría nueva que no conocían, un valor capaz de afrontar la muerte. Nos dice este Evangelio de san Juan: Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Les volvió a repetir: La paz con vosotros. Se estaba cumpliendo la profecía de la cena: Mi paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo.

Este es, pues, el primer milagro que hace Jesús Resucitado: el milagro de la paz, inundada de dulzura, de gozo y valentía.

3. Y, al dar la paz, Jesús hace un signo sacramental: Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado.

Sría ridículo preguntarnos: ¿cómo les enseñó el costado? ¿Es que llevaba una túnica, que se abría con unos botones o con un lazo, y que Jesús tuvo que soltar los botones o el lazos para mostrar su pecho…? Y aquellas llagas ¿es que todavía tenían sangre?

San Juan no pretende decir nada de esto, como si estuviese dando una clase o una descripción de fisiologóa o de medicina. San Juan nos está diciendo que Jesús les abría plenamente su intimidad humana y divina. Aquella paz que les regalaba, y que hoy nos regala a nosotros, brotaba de las llagas de su Pasión, brotaba de lo más íntimo de su corazón que nos seguía amando.  Que lo que ocurrió

Esto es lo mismo que lo que ocurrió un 27 de diciembre de 1673 a una humildísima religiosa de 25 años, Margarita de Alacoque. Jesús le mostró su corazón y le dijo: “He aquí el corazón que ha amado tanto a los hombres, que no se ha ahorrado nada, hasta extinguirse y consumarse para demostrarles su amor. Y en reconocimiento no recibo de la mayoría sino ingratitud”. Aquel corazón estaba rodeado de llamas, coronado de espinas, con una herida abierta de la cual brotaba sangre y del interior emergía una cruz.

4. Hermanos, tengamos la conciencia de que la resurrección de Jesús fue real, aunque nosotros no la podamos explicar, y que hoy sigue siendo lo mismo de real, y que nosotros, por medio de la fe, podemos tener la misma experiencia; sentir que lo más real de nuestra vida, lo que cambia todo, es que Jesús ha resucitado y está vivo

5. Y sigue el Evangelio: Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

Al escuchar estas palabras, a lo mejor podemos pensar: es que Tomás era distinto de los demás, el más tozudo, el más in crédulo.  No se trata de esto, porque en otro pasaje se nos dice que, de repente, ningún de los apóstoles esperaba que Jesús resucitara, no habían entendido las Escrituras y la promesa de Jesús. Volvamos a repetir que para acceder al misterio de la Resurrección no hay otro camino sino la fe. Solo por la fe se epueden aceptar esta verdad sublime.

Y a los ocho días Jesús se vuelve a aparecer, presente Tomás. : «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Tomás se rinde del todo y confiesa la fe total con una palabras que tantas veces hemos escuchado, en un momento devocional, después de la consagración: ¡Señor mío y Dios mío! Tan breve, tan sencilla, es una confesión de fe absolutamente perfecta.

6. Pero ahora viene una bienaventuranza dirigida no a Tomás, sino a nosotros: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Al hacer esta comparación entre Tomás y los que creen sin ver sin tocar, Jesús está diciendo: Tomás, ¿Tú eres bienaventurado, feliz, por lo que estás experimentando y disfrutando? Pues más bienaventurados son y van a ser los que creen sin tener la prueba de ver y de tocar. Y esos, hermanos, somos precisamente nosotros.

Ya veis, queridos hermanos, que el Evangelio no tiene fondo, que el misterio de la vida, de la muerte, del futuro , el misterio de mi ser entero, está contenido en el misterio pascual. Jesús ha resucitado, el que nos redimió con su pasión y su muerte, Jesús, ha resucitado. Él es el misterio de mi vida; él es mi esperanza, mi paz, la respuesta a todo lo que yo llevo dentro.

Señor Jesús, con infinito agradecimiento, yo creo en ti, yo creo que vives y me amas y estás presente en mi vida, y por eso te digo, diciéndolo todo: ¡Señor mío y Dios mío! Amén.

Pamplona, 11 abril 2026, Sábado de la octava de Pascua.


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