Trinidad: Misterio, historia y compañía
Mt
28,16-20
Texto
evangélico:
16 Los once discípulos se fueron a Galilea, al
monte que Jesús les había indicado. 17 Al verlo, ellos se
postraron, pero algunos dudaron. 18 Acercándose a ellos, Jesús
les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. 19 Id,
pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; 20 enseñándoles a
guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los
días, hasta el final de los tiempos».
Hermanos:
1. Hoy es la solemnidad de la Santísima Trinidad. Hoy confesamos que Dios
es Padre, Hijo y Espíritu Santo. El bautismo cristiano es la confesión de ese
Dios de amor, cuya contemplación se no abre hoy para llenar el corazón de un
misterio de alegría.
Un día fuimos bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo y un día hemos de disfrutar de esa visión, de esa plenitud y posesión que
excede toda comparación del pensamiento creado.
2. Las palabras que henos escuchados son las palabars finales del primer Evangelio,
del Evangelio según san Mateo. Aprendamos de memoria esta frase final del Evangelio,
que es como la firma de los 28 capítulos de este libro sagrado: Y sabed que yo estoy con vosotros todos los
días, hasta el final de los tiempos.
Solo porque Jesús está presente en medio de nosotros podemos hablar de él. Jesús
no es una fantasía, sino una presencia, viva y vivificante, una compañía. Por
esta razón, porque él es nuestro inspirador e interlocutor hablamos de él, y
con su gracia seguiremos hablando hasta la muerte. Jesús vive. Jesús es el
viviente. Jesús es el que explica las Escrituras y comparte el pan.
3. En este Evangelio, en que se proclama la Trinidad, hay al principio una
palabra sorprendente y preocupante. En el fondo es un misterio. Dice el evangelista,
sin querer rebajar las tintas: Los once
discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al
verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Estamos en el tiempo de la resurrección de Jesús. Es evidente que Jesús ha
resucitado. No, hermanos, la resurrección de Jesús nunca es una evidencia; es
un acto de fe. El texto sagrado, que habla de los Once, dice dos cosas:
- la primera que se postraron ante
él. No se puede acceder a Jesús, sino a través de la postración, la proskínesis, de la adoración. Si la
asamblea se junta en la santa Misa es, ante todo, para adorar a Dios, para
postrarse ante él, para confesarle como el todo Santo y el único Santo. La
costumbre milenaria de construir las iglesias mirando al Oriente, para que la
luz del amanecer sea la que nos ilumine viene de esto. Dios es la luz de nuestra
vida, adoremos.
- Y hay una segunda observación, que nos deja estupefactos: pero algunos dudaron. Estamos hablando de
los Once, de los apóstoles escogidos por Jesús. Para adorar a Jesús tenemos que
pasar un muro infranqueable, que es el muro de nuestra razón, donde está la
duda. Tenemos que obsequiar a Dios con ese acto supremo de confianza y de
abandono, y cuando damos este salto, olvidándonos de nosotros mismos, entonces
se presenta la fe. La fe es razonable, pero solo entregando la propia razón.
La Iglesia, por lo siglos de los signos, ha de tener la cruel amenaza de
esta duda. ¿Será verdad tanta maravilla?
A lo mejor sacudimos nosotros nuestras dudas hablando de los problemas
sociales, que son los pertinentes al hombre. No, hermanos; esto es un engaño. La
cuestión humana, por excelencia, es Dios.
4. Termina, pues, el Evangelio según san Mateo con una explosión de gloria
radiante.
Jesús, el que pasó por la tierra, hombre entre los hombres, juzgado y
rechazado, sentenciado en un patíbulo, es el rey y centro de la creación: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la
tierra.
Y Jesús quiere ejercer este poder. Y con un gesto divino nos dice a sus
discípulos que hagamos discípulos a todos los pueblos, que los bauticemos en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Esto es demasiado serio. No es un consejo, no es una reflexión, una
insinuación de diálogo. Es mucho más si damos a las palabras su significado
propio. Es el imperativo que entrega Jesús a su comunidad, como última palabra
y testamento de su vida y del misterio de la Encarnación.
El hombre ha nacido, ha sido lanzado al mundo, para vivir en comunión con
el misterio de Dios, y esta es la última palabra que Dios nos confía. Esta es
la razón de ser de la Iglesia en medio del mundo: descubrir y anunciar la
comunión con Dios, e invitar a todos los hombres a ser partícipes de esa comunión.
5. ¿Quién es Dios?, ¿quién es realmente Dios? Es la pregunta más personal
que cada ser humano lleva dentro de sí.
Y la respuesta que brindamos, habiéndole conocido, es esta: Dios es lo más
concreto que existe, lo más mío de mí mismo. Dios es historia, experiencia y
futuro. En las últimas homilías hemos ido desgranando estos pensamientos: Dios es cercanía y compañía. Un Dios que
no pueda ser visto y experimentado es un Dios fantasma, ausente.
La historia de Dios con el hombre ha sido siempre así, una historia de
experiencia de amor.
Hemos escuchado a Moisés interrogando al pueblo en vísperas de entrar en la
tierra prometida: “¿Escuchó algún pueblo, como tú has escuchado, la voz de
Dios, hablando desde el fuego, y ha sobrevivido? ¿Intentó jamás algún dios
venir a escogerse una nación entre las otras mediante pruebas, signos,
prodigios y guerra y con mano fuerte y brazo poderoso, con terribles portentos,
como todo lo que hizo el Señor, vuestro Dios, con vosotros en Egipto, ante
vuestros ojos?” (Deut 4,33-34).
Dios fue para Israel historia y experiencia, historia que se puede contar. Dios
es historia. La revelación bíblica es historia.
Pero la experiencia de aquel pueblo fue una experiencia inicial, que se
culminó con la venida de Jesús y la entrega del Espíritu Santo.
6. El Espíritu de Dios también es experiencia. Repetiré: si no hay
experiencia de Dios no hay Dios, no hay Espíritu de Dios. Nos ha dicho Pablo en
la lectura de hoy: “Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para
recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción,
en el que clamamos: «¡Abba, Padre!». Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro
espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos
de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos
también glorificados con él” (Gal 4,15-17).
Hermanos, esto es la Trinidad. El Dios de la historia, el Dios con nosotros,
el Dios de nuestra intimidad, el Dios de nuestra esperanza. El Dios de nuestro corazón.
7. Antes de termina esta homilía, una palabra propia de esta circunstancia.
Hoy es el Día de la Vida Contemplativa.
En la Iglesia ha habido y hay hombres y mujeres – más mujeres que hombres – que
han comprendido que el sentido de su vida es este: concentrar actividad,
fuerzas y misión en esto, en adorar a Dios, en proclamar a Dios, en orar a Dios,
y desde ahí vivir su misión humana en el corazón del mundo, llevando día y
noche a los hombres a Dios por medio de la oración y de la propia inmolación.
Pidamos al Señor que arda muy viva en la Iglesia esta vocación.
Concluyamos, hermanos, con la doxología que tiene la Iglesia alabando al Dios
de nuestra fe: Gloria al Padre y al Hijo
y al Espíritu Santo. Amén.
Guadalajara, Jalisco, sábado 26 mayo 2018.
Como se sabe, con la palabra griega de PROSKYNESIS, se expresa el acto de postración de una persona ante otra a la que se considera de rango muy superior.
ResponderEliminarFue una costumbre que se observó entre los pueblos del antiguo Oriente, especialmente en el Imperio Persa, mediante la cual unas personas saludaban a otras que consideraban de categoría superior mediante la inclinación total, incluso hasta tocar el suelo con su frente. Se reservaba a ciertas personas y a divinidades.
La Biblia recoge actos de postración tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
En el famoso Obelisco Negro del rey asirio Salmanasar III se puede ver el bajorrelieve de la proskynesis ante dicho rey.
Ayer le remití un email con archivo adjunto.
ResponderEliminarEspero que lo haya leído (el archivo adjunto).
Saludos. Juan José.