A los amantes de san francisco,
para vivir la fiesta de san Francisco
1.
Torna de nuevo la fiesta de nuestro padre san Francisco, y múltiples sentimientos
visitan nuestro corazón. En el atardecer del 3 de octubre (que en el cómputo
horario del tiempo ya era día 4) se cumplirán 786 años de la muerte de san Francisco.
La familia franciscana, con un sentimiento muy dulce, solemos llamar Tránsito.
Fray
Tomás de Celano, de santa memoria, hombre culto y artista de la pluma,
contemporáneo de Francisco, que lo recibió en la Fraternidad, cuando va a empezar
a narrar los dos años últimos de la vida de Francisco, cuando recibió las
llagas, se detiene, tembloroso, y escribe:
“Nuestro
beatísimo padre Francisco, cumplidos los veinte años de su total adhesión a
Cristo en el seguimiento de la vida y huellas de los apóstoles y habiendo dado
cima perfectamente a lo que había iniciado, salió de la cárcel de la carne y
remontó felizmente el vuelo a las mansiones de los espíritus celestiales el año
1226 de la encarnación del Señor, en la indicción decimocuarta, el 4 de
octubre, domingo, en la ciudad de Asís, lugar de su nacimiento, y cerca de
Santa María de la Porciúncula, que fue donde primeramente estableció la Orden
de los Hermanos Menores. Su sagrado y santo cuerpo fue colocado entre himnos y
cánticos y guardado con todos los honores en esa misma ciudad, y en ella
resplandece por sus muchos milagros. Amén”.
Fue
la Vita o Legenda que, por encargo del papa escribió con motivo de la
canonización de san Francisco, suceso que ocurría en 1228, antes de cumplirse
dos años de la muerte. Fray Tomás entregaba su “Vida” al año siguiente.
2.
La muerte de san Francisco, ungida de paz, fue como una liturgia, con múltiples
elementos:
-
La Palabra del santo Evangelio, según san Juan, iniciada en la santa Cena (Jn
13,1) como una Pascua (Jn 12,1).
-
El salmo con el que se encomendó al Señor: Voce
mea ad Dominum clamavi (Salmo 142/141).
-
El estremecedor desnudo sobre la desnuda tierra
-
La bendición a los hermanos
-
La salutación y acogida como a una dulce esposa, cantando la Hermana Muerte.
-
El coro de alondras que cantó celebrando fiesta revoloteando sobre la humilde
morada, al tiempo que Francisco se desprendía de esta tierra rumbo a las
moradas celestiales…
3.
Un franciscano siente que en torno a su corazón gravitan muchos sentimientos
cuando llega la fiesta de san Francisco, pensando en él, pensando en nosotros…
Y
uno experimenta la suave querencia de compartir algo con sus hermanos, en e sta
ancha familia universal.
Yo
les comparto hoy el primer documento que tenemos en la historiografía
franciscana, la carta que escribió el Ministro General, Fray Elías de Cortona,
dando a la orden la noticia de la muerte de nuestro “hermano y padre”.
No
encuentro a mano una versión castellana, y es bueno conocerlo por su alto valor
histórico. Intento una traducción de mi parte, una traducción de corrido. Al parecer, fue escrito este documento al día siguiente de la muerte de san Francisco,
el día 4 de octubre de 1226, por la tarde. Así se opina en la edición crítica
de donde tomamos el texto latino: Fontes Franciscani, a cura di Enrico Menestró
e Stefano Brufani… Edizioni Porziuncola, Assisi 1995 (2581 pp.).
Sobre
la figura de Fray Elías de Cortona (+22 abril1253), que era el Ministro general
en el momento de la muerte de san Francisco, Fr. Joachim A. Giermek, Ministro
general OFMConv, escribió una carta a la Orden con motivo del 750 aniversario
de la muerte de Fray Elías. Esta carta puede verse recogida en Internet
A mi
querido en Cristo, Hermano Gregorio (de Nápoles),
Ministro
de los hermanos de Francia, con todos sus Hermanos, que son míos,
el Hermano
Elías, pecador,
le desea
Salud.
Antes de empezar a hablar, suspiro, y con razón:
como aguas caudalosas así es mi rugido (Jb 3,24),
porque el temor que temía ha venido sobre mí (Jb 3,25),
sobre mí y
sobre vosotros,
y lo que más me aterraba, me acontece (Jb 3,25),
porque se ha alejado de nosotros el consolador (Lm 1,16),
y quien
nos llevaba en su brazo como corderos (Os 11,3),
se ha marchado lejos (Mt 21,33),
a una región lejana (Lc 19,12).
El amado
por Dios y por los hombres (Sir 45,1)
ha sido
recibido en las luminosísimas mansiones:
el que
enseñó a Jacob la ley de vida y
disciplina (Sir 45,6)
y entregó a Israel el testamento de la paz (Sir
45,30).
Hay que
alegrarse grandemente por él,
y dolernos
por nosotros,
porque,
ausente él, nos circundan las tinieblas
(Sir 23,26)
y nos cubre la sombra de la muerte (Sal 43,20.
Es un daño
común, y para mí un peligro particular,
pues,
estando yo en medio de las tinieblas (Dt 5,23),
me dejó
rodeado de muchas ocupaciones
y oprimido
por muchos flagelos.
Por eso os
ruego:
Doleos
conmigo, hermanos,
porque sufro en gran manera (Zac 9,5) y sufro
con vosotros,
porque estamos como niños sin padre (Lm 5,3),
privados de la luz de nuestros ojos (Sal 37,11).
Verdaderamente,
sí, era luz (Jn 12,35)
la
presencia de nuestro hermano y padre Francisco,
no solo
para nosotros, los que estábamos cerca,
sino
también para los que estaban lejos
(Ef 2,17) de nosotros
en
profesión y vida.
Era, en
efecto, luz, que venía de la luz verdadera (Jn 1,8.9),
iluminando
a los que estaban sentados en tinieblas y
sombras de muerte,
para dirigir los pasos de ellos por el camino de la paz (Lc 1,79).
Cosa que
hizo como verdadero mediodía;
el Oriente
venido de lo alto (Lc 1,78)
ilustraba
su corazón
y encendía
la voluntad en el fuego de su amor:
predicando el Evangelio de Dios (Lc 8,1)
y convirtiendo el corazón de los padres a los
hijos
y los imprudentes
a la prudencia de los justos,
y en todo el mundo preparó para el Señor un
pueblo (Lc 1,17; Mc 4,7) nuevo.
Hasta las islas lejanas ha llegado su nombre (Sir 47,17),
y todas las tierras han admirado sus obras maravillosas (Sal 134,14; Gn
13,9).
Por eso,
hijos y hermanos, no os entristezcáis en exceso,
porque Dios, padre de huérfanos, nos consolará con su santa consolación (2Co
7,6.7):
y si
lloráis, hermanos,
llorad sobre vosotros mismos, no sobre él (Lc 23,28).
Porque “en
medio de la vida nos llega la muerte”
(Sal 6,6),
pero él ha pasado de la muerte a la vida (Jn
5,24).
Alegraos,
porque, antes de haber sido arrebatado de
nosotros (2Re 2,),
como otro
Jacob (Gn 49,8) bendijo a todos sus hijos
y perdonó
todas las culpas
que contra
él hubiesen sido hechas o pensadas por alguno de nosotros.
Y dicho
esto,
os anuncio
una gran alegría (Lc 2,10),
un milagro
del todo nuevo (et miraculi novitatem).
No se ha
oído jamás (Jn 9, 32) (que haya existido) tal signo,
a
excepción del Hijo de Dios (Ap 7,2), que es Cristo el Señor (Lc 2,11).
Pues tiempo
antes de la muerte
nuestro
hermano y padre apareció crucificado,
llevando en su cuerpo cinco llagas
que son
los verdaderos estigmas de Cristo (Ga
6,17).
Pues sus
manos y sus pies tuvieron como las puntas de los clavos,
clavados
por ambas partes,
permaneceindo
las cicatrices
y mostrando
la negrura de los clavos.
Su costado
apareció herido
y con
frecuencia manó sangre (et saepe sanguinem evaporavit).
Mientras
vivía aún su espíritu en el cuerpo,
no había en él apariencia,
sino su rostro era despreciable (Is 53,2.3)
y ningún
miembro en él quedó sin una excesiva pasión.
Los
miembros estaban rígidos por la contracción de los nervios,
como
suelen ser de un hombre muerto,
pero
después de su muerte,
su aspecto es bellísimo (1Sam 16,12),
resplandeciente
con un admirable candor,
que alegra
a los que lo ven.
Y los
miembros que antes eran rígidos,
se han
hecho muy blandos,
y de
pueden volver a un lado y otro según la posición
como los
de un niño delicado.
Por tanto,
hermanos, bendecid al Dios del cielo
y confesadle ante todos,
porque ha realizado con nosotros su misericordia (Tb 12,6),
y guardad memoria (Sb 2,4) de nuestro padre
y hermano Francisco
para alabanza y gloria
de quien
lo ha engrandecido entre los hombres
y lo ha glorificado ante los ángeles (Flp
1,11).
Orad por
él, como ante nos lo pidió,
y oradle a
él para que Dios nos haga partícipes, con él, de su santa gracia. Amén.
El día 4
de octubre, domingo,
en la
primera hora de la noche precedente
nuestro
padre y hermano Francisco ha emigrado a Cristo.
Así, pues,
vosotros, carísimos hermanos,
a quienes
lleguen las presentes letras,
siguiendo las huellas (Gn 33,14) del pueblo
de Israel,
al llorar
a Moisés y Aarón, sus ínclitos jefes,
demos
rienda suelta a las lágrimas,
al vernos
privados del consuelo de tan gran padre.
Y aunque
es obra piadosa gozarse con Francisco,
también es
obra piadosa llorar a Francisco.
En verdad
que es obra piadosa gozarse con Francisco,
porque él
no murió (non obiit),
sino que
se fue (sed abiit) a los negocios celestiales,
llevando consigo el saco de dinero,
para regresar al plenilunio (Pro 7,19.20)
Es obra
piadosa llorar a Francisco,
porque el que entraba y salía como Aarón (1Re
18,16),
y llevando para nosotros de su tesoro cosas nuevas y antiguas (Mt
13,52)
y consolándonos en cada una de nuestras tribulaciones
(1Co 1,4),
ha sido tomado de en medio de nosotros (Hb 11,5),
y ahora
somos huérfanos sin padre (Lm 5,3).
Mas, como
está escrito:
“A ti se encomienda el pobre, tú socorres al
huérfano” (Sal 9/10, 35),
todos,
hermanos carísimos, orad con insistencia
(Tb 8,6),
para que,
si la pequeña vasija de barro se ha
quebrado
en el valle de los hijos (Is 10,33; Jr 19,1.2) de
Adán,
el supremo
alfarero se digne conceder (restaurar, reponer) otra digna de honor,
que esté
puesta sobre la multitud de nuestra gente
y como
verdadero Macabeo nos preceda al ir a
la guerra (1 Mac 2,66).
Y puesto
que no es cosa superflua orar por los
muertos (2 Mac 12,44),
orad al Señor (Is 37,15; 38,2) por su alma.
Cada
sacerdote diga tres Misas,
y cada
clérigo el Salterio,
los laicos,
5 padrenuestros (corregir: al parecer, 150,
como los 150 salmos)
los
clérigos celebren solemnemente una vigilia en común. Amén.
Fray
Elías, pecador.
Guadalajara,
1 octubre 2012.
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