La pureza de la Iglesia
Por la misteriosa ley del contraste, la
inmundicia que ha manchado a determinados miembros de la Iglesia, nos hace
elevar el corazón al resucitado, cuyo cuerpo es para siempre la verdadera
pureza de la Iglesia. La Iglesia está bañada en esta pureza celestial, que
siempre ha brillado y brilla. Sufrimos, pero no podemos temer. El Papa ha invitado a toda la comunidad
católica a orar y sufrir, porque cuando un miembro sufre, todos sufren con él
(Mensaje del 20 de agosto de 2018). Pero el mismo Pastor nos ha consolado
cuando, al final del largo discurso en ocasión del Encuentro sobre la
protección de menores (24 febrero), nos traía a nuestra consideración palabras
de santa Benedicta de la Cruz (Edit Stein): “«en la noche más oscura surgen los
más grandes profetas y los santos.
Sin embargo, la corriente vivificante de
la vida mística permanece invisible.
Seguramente, los acontecimientos
decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas
sobre las cuales nada dicen los libros de historia.
Y cuáles sean las almas a las que hemos
de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal, es algo
que solo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado».
La pureza de la Iglesia
huele a cuerpo
sacrosanto,
que es la pureza
pascual
de Jesús Resucitado.
Huele a la Virgen
purísima,
lecho del Verbo
encarnado,
que del seno de María
nacía del todo santo.
Quiso Dios que la
pureza
sea el vernos sin
pecado,
semilla del mundo nuevo
que en el Hijo ha comenzado.
Ser varón y ser mujer
como Dios nos ha
pensado
dulce alianza de amor
y cada día milagro.
Desnudo en la Cruz
Jesús,
era del mundo el abrazo,
y ese cuerpo que da
vida
adoramos y besamos.
Cristo Jesús del
Espíritu
¡oh cuerpo glorificado!,
seas tú eternamente
nuestro triunfo y el
descanso. Amén.
Domingo
III de Cuaresma, 24 marzo 2019
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