Recibid el Espíritu Santo
Jn
20,19-23
Texto
evangélico:
19 Al anochecer de aquel día, el primero de la
semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo
a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a
vosotros». 20 Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado.
Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21 Jesús
repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío
yo». 22 Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid
el Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les
quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Hermanos:
1. Todos los años, en la gran solemnidad de Pentecostés, que es la
culminación de la Pascua, las dos fiestas principales del año, todos los años,
proclamamos en la Eucaristía las mismas lecturas:
- el relato de aquel día de Pentecostés, fiesta judía, tal como nos lo
presenta los Hechos de los Apóstoles;
- la doctrina sobre los dones del Espíritu Santo infundidos a los fieles
cristianos, tal como nos la anuncia san Pablo escribiendo a la comunidad de
Corinto:
- y como Evangelio, el que acabamos de escuchar. Jesús que se muestra al
grupo de sus discípulos aquella tarde de la Resurrección: sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. Es la
esencia del mensaje que, con la gracia de Dios, trataremos de explicar.
2. Y todos los años, en la misa de la Vigilia de Pentecostés, hay una
lectura sorprendente del mismo Evangelio de san Juan. «El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice
la Escritura: “de sus entrañas manarán ríos de agua viva”». Dijo esto
refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía
no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado” (Jn
7,37-39).
Según este modo de hablar, el Espíritu Santo, que existía desde toda la
eternidad, como existen el Padre y el Hijo, no existía como hecho, como
acontecimiento, en espera de la Resurrección de Jesús. Quiere esto decir que la
vida de Jesús y la venida del Espíritu Santo son una misma historia que no se
puede romper. Sin Espíritu no hay Jesús; sin Jesús no hay Espíritu Santo. Sin
la vida de Jesús no existe Pentecostés; sin Pentecostés no existe la vida de
Jesús como vida del Hijo de Dios.
3. Pero es más: Pentecostés no se ha terminado. Se inició aquel día y sigue
hoy. Estamos en Pentecostés, y la vida de la Iglesia es un Pentecostés
continuado. Yo mismo soy una parte de la Historia
de Pentecostés. Yo y mis hermanos, discípulos de Jesús, hemos sigo
favorecidos de los dones del Espíritu Santo que se nos han dado.
Un ejemplo a la vista es lo ocurrido estos días, esta semana anterior a
Pentecostés, en Roma. Los que siguen las noticias de la Iglesia saben cómo hace
unos meses el Papa visitó Chile y Colombia. La visita a Chile produjo muchas
contradicciones. El Papa, entonces, convocó a todos los obispos de Chile, para
que tuvieran con él tres días de diálogo, de escucha, de discernimiento, de
oración, como ha sido esta semana. Acudieron todos, 34, entre ellos algunos eméritos.
Al final el Papa les escribió en conjunto una sencilla carta de agradecimiento,
por su lealtad, por su sinceridad. La sorpresa viene a continuación cuando a
esta carta todos y cada uno de los obispos de Chile, personalmente, firman una
carta de renuncia, poniendo en sus manos el ministerio episcopal para que el
Santo Padre haga, con libertad, lo que mejor le parezca. Un gesto maravilloso
de sinceridad y de solidaridad de hermanos. No se pide que renuncie este u otro
– los más implicaos o acusados – todos en conjunto y personalmente firman una
Declaración. Después de pedir sinceramente perdón por el mal causado a causa
del silencio y de la negligencia, dicen:
“En segundo lugar, queremos
anunciar que todos los obispos presentes en Roma, por escrito, hemos puesto
nuestros cargos en las manos del Santo Padre para que libremente decida con
respecto a cada uno de nosotros”.
Hermanos, si uno examina por dentro esta sorprendente decisión (de la que,
al parecer, no se conocen otros precedentes) uno dice: Aquí hay humildad,
sinceridad y verdad; aquí está presente el Espíritu Santo, verdaderamente el
Espíritu Santo conduce a la Iglesia.
4. Celebramos, pues, hermanos, en Pentecostés no solo aquel hecho lejano
que ocurrió un día, como lo han descrito los Hechos de los Apóstoles, evocación
de lo que pasó en el Sinaí en tiempos de Moisés, sino que celebramos simultáneamente lo que
está ocurriendo en medio de nosotros. El Espíritu Santo es nuestra
compañía.
Esto nos lleva a continuar la reflexión que nos hacíamos el Domingo pasado,
Ascensión del Señor. Allí indicábamos que, en el lenguaje y descripción
familiar del hecho, Jesús se iba y se quedaba.
No os dejaré huérfanos. Me voy;
es preciso que me vaya, porque así os puedo enviar el Espíritu de Dios, mi
Espíritu, el Espíritu Santo. Justamente por eso, vosotros haréis no solo las
obras que yo he hecho (expulsión de demonios y milagros), sino que haréis obas
mayores que las que yo he hecho. Vosotros tenéis que ir a los confines de la
tierra, adonde yo no he podido ir… Vuestra tarea es el anuncio del Evangelio a todo
el mundo, que yo no he podido realizar, no saliendo de los límites mínimos de
mi tierra.
Así pues, lo mismo que el misterio de la Ascensión, el misterio de la
venida del Espíritu, tiene un tono de familiaridad, lo cual significa cercanía
y presencia de Dios.
Es más: los cristianos – solo los cristianos – podemos enunciar nuestra fe diciendo
que nuestro Dios es un Dios encarnado e histórico. La historia de Dios comienza
en la eternidad y termina hoy, aquí y ahora, en Pentecostés, en espera de la
manifestación gloriosa del último día. El Dios de la Creación, el Dios de la
inmensa Gloria es el Dios que hoy termina en mí como Dios Espíritu Santo que me
va a acompañar todos los días de mi vida, hasta que yo vuelva a la morada de
Dios, de donde vine un día.
5. Pero hay otro detalle en el Evangelio de hoy que debemos examinar con
precisión: la unión del Espíritu Santo con el perdón de los pecados. «Recibid el Espíritu Santo; 23 a
quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los
retengáis, les quedan retenidos».
Esto significa dos cosas:
- la primera que donde está el Espíritu Santo está el perdón de los
pecados, aparte de todos los dones que él nos puede traer;
- y la segunda, que Jesús constituye a su Iglesia plenipotenciaria, como él,
de los dones de Dios. La Iglesia de Jesús es portadora de la misericordia de
Dios, y es administradora de esa misma misericordia. Evidentemente que no puede
ser administradora a su capricho, sino según el corazón mismo de nuestro Dios y
Padre, según la misericordia de Dios, según la ternura de Dios.
He aquí, pues, hermanos los grandes misterios de nuestra fe, que nos llenan
el corazón de gozo y esperanza.
Señor Jesús, gracias sin fin por
lo que has hecho por nosotros, por tu muerte y resurrección; gracias porque hoy
nos envías desde el Padre al Espíritu para que permanezca siempre con nosotros.
Nosotros recibimos los dones de
tu Espíritu y queremos disfrutar de ellos hasta el encuentro contigo. Amén.
Guadalajara, viernes 18 de mayo de 2018.
Feliz Pentecostés , el señor nos ha precedido, nos ha acompañado y nos desborda, Ramon parroquia de valvanera, Logroño
ResponderEliminarLeves reflexiones sobre los textos.
ResponderEliminar1-. COMO DICE LA ESCRITURA: “DE SUS ENTRAÑAS MANARÁN RÍOS DE AGUA VIVA”.
Aunque nada se dice en qué lugar del A.T. figura esa frase, se admite que se trata de un texto de las visiones del profeta Ezequiel (47,1-12) relacionadas con un templo que se debería construir y que nunca se construyó. En efecto, esa visión terminaba con un magnífico simbolismo. Del Templo reconstruido brotaría un MANANTIAL DE AGUA VIVA de tal abundancia que formaría un torrente, que atravesando el Torrente del Cedrón llegaría al Mar Muerto, cuyas aguas se convertirían en potables, cambiando la esterilidad del lugar en la fertilidad del Paraíso. Esto lo decía arrebatado de éxtasis “a orillas del río Robar” babilónico (una desviación del Eufrates, cerca de la ciudad de Nipur).
2-. Y, DICHO ESTO, SOPLÓ SOBRE ELLOS Y LES DIJO: «RECIBID EL ESPÍRITU SANTO.
Este es un texto bastante equívoco. El texto evangélico no dice que Jesucristo soplara “sobre ellos”, sino que dice simplemente SOPLÓ (forma impersonal). Por un lado está el recibimiento real del Espíritu Santo en aquel momento, y que posteriormente en Hechos 1:8 recibieron el bautismo en el Espíritu Santo (como una experiencia posterior al recibimiento del Espíritu). Por otro lado está que este recibimiento no fue más que una primicia de la efusión más abundante de Pentecostés, es decir, no fue más que un hecho simbólico en el que no recibieron realmente al Espíritu Santo porque esto estaría en contradicción con otros textos. El mismo texto joanico con anterioridad dice: OS CONVIENE QUE YO ME VAYA; PORQUE SI NO ME FUERA, EL CONSOLADOR NO VENDRÍA A VOSOTROS; MAS SI ME FUERE, OS LO ENVIARÉ”. El requisito para la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos sería la ascensión de Jesús a los cielos junto al Padre, lo cual no había sucedió aún. Podemos admitir que los discípulos no recibieron el Espíritu en este momento, porque este fue un acontecimiento que debía suceder después en Pentecostés: RECIBIRÉIS PODER, CUANDO HAYA VENIDO SOBRE VOSOTROS EL ESPÍRITU SANTO, Y ME SERÉIS TESTIGOS.
La grave crisis eclesial chilena ha puesto de manifiesto la peligrosa enfermedad moral de algunos, y la falta de responsabilidad de otros por mirar para otro lado.
ResponderEliminarPero el caso de Chile no es el único….
El Papa Francisco ha dado un gran ejemplo al afrontar esa crisis chilena, y otras semejantes de otros lugares, de frente, con valor y resolución, y eso le honrará para siempre.
Juan José.