A los 50 años del Concilio: el rostro de la Iglesia
Lección inaugural del curso académico 2012-2013
en el Instituto Superior Salesiano Cristo Resucitado
Tlaquepaque (Guadalajara), Jal., 20 agosto 2012
Tlaquepaque (Guadalajara), Jal., 20 agosto 2012
Rufino María Grández, OFMCap.
Esquema distribuido para seguir la conferencia
INTRODUCCIÓN: OCASIÓN, FINALIDAD, METODO
A
los 50 años del Concilio: 1. Tema obligado - 2. La finalidad que me propongo y
el fruto que anhelo - 3. Método
narrativo-testimonial
PRIMERA PARTE:
CLAVES DE INTERPRETACIÓN DEL CONCILIO
Primera clave: Captar el punto de
arranque y permanecer en la interpretación espiritual del evento.
El discurso de apertura del
Concilio (11 octubre 1962)
- El nacimiento
del Concilio
- Un Concilio
que quiere abordar la modernidad con optimismo, sin prestar oído a los profetas
de calamidades
- La tarea del
Concilio que no aborda una herejía en particular, sino que busca la actualización
viviente de la fe, el aggiornamento.
La dinámica de santidad como
clave profunda de interpretación del Concilio
Segunda clave:
Ningún dogma nuevo, pero sí una teología nueva
Tercera clave:
El nuevo modo de la teología, Historia salutis al amparo de la Biblia.
Cuarta clave: Las conquistas de la nueva
Teología.
1.
La identidad íntima de la Iglesia (Ecclesiam suam): presencia y tradición
2.
Centralidad dinámica y sustentante de la Escritura
3.
El estatuto del laico: dignidad, responsabilidad, santidad
4.
Encuentro con el mundo
5.
Orientación de la misión
SEGUNDA
PARTE:
LA IGLESIA DE
CRISTO, MI IGLESIA
1. Las convulsiones que han seguido al
Concilio: Hora inédita de la Iglesia.
Una
enorme convulsión ha seguido cronológicamente - La avalancha de lo secular - Renovación y desintegración
2. Claves epistemológicas para una nueva
teología
3. El gozo de pertenecer a esta Iglesia
4. La fecundidad congénita del Concilio
5. La misión en la hora presente
TRES CONCLUSIONES
ANTE UN CENTRO DE ESTUDIOS TEOLÓGICOS DE JÓVENES
Texto sobre el cual se ha pronunciado la conferencia
Reverendo Padre Rector de este Centro Teológico
de Estudios,
Apreciados Profesores y Alumnos:
Con la gracia de Dios se abre el nuevo curso
académico de este Centro. Les saludo con deferencia a todos ustedes yo, el
último llegado, que me cumple este honor e íntima satisfacción de compartir
con esta asamblea, mediante esta
“lección inaugural”, la fe que es el
vigor y el gozo de nuestra vida,
(INTRODUCCIÓN.
OCASIÓN, FINALIDAD, METODO)
A los 50 años del
Concilio
1. Tema
obligado, o casi obligado de esta circunstancia, es la memoria del
Concilio, a los 50 años del inicio de su celebración: memoria como acto
cristiano de reconocimiento de la mayor gracia de Dios dada a la Iglesia en el
ya concluido siglo XX, como acto
teológico de cabezas pensantes de la fe para explorar un tesauro inexhausto; en
fin, como ministros que somos de la Palabra para relanzar de nuevo que mensaje
que mana del Concilio.
Pionero en esta tarea eclesial ha sido el mismo
querido Papa Benedicto XVI, cuando el año pasado firmaba la Porta Fidei, carta apostólica dada en
forma de “motu proprio” (11 octubre 2011), anunciando un año memorial del
Concilio, el Año de la Fe.
Decía el Santo Padre: “A la luz de todo esto, he
decidido convocar un Año de la fe. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el
cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en
la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013” (n.
4)[1]. Y unas
líneas después añadía: “Y precisamente he convocado la Asamblea General del Sínodo
de los Obispos, en el mes de octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión
de la fe cristiana. Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo
eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe” (n.
4).[2] Las
facultades católicas de Teología son muy conscientes de este áureo aniversario
para organizar actos académicos en torno al tema[3].
Continúan las publicaciones[4]
2. La
finalidad que me propongo y el fruto que anhelo es tomar el pequeño libro
del Concilio (16 documentos) para volverlo a leer con sabiduría: una lectura
íntegra, inteligente y orante, para que lo que fue acontecimiento y vida,
vuelva a ser vida fecunda en nosotros. Tenemos la íntima persuasión de que el Vaticano
II es manantial de vida. La herencia tridentina configuró cuatro siglos de
historia en la Iglesia, incluidos en ellos el Vaticano I, que trabajó en la
huella dejada por Trento.
El Vaticano II no fue la prolongación de Trento;
menos aún, su ruptura. Pero ha sido un “novum” en la Iglesia. Y de ninguna
manera podemos cerrar la época del Vaticano II, como diciendo: misión cumplida.
Este ha sido un pensamiento constante de los últimos Papas, Al contrario, lo
han visto como un venero manante de vida. Juan Pablo I, que como obispo Albino
Luciani (8 oct 1912 – 28 sept. 1978) participó en las cuatro etapas del
Concilio, si bien nunca tuvo una intervención pública, solía decir a sus más
próximos colaboradores: “Soy un
convertido del Concilio”[5]. Se
sentía, pues, discípulo del Concilio, aprendiz de una teología que no había
sido la teología de los manuales de su juventud, si bien en la que se ha
llamado “hermenéutica de la reforma”.
Al inicio del nuevo Milenio, Juan Pablo II
sustentaba la vigencia plena del Vaticano II como la gracia del siglo XX y como
tarea de la Iglesia, cruzando este umbral de la historia. Aquellos textos –
decía – “no pierden su valor ni su
esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y
asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la
Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el
Concilio como la gran gracia de la que la
Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha
ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que
comienza”[6].
Esa
gloriosa afirmación de calificar al Concilio como la gracia primacial de la
Iglesia en el siglo XX no era una frase redonda, una afirmación retórica que
bien se vende, sino una convicción medular con graves consecuencias.
En
el mismo sentir abunda Benedicto XVI, citando en “Porta Fidei” a su predecesor:
“Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio
pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos
guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más
una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia»”[7].
3, Método
narrativo-testimonial. El 11 de octubre de 1962 se iniciaba solemnemente el
Concilio Ecuménico Vaticano II. Yo, que entonces tenía 25 años, terminada la
licenciatura en Teología en Fribourg (Suiza), estaba aquel día en la Plaza de
san Pedro, recién llegado para iniciar mis estudios bíblicos en el Pontificio
Instituto Bíblico (1962-1964), cuando veía con mis compañeros la solemne procesión
de mitras que avanzaba para entrar en la Basílica vaticana. Al final el bondadoso
Juan XXIII – 80 años – portado en la Silla Gestatoria, bendiciendo a los fieles
congregados. De todos los Padres que a lo largo de las cuatro etapas o sesiones
participaron han muerto casi todos; quedan en la actualidad 70 personas, muy
ancianos.
Imaginan la ilusión de un joven estudiante eclesiástico,
todo ojos, todo corazón para ver y sentir. Recuerdo las piedras de Roma, y
pensaba: “Las piedras hablan”; eran labios de historia. Cuánto más no ya las
piedras sino la historia apasionada que ha seguido al Concilio, que uno la ha
visto, y no como espectador en un graderío, sino en la arena misma de la vida[8].
Recuerdo la conversación que tenía con mi compañero – mi hermano de hábito - deambulando
por las calles de Roma de regreso al convento[9]
Cuál es esa Iglesia viva que vivía y soñaba
Pablo VI, Papa final del Concilio y firmante de los documentos siguientes que
iban dibujando el nuevo rostro de la Iglesia. Al morir saluda enardecidamente a
la Iglesia. “Ruego al Señor que me dé la gracia de hacer de mi muerte próxima
don de amor para la Iglesia. Puedo decir que siempre la he amado; fue su amor
quien me sacó de mi mezquino y selvático egoísmo y me encaminó a su servicio; y
para ella, no para otra cosa, me parece haber vivido. Pero quisiera que la
Iglesia lo supiese y que yo tuviese la fuerza de decírselo, como una
confidencia del corazón que sólo en el último momento de la vida se tiene el
coraje de hacer”[10].
El objetivo, pues, de mi exposición es eclesial,
bien sea en una vertiente puramente académica o bien sea en cuanto a compromiso
personal por la causa del Concilio, por la causa de Jesús, que hoy se llama
nueva evangelización:
- que el conocimiento del Concilio imprima en
nuestro espíritu una “forma mentis” abierta a la sabiduría y a la esperanza;
- que el conocimiento del Concilio, tarea de
estudio, nos lance a una vida en trance de amor y de entrega.
Emplearé un estilo expositivo, haciendo que
fluyan ligeros mis dedos en la computadora. Quizás esta exposición (condensada
a la hora de hablar) pueda servir luego para una lectura…[11]
(PRIMERA PARTE:
CLAVES DE INTERPRETACIÓN DEL CONCILIO)
Primera
clave: Captar el punto de arranque y permanecer en la interpretación espiritual
del evento.
1. La teología cristiana- y entendemos por
teología la reflexión racional sobre la fe otorgada – puede establecerse sobre
la base de cuatro grandes pilares.
Dios,
el Hombre,
la Iglesia,
el Mundo.
Estos son los eternos manantiales de pensamiento,
que se expanden en muchas venas. Claro que un místico, iluminado en su
simplicidad, podría acotarnos: No, la teología es Dios, puramente Dios; poner
otro alguien u otra cosa a su lado, sería rebajarlo, entrar en un peligrosísimo
camino de homologación de objetos, a perjuicio de la soberanía única y omnipresente
de Dios. La teología solo trata de Dios, porque el hombre, si es algo, es
divino y solo en Dios puede ser encontrado. Lo mismo la Iglesia y el Mundo.
Yo estoy de acuerdo en esta simplicidad absoluta
del pensar contemplativo, que es un pensar unitivo y saciativo, y que sin duda
es un hambre insaciable, tanto más
agudizado cuanto más la vida otea la cumbre (con ello hablo de mí). La unidad
de Dios es la unidad de la humanidad, y este es un pensamiento nobilísimo del corazón
humano, prácticamente de una religión o de otra.
Ahora bien, el pensamiento humano tiende a
desmenuzarse y a ser analítico, y por esta razón, connatural a nuestro ser, al
proyectarnos de Dios hacia afuera, decimos que hay cuatro núcleos generadores
del pensamiento y pauta para contrastar la realidad: Dios, el Hombre, la
Iglesia, el Mundo.
La centralidad de Dios, como tema de la
teología, esto apasiona al teólogo. Dios no es un tema: es el tema, e incluso
el medio del pensamiento, la forma constitutiva del bien pensar para acceder a
la realidad. Además ese Dios Soberano, al que no se puede acceder y ante cuyo
umbral el hombre adora – incluso antes de pensar, porque la adoración es un sobrepensamiento
envolvente – es el pensamiento humanizador por excelencia. Si el hombre no
puede “atrapar” a Dios, no por ello queda aterrado y deshecho; al contrario,
queda dignificado, y en esa impotencia raíz descubre su vocación humana y su
destino, que es lo más gratificante que puede hallar la razón humana. En suma,
Dios es la suma actualidad del pensar y del vivir, la radiante contemplación de
toda teología.
Con todo, como Narrador de lo que ha pasado, me
place emplear un método absolutamente sencillo y luminoso, que es la
metodología propia de la historia salutis:
poder captar y decir: Así nació el Concilio; ésta fue la chispa del Espíritu,
que encendió la llama.
2. Juan XXIII fue el Papa que convocó el
Concilio. Y tenemos su testimonio personal de cómo nació.
He aquí esta página inmortal de su Diario del
alma (Giornale dell’anima).
Compendio
de grandes gracias hechas a quien tiene poca estima de sí mismo, pero recibe
las buenas inspiraciones y las aplica con humildad y confianza.
Primera
gracia.
Aceptar con sencillez el honor y el peso del pontificado, con alegría de poder
decir que no hizo nada, y es más, con un interés cuidadoso y consciente por mi
parte de no hacer nada que pudiera atraer la atención sobre mi persona; muy
contento en medio de las variaciones del Cónclave cuando veía algunas
posibilidades de disiparse en mi horizonte y centrarse en otras personas, a mi
juicio, verdaderamente dignas y venerables.
Segunda
gracia:
Hacerme aparecer como sencillas y de inmediata ejecución algunas ideas nada
complejas, sino sencillísimas, pero de vasto alcance y responsabilidad frente
al porvenir, y con éxito inmediato. ¡Qué expresiones estas! ¡Acoger las buenas
inspiraciones del Señor “con sencillez y confianza”!
Sin haber pensado antes en ello, saca a relucir
en un primer diálogo con mi Secretario de Estado, el 20 de enero de 1959, las
palabras: Concilio Ecuménico, Sínodo diocesano, revisión del Código de derecho
Canónico, en contra de toda suposición o imaginación mía en este mundo. El
primer sorprendido de esta propuesta fui yo mismo, sin que nadie me hiciera
indicación al respecto. Y decir que luego todo me pareció tan natural en su
inmediato y continuo desarrollo…
Después de tres años de preparación, laboriosa
ciertamente, pero también feliz y tranquila, aquí estoy ya a los pies de la
santa montaña.
Que el Señor me sostenga para llevar todo a buen
término[12]
Asegura el Papa que la idea del Concilio fue
algo absolutamente simple: una inspiración que le viene a uno de dentro en el
curso de una conversación, una idea sencilla y posible, que fluye y ante al que
uno lealmente se pregunta: ¿Y por qué no?
No fue una iluminación de carácter místico
tenida en un rato de oración superior.
Ni fue tampoco un pensamiento técnico de un
gobernante que cavila qué hacer, cómo proceder, que implicaciones, cómo
consultar.
Los historiadores nos hablan de ciertos planes
que tuvo tanto Pío XI como Pío XII de convocar un concilio, ¿acaso como cierre
y complemento del Vaticano I?
Fue algo absolutamente simple, sin ser para nada
ingenuo ni precipitado. Si la Iglesia es una familia, ¿por qué no nos juntamos
para discutir de lo que realmente nos interesa, porque lo amamos, y nos
preocupa? En un segundo y tercer momento vendrían los problemas organizativos y
la pericia – y acaso malicia – para nombrar a las Comisiones, ya dentro de lo
que es el aparato de una organización humana.
El día de la apertura del Concilio el papa
escribió en su Diario del alma:
“Este es el día de la solemne apertura del
Concilio ecuménico. Todos los diarios dan la noticia y Roma está en el corazón
exultante de todos. Doy gracias a Dios por haberme hecho digno del honor de
abrir, en su nombre, este principio de grandes gracias para la Iglesia Santa.
Él dispuso que la primera centella que preparó, durante tres años, este acontecimiento
saliese de mi boca y de mi corazón. Estaba dispuesto a renunciar incluso a la
alegría de esta apertura. Con la misma calma repito el hágase tu voluntad
respecto al hecho de mantenerme en este primer puesto de servicio durante todos
el tiempo y para las todas las circunstancias de mi humilde vida, o bien a
verme interrumpido en cualquier momento, porque este compromiso de proceder,
continuar y concluir pase a mi sucesor. Hágase tu voluntad, en la tierra como
en el cielo. Fiat voluntas tua, sicut in
caelo et in terra”[13]
Acerca de que hubiera de ser el pontificado un
pontificado de transición, he aquí lo que escribió su secretario particular,
Loris Francesco Capovilla:
“Ni
siquiera debe leerse en sentido negativo esta calificación, porque ahí estaban
sus 77 años, y él mismo afirmó: «No puedo mirar demasiado lejos en el tiempo».
Sabía que era ya un anciano, no se preocupaba de lo que podría hacer. Habituado
a vivir comunitariamente y a no considerar los problemas desde el punto de
vista personal, citando a Tibulo, decía Est nobis voluisse satis, para
el honor de un hombre es ya mucho haber concebido una empresa, haber pensado,
ideado, iniciado algo. Recuerdo su comentario a mi perplejidad y a mi falta de
entusiasmo cuando me comunicó la idea del Concilio. Me dijo: «No hay que preocuparse
de sí mismo y de quedar bien. En la concepción de las grandes empresas basta
con el honor de haber sido providencialmente invitados. Hemos sido llamados a
poner en marcha, no a concluir.»[14]
El discurso de apertura
del Concilio
En consonancia con aquel acto fundacional del
Concilio está el discurso de apertura, discurso clave, que dio el método y la
dirección del rumbo del Concilio.
Esta fue la contribución personal de Juan XXIII
a la magna obra del Concilio. Él lo echó a andar y ya no lo presidiría en la
segunda sesión el año 1963. Sin duda que es el discurso más importante de los
discursos pontificales del Concilio. El espíritu de apertura y diálogo, de acogida
benévola al mundo, sin entrar en cuestiones de especialistas, abogaba por esta
teología nueva venida de determinados centros teológicos, o, al menos, era un
aliento para que triunfara esta teología que había dado torturas a un grupo
selecto de teólogos.
Hagamos memoria de algunos puntos de aquel
discurso histórico de apertura, clave hermenéutica del Concilio.
El nacimiento del Concilio. Ante todo el Papa, en
su discurso “Gaudet Mater Ecclesia”
quiso dejar muy claro para la historia la forma sencilla, limpia y pura de cómo
había nacido el Concilio, lo que de una manera del todo personal había escrito
en su Diario del alma. Es un discurso que había preparado en el retiro espiritual
que hizo precedente al Concilio.
Decía:
“Cuanto a la iniciativa del gran acontecimiento
que hoy nos congrega aquí, baste, a simple título de orientación histórica,
reafirmar una vez más nuestro humilde pero personal testimonio de aquel primer
momento en que, de improviso, brotó en nuestro corazón y en nuestros labios la
simple palabra "Concilio Ecuménico". Palabra pronunciada ante
el Sacro Colegio de los Cardenales en aquel faustísimo día 25 de enero de 1959,
fiesta de la conversión de San Pablo, en su basílica de Roma. Fue un toque
inesperado, un rayo de luz de lo alto, una gran dulzura en los ojos y en el
corazón; pero, al mismo tiempo, un fervor, un gran fervor que se despertó
repentinamente por todo el mundo, en espera de la celebración del Concilio”[15].
Esta consideración del lugar espiritual en que
nace el Concilio no es una parénesis para acogerlo con ánimo benévolo. En la
perspectiva de esta “lectio inauguralis” debemos considerarla como el lugar
teológico matriz para pasar a interpretar el Concilio desde donde ha nacido.
En la escena de la confesión de Cesarea Jesús
dice a Simón: “¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo
ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt
16,17). La mesianidad de Jesús no está al alcance de la carne y de la sangre:
solo Dios puede darla a conocer. La mesianidad de Jesús no puede ser alcanzada
por una demostración académica, es de otro orden y de otro plano de conocimiento.
El Concilio no nace de una reunión de trabajo,
de una investigación académica o de cosa parecida; ha venido sencillamente de
otra órbita, de una inspiración espiritual. Ese momento espiritual en que nace
el Concilio, es “norma mentis” para seguirlo e interpretarlo. Dicho con otras
palabras: Una interpretación no santificante de la letra del Concilio, no es
una interpretación genuina del mismo. Parece como si igualáramos la
hermenéutica del Concilio con la hermenéutica de la Biblia y con la
hermenéutica de la En carnación. Tanto
la Biblia como la Encarnación son santificadoras, y desde el hontanar de ambas
oralidades hay que vivirlas e interpretarlas. No es adecuadamente igual, pero
vamos por esa línea. En suma, si el Concilio, como palabra viviente de la
Iglesia no me santifica – no nos santifica – no nos sirve.
Obviamente en los entresijos del Concilio hay
contrastes, luchas, tensiones, decepciones…Un simple ejemplo con respecto a la
gestación del texto sobre la libertad religiosa. En España se había firmado en
1953 el Concordato entre la Santa Sede y el Gobierno, que parecía ser modélico
para que lo imitaran otros país. Según tal concordato la religión católica era
la religión era la religión oficial del estado español. Esto caía por tierra,
según la nueva concepción de libertad religiosa. Observemos cómo el obispo
Jacinto Argaya ve la situación desde dentro del Concilio.
(19
noviembre 1964). “Regreso del vaticano lleno de preocupación. La sesión ha
sido dramática, de grande emoción… Ha tomado la palabra el cardenal Tisserant.
Ha dicho que a petición de algunos Padres, se retira hasta la IV sesión la
discusión sobre el esquema de Libertad religiosa… Los obispos colindantes, por
lo que yo veía y oía, atribuían la decisión dilatoria de Tisserant a la
intervención de los españoles, a la que se han sumado otros 200 obispos. Salgo
de la Congregación preocupado y entristecido. Probablemente, el episcopado
mundial, en su mayoría, cargará a nuestra hispánica intolerancia – así la
llaman ellos – esta decisión que es del Consejo de la Presidencia, y aumentará
la prevención y el distanciamiento entre muchos de ellos y nosotros”[16]
Un
Concilio que quiere abordar la modernidad con optimismo, sin prestar oído a los
profetas de calamidades.
“En el cotidiano ejercicio de Nuestro ministerio pastoral llegan, a veces, a
nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun
en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas
no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que
nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan
como si nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la
vida, y como si en tiempo de los precedentes Concilios Ecuménicos todo hubiese
procedido con un triunfo absoluto de la doctrina y de la vida cristiana, y de
la justa libertad de la Iglesia.
Nos
parece justo disentir de tales profetas
de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como
si el fin de los tiempos estuviese inminente. En el presente momento histórico,
la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que,
por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones,
se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun
las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia”.
La
tarea del Concilio que no aborda u a herejía en particular, sino que busca una
actualidad de la fe.
“La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este
o aquel tema de la doctrina fundamental de la Iglesia, repitiendo difusamente
la enseñanza de los Padres y Teólogos antiguos y modernos, que os es muy bien
conocida y con la que estáis tan familiarizados.
Para
eso no era necesario un Concilio. Sin embargo, de la adhesión renovada, serena
y tranquila, a todas las enseñanzas de la Iglesia, en su integridad y
precisión, tal como resplandecen principalmente en las actas conciliares de
Trento y del Vaticano I, el espíritu cristiano y católico del mundo entero
espera que se de un paso adelante hacia una penetración doctrinal y una
formación de las conciencias que esté en correspondencia más perfecta con la
fidelidad a la auténtica doctrina, estudiando ésta y exponiéndola a través de
las formas de investigación y de las fórmulas literarias del pensamiento moderno.
Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del "depositum
fidei", y otra la manera de formular su expresión; y de ello ha de
tenerse gran cuenta —con paciencia, si necesario fuese— ateniéndose a las
normas y exigencias de un magisterio de carácter predominantemente pastoral”.
Juan
XXIII popularizó en nuestras la palabra aggiornamento,
que expresa de modo directo lo que nosotros decimos con la expresión de
“ponerse al día”.
El
valor espiritual de este discurso podríamos verlo en el testimonio de un hombre
de cultura, muy significado en Francia, Francois Mauriac. En octubre de 1962 él
concluía su relato autobiográfico en el que narraba su propio camino hacia la
fe. Escribía:
“…
el papa Juan XXIII ha pronunciado las palabras de misericordia que yo siempre
he deseado de Roma y las ha dicho y las ha dicho en presencia de nuestros
hermanos separados. En medio de tanto esplendor glorioso él ha sabido casi desaparecer,
de tal manera que, a través del anciano, es el Espíritu mismo, el Espíritu de
amor y consuelo, el que ha hablado al mundo… por primera vez, después de mi
juventud, el Espíritu se manifestaba, al menos a mí, visiblemente. La única
fuerza que puede dominar por encima de cualquier otro poder, hoy se encuentra
en Roma. Pedro ya no es un anciano aislado. Lo veo rodeado de todos sus hijos,
incluso de aquellos que le habían pedido su parte de la herencia y se habían
alejado de él. Y, he aquí que él ya no pronuncia anatemas, no maldice, y todas
las naciones voltean sus miradas hacia la proa de la vieja barca, asombrados
ante la aparición de este pescador de hombre”[17]
La dinámica de santidad
como clave profunda de interpretación del Concilio
Justamente en esa dinámica de santidad tenemos
otra clave de interpretación de los textos: la sucesión de papas santos que han
seguido al Concilio. No ha sido así en otros Concilios. He aquí la santidad públicamente
reconocida de unos Papas singulares
- El Beato Juan XXIII (1959-1964)
- El Siervo de Dios Pablo VI (1964-1978)
- El Siervo de Dios Juan Pablo I (1978): 33 días
de pontificado.
- El Beato Juan Pablo II (1978-2005)
- El actual Papa Benedicto XVI (2005)
La santidad de la divina inspiración que lanzó
el Concilio y la santidad de los papas que lo han proseguido no son extrínsecas
al texto, dado que la Iglesia no se construye sobre la razón pensante, sino
sobre la acción el Espíritu.
Cuando Urs von Balthasar, teólogo no llamado al
concilio, cuya importancia se descubrió más tarde, obtuvo el primer premio
Pablo VI, en el discurso pronunciado ante Juan Pablo II, aseguró que el peor
mal acaecido a la Iglesia desde el siglo XVI había sido la separación entre
teología y espiritualidad. La teología, en efecto, solo la pueden hacer los
santos.
A la santidad de los papas que han seguido al
Concilio hay que añadir la santidad, la fidelidad, de los que han labrado la
teología operante en el Concilio. Los teólogos en punta, en un tiempo vistos
con recelo por la Curia Romana, que han sido los hombres del Concilio. Algunos
han sido honrados con el cardenalato
Juan XXIII ha querido una cruzada de oración y
penitencia, como fuerza operadora del Concilio; la oración de los sacerdotes,
de los niños, de los laicos… Y esto de ninguna manera es una táctica de un “bien queda”, sino una
convicción firme de las cosas de Dios. En realidad el Papa promovió
personalmente, con múltiples documentos, una auténtica “cruzada de oración” por
el Concilio[18]
Segunda clave: Ningún
dogma nuevo, pero sí una teología nueva
Los Concilios han sido convocados por
necesidades concretas, y con frecuencia la necesidad concreta era al
clarificación de un dogma, cristológico o trinitario.
El Concilio de Trento fue convocado por la
necesidad de poner orden en la fe, resquebrajada por los innovadores. Los
cánones del Concilio serán pronunciamientos en vista de clarificar la fe, con
las debidas acotaciones, y esto con la fórmula consagrada, que perdura en el
Vaticano I: Si quis dixerit…, anathema
sit.
La Iglesia a finales del siglo XIX y principios
del XX ha de afrontar el modernismo, que fue definido de modo vago como “suma
de todas las herejías”, condenado en la encíclica Pascendi dominici gregis (S. Pío X, 8 septiembre 1907).
En el Vaticano II no se aborda puntos concretos
que hubiese que condenar, ni se define ningún dogma.
Y sin embargo trae una revolución teológica que
ningún Concilio anterior la había traído. Nuestro[19] hermano
capuchino profesor en el IFFTIM de México, doctor en Teología por la
Gregoriana, ha reflexionado sobre la Teología del Concilio, lugares en los que
se ha gestado y resultados que ha traído en sus grandes temas: Una teología nueva para un concilio nuevo.
De los 16 documentos (constituciones, decretos,
declaraciones), los cuatro principales son Dei Verbum, sobre la divina
revelación; Lumen gentium, sobre la Iglesia; Sacrosanctum Concilium, sobre la liturgia; y Gaudium et spes.
El documento más dogmático de todos es la
constitución Dei Verbum, que entra en
el aula a poco de comenzar los trabajos en la primera sesión, y no es aprobado
sino veinte días antes de terminar el Concilio. Allí se debatían los conceptos
claves para hacer teología:
- Qué es la Revelación.
- Qué es la Escritura, y en especial los
Evangelios.
- Qué es la Tradición.
- Qué es el Magisterio.
Después de haberse aprobado este central
documento, ya no podíamos usar los manuales teológicos que antes estudiábamos.
Escritura y Tradición, dos Fuentes de Revelación. Lo que no estaba en la
Escritura, por ejemplo la Asunción de María, estaba en la Tradición. La
Tradición completaba cuantitativamente la Escritura. Esta enseñanza simple – o
simplista – caía por tierra. Escritura y Tradición no son dos fuentes distintas
y complementarias. Ni siquiera dos cauces separados de una fuente original. Es
una fuente y un cauce: la Tradición es cauce y sin cauce no hay agua que fluya.
La Escritura solo existe en la Tradición; en definitiva, solo la Tradición
selecciona la Escritura, sólo en la tradición se puede autentificar la
inspiración y el canon.
El Concilio llega a esta formulación: “lo que
enseñaron los Apóstoles encierra todo lo necesario para que el Pueblo de Dios
viva santamente y aumente su fe, y de esta forma la Iglesia, en su doctrina, en
su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que
ella es, todo lo que cree” (Dei verbum, 8).
He aquí, pues, la definición de la Tradición en
un concepto totalitario y dinámico: la
Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas
las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree.
El P. Congar, en otro tiempo sospechoso y
perseguido y que terminó siendo Cardenal, podía dar saltos de contento, porque
esta era su doctrina, la fórmula que él había creado.
Y ¿qué decir del magisterio? Congar es acerado,
cuando abriendo su corazón de par en par a su madre, mujer culta, y hablando
como solo en suma confianza se puede hablar, estigmatiza la forma de entender
el magisterio del sublime Papa Pío XII, cuya santidad sería insensato el
negarla. Habla así con el corazón desgarrado, desde el exilio, sangrando por la
herida: “El papa actual, sobre todo desde 1950, ha desarrollado, hasta la
manía, un régimen paternalista consistente en que él, y solo él, dice al mundo
y a cada uno lo que hay que pensar y cómo hay que actuar. Pretende reducir a
los teólogos al papel de comentaristas de sus discursos…”[20].
El Concilio dirá una evidencia, pero quizás en
la praxis no se toma como tal: “Este Magisterio, evidentemente, no está sobre
la palabra de Dios, sino que la sirve…”. Y concluye el párrafo, reafirmando lo
que en sí mismo es evidente: “Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición,
la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo
de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el
uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu
Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas” (Dei verbum, 10).
Esta “teología nueva” no puede llamarse porque
los contenidos hayan cambiado, sino porque los acentos, el estilo, el aire son
distintos, cosas que no afectan a la mera superficie estética de la exposición
teológica, sino íntimamente al modo de afrontar la verdad. Se trata, por tanto,
de un cambio cualitativo en el lenguaje tradicional de la teología. Es de sospechar
que las consecuencias nos puede llevar todavía bastante lejos.
Tercera clave: El nuevo
modo de la teología, Historia salutis
al amparo de la Biblia.
La teología que alimentaba a la Iglesia en los
años precedentes al Concilio era enormemente especulativa. Se toma el dato
revelado como un totum fijo que hay
que analizar. De hecho ese dato, como procedente de algo eterno e inmutable, que
ahí para la consideración de los siglos aplicándole los mejores sistemas
filosóficos que se encuentre, dentro, claro está, de la ortodoxia.
Pero el dato revelado, como tal, una vez
alcanzado es un dato que rebasa el tiempo. La Teología como tal, ciencia del
saber humano, es una especulación del misterio.
Ahora bien, como la nueva sensibilidad ante la
Sagrada Escritura, aceptamos que al plataforma de la teología, y por lo tanto
del teólogo, como culto pensante, es la Historia salutis. Dios se revela no
atemporalmente, sino dándose en el devenir del peregrinaje humano. Ese es el
Dios de los profetas y el Dios de los sabios de Israel.
Es cierto que el teólogo toca algo transcendente,
pero lo mismo de cierto es que el mismo dato transcendente nos llega – y no
puede llegar de otra manera – sino por la historia contingente.
La revelación es, pues, historia de salvación, Historia salutis. Y no solo como proceso
generativo de comunicación, que va extendiéndose, adentrándose; sino también
porque Dios, al ser iluminado en nuestra razón, Él mismo está donándose, está
en trance de donación. La revelación – y, en consecuencia, el pensamiento sobre
la revelación – es historia de salvación, historia de amor.
Cuarta clave: Las
conquistas de la nueva Teología.
Llegados a este punto podemos examinar los
frutos del Concilio. Los cuales frutos, la ubérrima cosecha del Concilio, que
da un nuevo rostro a la Iglesia, son al mismo tiempo, visto en su conjunto,
clave misma de interpretación de todo el evento conciliar. Un principio de la
filosofía y del buen sentir nos dice que las partes se interpretan desde la
inspiración del todo. Es la analogía de la realidad del ser que pasa a ser
analogía de interpretación.
En virtud de ello, la recta interpretación del
Concilio, en ocasiones, supera a lo que materialmente era la letra del
Concilio.
Dos ejemplos. El hecho de la misa en lengua
propia como lengua del culto del pueblo de Dios ha superado la mera normativa
de la letra del Concilio que sigue siendo cautelosa.
El sentido de la liturgia de las horas, a la que
todo bautizado tiene acceso en virtud de su consagración bautismal, excede
igualmente a la concepción canónica en la que todavía se mueve la teología del
Concilio.
En suma, el Concilio, en fidelidad a sí mismo,
como fuerza germinal se supera a sí mismo.
1. La identidad íntima de la Iglesia (Ecclesiam
suam): presencia y tradición
En el Concilio, al abordar la Iglesia, se
introduce el concepto clave de “pueblo de Dios”, y esto no con un afán
sociológico, sino por la necesidad interna de completar visiones que, siendo
verdaderas, no dejan de ser fragmentarias.
El misterio de la Iglesia, que siempre será
misterio, tiene refracciones o reflejos diferentes, y hay dos polos o claves
que insinúan diferentes perspectivas:
- Uno, la Iglesia misterio arquetipo, como la
contemplan las Cartas de la cautividad.
- Otro, esa Iglesia cotidiana, que continúa el
Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento, que está representada en la solicitud
por todas las Iglesias, y que tiene su realidad visible en los avatares
continuos, como nos la representan, por ejemplo, las cartas paulinas. Es el concepto
de Iglesia “sancta et Semper reformanda”.
En esta visión cuadran conceptos nuevos,
- el diálogo, que no es concesión, sino
necesidad;
- la corresponsabilidad;
- la colegialidad;
- la fraternidad.
La honda fraternidad en los discípulos de Jesús crea
un planteamiento nuevo para el ecumenismo, bien sea con los cristianos de Oriente,
o con los cristianos venidos de la Reforma.
El enfoque del ecumenismo cambia de raíz, que ya
no se trata tanto de que los que se fueron vuelvan a casa, sino de que todos
volvamos a Cristo, reconociendo con humildad las culpas y pecados que a todos
nos atañen.
2. Centralidad dinámica y sustentante de la
Escritura
El Concilio en la Dei Verbum ha grabado una frase decisiva, que es un criterio clave
y fundante del quehacer teológico. Dice: “Por eso el estudio de las sagradas
Escrituras ha de ser como el alma de la teología”[21]. No es
algo que invente el Concilio. El principio lo había recalcado León XIII en la Providentissimus Deus (1893)[22]. Y, no
obstante, durante decenios en el método teológico imperante, el uso de la Escritura
ha servido más bien como apoyo de la teología especulativa, casi se dirían como
“dicta probantia” a las tesis previamente
establecidas por la dogmática, aclarando que la Escritura está de acuerdo con
esto que voy exponiendo, que incluso lo confirma.
Tengamos limpieza de conceptos. Decir que el
estudio de las sagradas Escrituras debe ser como el alma de la teología, no es
decir
1) que la teología se acaba en la Escritura,
2) ni que la teología sea la exposición del
pensamiento de Isaías teólogo, de Pablo teólogo, de Juan teólogo.
No es esto: la exégesis tiene su propio método,
y la teología el suyo, sin que se interfieran, ni mutuamente se anulen.
El teólogo es el hombre del pensamiento sobre el
dato revelado. No es un repetidor de lo
que está dicho; es un constructor de todo un sistema de pensamiento, que lo
sustenta con los mejores logros que ha alcanzado la filosofía, que se cerró con
Aristóteles y Platón, con los medievales, con las grandes cabezas pensantes de
la historia filosófica de Europa. Kant y posteriores. La filosofía sigue y
seguirá.
Ahora bien, el pensador cristiano toma los datos
de la fe de lo que transmite la Escritura. Por ejemplo, un tratado sobre Dios
no es un tratado filosófico de teodicea. De la Escritura no nace una teodicea,
sí una teología. El Dios revelado es alianza, lo cual pudieron decirlo ni
Aristóteles ni Platón. Pero, al partir del principio revelado de que Dios es
Alianza, yo no me puedo quedar en lo que han dicho de la Alianza ni el
Deuteronomio, ni Jeremías ni Ezequiel, tengo que trabajar con una red de pensamiento,
con una filosofía, que ellos no poseían, y que hoy a nosotros nos urge. Esto es
lo fascinante de la teología como creación de pensamiento; pero el teólogo no
puede marginarse de la Escritura, porque esa es su patria de origen.
La Escritura impregna todo, sin que queramos
hacer un tejido de citas bíblicas nuestra exposición.
Ejemplo al canto es la constitución pastoral
sobre la Iglesia en el mundo, donde la inspiración es bíblica, pero la
exposición evita, en lo posible, el recursos erudito a la Biblia, que, incluso,
entorpecería la transparencia del mensaje.
La tarea que queda por delante no es la valla de
un trabajo terminado; es una tarea que siempre estará en curso en la Iglesia.
2. El estatuto del laico: dignidad,
responsabilidad, santidad
Es claro que la configuración de la Iglesia ha
tenido un recio corte clerical. Los clérigos han sido los depositarios de la
teología, y los detentores del ejercicio del poder. Y pienso, que en mi
intención mis palabras tengan nada de revanchismo que la imagen que se sigue
proyectando en nuestro entorno en México transpira este espíritu. Y pienso –
repito que con humildad – la educación que se infunde en el seminario va por
ahí. El sacerdote sigue teniendo mucho de “el señor cura”; el fiel laico sigue
siendo un fiel colaborar a las órdenes, porque la jerarquía es de institución
divina y el laico se define precisamente como no jerarquía.
Con todo, hay una definición primaria de la
Iglesia antecedente a la propia estructuración jerárquica. La Iglesia es la comunidad de los discípulos del Señor. Esta
definición carismática revela mejor el alma de la Iglesia que la definición jurídica
jerárquica.
Y esta – y no otra – tendría que ser la que nos
diera la pauta de comportamiento en la Iglesia, si nos atenemos a la
presentación de carismas que hace san Pablo. El carisma de la profecía es más
importante que el carisma de gobierno. Entre otros carismas – insistiremos
luego – está el carisma del teólogo, no asociado a la jerarquía, ni al género
hombre o mujer.
El Concilio ha puesto en resalte el estatuto del
laico, que lo hemos de identificar no como agente operativo de apostolado, sino
radicalmente en su puro ser cristiano. De nuevo traemos el sabio principio de
filosofía: operari sequitur ese, el
obrar sigue al ser. El estatuto del laico, es decir, del miembro del láos tou Theoú es este:
- ser en Cristo Jesús, con su entidad y
dignidad; con la plena llamada a la santidad. De ninguna manera el laico es
cristiano de segunda categoría. Es lo que es y lo es totalmente.
- operar desde Cristo Jesús.
El Espíritu del Señor puede colmarle de sus
dones y la Iglesia ha de reconocerlos.
Es comprensible que oscuramente, en un estrato
subyacente, operen en nosotros ciertas reticencias no confesadas, y quizás ni
formuladas. Hay que recurrir a la vida de los santos para reconstruir ciertos
principios teológicos. Véase, por ejemplo, el caso de Concepción Cabrera de
Armida (1862-1937), esposa y madre de familia, inspiradora de las obras de la
Cruz: su alta mística y su vida matrimonial caminaron en unidad[23].
4. Encuentro con el mundo
La palabra “mundo” es ambivalente. Esto ocurre
en la Escritura e, incluso, en un mismo autor. San Juan dice: “No améis al
mundo ni lo que hay en el mundo. Si algo ama al mundo no está en él el amor del
Padre” (1Jn 2,15). Y en el Evangelio joánico escuchamos: “Tanto amó Dios al
mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca,
sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).
Esta paradoja es inherente a la fe, y arranca de
los mismos textos de la predicación de Jesús. Pero, siendo la verdad
poliédrica, como lo es, la Iglesia, muy marcada por la espiritualidad monástica
de la “fuga mundi”, requería una
rectificación de óptica para apreciar la bondad de lo creado, volver a sanear
su mirada, tomándola, por contagio, de aquella primera mirada de Dios sobre
todo lo que había creado, que era buen, incluso muy bueno. “Vio Dios todo lo
que había hecho, y era muy bueno” (Gn 1,31).
Este reencuentro con el mundo ha hecho posible
la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et spes.
5. Orientación de la misión
El Concilio ha afrontado la misión de la
Iglesia. Ante todo, como nunca se había hecho anteriormente, se ha puesto
atención en el valor intrínseco de las religiones que son, en sí misma, por la
providencia de Dios caminos verdaderos de salvación. El recelo y la enemistad
se han cambiado en apertura, simpatía y diálogo.
En tiempos pretéritos esto habría sido traición.
Y hoy es camino, y no camino alternativo, libres de elegir un procedimiento u
otro, sino camino a seguir los cristianos. Por ejemplo, el diálogo con el
Islam. No puedo entrar en diálogo con el mundo musulmán, si no parto de un
profundo aprecio al Corán, como libro santo de salvación, y no estimo cordialmente
los grandes valores espirituales de esta religión, que alimenta quizás a una
quinta parte de la humanidad.
Todo grupo humano que busca a Dios es
depositario de lo que san Justino llamó “semina
Verbi”, las semillas del Verbo, que el concilio en las últimas redacciones
del documento “Ad gentes”.
Además de esto, la misma misión en el interior
de la Iglesia ha cambiado de perspectiva, con definitivas consecuencias para
las órdenes misioneras. El “ius commissionis” era el régimen de las misiones
que ha estado vigente en los siglos XIX y XX, época dorada de los institutos
misioneros. La Iglesia confiaba a tal o cual orden la gestación de una
cristiandad, y esta orden, con heroicos sacrificios de los misioneros, se
sentía la protagonista de esas brillantes hazañas. Se diría que “las misiones” desaparecen ante la misión de la Iglesia.
La vida cristiana comienza con la evangelización, primera evangelización, pero
apenas la fe echa raíces, surge la Iglesia autóctona, como porción de la
Iglesia universal, y los misioneros extranjeros vienen en ayuda de esa obra de
salvación que Dios va realizando con principios humildes. Es el “ius mandati”:
un mandato de ayuda que se confiere al misionero enviado para ayudar.
(SEGUNDA PARTE:
LA IGLESIA DE CRISTO, MI
IGLESIA)
1. Las convulsiones
que han seguido al Concilio: Hora inédita de la Iglesia.
1. Es claro que en el
panorama de la vida interna de la Iglesia una enorme convulsión ha seguido
cronológicamente al Concilio. Sería falso – acrítico, ro de pronto –
aplicar un principio de “post hoc, ergo
propter hoc”; es decir: “después de esto, luego a causa de esto”, como si
hubiera una relación de causa y efecto, medida únicamente por el tiempo.
Cualquier filósofo dirá
que esto no es así; lo que sí es cierto que en esos intervalos se han dado una
serie de fenómenos causadores de determinados efectos producidos. Tratemos de
dar algunos indicadores.
Renovación y desintegración. El Concilio despertó
en la Iglesia, ante todo, una gran esperanza. Un clima de grandes ilusiones
ensanchaba los corazones, y se pusieron en marcha proyectos nuevos. Se respiraba
una fragancia de vida; nuestro futuro era la vida como tal. Y eran proyectos
lanzados con gran dosis de generosidad. La vida religiosa es una plataforma
privilegiada de observación, porque justamente, por definición, hace falta ser
generoso, muy generoso, ayer y hoy para lanzarse por el camino del seguimiento;
solo los idealistas tienen pase.
Y veíamos cómo desde la
base surgían iniciativas en líneas múltiples, que puedo indicar en tres direcciones:
- iniciativas de vida de
oración;
- iniciativas de vida
fraterna, fraternidades nuevas, que se las quería llenas de sencillez, pobreza
y sinceridad;
- iniciativas de
solidaridad con el mundo circundante, con la llamada opción preferencial por los
pobres.
Todo esto es cierto, y,
rompiendo viejos esquemas consagrados por la vida y santidad de siglos, hay que
valorarlo radicalmente en positivo.
Pero nosotros mismos
podíamos ser víctimas de nuestros propios discursos. Por una dinámica de
existencia, que hasta resulta imposible analizar, por un imponderable de la
evolución vital, aparece dentro, muy adentro, ese fenómeno seductor de la secularización.
Los años setenta fueron
los más representativos de esa eclosión que se produjo, de eso que luego pudo verse
como una desintegración. En la
Iglesia el fenómeno más marcado, y diríamos estridente, fue el de la
secularización de sacerdotes, y dispensa de votos de millares de profesos
perpetuos, hombres y mujeres. Sesenta mil sacerdotes renunciaron al ministerio
que un día prometieron con sinceridad y vibración juvenil.
Por decirlo con un
ejemplo muy concreto. Yo recibí la ordenación sacerdotal en 1960; al cumplirse
mi Jubileo de 50 años (año 2010), escribí un libro memorial, contando, desde
una mirada sacerdotal, mi propia vida y la vida de mi entorno. Resultaba que en
esos cincuenta años en mi Provincias – gloriosa otros tiempos por su empuje,
por su ciencia y santidad, por sus empresas apostólicas allende los mares –
había recibido la ordenación sacerdotal 119 hermanos, si bien el carisma se iba
apagando poco a poco, y en los últimos quince años, desde 1995 hasta el 2010 (y
hasta hoy), nadie se había ordenado y nadie había a la espera. Estadística en
mano conté que de esos 119 sacerdotes, 37 había dejado el sacerdocio. Mi
respeto y consideración de cada uno en particular, pues queda fuera de mi competencia
pronunciar una frase de rechazo por nadie[24].
Pero lo que es obvio es
que este fenómeno nunca se había dado anteriormente. En cincuenta años
precedentes quizás había abandonado el sacerdocio dos o tres, y eso en un colectivo
muy alto. Este episodio que yo cuento de mi propia área es la historia repetida
en tantas diócesis, en tantas provincias religiosas. La desbandada sacerdotal
era, de hecho, una desintegración, que dejaba una herida muy dolorosa.
A veces se escuchaba:
¿Qué nos pasa? ¡Se nos van los mejores!
2. La avalancha de lo secular,
con su valor específico propio, ha propiciado que se aflojara la referencia a
lo absoluto y sobrenatural como determinante inmediato que debe gobernar la
conducta humana.
Se entiende que uno que
ha vivido lo sobrenatural como elemento absorbente de su vida, al pisare se
terreno de los secular con su valor propio, quiere desembarazarse de comportamientos
antiguos, que amenazan la nueva libertad que se ha conseguido.
Antes era normal en el
pensamiento que un estado, por meras razones históricas, se presentara como
estado confesional. Como esto ha caído por tierra en el panorama del pensamiento
humano, el estado aconfesional - opción
en sí misma laudable – pasa a ser estado laicista, excluyente de todo tipo de manifestación religiosa.
Lo secular se cambia en
secularismo, que responde a unos impulsos muy íntimos de la naturaleza dañada
del hombre. Y fácilmente se aminora la capacidad crítica de la propia situación.
De hecho, la cultura de hoy es víctima de múltiples dictaduras de pensamientos
en boga.
3. Lo cual ha traído la
crisis de los valores tradicionales que habían conformado secularmente la
civilización; por ejemplo, y como principal de ellos, la familia, y el comportamiento
sexual en torno a los componentes de la familia.
No hay un gran principio
orientador de la vida humana, que no pueda ser falsificado y deformado por
medias verdades que generan. El principio de la propia autonomía es clave para
forjar el futuro de la persona y de la comunidad social; pero igualmente
contemplamos que el mal uso de la libertad degenera en libertinaje, y el
libertinaje, elevado a rango de principio, es fuente de todo desorden. El
libertinaje o permisividad es el inicio de la ruina.
La naturaleza va
haciendo por sí misma una selección de los mejores, a los cuales se les otorga,
de modo espontáneo, la autoridad moral a la cual ellos mismos se han hecho acreedores.
Si violentamos el curso de la naturaleza, apelamos al principio de que todos
somos iguales, y de que en consecuencia nuestra voz vale lo que vale un número,
entonces caemos a merced de una fuerza que se impone, no la fuerza de la
verdad, sino la fuerza de la política, abierta a toda habilidad y manipulación.
Como el concilio fue una
revisión a fondo y un cambio, hemos padecido un “totum revolutum” nada propicio
para la serenidad y el discernimiento con el magisterio de los más dignos.
4. El principio de que “todo
es relativo” y “todo es cuestionable” ha desbancado valores
tradicionales, sin lograr, de pronto, afirmar nítidos los nuevos valores
alternativos y la pedagogía que estos valores requieren.
Nos hemos visto con las
raíces al aire. Y esto ha producido una gran desorientación; un desamparo.
5. Se comprenden, pues, las reacciones “per
oppositum”. La más significativa ha sido el cisma de la Fraternidad Sacerdotal
S. Pío X.
“La Fraternidad
Sacerdotal San Pío X es una congregación fundada en 1970 por S.E.R. Mons.
Marcel Lefebvre, Arzobispo, Obispo emérito de Tulle. El fin especial de nuestra
congregación es mantener viva la Tradición de la Iglesia en su doctrina, en el
Santo Sacrificio del altar, en los sacramentos, en su liturgia, en su moral, en
su devoción frente a los cambios que vieron la luz en la iglesia con ocasión
del concilio Vaticano II.
La FSSPX está presente
en los cinco continentes y cuenta con más de 500 sacerdotes, y numerosos
religiosos y religiosas.
Los cuatro Obispos
consagrados por Mons. Lefebvre en 1988 confieren el sacramento del Orden y de
la Confirmación a los fieles que deseen conservar la integridad y pureza de la
fe y de la caridad”[25].
Como es sabido, el Papa
Juan Pablo II impuso la excomunión a los cuatro obispos consagrados por Marcel
Lefebvre, sin mandato canónico; comunión luego levantada por Benedicto, en
vista a ver si se puede llegar a un acuerdo mediante alguna prelatura personal
u otra forma canónica. El diálogo nos e ha concluido y se muestra harto
difícil. En el Capítulo General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X,
celebrado en Econe, junto a la tumba del Fundador, en la declaración oficial,
se decía:
“Sobre todas las
innovaciones del Concilio Vaticano II que permanecen manchadas de errores y
sobre las reformas que de él han salido, la Fraternidad sólo puede continuar adhiriendo
a las afirmaciones y enseñanzas del Magisterio constante de la Iglesia; ella encuentra
su guía en este Magisterio ininterrumpido que, por su acto de enseñanza,
transmite el depósito revelado en perfecta armonía con todo lo que la Iglesia
toda ha creído siempre y en todo lugar”[26].
¿Quién va a dudar de que
hay gravísimos hechos concretos que han provocado la reacción de Mons.
Lefebvre? No obstante, su toma de postura de ninguna manera es aceptable[27].
Como bien se sabe, el
Papa ha querido hacer lo posible – y lo imposible, diríamos – por sanar esta
gravísima herida y reintegrar a los hermanos así doloridos y escindidos. El proceso
está en curso.
2. Claves
epistemológicas
Ante un fenómeno de tal
magnitud, como ha sido el Vaticano II, con unas circunstancias no menos
transcendentales que el Renacimiento, aquel humanismo de los siglos XV y XVI,
nuestros pensamientos quedan como parpadeantes, por no decir perplejos. Nos bajamos
de todo tipo de dogmatismo – que es como un despotismo de la verdad impuesta –
para proceder con humildad a fin de ser dignos de escuchar la verdad.
Modestamente diré que
todo el fenómeno del Concilio, como hurarán de gracia, para ser asumido y
profundizado, requiere como una especial epistemología, si así pueblo, una especial
sabiduría acerca de qué es el conocimiento y como se alcanza.
Ya dijo Mahatma Gandhi,
en el prólogo de su autobiografía, que hay que ser más humilde que el polvo que
pisan nuestros pies para ser dignos de la verdad.
Ahí está el texto del concilio;
y ahí está la lectura del Concilio, como si la verdad se desdoblara. ¿Es que es
cosa distinta lo que está escrito ahí de lo que yo leo de estas páginas para
siempre grabadas por la imprenta? No son cosas distintas, pero sí dicen los
expertos del lenguaje que desde el momento en que el escritor publica su obra,
entrega a todos lo que él ha concebido, él pierde su propiedad absoluta para
hacer que el libro sea nuestro, y entonces la lectura de un escrito se
convierte automáticamente en una lectura creadora.
A mi modo de ver, la
verdad – la verdad en sí, la verdad depositada en los libros – está configurada
por tres condiciones inherentes a ella misma
1) La verdad es
sinfónica. Lo que da la sinfonía a la verdad, la armonía de fondo, es la vida.
La verdad es sinfónica porque va acordada con la vida. Al fin, toda verdad es
una manifestación de la unidad de la vida.
2) En segundo lugar, la
verdad es paradójica; revela aspectos que uno de pronto no los había captado.
Aspectos reales, que estaban dentro, pero no percibidos antes, y al descubrirlos,
nos resultan novedosos y sorprendentes. En suma, que la verdad es tan sinfónica
como paradójica.
3) Y en tercer lugar, la
verdad es histórica; es siempre verdad encarnada, por muy abstracta que
aparezca, porque es verdad para el hombre, y el hombre es historia: amanece en
la historia, vive en la historia, muere en la historia.
Todo esto sirve de
preámbulo para ser clementes con los que interpretan el Concilio, de izquierdas
o derechas, si, en efecto, su interpretación lleva pasión de vida y quiere ser
luminosa y sagrada.
3. El gozo
de pertenecer a esta Iglesia
1. El gozo de pertenecer
a la Iglesia no es una vivencia que nosotros tengamos que demostrar por vías
racionales. No es ningún punto a argumentar; es simplemente algo a transparentarlo
para que se vea. Tantas veces he dicho en mi vida que el amor, si existe, se
ve. Se puede disimular momentáneamente mediante la cortesía, pero esta se
gasta, y pronto aparece la realidad verdadera. El amor, y el gozo que el amor
produce, que es su cara visible, se manifiesta en los ojos, en las palabras, en
el entusiasmo, en las obras que uno emprende. Es, pues, por vía de testimonio.
Hay unas estadísticas
que nos entristecen, es cierto. Pero, al hacer historia, contemplaciones
situaciones que, aunque se hayan mantenido con resplandores de gloria, no lo
eran en verdad. Presentar una Iglesia “fuerte ante el mundo” no es causa de
íntimo gozo, sino de preocupación.
2. El reencuentro con la
Iglesia suscita en nosotros una entusiasmante
vocación eclesial. El “sentire cum Ecclesia” de los Ejercicios de san
Ignacio se especifica con ejemplos que no dejan de ser chocantes.
Diciendo Iglesia, no
negamos la institución, de la que yo soy parte – miembro agente y pasivo – pero
nos trasladamos, más bien, a otra área: la Iglesia como comunidad de discípulos
de Jesús, abiertos al mundo.
Y esto dilata nuestra
alma, pues ya no se trata de obedecer a la Iglesia – santa Iglesia jerárquico –
sino que, sin negar para nada la obediencia que debemos a nuestra madre, la
conciencia eclesial que nos aporta el Concilio nos está impulsando a hacer algo
hermoso por la Iglesia. El despliegue de nuestra personalidad es la Iglesia.
Soy Iglesia, no un
empleado de la Iglesia, a quien debo respeto y sujeción. Soy un hijo de la
Iglesia, a quien he consagrado mi corazón. La perspectiva es distinta.
3. La visión en la era presente. Para
algunos pensadores audaces ante el panorama de la Iglesia y de la humanidad, el
Concilio Vaticano II se ha agotado y ha dado lo que tenía que dar, y la
alternativa en la hora presente es un nuevo Concilio, un Vaticano III, si el
Concilio mira a Roma como Centro de la fe, o un Brasilia I (o quien sabe qué
otro nombre u otro continente se escogerían).
Los problemas son nuevos
y el mundo en 50 años ha sufrido una evolución tan acelerada que es necesario
sentarse otra vez. Demográficamente el plantea ha doblado su población de
entonces acá, la comunicación técnica nos ha facilitado increíblemente el
encuentro en la pequeña aldea global, es cierto, y esto es el primer paso de lo
que ha de ir viniendo. Llegará la hora en que los 7000 millones de seres
humanos con un sencillo aparato sobre la mesas. Podremos vernos, hablarnos y
saludarnos. Bastarán unos dígitos para estar de repente en África, Asia u
Oceanía. La mujer, como presencia y protagonista del cambio constante, ha
entrado en la historia. Todo esto ¿no pide el Concilio de una Era, que todavía
no tiene nombre? Todo esto que añadiría espléndido párrafos a los números
introductorios de la “Gaudium et spes”, a mi parecer, no pide un Concilio.
Pero sí pide una
reflexión sostenidas por las mejores cabezas pensantes de los cristianos, y
unos modos de encuentro universal, mucho más amplios que la hermosa institución
de los sínodos, que han ido llevando adelante la paulatina transformación
operada en la Iglesia: magnas asambleas en las que las mujeres tengan una voz
profética y cálida, que debe oírse en el modo de sentir y pensar la Iglesia.
4. La
fecundidad del Concilio
1. El concilio impone por
sí mismo una tarea: conocerlo y actuarlo. La fecundidad del Concilio es el
retorno a las Fuentes que nos ha un vigor nuevo. La vuelta a las fuentes es
cosa bien distinta que lo que pretende una reforma. Reforma y renovación son
dos conceptos bien diferentes. “Renovación” es volver a hacer algo nuevo,
apoyados en la fuerza germinal que tienen los principios. Es lo que en la vida
religiosa se ha llamado “fidelidad creativa”; esto no es una fidelidad
repetitiva, que nos anquilosa.
Con la conciencia de que
en el mundo se ha operado un profundo cambio de cultura que afecta a todos los
aspectos de la vida, la Iglesia se ve emplazada a un relanzamiento de su
vitalidad y energía, con una perspectiva por delante que es tanto más bella
cuanto más se han dilatado los horizontes.
2. Puedo expresarlo con
un punto muy concreto, capital en todo el designio que tiene la Iglesia como
identidad y proyecto. Me refiero al
ecumenismo. Lo que Dios nos tiene deparado, lo ignoramos.
Hay un camino recorrido,
que ha sido inmenso. En pocos años se ha avanzado en las posiciones teológicas
mucho más sin comparación que en varios siglos. A pesar de ellos, vemos que el
mutuo respeto y las posturas teológicas pueden continuar anclados sine die, sin
que el resultado del ecumenismo, que es la unidad invisible y visible, sea un
objetivo logrado. Ya se ha hecho clásico que la unidad de los cristianos, de
quienes confesamos a Cristo como Hijo de Dios y Salvador, ha de venir en el
tiempo que Dios quiera y del modo que Dios quiera.
Con esa visual la
perspectiva se nos antoja muy halagüeña. El ecumenismo ya no podemos
condicionarlo al acoplamiento de nuestras tesis teológicas. Este ecumenismo,
basado en la mente puede ser un ecumenismo sin salida.
Pero puede haber otro
ecumenismo dictado por el corazón, sin traicionar la fe, que de pronto, nos
haga encontrarnos gozosos y arrepentidos, sin tener que aguardar a que las diferencias
doctrinales se clarifiquen del todo. Al fin, la verdad sigue al amor, no al
revés…, que creo que nadie nos tachará de herejía por seguir este talante
bonaventuriano. Si la vida de la Iglesia, fundamente sobre la muerte y resurrección
de Jesucristo, es contemplar, ante todo, las maravillas de Dios (mirabilia Dei), la maravillas excelsa de
Dios es la maravilla del amor. Y puede ocurrir que esto esté a la vuelta, sin
que nos háyanse percatado de loq eu Dios iba haciendo entretanto. Puedo ocurrir
que lo mismo que un Papa, sin haber premeditado antes, tuvo la inspiración de
un Concilio universal, otro papa con la misma sabia ingenuidad y en abrazo con
Patriaras y dirigentes de Comunidades, provoque – por el Espíritu – una
Asamblea de todos los creyentes en al que nos reencontremos como hermanos y nos
demos el abrazo de paz, desde siglos añorado.
La fecundidad del
Concilio está en el secreto del Espíritu.
3. Pero ahí queda, de
otra parte, el inmenso arsenal que como patrimonio de Iglesia nos ha ido
enriqueciendo a todos estos años. Hagamos mención de algunos especialmente significativos:
- Los sínodos de
obispos, como ejercicio de la Colegialidad, sínodos generales o particulares,
que han ido seguidos de sus correspondientes cartas u exhortaciones
apostólicas.
- Las encíclicas
pontificias y, en particular, las encíclicas o cartas referentes a la cuestión
social.
- La primavera eclesial
que surge en América Latina, que tiene sus grandes exponentes en Medellín, en
Puebla, en Aparecida. La Teología de la Liberación, que de alguna manera se
inaugura en 1970 con el libro de Gustavo Gutiérrez (Teología de la Liberación),
pese a sus ambigüedades es una alentada fresca de los pobres de la tierra, que,
de por sí, son los más cercanos a los “pobres de espíritu”, los pobres
evangélicos.
4. Queriendo enlazar
pasado, presente y futuro los observadores desde América Latina hacen
observaciones muy críticas que hay que tener bien en cuenta: 50 años desde el
vaticano II mirados desde América Latina[28].
5. La
misión en la hora presente
Seguramente que es
prudente y exacto el diagnóstico que algunos observadores hace del panorama
mundial presente: “Más allá de las buenas o males voluntades, más allá de las
diferentes ideologías en torno al Vaticano II, hay que reconocer que hoy
estamos ante un cambio de época, estamos entrando en una crisis de cultura mundial,
no precisamente destructiva, pero sí de proporciones inéditas. Antropólogos,
sociólogos, filósofos e historiadores reconocen que vivimos una situación nueva,
una especie de tsunami y de terremoto global, que afectan a todas las dimensiones
de nuestra existencia: sociales, económicas, políticas, culturales y también
religiosas y espirituales”[29].
La Iglesia en este
momento se prepara a celebrar el Sínodo de la nueva evangelización (octubre
2012), que será apoyado por el Año de la Fe.
Un documento, firmado
por el secretario general, Nicola Eterevic, 2 febrero de 2011 da como lineamenta el panorama que presenta La nueva evangelización para la transmisión
de la fe cristiana. Este documento presenta siete escenarios para la acción
evangélica de la Iglesia en el mundo.
Dice el documento que se trata de escenarios culturales,
sociales, económicos, políticos y religiosos. Entresacamos frases del documento
para describir los escenarios de la nueva evangelización.
52. El primero de todos, dada la importancia que reviste, es el escenario
cultural de fondo. Este escenario ha sido descrito, en sus grandes líneas
en el parágrafo precedente. Varias respuestas han subrayado enfáticamente la
dinámica secularizadora que anima este escenario. La secularización, que se
encuentra radicada en modo particular en el mundo occidental, es fruto de
episodios y de movimientos sociales y de pensamiento que han marcado
profundamente la historia y la identidad de dicho mundo occidental. La
secularización se presenta hoy en nuestras culturas a través de la imagen
positiva de la liberación, de la posibilidad de imaginar la vida del mundo y de
la humanidad sin referencia a la trascendencia. En estos años, la
secularización no tiene tanto la forma pública de discursos directos y fuertes
contra Dios, la religión y el cristianismo, aún cuando en algún caso estos
tonos anticristianos, antirreligiosos y anticlericales se han hecho escuchar
también recientemente.
55. Junto a este primer escenario cultural, ha sido indicado un segundo escenario,
más social: el grande fenómeno migratorio, que induce cada vez más a las
personas a dejar el propio país de origen para vivir en contextos urbanizados.
De esto deriva un encuentro y una mezcla de las culturas. Se están produciendo
formas de desmoronamiento de las referencias fundamentales de la vida, de los
valores y de los mismos vínculos a través de los cuales los individuos
estructuran las propias identidades y acceden al sentido de la vida.
56. Al escenario migratorio, las respuestas a los Lineamenta han asociado estrechamente
un tercer escenario, que influye en modo cada vez más determinante en nuestras
sociedades: el escenario económico.
57. Un cuarto escenario indicado es el político. Desde el Concilio
Vaticano II hasta el presente, los cambios que se han verificado en este
escenario pueden ser definidos con justa razón “de época”.
58. Un quinto escenario es el de la investigación científica y tecnológica.
Vivimos en una época que es todavía capaz de sorprenderse de las maravillas
suscitadas por los continuos progresos que la investigación en estos campos ha
logrado superar.
59. En modo coral las respuestas a los Lineamenta han examinado otro escenario,
el sexto, es decir el escenario
comunicativo, que hoy ofrece enormes posibilidades y representa un gran desafío
para la Iglesia. Al comienzo sólo era característico del mundo
industrializado, hoy el escenario de un mundo globalizado puede influenciar
también vastas porciones de los Países en vía de desarrollo.
63. Las respuestas a los Lineamenta
sugieren que se agregue como séptimo el escenario religioso. Esto permite
comprender de manera más profunda el retorno al sentido religioso y la
exigencia multiforme de espiritualidad que caracteriza muchas culturas y en
particular las generaciones más jóvenes.
En suma: “En este
contexto, se pide a los cristianos la audacia de concurrir a estos “nuevos areópagos”, aprendiendo a dar
una evaluación evangélica, encontrando los instrumentos y los métodos para
hacer escuchar también hoy en estos lugares el patrimonio educativo y la
sabiduría custodiada por la tradición cristiana”
Nunca olvidemos que al
misión arranca del ser de la Iglesia; es congénita al bautismo. Y aclara junto
con la consagración del bautismo la razón de ser y existir al Iglesia. La Iglesia,
comunidad de consagrados ha nacido para la misión.
Por otra parte afirma
Juan Pablo II en la “Redemptoris missio”
que, pese a todos los avances, la misión de la Iglesia (missio ad gentes) se encuentra en sus comienzos.
La misión es el “trance”
de la Iglesia y pertenece, por lo mismo, a la actualidad de la vida de la
Iglesia. La misión siempre se ha de presentar como desafío, como sereno desafío
que suscite la generosidad de los creyentes en Cristo.
TRES
CONCLUSIONES
ANTE UN
CENTRO DE ESTUDIOS TEOLÓGICOS DE JOVENES
Al pensar sobre el
evento del Concilio en la Iglesia, es lógico que uno, de modo ordenado, haga un
balance con este género de interrogaciones como éstas:
- Qué ha logrado el
Concilio en el ámbito del pensamiento cristiano.
- En qué punto nos
encontramos para examinar nuevos pensares y sentires que ha traído la evolución
de la vida hasta hoy[30].
- Y, por tanto, cuál es
la tarea teológica que incumbe hoy a la Iglesia, que nos incumbe a nosotros.
Mis conclusiones van por
otro rumbo en este aterrizaje al curso de la exposición. Las concentro en tres
puntos que dejo a la consideración de ustedes.
1°. El Concilio, como tarea.
Tenemos el libro del
Concilio: constituciones, decretos, declaraciones. Son dieciséis documentos,
manantial de pensamiento y vida. Tomemos el libro del Concilio como tarea
teológica, como tarea de vida. En este cincuentenario este libro tiene que ser
para nosotros libro de escritorio; un libro personal para leerlo y estudiarlo,
incluso para subrayarlo como libro de uso propio. Es un hermoso obsequio que podemos
hacer en el Año de la Fe, obsequio al Señor con agradecimiento, y auto-regalo a
nosotros mismos.
El contacto con los textos
conciliares hace germinar en la Iglesia guías
y profetas. La Iglesia, edificada sobre los apóstoles, eslabón de la cadena
que nos une a Jesús histórico, se mantiene sostenida por profetas y maestros.
Los profetas son los guías espirituales de la comunidad. Son aquellos, según
Pablo, que, a impulso del Espíritu, son capaces de “edificar, exhortar y
consolar” (1Cor 14,3). La Iglesia peregrina necesita más de la consolación y la
parénesis que de la denuncia. Y esto nos enseña el Concilio. Es un legado por
recoger. En esta escuela deben formarse los ministros del Evangelio.
El Concilio nos abre,
por la vía de la modernidad, a la cuestión suprema del ser humano, que es la
pasión por Dios. Lo advertía Karl Rahner, a raíz del Concilio:
“El futuro no preguntará
a la Iglesia por la estructura más exacta y bella de la liturgia, ni tampoco
por las doctrinas teológicas controvertidas que distinguen la doctrina católica
de los cristianos no católicos, ni por un régimen más o menos ideal de la curia
romana. Preguntará si la Iglesia puede atestiguar la proximidad orientadora del
misterio inefable que llamamos Dios. (…) Y por esta razón, las respuestas y
soluciones del pasado Concilio no podrían ser sino un comienzo muy remoto del
que hacer de la Iglesia del futuro”[31].
Jóvenes que me
escucháis, soñar no es una veleidad, una fuga de la realidad, cuando los sueños
arrancan de un gran amor que por algún lado quiere estallar. El Señor da vigor
si los sueños los ha provocado el amor a Jesús; y hay que pensar que, de
ordinario, nada eficaz se hace en la vida si primero no ha pasado por un sueño
de amor. Acaso la primera lección del Concilio, y, por ende, la primera tarea
que nos deja es aprender a soñar y a expresar nuestros sueños, en los cuales
nosotros hemos de ser pequeños protagonistas. Es lícito ser protagonista en los
sueños. Os quiero compartir mis sueños, que anhelan pensamientos de profundas
raíces.
- Uno sueña en los grandes anhelos de la humanidad,
propiedad de todo corazón nacido: que los niños no sean profanados, que los
pobres no sean humillados, que nadie pase hambre porque hay pan para todos, que
la buena convivencia, sin guerras (pues todas ellas son injustas, nacidas del
pecado), sea el “status” de nuestra aldea global. Y que, si yo no puedo actuar,
al menos que me presente, cuando camino por el mundo, aunque no lo diga, como
hermano universal.
- Y dentro de la
Iglesia, mi sueño central, que me ha acompaña de muchos años atrás, es “que todos sean uno, como tú, Padre, en mi, y
yo en ti”. Mi sueño es que milagrosamente hagamos las paces con las
Iglesias de la Reforma, ahora mismo, frente al V centenario de Lutero.
- Mi sueño es que un
milenio de separación fraterna del oriente ya es demasiado, y que cualquier día tiene que ser el día del
abrazo, y diré que sin hacernos, incluso, una examen teológico.
- Mi sueño es poder leer con mis hermanos hebreos las santas
Escrituras.
- Mi sueño es que se aparezca la Virgen a los teólogos y les
diga, sin reivindicaciones, cuál es el hermoso puesto de la mujer en la Iglesia,
como reflejo del eterno femenino, como perenne manantial de vida, y que se vea
cuál es sentido de aquellas palabras sagradas: “Compañera te doy, y no sierva”.
Tiene que ser por vía de revelación, porque yo no aceptaría un machismo femenino
más repugnante que su propia humillación.
- Mi sueño es que la Comunidad santa de Jesús se abra a Asia
y en las milenarias culturas de aquellos pueblos encuentre callada profecía.
- Mi sueño es que la Iglesia comparta la Eucaristía y la danza
con África, porque ellos son alegres hijos de Dios.
Moriremos en la almohada
de muchos sueños, pero en la paz de haber soñado por Dios lo que Dios sueña por
nosotros, y quizás con la honrada satisfacción de haber aportado un granito a
la causa.
2°. El Concilio, como vocación
teológica
Puede ser que personas
que me escuchan – igual hombres que mujeres – sientan o vayan a sentir una
especie de vocación a la teología. Es un carisma dentro de la Iglesia, que
tiene su entidad propia, y que no podemos confinarlo en exclusiva en los
miembros de la jerarquía. Si algunos de ustedes han sentido una misteriosa
llamada por el pensamiento y la exposición del pensamiento, la llamada a ser teólogo,
a ser teóloga, piensen que de ninguna manera se ha acabado la reflexión que
suscitó el Vaticano II. El Concilio suena como un eco de la Biblia y con un
diálogo leal con la modernidad. Vayan al Vaticano II, sitúense allí, y desde
allí láncense a la reflexión teológica, que es un bien que necesita la Iglesia
no menos que la mesa familiar el pan de cada día.
Al final de unos
Ejercicios espirituales con las cuatro semanas de San Ignacio, y precisamente
allí en Manresa, donde nacieron los Ejercicios, “el que daba los Ejercicios”
nos decía: Hoy la Iglesia tiene más necesidad de lucidez que de generosidad[32].
Seguramente que es verdad. La lucidez de la Iglesia es la teología, que va de
mano con la profecía. Una y otra vienen del mismo Espíritu. Y el teólogo recibe
el Concilio como un catecismo para el arranque de su reflexión.
Dios suscite – suscite
de entre nosotros – teólogos iluminados, teólogas iluminadas, es decir maestros
de sabiduría, y vayan estrechamente unidos a los profetas. Sin duda que el Buen
Pastor quiere esto para el gobierno de su Iglesia.
3°. El Concilio llave de un nuevo
amor a la Iglesia
El Concilio suscitó una eclosión
de entusiasmo eclesial en los años sesenta y setenta. Esa euforia ha amainado
y, en los mejores, se ha cambiado en discernimiento. Parece como si el Concilio haya ido a parar a
las mentes y corazones que piensan.
Creo que ha llegado el
momento de nuestra “conversión” – o “reconversión”, nueva conversión – al Concilio,
para leerlo como libro de vida, como “libro de vida mío”, y tenerlo a mi vera
como plataforma y trampolín. El Concilio debe suscitar un amor vibrante, amor
de fuego y pasión por la Iglesia y la causa de Jesús que ella trata de
anunciar.
Acaso a cada uno nos
toque una parcelita en que trabajar. Esa parcela de la arada de Dios, hemos de
hacerla con primor, sabiendo que todo lo que se hace con amor, por insignificante
que parezca, permanece para siempre. Nuestra misión histórico-personal puede
ser muy reducida, pero en lo pequeño resplandece la gloria de Dios, y en lo más
reducido Dios puede construir su santa Morada. Yo puedo hacer algo por la
Iglesia universal.
Con motivo del año
bimilenario de la redención, escribí un artículo en una revista sacerdotal (Surge, Vitoria-Gasteiz): ¡Qué bella eres, Iglesia!
Al leer el Vaticano II rebrotan
los sentimientos: ¡Qué bella eres,
Iglesia! Hablo con la sinceridad que alcanzo. La lectura de estas páginas
lanza nuestro corazón.
Somos hijos de la
Iglesia. Y en esta era ¡somos hijos del Concilio! Y con esta frase termino: ¡Qué bella eres, Iglesia!
Que Cristo Redentor, a
quien está dedicado este centro, sea fuerza y guía.
Que María, auxilio de
los cristianos, sea en este curso ¡sabiduría!
He dicho. Gracias.
Guadalajara, 19 de
agosto de 2012
(Pero terminando no
terminé, porque entonces, recién salido del horno, brotó este himno, que lo leo
y proclamo como corona de esta conferencia)
HIMNO A CRISTO RESUCITADO
A LOS 50 AÑOS DEL
CONCILIO
(Inauguración
de curso)
1.
Confieso yo con Pedro y Benedicto
que
tú eres el Mesías, el Ungido.
no
lo dijo la carne ni la sangre,
que
solo quien lo sabe me lo ha dicho.
2.
Confieso que la Iglesia es tu conquista,
que
tú eres su belleza, eterno brillo;
trabajas
con el Padre sin descanso
y
gozas contemplando a tus discípulos.
3.
No manchan los pecados tu hermosura,
que
tú eres el amor, Jesús dulcísimo;
y
amor de fuego ardiente y azucenas
mantiene
tu memoria, Cristo vivo.
4.
Con el amor profeso la esperanza
y
el gozo tuyo, límpido camino;
enséñame
a soñar, pues tú soñabas
y
el Evangelio es sueño de tus hijos.
5.
Yo pido un corazón tan anchuroso
como
las anchas playas del Concilio;
sea
Pentecostés y nuevas lenguas
y
guarde yo el fuego en mí encendido.
6.
Es hora de Jesús, el más amado,
el
caos es kairós, yo soy testigo;
y
tú, Jesús, serás lo que tú eres
amor
incandescente, amor invicto.
7.
¡A ti la ofrenda, oh Cristo Eucaristía,
a
ti, que en Trinidad eres latido;
a
ti, Sabiduría y Libro abierto,
en
quien mi amor entero deposito! Amén.
Guadalajara
(Zapopan), lunes 20 agosto 2012, San Bernardo.
Fr.
Rufino María Grández, OFMCap
[1] Carta apostólica Porta Fidei (11 octobre 2011), número 4.
[2] Ibidem.
[3] A modo de ejemplo: Hallándome en España a
finales de marzo estuve presente en la jornada académica que organizó la
Facultad de Teología del Norte – Sede Vitoria /Gasteiz (donde en tiempos di
clases), en torno al tema Crónica
Huaorani de Mons. Alejandro Labaka (+ 21 julio 1987) leída como un desafío
de evangelización en la visión del Concilio, a los 50 años de su celebración,
ponencias que han sido publicadas posteriormente por CICAME en el Vicariato
Apostólico de Aguarico (Ecuador).
[4] En el curso en que redacto esta
“lección inaugural” llega a mis manos el último número de la revista de
pastoral litúrgica PHASE, n. 310, julio-agosto 2012: Concilio Vaticano II: una
Iglesia abierta al mundo. Aparte del artículo editorial (Pere Tena), encontramos: Josep Maria Rovira Belloso, El Concilio Vaticano II. Su significación, pp. 315-328; Jaquim Gomís (Estudiante en Roma durante el
Concilio), Recuerdos del inicio del Vaticano
II, pp. 363-368.
[5] Véase Roberto Pertici, Affascinato dalla semplicità, en l’Osservatore Romano, 5 luglio 2012,
presentando el libro de Marco Roncalli, "Giovanni Paolo I. Albino Luciani",
734 pp. San Paolo 2012. El recensionista de la obra escribe: “Pur non prendendo
mai la parola in aula, visse intensamente tutta la vicenda conciliare:
l'incontro con vescovi di ogni parte del mondo, di lingue e culture molteplici,
e il confronto con culture teologiche ed ecclesiologiche diverse produsse una
grandiosa efficacia sulla sua personalità. «Io sono un convertito del concilio», era solito ripetere ai più
diretti collaboratori. Eppure fin dall'inizio fu restio a concepire il concilio
all'insegna della discontinuità e della rottura con la precedente vita della
Chiesa. La biografia di Luciani è, si potrebbe dire, la prova vivente di quella
che è stata definita l'«ermeneutica della riforma», che da lui venne
continuamente riaffermata nell'ultimo decennio della sua vita, soprattutto
negli anni veneziani”.
[6] Juan
Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 57:
AAS 93 (2001), 308.
[7] Discurso a la
Curia Romana (22 diciembre
2005): AAS 98 (2006), 52, en Porta fidei, 5.
[8] Resulta apasionante leer
crónicas del Concilios y ver tendencias y cómo se iban fraguando los documentos.
Habrá que acudir a las de hans Küngs, A. M. Chenu, Yves Congar. En España
mantenía vivo el interés por el Concilio el óptimo periodista y sacerdote Jose
Luis Martín Descalzo, Un periodista en el Concilio. Y recientemente se ha
publicado una crónica extraordinaria del obispo de Jacinto Argaya: “La Providencia
dispuso que pudiera yo asistir, sin faltar a una, a las ciento sesenta y ocho
congregacioens generales y a las cuatro sesiones del Concilio” (p. 25). Véase:
Jacinto Argaya. Diario del Concilio. Edición y notas de Xabier Basurko y José
María Zunzunegui. Publicaciones Idatz Argitalpenak. San Sebastián – Donostia
2008. 624 pp.
[9] Escena memorable de aquel día,
de aquella noche, más bien, el espectáculo de luminarias de aquella noche en la
plaza de San Pedro, evocando las antorchas que acompañaron a los obispos en el
Concilio de Éfesos. El Papa no iba a salir a la ventana, pero… salió. Habló, y
con entrañable ternura pidió que llevasen aquella noche una caricia a los niños
de parte del Papa. Esto también pertenece al estilo que quiso imprimir el Papa
al Concilio Vaticano II.
[10] Pablo VI, Meditación ante la
muerte, publicada “post mortem”, en: L´Osservatore
Romano, 6-8-1979
[11] Nota. Al iniciar mi exposición dije que entregaba el archivo
informático al P. Rector, P. Sergio de la Cruz Loera, para que hiciera con él
lo que bien le pareciera.
[12] Juan XXIII, Diario del alma,
octubre 1962. No teniendo la edición completa en mano, tomamos las frases de Juan XXIII, Diario del alma. Extractos selectos. Edición preparada por Teresa
Uriburu y José Antonio Martínez Puche. Edibesa, Madrid 2006. Pp. 80-82. - A propósito del día en que se anunció el Concilio (25 enero 1959), un historiador del Concilio ha escrito: "El Papa se esperaba que, en este momento clave de la alocución, sus
palabras fueran interrumpidas por un aplauso, y de hecho se detuvo un instante
para facilitarlo. Luego, algo contrariado, continuó. Pero no hubo aplauso
tampoco al final del discurso. Los cardenales rodeaban al Pontífice, próximos y
distantes, inmóviles como estatuas. El Papa procedió a dar la bendición y se
retiró" (José Morales, Breve historia del Concilio, Rialp, Madrid 2012, p. 21).En cambio, en la clausura del Concilio, 8 de diciembre de 1965, cuandos e promulgó la constitución pastoral Gaudium et spes, la asamblea prorrumpió, enardecida, en un ferviente aplauso.
[14] Roncalli,
Marco (2006). Juan XXIII, en el recuerdo de su secretario Loris F. Capovilla
(2ª. edición). Madrid (España): Palabra. p. 53
[15] Para estas citas del Papa nos
remitimos directamente al sitio
oficial de la Santa Sede:
vatican.va / Sumos Pontífices / Juan XXIII / Discursos / Año 1962: Concilio
Ecuménico Vaticano II (11 de octubre 1962 - 7 de diciembre de 1965)
[16] Jacinto Argaya, Diario del
Concilio, véase en la página 19 junto con otras citas.
[17] Texto citado por Loris Capovilla, Juan XXIII. San Pablo
2ª ed. 2003, p. 56 (Primera edición italiana 1997).
[18]
En una alocución a los fieles en Castelgandolfo
el día de la Asunción de María de 1962 se expresaba así: “Todos los fieles
católicos del mundo entero han tenido ocasión de manifestar su fervor. En el
curso da este año no pocos han sido los documentos publicados con este fin: una
carta, llena de acento familiar, a los obispos del orbe católico; luego la
invitación al clero secular y regular a recitar más fervorosamente el oficio
divino; en Pascua, Nuestro saludo augural, en tono de solicitud pastoral,
dirigido a todas las casas de nuestros diocesanos de Roma; de hace poco tiempo
es la renovada exhortación a los seminaristas; también reciente y con tono de
particular atención, la exhortación a las religiosas y a todas las almas consagradas
a Dios, en las distintas tareas de oración, caridad y apostolado. Niños,
ancianos, enfermos y angustiados fueron invitados a este extraordinario
movimiento de fervor religioso. Vino, finalmente, la invitación a la austeridad
sugerida al pueblo cristiano con la encíclica Paenitentiam agere, del día
1 de julio pasado”.
[19] Véase Antxon Amunarriz (OFMCap), Una teología nueva para un concilio nuevo.
Lección inaugural en el IFTIM (Instituto de Formación Teológica
Intercongregacional de México), México, el 15 agosto 2012, para el curso
2012-2013, publicada por el mismo Instituto. El autor analiza los centros de
donde manaba la teología que se impuso en el Concilio: Le Saulchoir, Lovaina,
Lyon-Fourviere e Innsbruck; y los temas que pueden sintetizar los centros de
atención del Concilio: Naturaleza y gracia, Revelación e historia, Iglesia y
mundo, Cristianismo y religiones.
[20] Y. M.J. Congar, Carta a su madre (10 septiembre 1956),
en: Yves Congar, Diario de un teólogo (1946-1956).
Editorial Trotta, Madrid 2004. El texto de esta carta fue publicado en 2003. Estas
páginas, de tono plenamente confidencial, y escritas a su propia madre nunca se
escribieron para ser publicadas (como, ningún Diario espiritual de conciencia).
Una vez conocidas nos muestran situaciones de alma, que a nosotros nos
conmueven. Congar, como otros padres del Concilio, fue un hombre “fiel”, y no
dudamos de la virtud heroica del Siervo de Dios Pío XII.
[21] Dei Verbum, 24.
[22]
Por eso, Benedicto XVI, al tratar con cierta amplitud este criterio en
la carta postsinodal “verbum Domini” se remite a estas referencias: cf. León
XIII, Carta enc. Providentissimus Deus (18 noviembre
1893), Pars II, sub fine: ASS 26 (1893-94),
269-292; Benedicto XV, Carta enc. Spiritus Paraclitus (15
septiembre 1920), Pars III:AAS 12 (1920), 385-422.
[23] Cf. J.M. Padilla, Misionero del
Espíritu Santo, Concepción Cabrera de Armida: Su vida y su misión en la Iglesia
(1862-1937). 3 vol. México, 1982-1986.
[24] Esta “minuta” al detalle, año
tras año, puede verse en la obra de Rufino
María Grández, Sacerdote capuchino,
ayer y hoy. Homenaje a Cristo Sacerdote con motivo de mi Jubileo Sacerdotal,
1960-2010 (Pamplona, Curia provincial de capuchinos 2010), pp. 103-104, y
al reflexión en las páginas siguientes.
[25] Véase: por al fe Católica.
Fraternidad sacerdotal. Colombia. En Internet: http://porlafecatolica.org/quienessomos.htm
[26] Declaración del Capítulo General
de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (Econe, 14 julio 2012). Puede leerse en:
http://santaiglesiamilitante.blogspot.mx/
[27] He aquí su posición tal como la concebía en 1976.
Mons. Lebevre celebra Misa multitudinaria en el Palacio de Deportes de la Feria
Internacional de Lille, el 29 de Agosto de 1976, en la que declara que
someterse a la “suspensión a divinis” sería contribuir a la destrucción de la
Iglesia. Asistieron más de 5 mil fieles y 300 periodistas. En el sermón dice: “Esta
misa no es un reto. Sois vosotros, queridos hermanos, tan numerosos y venidos
de tan lejos, quienes la habéis deseado para hacer profesión de nuestra Fe
católica. Se me ha llamado jefe de los tradicionalistas, pero no soy más que un
simple católico -sacerdote, eso sí; obispo, eso sí- pero con las mismas
reacciones que vosotros. Hago las mismas cosas que hacía antes del Concilio y
resulta que he sido suspendido y tal vez sea excomulgado; se me considera
sospechoso, renegado, separado de la Iglesia. Se reconoce al árbol por sus
frutos y los frutos del Concilio Vaticano II son frutos amargos que le hacen
mal a la Iglesia. El Concilio ha consumado el matrimonio de la Iglesia con la
revolución... pero lo que ha hecho la revolución no es nada comparado con lo
que ha hecho el Concilio. Cincuenta mil sacerdotes se han perdido, se han
casado. Incluso muchos de ellos se han divorciado. Veinte mil religiosos de los
Estados Unidos han abandonado la religión. Hubiese sido mejor que muriesen en la
hoguera ya que así, al menos, hubieran salvado su alma. ¿Qué ha sido del
hermoso seminario de Lille? ¿Dónde están los seminaristas? De la unión adúltera
entre la Iglesia y la revolución sólo pueden nacer bastardos: esta unión se
concreta con el diálogo en pie de igualdad entre la verdad y la mentira. No se
puede dialogar con los protestantes: les amamos y por eso queremos convertirlos.
No se puede dialogar con los francmasones ni con los comunistas porque con el
Diablo no se dialoga. Los francmasones siguen celebrando misas negras, roban
hostias sagradas. ¿Cómo puede hablarse de diálogo con los francmasones? Las
sanciones que me han impuesto no son válidas ni canónica ni teológicamente. Se
está destruyendo lo que queda de los Estados católicos. No somos nosotros los
que provocamos el cisma, sino la Iglesia Conciliar. Nosotros estamos con todos
los Santos del cielo que se regocijan con esta asamblea de hoy. Nosotros
pedimos al Papa sólo una cosa: que entre todas las experiencias que hoy se
llevan a cabo nos permita hacer la experiencia de la tradición. Dadnos una
iglesia en cada diócesis en vez de dárselas a los musulmanes. Solamente dentro
del orden, la paz y la justicia, la economía puede resucitar. Es evidente.
Tómese el caso de la República Argentina. ¿En qué estado estaba hace dos o tres
meses? En una anarquía completa.... los bribones mataban a derecha e izquierda,
las industrias estaban completamente arruinadas, los patrones de las fábricas
encerrados, secuestrados. Todo en un país que podría ser de una prosperidad
increíble con riquezas extraordinarias. Ahora hay un gobierno de orden que pone
un poco de orden en los asuntos, que tiene principios, autoridad, que impide a
los criminales matar... y he aquí que la economía resurge, los obreros tienen
trabajo y pueden entrar a sus casas sabiendo que no van a estar amenazados por
una huelga. No tengo la certeza de que este Papa sea verdaderamente Papa.
Existe la duda de que Paulo VI no haya sido nunca Papa o, por lo menos, que ya
no lo sea en este momento. En la Iglesia todo está cambiando. Yo... yo ya no
entiendo nada”.
[28] Voices.
New Series, Volume XXXIV, Number 2011/4, September-December 2011 «50 Years
since Vatican II, seen from Latin America». Indicamos el artículo de Víctor Codina, Del Vaticano
II... ¿a Jerusalén II?.. pp. 87-96. Hay preocupación y, al parecer, recelo: “Se
ha dicho que la minoría conciliar que fue “derrotada” por el Vaticano II, poco
a poco ha ido enarbolando la interpretación y conducción del Vaticano II.
Lentamente hemos ido pasando de la primavera al invierno conciliar (K. Rahner),
a una vuelta a la gran disciplina (J.B. Libânio), a una restauración eclesial
(J.C. Zízola), a una noche oscura eclesial (J.I. González Faus). A la revista Concilium, liderada por losgrandes
teólogos conciliares, se le añade en 1972 la revista Communio, inspirada por H.U. von Balthasar con una línea teológica
diferente. Von Balthasar parece ser la gran figura teológica del post-Concilio,
como lo fue Rahner del Concilio. Algo está cambiando” (p. 92). En la misma
revista ver: José Comblin (posteriormente fallecido, 2012), Vaticano II, 50 años después, pp.
111-124.
[29] Víctor Codina, art. Cit., 94.
[30] Bien sabemos que el Concilio,
porque – al parecer – así lo pedían las circunstancias dejó puntos pendientes:
el celibato sacerdotal (que asumió Pablo VI para su reflexión de supremo
pastor), elección de obispos, puesto de la mujer en la Iglesia.
[31]
K. Rahner, El Concilio,
nuevo comienzo, Barcelona 1966, p 22.
[32]
P. Jaime Roig, S.I., Manresa, octubre 1996.
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