Homilía en el domingo del Bautismo del Señor, ciclo C
Lc 3,15-16.22-23
Texto evangélico
Como el pueblo estaba
expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan, si no sería el
Mesías, Juan respondió a todos: “Yo os bautizo con agua, pero viene el que es
más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él
os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
Y sucedió que, cuando
todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y. mientras oraba,
se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal
semejante a una paloma, y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado,
en ti me complazco”.
Hermanos:
1. En la vida de todo ser humano hay
momentos de importancia decisiva, que marcan rumbo y destino. La vida es rica
por sí misma, y el día a día, monótono y repetido, es digno de toda la grandeza
de mi vida, de toda mi vocación humana. El acto más rutinario de mis días es
portador de toda mi persona. Pero, siendo así, la vida tiene tiempos fuertes y
graves momentos que pueden marcar la divisoria de un antes y después.
El Bautismo es el momento inaugural de la
vida de Jesús, que sale al mundo, y que inicia la misión que Dios, su Padre, le
había confiado.
2. Jesús era ya un hombre. Tenía, al
menos treinta años. A esa edad un judío de los tiempos de Jesús era padre de
familia de varios hijos; tenía ya su vida firmemente consolidada.
Quisiéramos nosotros saber cómo ha
llegado Jesús hasta aquí. Toda la vida de Jesús es de nuestro interés: su
infancia, adolescencia y juventud; sus veinte y veinticinco años: qué pensaba,
en qué trabajaba, cuáles eran sus amores, sus anhelos y su lucha, sus amigos.
Fuera del episodio de los 12 años, que nos descubre la orientación radical de
su ser, su vida queda en el secreto de Dios.
Cuando uno de nosotros, que cree tener
una vida densa, fondea en el curso de su historia y advierte que un adulto no
es una improvisación, sino una personalidad que se ha ido gestando paso a paso
desde el momento en que tuve uso de razón. Y aunque la vida nos hace cambiar
según la edad, vemos, sin embargo, que desde el principio nos han acompañado
unas constantes: soy lo que soy, porque fui lo que era, siempre bajo la guía de
Dios.
3. En concreto, y en el caso de Jesús, el
bautismo fue ciertamente una iluminación avasalladora, pero en íntima
coherencia con lo que ha precedido. Para comenzar a entender la realidad que
aquí se encierra, hay que partir de unos datos fundamentales:
- El bautismo de Jesús de Nazaret es un
episodio real y concreto de su vida que, ni creyentes ni racionalistas han
negado. No es un dato alegórico o místico para entender a un personaje. A
nosotros, los creyentes en la divinidad de Jesús, hasta nos molestaría; y tenderíamos
a suprimirlo, o, al menos, a pasar por encima de él. pero no es cierto. Jesús
se bautizó.
- El bautismo fue para él una decisión
personal y libre, y supone una situación colectiva y personal con la que él se
identifica plenamente. Jesús no se bautiza para dar un buen ejemplo, para
animar a la gente. Hubiera sido un proceder insincero, y, por lo mismo, falso.
Jesús se bautiza, porque realmente se bautiza.
- Con ello, Jesús está reconociendo la
categoría de Juan, la obra y misión de Juan. El bautismo de Jesús es la
canonización de Juan, si fuéramos a hablar con términos jurídicos.
- Pero, al aceptar el bautismo de Juan,
Jesús está reconociendo la historia de Dios en el mundo. Está afirmando que es
cierto que ahora comienza la gran obra de Dios en la historia. Esta es la
entrada de Dios en el mundo, el Adviento o llegada de Dios, protagonizada por
ese humilde bautizado, Jesús de Nazaret.
- Con ello Jesús se adhiere plenamente al
dicho de Juan: Yo os bautizo con agua… Él
os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
3. El bautismo de Jesús tiene una carga
mística que lo traspasa y que se hace evidente en la teofanía que sigue al
bautismo - Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me complazco – que acontece
mientras Jesús ora.
Detengámonos en estos dos puntos:
- el realismo del bautismo de Jesús,
- y la
divinidad de Jesús en su bautismo.
4. Para ir a Dios tenemos que sumergirnos
en un bautismo, piensa Jesús. Hay que bajar, como sea, hasta el fondo del
pecado,
y allí encontrar a ese Dios Redentor, que
nos ama y nos ha de salvar.
El bautismo nosotros lo recibimos de
niños, y no se puede repetir; imprime un carácter indeleble. Hoy de adultos, al
recordar el bautismo, hemos de pensar que el bautismo era el paso “por el
Espíritu Santo y por el fuego” para el reino de Jesús. El bautismo es arranque
del pecado; es conversión.
Nuestro bautismo ha de recordarnos que
nuestra vida es una perpetua conversión. Este vivir en trance de conversión
quiere decir vivir con el rostro vuelto hacia Dios, desprendidos – en cuanto
está de nuestra parte – de esos amarres del pecado. La gracia de Dios, que está
en acción continua, opera en nosotros ese desapego.
5. ¿Qué sentía Jesús, cuando
voluntariamente, y en medio de la gente, como uno más entre el pueblo, quiso
bajar al Jordán, despojado de sus vestidos y penetrando en el agua?
San Pablo dirá en cierto momento que Dios
lo hizo pecado a este Hijo de su amor. “Al que no conocía el pecado, lo hizo
pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en
él” (2Co 5,21).
Esto fue el bautismo de Jesús: la
solidaridad plena con mi pecado. Fue un bautismo real y verdadero, el más
verdadero de todos, porque como nadie con el bautismo bajó al abismo del
pecado, es decir, de mi pecado.
Si yo llegara a comprender que yo estaba
en Cristo cuando él bajaba a las aguas…, entonces comprendería por qué Jesús de
Nazaret pidió el bautismo a Juan.
6. Pero el bautismo de Jesús no concluye
en el pecado. El último secreto viene ahora. Cuando Jesús fue bautizado, se
puso en oración; es un dato que expresamente lo ha notado san Lucas. Y ¿qué
pasó en aquella oración? Que mientras oraba,
se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal
semejante a una paloma, y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado,
en ti me complazco”.
Esto es lo sublime y divino del bautismo.
En el bautismo de Jesús estaba su filiación divina: Tú eres mi Hijo, el amado.
No tuvo tiempo Jesús en su vida para
disfrutar de aquella declaración que el Padre Dios le hacía: Tú eres mi Hijo, el amado.
Esa palabra que el Padre dirigió a Jesús
llega hasta nosotros y nos la aplicamos, y unidos a él la escuchamos, dirigida
a nosotros, dirigida a mí.
Tú eres mi hijo amado; tú eres mi hija
amada.
Somos hijos en el Hijo; esta es la gracia
de los cristianos para disfrutarla todos los días de nuestra vida. Amén.
Guadalajara, Jal., 9 enero 2013.
Sobre
el Bautismo de Jesús hemos escrito diversos textos que pueden verse en
mercaba.org El pan de unos versos | Año litúrgico | Navidad |Bautismo
de Jesús. Son los siguientes:
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