Vivir la
Liturgia con el alma de Oriente
La
Iglesia es una: Oriente y Occidente son los dos pulmones del mismo Cuerpo de la
Iglesia. Este pensamiento le agradaba mucho al beato Juan Pablo II, un Papa
venido de lejos.
La
fiesta de la Epifanía del Señor (los Reyes Magos, en el lenguaje más popular)
unida secuencialmente con la fiesta del Bautismo de Jesús es el momento en que
más claro percibimos el trasvase de Oriente a Occidente.
Para
la edición del Missale Romanum
(editio typica 1970, reimpressio 1971; typica secunda 1975; typica tertia 2002,
que es la que tengo delante) se llamó a un artista de espiritualidad del Oriente
para que ornamentase algunas páginas principales, como ha sido uso tradicional
en los Misales. Las 14 tablas o ilustraciones del Missale Romanum son obras P. Marko Ivan Rupnik, S.I. (nacido en
Eslovenia, 1954), autor de los mosaicos de Capilla Redemptoris Mater que mandó
construir Juan Pablo en el Vaticano.
Una de estas páginas es In Epiphania Domini, Die 6 Januarii, Solemnitas. El artista puso esta representación.
Una de estas páginas es In Epiphania Domini, Die 6 Januarii, Solemnitas. El artista puso esta representación.
Es el misterio de la Epifanía que cantan los textos
litúrgicos con estas palabras:
Veneramos este día
santo, honrado con tres prodigios:
hoy la estrella condujo
a los magos al pesebre;
hoy el agua se convirtió
en vino en las bodas de Caná;
hoy Cristo fue bautizado
por Juan en el Jordán, para salvarnos.
Aleluya.
Bella
antífona de las segundas Vísperas de la Epifanía en la liturgia romana. La
estrella de los Magos es Epifanía (teofanía) de revelación a las naciones; Caná
es Epifanía (teofanía) eucarística; el Jordán es Epifanía (teofanía) bautismal.
Y esta mística, a la que nos lleva la lectura de la Sagrada Escritura en la
Liturgia acontece “hoy”: hoy se realiza el triple misterio como evento de salvación;
hoy la gracia del triple misterio se derrama en nuestras almas.
La
Liturgia romana, abrazando a nuestros hermanos de Oriente, nos lleva por estos
rumbos, que espiritualmente, místicamente… podemos gustar.
Partiendo
de aquí, no nos sorprenden las lecturas mistagógicas de los antiguos Padres que
se nos proponen para los días que van de la Epifanía al domingo siguiente, el
Bautismo del Señor, este año de 2013 con la extensión máxima que puede darse,
todos y cada uno de los días de la semana completa hasta terminar el 13 de
enero.
Preste
atención el lector a esta secuencia de explicaciones mistagógicas de los tres
misterios:
-
Lunes: Los tres misterios, o las tres
epifanías, con un texto de S. Pedro Crisólogo (+ ca. 450).
-
Martes: La Teofanía del Jordán, con
un texto atribuido a S. Hipólito (+235).
-
Miércoles: La Teofanía del Jordán,
con un texto de S. Proclo de Constantinopla (siglo V).
-
Jueves: La Teofanía del Jordán, con
un texto de S. Cirilo de Alejandría (+444).
-
Viernes: La Teofanía del Jordán, con
un texto de S. Máximo de Turín (+ca. 465).
-
Sábado: La Teofanía de las Bodas de Caná,
con un texto de S. Fausto de Rietz (+490).
Para
gustar este tipo de literatura mística que se ha predicado en la Iglesia,
transcribimos aquí estos pasajes que se refieren, más específicamente, a la
Teofanía del Bautismo del Señor.
Martes
San Hipólito de Roma
San Hipólito de Roma
Sermón (atribuido)
en la santa Teofanía
(2.6-8.10: PG 10.854.858-859.862)
El agua y el Espíritu
Jesús
fue a donde Juan y recibió de él el bautismo. Cosa realmente admirable. La
corriente inextinguible que alegra la ciudad de Dios es lavada con un poco de
agua. La fuente inalcanzable, que hace germinar la vida para todos los hombres
y que nunca se agota, se sumerge en unas aguas pequeñas y temporales.
El
que se halla presente en todas partes y jamás se ausenta, el que es incomprensible
para los ángeles y está lejos de las miradas de los hombres, se acercó al
bautismo cuando él quiso. Se abrió el cielo, y vino una voz del cielo que
decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto».
El
amado produce amor, y la luz inmaterial genera una luz inaccesible: «Este es el
que se llamó hijo de José, es mi Unigénito según la esencia divina».
Éste
es mi Hijo, el amado: aquel que pasó hambre, y dio de comer a innumerables
multitudes; que trabajaba, y confortaba a los que trabajaban; que no tenía
dónde reclinar su cabeza, y lo había creado todo con su mano; que padeció, y
curaba todos los padecimientos; que recibió bofetadas, y dio al mundo la
libertad; que fue herido en el costado, y curó el costado de Adán.
Pero
prestadme cuidadosamente atención: quiero acudir a la fuente de la vida, quiero
contemplar esa fuente medicinal.
El
Padre de la inmortalidad envió al mundo a su Hijo, Palabra inmortal, que vino a
los hombres para lavarlos con el agua y el Espíritu: y, para regenerarnos con
la incorruptibilidad del alma y del cuerpo, insufló en nosotros el espíritu de
vida y nos vistió con una armadura incorruptible.
Si,
pues, el hombre ha sido hecho inmortal, también será dios. Y si se ve hecho
dios por la regeneración del baño del bautismo, en virtud del agua y del
Espíritu Santo, resulta también que después de la resurrección de entre los
muertos será coheredero de Cristo.
Por
lo cual, grito con voz de pregonero: Venid, las tribus todas de las gentes, al
bautismo de la inmortalidad. Esta es el agua unida con el Espíritu, con la que
se riega el paraíso, se fecunda la tierra, las plantas crecen, los animales se
multiplican; y, en definitiva, el agua por la que el hombre regenerado se
vivifica, con la que Cristo fue bautizado, sobre la que descendió el Espíritu
Santo en forma de paloma.
Y
el que desciende con fe a este baño de regeneración renuncia al diablo y se entrega
a Cristo, reniega del enemigo y confiesa que Cristo es Dios, se libra de la esclavitud
y se reviste de la adopción, y vuelve del bautismo tan espléndido como el sol,
fulgurante de rayos de justicia; y, lo que es el máximo don, se convierte en
hijo de Dios y coheredero de Cristo.
A
él la gloria y el poder, junto con el Espíritu Santo, bueno y vivificante,
ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Miércoles
Sermón 7 en la santa Epifanía
(1-2: PG 65, 758-759)
La santificación de las
aguas
Cristo
apareció en el mundo, y, al embellecerlo y acabar con su desorden, lo
transformó en brillante y jubiloso. Hizo suyo el pecado del mundo y acabó con
el enemigo del mundo. Santificó las fuentes de las aguas e iluminó las almas de
los hombres. Acumuló milagros sobre milagros cada vez mayores.
Y
así, hoy, tierra y mar se han repartido entre sí la gracia del Salvador, y el
universo entero se halla bañado en alegría; hoy es precisamente el día que
añade prodigios mayores y más crecidos a los de la precedente solemnidad.
Pues
en la solemnidad anterior, que era la del nacimiento del Salvador, se alegraba
la tierra, porque sostenía al Señor en el pesebre; en la presente festividad,
en cambio, que es la de las Teofanías, el mar es quien salta y se estremece de
júbilo; y lo hace porque en medio del Jordán encontró la bendición
santificadora.
En
la solemnidad anterior se nos mostraba un niño débil, que atestiguaba nuestra
propia imperfección; en cambio, en la festividad de hoy se nos presenta ya como
un hombre perfecto, mostrando que procede, como perfecto que es, de quien también
lo es. En aquel caso, el Rey vestía la púrpura de su cuerpo; en éste, la fuente
rodea y como recubre al río.
Atended,
pues, a estos nuevos y estupendos prodigios. El Sol de justicia que se purifica
en el Jordán, el fuego sumergido en el agua, Dios santificado por ministerio de
un hombre.
Hoy
la creación entera resuena de himnos: Bendito el que viene en nombre del
Señor. Bendito el que viene en todo momento: pues no es ahora la primera
vez.
Y
¿de quién se trata? Dilo con más claridad, por favor, santo David: El Señor
es Dios: él nos ilumina. Y no es sólo David quien lo dice, sino que el
apóstol Pablo se asocia también a su testimonio y dice: Ha aparecido la
gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos. No
«para unos cuantos», sino para todos: porque la salvación a través del
bautismo se otorga a todos, judíos y griegos; el bautismo ofrece a todos un
mismo y común beneficio.
Fijaos,
mirad este diluvio sorprendente y nuevo, mayor y más prodigioso que el que hubo
en tiempos de Noé. Entonces, el agua del diluvio acabó con el género humano; en
cambio, ahora, el agua del bautismo, con la virtud de quien fue bautizado por
Juan, retorna los muertos a la vida. Entonces, la paloma con la rama de olivo
figuró la fragancia del olor de Cristo, nuestro Señor; ahora, el Espíritu
Santo, al sobrevenir en forma de paloma, manifiesta la misericordia del Señor.
Jueves
San Cirilo de
Alejandría
Comentario sobre el evangelio de san Juan
Comentario sobre el evangelio de san Juan
(Lib 2, cap 2: PG 73, 751-754)
Efusión del Espíritu Santo sobre toda carne
Cuando
el Creador del universo decidió restaurar todas las cosas en Cristo, dentro del
más maravilloso orden, y devolver a su anterior estado la naturaleza del
hombre, prometió que, al mismo tiempo que los restantes bienes, le otorgaría también
ampliamente el Espíritu Santo, ya que de otro modo no podría verse reintegrado
a la pacífica y estable posesión de aquellos bienes.
Determinó,
por tanto, el tiempo en que el Espíritu Santo habría de descender hasta
nosotros, a saber, el del advenimiento de Cristo, y lo prometió al decir: En
aquellos días —se refiere a los del Salvador— derramaré mi Espíritu sobre toda
carne.
Y
cuando el tiempo de tan gran munificencia y libertad produjo para todos al
Unigénito encarnado en el mundo, como hombre nacido de mujer —de acuerdo con la
divina Escritura—, Dios Padre otorgó a su vez el Espíritu, y Cristo, como primicia
de la naturaleza renovada, fue el primero que lo recibió. Y esto fue lo que
atestiguó Juan Bautista cuando dijo: He contemplado al Espíritu que bajaba del
cielo y se posó sobre él.
Decimos
que Cristo, por su parte, recibió el Espíritu, en cuanto se había hecho hombre,
y en cuanto convenía que el hombre lo recibiera; y, aunque es el Hijo de Dios
Padre, engendrado de su misma substancia, incluso antes de la encarnación —más
aún, antes de todos los siglos—, no se da por ofendido de que el Padre le diga,
después que se hizo hombre: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.
Dice
haber engendrado hoy a quien era Dios, engendrado de él mismo desde antes de
los siglos, a fin de recibirnos por su medio como hijos adoptivos; pues en
Cristo, en cuanto hombre, se encuentra significada toda la naturaleza: y así también
el Padre, que posee su propio Espíritu, se dice que se lo otorga a su Hijo,
para que nosotros nos beneficiemos del Espíritu en él. Por esta causa
perteneció a la descendencia de Abrahán, como está escrito, y se asemejó en
todo a sus hermanos.
De
manera que el Hijo unigénito recibe el Espíritu Santo no para sí mismo —pues es
suyo, habita en él, y por su medio se comunica, como ya dijimos antes—, sino
para instaurar y restituir a su integridad a la naturaleza entera, ya que, al
haberse hecho hombre, la poseía en su totalidad. Puede, por tanto, entenderse
—si es que queremos usar nuestra recta razón, así como los testimonios de la
Escritura— que Cristo no recibió el Espíritu para sí, sino más bien para
nosotros en sí mismo: pues por su medio nos vienen todos los bienes.
Viernes
San Máximo de Turín
Sermón 100, en la
Epifanía
(1-3: CCL 23, 398-400)
Los misterios del bautismo del Señor
Nos
refiere el texto evangélico que el Señor acudió al Jordán para bautizarse y que
allí mismo quiso verse consagrado con los misterios celestiales
Era,
por tanto, lógico que después del día del nacimiento del Señor –por el mismo
tiempo, aunque la cosa sucediera años después– viniera esta festividad, que
pienso que debe llamarse también fiesta del nacimiento.
Pues,
entonces, el Señor nació en medio de los hombres; hoy, ha renacido en virtud de
los sacramentos; entonces, le dio a luz la Virgen; hoy, ha vuelto a ser engendrado
por el misterio. Entonces, cuando nació como hombre, María, su madre, lo acogió
en su regazo; ahora, que el misterio lo engendra, Dios Padre lo abraza con su
voz y dice: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadlo. La madre acaricia
al recién nacido en su blando seno; el Padre acude en ayuda de su Hijo con su
piadoso testimonio; la madre se lo presenta a los Magos para que lo adoren, el
Padre se lo manifiesta a las gentes para que lo veneren.
De
manera que tal día como hoy el Señor Jesús vino a bautizarse y quiso que el
agua bañase su santo cuerpo.
No
faltará quien diga: «¿por qué quiso bautizarse, si es santo?» Escucha. Cristo
se hace bautizar, no para santificarse con el agua, sino para santificar el
agua y para purificar aquella corriente con su propia purificación y mediante
el contacto de su cuerpo. Pues la consagración de Cristo es la consagración
completa del agua.
Y
así, cuando se lava el Salvador, se purifica toda el agua necesaria para
nuestro bautismo, y queda limpia la fuente, para que pueda luego administrarse
a los pueblos que habían de venir a la gracia de aquel baño. Cristo, pues, se
adelanta mediante su bautismo, a fin de que los pueblos cristianos vengan luego
tras él con confianza.
Así
es como entiendo yo el misterio: Cristo precede, de la misma manera que la
columna de fuego iba delante a través del mar Rojo, para que los hijos de
Israel siguieran intrépidamente su camino; y fue la primera en atravesar las
aguas, para preparar la senda a los que seguían tras ella. Hecho que, como dice
el Apóstol, fue un símbolo del bautismo. Y en un cierto modo aquello fue
verdaderamente un bautismo, cuando la nube cubría a los israelitas y las olas
les dejaban paso.
Pero
todo esto lo llevó a cabo el mismo Cristo Señor que ahora actúa, quien, como
entonces precedió a través del mar a los hijos de Israel en figura de columna
de fuego, así ahora, mediante el bautismo, va delante de los pueblos cristianos
con la columna de su cuerpo. Efectivamente, la misma columna, que entonces
ofreció su resplandor a los ojos de los que la seguían, es ahora la que
enciende su luz en los corazones de los creyentes: entonces, hizo posible una
senda para ellos en medio de las olas del mar; ahora, corrobora sus pasos en el
baño de la fe.
Guadalajara,
8 enero 2013.

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