II. Jesús nos llama a la conversión permanente
I
El anuncio de Jesús
Recuperar la voz de Jesús
Hermanos:
Puede haber
momentos felices en la vida en que uno, por una gracia del cielo, recupere esa
voz que resonó con un hozo espiritual incontenible en labios de sus:
El tiempo se ha
cumplido, el Reino de Dios irrumpe, convertíos creyendo en el Evangelio.
¿Cómo vivió
Jesús este mensaje con que él empezaba y que iba a proseguir toda su vida?
Era algo no
menos importante que la creación del mundo. Algo nuevo empezaba. Lo que aquí
Jesús veía era la presencia de Dios, el amor de Dios, la actuación del Dios.
Veía la obra definitiva de Dios en el mundo. Este anuncio que Jesús traía era
principio y era fin. Era juicio y era salvación. Era el abrazo total de Dios a
sus criaturas.
Todo ello era
fruto de la oración de Jesús a su Padre, de la presencia del Espíritu Santo en
su vida, de días y noches derramados en el amor de su corazón. Era el secreto
último de Jesús.
Nosotros desde
fuera, podemos atisbar algo, pero no podemos hacernos dueños de su secreto.
Esta primera
palabra de al predicación de Jesús era la historia de toda su vida anterior, de
lo que había meditado en los largos años de Nazaret, de sus noches consagradas
a la oración. Con términos de hoy podemos decir que era el resultado de toda su
vida mística, de su unión altísima y singular con el Padre.
Vamos a hablar
e la conversión. No nos confunda esta palabra, que no es la palabra principal que
queremso rponunciar. Es una palabra derivada de una renunciad que Jesús
anunciaba y que nosotros, al eco e su voz, seguimos anunciando: Dios, Dios,
Dios. Vayamos despacio, atentos a lo que Jesús dice, absortos por lo que él
anuncia.
El mensaje de Jesús es un anuncio, no una
doctrina
Antes que
Maestro, antes que Sabio que entrega sabiduría y enseñanza, Jesús es el Profeta
que trae un mensaje, un anuncio que Dios le ha confiado, no menor, sino mayor
que una doctrina.
El Hijo tiene
un anuncio que decir. El anuncio, ciertamente, lleva dentro una doctrina, pero
el anuncio está destinado a una acogida que produce por dentro una vibración de
vida.
Dios en el mundo: El tiempo se ha cumplido
Jesús se
remonta al tiempo inicial de la creación. Ve que toda la historia es una
sucesión e tiempos, que son los tiempos de Dios. Ve que el tiempo está ordenado
por Dios, que el tiempo tiene una finalidad que cumplir. Y contempla esto: que
el tiempo se ha cumplido. La historia ha madurado desde la eternidad hasta la
Encarnación.
El tiempo para
Jesús es la presencia y la acción e Dios en el mundo. Dios ha gobernado toda la
historia. El que abra las páginas de la escritura y alcanza a leer en
profundidad, observa y presencia esto: que Dios está presente en todo la
historia, que Dios vive en cada página de la Biblia.
El Reino ha llegado
Es lo que ve
Jesús, algo que solo podemos ver con los ojos de la fe. La historia, antes y
hoy, es la misma, aparentemente la historia es neutra. La hacemos los hombres y
la historia es lo que los hombres queremos que sea.
Aquí tenemos la
primera interpretación del Antiguo Testamento. Jesús recupera todo el hilo de
la historia para darle un sentido nuevo. He aquí que la historia de Dios es
historia de salvación. Los hombres tenemos que someternos a esta historia que
Dios está haciendo con nosotros.
Jesús une el Reino y la Alianza
Jesús no va a
hablar e la Alianza de Dios, centro e la predicación de los Profetas, Él ha
unido Reino y Alianza y ha proclamado la Alianza es hoy la oferta del Reino.
De ninguna
manera rechaza Jesús a Moisés, y a los Profetas, puesto que, como ya escuchamos,
el Dios de Jesús es el Dios de Abraham, el dios de Isaac, el Dios de los
profetas, el Dios viviente, el Dios de hoy (ver homilía del domingo pasado).
Pero Jesús recoge la Alianza de Dios en el Reino de Dios. Cumple la Alianza
quien acepta el Reino de Dios.
(En el lenguaje
del cuarto Evangelio, la palabra “Reino” de alguna manera será convertida en la
palabra “Vida”).
El acontecimiento divino de la Historia es
que el Reino de Dios ha llegado
El reino de
Dios, ¿está cerca?, ¿está llegando?, ¿va a llegar? ¿Cuál es el momento exacto
en que nosotros encontramos?
Con palabras
subidas los intérpretes científicos del Evangelios e han preguntado de qué
escatología está hablando Jesús, ¿de un escatología de presente (escatología
realizada), de una escatología inminente…., o de una escatología futura?
Quién más allá
de las palabras acepta que Jesús está diciendo que el reino de Dios es él mismo,
entonces la escatología de Jesús es una escatología realizada. Yo soy el reino de
Dios, Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida.
Convertíos
El anuncio
quedaría truncado sino de los labios de Jesús no pasaran a ser recogido pro el
oyente.
¿Qué es lo que
Jesús está pidiendo? Un simple “cambio de mentalidad” (metanoeite).
Ciertamente que
no. Jesús está pidiendo una entrega a sus palabras, que en este caso significa:
-
acoger la llegada
del Reino de Dios en mi vida
-
y acogido el
Reino, atenerse a las consecuencias.
Creed en el Evangelio
Creed en el
Evangelio es la frase que resume toda la acción del hombre. Uno se convierte creyendo,
y creer no es otra cosa sino acoger el mensaje.
Con esta perspectiva
de sentido podemos traducir la frase del texto sagrado de esta amanera:
“Convertíos creyendo en el Evangelio”.
Ya tenemos los elementos sustanciales para
definir la conversión
Según el anuncio
que Jesús nos hace, convertirse es:
-
Aceptar
gozosamente la soberanía de Dios en el ámbito de mi vida,
-
lo cual me
llevará a un cambio entre loa pasado y lo de ahora.
Dicho de otra manera, puesto que el Dios que
Jesús predica es el dios que está viviente en él, convertirse es aceptara Jesús como dueño y guía de nuestra vida,
Algunas comparaciones entre Jesús y Juan
Jesús ha
aceptado plenamente el ministerio de Juan como enviado de Dios. En el tiempo de
Adviento aparece la figura de Juan, con toda la seriedad de su mensaje. Juan
pide la conversión porque ya el hacha está amenazando a que corten el árbol.
Al final, en la
síntesis que los Evangelios hacen de Juan, el Bautista será el que nos
introduce a Jesús. “Este es aquel de quien yo dije: El que viene detrás de mí
es más fuerte que yo”.
La diferencia
más clara entero el mensaje de conversión que marca Juan y el que marca Jesús
va a ser el bautismo.
Juan bautiza y
los discípulos de Juan sigue bautizando (así el episodio de los Hechos de los Apóstoles
en torno al “bautismo de Juan”, Hech 19).
Jesús traslada
el bautismo al tiempo que sigue a la resurrección. Ahora el bautismo de
conversión va a ser el bautismo en el nombre del Señor Jesús.
II
Conversión:
Conversión inicial y conversión permanente
Revelación
de la conversión: moral y teologal
Objetivo de la Cuaresma es la Conversión, si
entendemos este paso o Éxodo de vida en su plena integridad. Aclaremos tres
puntos:
1° La conversión tiene un punto de procedencia o
“punto de partida”, desde dónde me convierto, o de otra manera: de qué tengo
que convertirme.
2° Y un punto de llegada: a quién me convierto:
¿a mí mismo?, ¿a un plan ideal de vida?, a una persona viva y real?
Según esto, la conversión marca una línea
divisoria, un “antes” y un “después”.
3° La conversión es una acto preciso de mi vida,
de una vez para siempre, sin marcha atrás, signado por un rito sacramental, que
es el bautismo; y es, desde otra ladera, un “status” que perdura toda la vida.
En este sentido, lo mismo que hablamos de formación inicial y formación
permanente, podemos hablar de conversión inicial y de conversión permanente.
La conversión se radicaliza en el individuo.
Poner como meta la “conversión de la comunidad” es algo en sí verdadero, pero
como resultado de un discernimiento espiritual sencillo parece ambiguo y
peligroso. Eludir la con versión personal bajo el eslogan de la conversión
comunitaria es aberrante. San Ignacio de Loyola concibió sus Ejercicios
Espirituales, libro clave como guía de espirituales, en la pura conversión
espiritual, de la que habría de arrancar, se entiende, la transformación
subsecuente de mi entorno.
Punto de partida de la
conversión
Aclaremos, ante todo, que la conversión, más que un cambio ascético-moral aspira a un cambio teologal,
como efecto de la gracia, basado en la fe; lo cual es algo muy diferente, de
consecuencias distintas, de pedagogía diversa.
Hablando teóricamente, diré: Yo me tengo que
convertir de los siete pecados capitales, que son: soberbia, avaricia, lujuria,
ira, gula, envidia y pereza. Los malos hábitos contraídos tienen que ser
suprimidos y suplantados por las virtudes contrarias a estos vicios capitales.
Esta consideración antropológica es sana, pero
no da en el “quid” último de la vida cristiana.
El convertido deja el “hombre viejo” y se
reviste del “hombre nuevo” en Jesucristo; pasa de las tinieblas a la luz; deja
la importancia en que le agarrotaba el poder del pecado y obra con la agilidad
que le da la vida de gracia.
Ciertos
textos bíblicos son particularmente luminosos. Véase este gran texto de la
carta a los Efesios
“1 También vosotros un tiempo
estabais muertos por vuestras culpas y pecados, 2 cuando seguíais el
proceder de este mundo, según el príncipe de la potestad del aire, el espíritu
que ahora actúa en los rebeldes contra Dios. 3 Como ellos, también
nosotros vivíamos en el pasado siguiendo las tendencias de la carne,
obedeciendo los impulsos del instinto y de la imaginación; y, por naturaleza,
estábamos destinados a la ira, como los demás.
4 Pero
Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, 5
estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo
—estáis salvados por pura gracia; 6 nos ha resucitado con Cristo
Jesús, nos ha sentado en el cielo con él,
7 para revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su
gracia, mediante su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8 En
efecto, por gracia estáis salvados,
mediante la fe.
9 Y esto
no viene de vosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que
nadie pueda presumir. 10 Somos, pues, obra suya. Dios nos ha creado
en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que de antemano
dispuso él que practicásemos” (Ef 2,1-10).
III
Tres frentes de conversión:
Dios, Yo, el Prójimo
La conversión desde el
Evangelio:
Primer
aspecto: El reencuentro con Dios
Hemos
expuesto cómo concibe Jesús la llegada y entrada definitiva de Dios en la
historia a través del Evangelio.
Con ese esquema por delante, hemos de definir la
conversión diciendo que es la entrega sin condiciones al reino de Dios,
iluminado por Jesús que lo proclama y lo hace presente.
En
esta comprensión sintética, se diluyen todas las divisiones que luego podamos
establecer. Si vamos a detallar características, helas aquí:
a) La
conversión es gracia de una iluminación evangélica que se produce en el centro
del ser, que es el corazón.
b) La
conversión provoca una entrega total al reino – a la voluntad de Dios,
c) Entrega
que, por su propia naturaleza, es irreversible.
La conversión permanente es el empeño por
resituar la vida en ese momento en que se produjo el cambio, y dejar abierto el
corazón a al libre acción de Dios, quitando los obstáculos que a ello se
oponen.
Pero el Nuevo Testamento conoce la caída del
“amor primero”, el amor bautismal que fue el inicio de la nueva vida. Y del
mismo modo que los Profetas en el Antiguo Testamento fueron el recordatorio
continuo de la Alianza, El Profeta del Nuevo Testamento puede dirigirse a las
siete Iglesias de Asia para que reciban el mensaje de Jesús y rectifiquen.
Los frentes de conversión, por mera pedagogía,
los hemos dividido en tres: Dios – Yo – Mis hermanos (mi comunidad, mi
pastoral).
El Dios de mi vida no es otro sino el Dios vivo
y verdadero, que lo percibo como relación total, envolvente, continuo
coexistente a mi ser, que significa.
- Dios presencia
(co-sustantiva a mi ser)
- Dios diálogo,
de donde la oración no es otra cosa sino al respiración del amor.
- Dios horizonte:
Dios destino.
- En suma, Dios es el Yo de mi yo, el “intimior intimo meo” (S. Agustín), la
vida de mi propia vida, el pensar de mis pensamientos, el amor de todos mis
amores. Dios es la novedad de mi existencia, la primera y última palabra.
Puesto que “a radice” en Cristo he sido divinizado,
convertirme a Dios no es otra cosa sino volver a divinizar mi vida, Convertirme
a Dios es arrasar todo ídolo que quiere destruir a ese único Dios de vida, de
amor y de ternura. He de salvar a ese Dios de mi fe. Húndase todo, pero sálvese
Dios, es decir: sálveme yo en Dios. El Dios de mi oración tiene que destruir
toda rutina, todo convencionalismo; tiene que aniquilar en absoluto toda moral
de cumplimiento.
Conversión, mística, acción todopoderosa del
Espíritu Santo es todo uno.
La
conversión:
Segundo aspecto: El reencuentro conmigo
mismo
Yo ante mí mismo
-
Conciencia de lo que soy: las llamadas que brotan del ser, a la autenticidad, a
la transparencia, a la generosidad
-
Conciencia de lo que tengo: el don de la salud, el don la sexualidad, el don de
la afectividad, el don de la inteligencia, el don de la comunicabilidad
-
Conciencia de una misión que cumplir: yo soy único e irrepetible; lo que a mí
se me ha encomendado como misión de vida yo solo lo puedo cumplir y no otro por
mí; la importancia de mi misión no se mide por el radio externo de conocimiento
sino por la autenticidad del ser
-
Conciencia de lo que podría ser y no lo soy. ¿Acaso soy el fruto de mi cobardía
más bien que de mi generosidad?
- La
vida íntima de mi ser se juega entre dos polos: percepción de la presencia del
pecado en mí, percepción de gracia de Dios en mí.
Fondear
en mi propio fondo, en cuanto la razón alcanza, por los dictados de la Ética
racional (Aristóteles y Cicerón) y por los descubrimiento del ser realizados
por la Psicología experimental, nos dará y herramientas para trabajar el propio
Yo, que es mío, pero que, en toda instancia, permanece como Misterio. Todo ello
es positivo.
Con
todo, la instancia final del Evangelio es de otro género.
En mi vida puede haber puntos muerto, nudos que
no acaban de soltarse, secretos que nunca dije y me producen una sorda
esclavitud. Convertirse es volver a la integridad de mi ser.
La confidencia es liberación. Lo que está dentro
y debiera estar fuera, si no se saca, al final se pudre, y no produce paz.
El olvido es sanación para las cosas que hay que
olvidar. Para las cosas mías que debo saber yo, si no me las digo (si no las
escribo como quien se mira al espejo), al fin se vuelven contra mí, porque mi
yo no acaba de ser yo.
Llegar a esta unidad y transparencia personal, a
este casto desnudo personal ante mí, es conversión.
Tratar de autoengañarme, creando mi propia
“falsa verdad” es destructor.
La zona de la propia sexualidad pertenece a esas
honduras del ser, donde la introspección y el misterio se funden
La
conversión:
Tercer aspecto: El reencuentro con mi
hermano
Mi hermano, con quien comparto paño y mesa,
puede ser mi comensal desconocido. Y eso puedo ser yo para él. La gracia del
encuentro no es gracia de todos los días. Por otra parte, el don del corazón no
es algo que se pueda forzar. Ni hay que ventilar la propia intimidad a todos.
Cada
hermano es un “tú” para mí y un nosotros para todos; y yo soy un “tú” para cada
hermano y un nosotros para todos.
Si vivo
en comunidad, soy consciente de que debo a mi hermano cinco dones:
1)
El don de mi oración: orar por cada uno, nominalmente por cada uno.
2) El don de mi reverencia, reverencia
hacia cada uno, respetando el misterio de su ser.
3) El don de mi apertura, a cada uno. A
cada uno brindo, abierto, mi corazón, y lo manifiesto en actitudes de servicio;
apertura que puede llegar al grado de amistad, por cuanto que se hace
recíproca, leal y sólida.
4)
El don de mi silencio: reconozco en mi hermano que tiene derecho a que
yo no aborde su intimidad comunicándome sus confidencias. No hablamos,
obviamente, de confidencias sacramentales, sino de confidencias de situaciones
personales, de carácter positivo o negativo.
5)
El don de mi disponibilidad para una situación de emergencia, en la
cual, si él lo desea, puede contar conmigo.
IV
Corona
de la conversión
Oblación
en esta hora de la Iglesia
El punto de llegada de la conversión es Dios. Y
entonces la conversión se convierte (valga la redundancia) en oblación,
consagración. El que se ha vuelto a Dios, el que se ha adherido a Dios, el que
se ha hecho un Espíritu con Dios, como lo pide el Bautismo, ha traspasado su
corazón a Dios. Un solo corazón quiere decir que he sido consagrado a Dios, con
el sello de una auténtica consagración, que para ser tal,
- es total
- es gratuita
- es para siempre.
Es el sentido de mi consagración a Dios, a Jesús
Crucificado, en mi estado sacerdotal, mediante la cual se da al Señor Jesús la
soberanía de mi propia vida. No se buscan éxitos pastorales, ni para su gloria.
Se deja que Dios sea Dios del modo y manera que él quiera.
Cuando Jesús en los Evangelios da orden de que
no se publiquen sus milagros, es esto lo que busca. Y a nosotros nos invita a
hacer lo mismo.
La conversión auténtica y sincera pide la gracia
de la fidelidad. La fidelidad humana se apoya en la fidelidad de Dios. Pablo
reconoce su fidelidad por la pura misericordia de Dios: “Acerca de los célibes
no tengo precepto del Señor, pero doy mi parecer como alguien que, por la
misericordia del Señor, es fiel” (1Cor 7, 25).
La fidelidad de Dios es una de las afirmaciones
soberanas de la Escritura: “El que os llama es fiel, y él lo realizará” (1Tes
4,24).
Esta fidelidad de Dios es la que debe sostener
toda nuestra vida hasta el final.
La conversión sincera que en su forma plenaria
es una oblación sin condiciones cae en el corazón de cada uno según el Señor le
inspire.
Conscientes de que estamos viviendo una hora
singularmente grave en la historia de la Iglesia, una pregunta nos sale al
paso: ¿Qué puedo hacer yo por la Iglesia en este momento?
Acaso la respuesta secreta y silenciosa sea una
oblación en expiación de amor. Las almas se han ofrecido como Víctima de amor…
Convertíos
(Al eco de estos pensamientos)
El Reino de Dios
irrumpe
y avanza como un
ciclón;
convertíos y
abrazadlo
con la fe del
corazón.
Que Dios mismo va
viendo
con una suave
evasión,
muy a gusto yo me
entrego
a la gran liberación.
Nada pierdo cuando
pierdo
pecados de mi
afición,
que quien a mi se me
entrega
es Dios de la
Creación.
Convertíos nos decía
él en su predicación,
y al decirlo regalaba
toda su vida cual
don.
Salir de la
esclavitud
y entregarse es
conversión,
la fe es el salto
divino
y en ella me lanzo yo.
Muriendo en cruz cada
día
despierto en
resurrección;
y era Jesús allí
mismo
y era yo, amor y
unión.
Convertido en mi
bautismo
y sellado con la
unción;
de cara a la Trinidad
por siempre yo sea en
Dios.
Guadalajara, Jalisco,
26 marzo 2019
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