martes, 26 de marzo de 2019

1178. Pláticas cuaresmales 2/3 – II. Jesús nos llama a la conversión permanente

II. Jesús nos llama a la conversión permanente

I
El anuncio de Jesús
Recuperar la voz de Jesús


Hermanos:
Puede haber momentos felices en la vida en que uno, por una gracia del cielo, recupere esa voz que resonó con un hozo espiritual incontenible en labios de sus:
El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios irrumpe, convertíos creyendo en el Evangelio.
¿Cómo vivió Jesús este mensaje con que él empezaba y que iba a proseguir toda su vida?
Era algo no menos importante que la creación del mundo. Algo nuevo empezaba. Lo que aquí Jesús veía era la presencia de Dios, el amor de Dios, la actuación del Dios. Veía la obra definitiva de Dios en el mundo. Este anuncio que Jesús traía era principio y era fin. Era juicio y era salvación. Era el abrazo total de Dios a sus criaturas.
Todo ello era fruto de la oración de Jesús a su Padre, de la presencia del Espíritu Santo en su vida, de días y noches derramados en el amor de su corazón. Era el secreto último de Jesús.
Nosotros desde fuera, podemos atisbar algo, pero no podemos hacernos dueños de su secreto.
Esta primera palabra de al predicación de Jesús era la historia de toda su vida anterior, de lo que había meditado en los largos años de Nazaret, de sus noches consagradas a la oración. Con términos de hoy podemos decir que era el resultado de toda su vida mística, de su unión altísima y singular con el Padre.

Vamos a hablar e la conversión. No nos confunda esta palabra, que no es la palabra principal que queremso rponunciar. Es una palabra derivada de una renunciad que Jesús anunciaba y que nosotros, al eco e su voz, seguimos anunciando: Dios, Dios, Dios. Vayamos despacio, atentos a lo que Jesús dice, absortos por lo que él anuncia.

El mensaje de Jesús es un anuncio, no una doctrina
Antes que Maestro, antes que Sabio que entrega sabiduría y enseñanza, Jesús es el Profeta que trae un mensaje, un anuncio que Dios le ha confiado, no menor, sino mayor que una doctrina.
El Hijo tiene un anuncio que decir. El anuncio, ciertamente, lleva dentro una doctrina, pero el anuncio está destinado a una acogida que produce por dentro una vibración de vida.

Dios en el mundo: El tiempo se ha cumplido
Jesús se remonta al tiempo inicial de la creación. Ve que toda la historia es una sucesión e tiempos, que son los tiempos de Dios. Ve que el tiempo está ordenado por Dios, que el tiempo tiene una finalidad que cumplir. Y contempla esto: que el tiempo se ha cumplido. La historia ha madurado desde la eternidad hasta la Encarnación.
El tiempo para Jesús es la presencia y la acción e Dios en el mundo. Dios ha gobernado toda la historia. El que abra las páginas de la escritura y alcanza a leer en profundidad, observa y presencia esto: que Dios está presente en todo la historia, que Dios vive en cada página de la Biblia.

El Reino ha llegado
Es lo que ve Jesús, algo que solo podemos ver con los ojos de la fe. La historia, antes y hoy, es la misma, aparentemente la historia es neutra. La hacemos los hombres y la historia es lo que los hombres queremos que sea.
Aquí tenemos la primera interpretación del Antiguo Testamento. Jesús recupera todo el hilo de la historia para darle un sentido nuevo. He aquí que la historia de Dios es historia de salvación. Los hombres tenemos que someternos a esta historia que Dios está haciendo con nosotros.

Jesús une el Reino y la Alianza
Jesús no va a hablar e la Alianza de Dios, centro e la predicación de los Profetas, Él ha unido Reino y Alianza y ha proclamado la Alianza es hoy la oferta del Reino.
De ninguna manera rechaza Jesús a Moisés, y a los Profetas, puesto que, como ya escuchamos, el Dios de Jesús es el Dios de Abraham, el dios de Isaac, el Dios de los profetas, el Dios viviente, el Dios de hoy (ver homilía del domingo pasado). Pero Jesús recoge la Alianza de Dios en el Reino de Dios. Cumple la Alianza quien acepta el Reino de Dios.
(En el lenguaje del cuarto Evangelio, la palabra “Reino” de alguna manera será convertida en la palabra “Vida”).

El acontecimiento divino de la Historia es que el Reino de Dios ha llegado
El reino de Dios, ¿está cerca?, ¿está llegando?, ¿va a llegar? ¿Cuál es el momento exacto en que nosotros encontramos?
Con palabras subidas los intérpretes científicos del Evangelios e han preguntado de qué escatología está hablando Jesús, ¿de un escatología de presente (escatología realizada), de una escatología inminente…., o de una escatología futura?
Quién más allá de las palabras acepta que Jesús está diciendo que el reino de Dios es él mismo, entonces la escatología de Jesús es una escatología realizada. Yo soy el reino de Dios, Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida.

Convertíos
El anuncio quedaría truncado sino de los labios de Jesús no pasaran a ser recogido pro el oyente.
¿Qué es lo que Jesús está pidiendo? Un simple “cambio de mentalidad” (metanoeite).
Ciertamente que no. Jesús está pidiendo una entrega a sus palabras, que en este caso significa:
-         acoger la llegada del Reino de Dios en mi vida
-         y acogido el Reino, atenerse a las consecuencias.

Creed en el Evangelio
Creed en el Evangelio es la frase que resume toda la acción del hombre. Uno se convierte creyendo, y creer no es otra cosa sino acoger el mensaje.
Con esta perspectiva de sentido podemos traducir la frase del texto sagrado de esta amanera: “Convertíos creyendo en el Evangelio”.

Ya tenemos los elementos sustanciales para definir la conversión
Según el anuncio que Jesús nos hace, convertirse es:
-         Aceptar gozosamente la soberanía de Dios en el ámbito de mi vida,
-         lo cual me llevará a un cambio entre loa pasado y lo de ahora.
Dicho de otra manera, puesto que el Dios que Jesús predica es el dios que está viviente en él, convertirse es aceptara  Jesús como dueño y guía de nuestra vida,

Algunas comparaciones entre Jesús y Juan
Jesús ha aceptado plenamente el ministerio de Juan como enviado de Dios. En el tiempo de Adviento aparece la figura de Juan, con toda la seriedad de su mensaje. Juan pide la conversión porque ya el hacha está amenazando a que corten el árbol.
Al final, en la síntesis que los Evangelios hacen de Juan, el Bautista será el que nos introduce a Jesús. “Este es aquel de quien yo dije: El que viene detrás de mí es más fuerte que yo”.
La diferencia más clara entero el mensaje de conversión que marca Juan y el que marca Jesús va a ser el bautismo.
Juan bautiza y los discípulos de Juan sigue bautizando (así el episodio de los Hechos de los Apóstoles en torno al “bautismo de Juan”, Hech 19).
Jesús traslada el bautismo al tiempo que sigue a la resurrección. Ahora el bautismo de conversión va a ser el bautismo en el nombre del Señor Jesús.


II
Conversión:
Conversión inicial y conversión permanente

Revelación de la conversión: moral y teologal

Objetivo de la Cuaresma es la Conversión, si entendemos este paso o Éxodo de vida en su plena integridad. Aclaremos tres puntos:
1° La conversión tiene un punto de procedencia o “punto de partida”, desde dónde me convierto, o de otra manera: de qué tengo que convertirme.

2° Y un punto de llegada: a quién me convierto: ¿a mí mismo?, ¿a un plan ideal de vida?, a una persona viva y real?
Según esto, la conversión marca una línea divisoria, un “antes” y un “después”.

3° La conversión es una acto preciso de mi vida, de una vez para siempre, sin marcha atrás, signado por un rito sacramental, que es el bautismo; y es, desde otra ladera, un “status” que perdura toda la vida. En este sentido, lo mismo que hablamos de formación inicial y formación permanente, podemos hablar de conversión inicial y de conversión permanente.


La conversión se radicaliza en el individuo. Poner como meta la “conversión de la comunidad” es algo en sí verdadero, pero como resultado de un discernimiento espiritual sencillo parece ambiguo y peligroso. Eludir la con versión personal bajo el eslogan de la conversión comunitaria es aberrante. San Ignacio de Loyola concibió sus Ejercicios Espirituales, libro clave como guía de espirituales, en la pura conversión espiritual, de la que habría de arrancar, se entiende, la transformación subsecuente de mi entorno.

Punto de partida de la conversión

Aclaremos, ante todo, que la conversión, más que un cambio ascético-moral aspira a un cambio teologal, como efecto de la gracia, basado en la fe; lo cual es algo muy diferente, de consecuencias distintas, de pedagogía diversa.
Hablando teóricamente, diré: Yo me tengo que convertir de los siete pecados capitales, que son: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Los malos hábitos contraídos tienen que ser suprimidos y suplantados por las virtudes contrarias a estos vicios capitales.
Esta consideración antropológica es sana, pero no da en el “quid” último de la vida cristiana.
El convertido deja el “hombre viejo” y se reviste del “hombre nuevo” en Jesucristo; pasa de las tinieblas a la luz; deja la importancia en que le agarrotaba el poder del pecado y obra con la agilidad que le da la vida de gracia.
Ciertos textos bíblicos son particularmente luminosos. Véase este gran texto de la carta a los Efesios

1 También vosotros un tiempo estabais muertos por vuestras culpas y pecados, 2 cuando seguíais el proceder de este mundo, según el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora actúa en los rebeldes contra Dios. 3 Como ellos, también nosotros vivíamos en el pasado siguiendo las tendencias de la carne, obedeciendo los impulsos del instinto y de la imaginación; y, por naturaleza, estábamos destinados a la ira, como los demás.
4 Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, 5 estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo —estáis salvados por pura gracia; 6 nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él, 7 para revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su gracia, mediante su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8 En efecto, por gracia estáis salvados, mediante la fe.
9 Y esto no viene de vosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir. 10 Somos, pues, obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que de antemano dispuso él que practicásemos” (Ef 2,1-10).

III
Tres frentes de conversión:
Dios, Yo, el Prójimo

La conversión desde el Evangelio:
Primer aspecto: El reencuentro con Dios

Hemos expuesto cómo concibe Jesús la llegada y entrada definitiva de Dios en la historia a través del Evangelio.

Con ese esquema por delante, hemos de definir la conversión diciendo que es la entrega sin condiciones al reino de Dios, iluminado por Jesús que lo proclama y lo hace presente.
En esta comprensión sintética, se diluyen todas las divisiones que luego podamos establecer. Si vamos a detallar características, helas aquí:
a)     La conversión es gracia de una iluminación evangélica que se produce en el centro del ser, que es el corazón.
b)    La conversión provoca una entrega total al reino – a la voluntad de Dios,
c)     Entrega que, por su propia naturaleza, es irreversible.

La conversión permanente es el empeño por resituar la vida en ese momento en que se produjo el cambio, y dejar abierto el corazón a al libre acción de Dios, quitando los obstáculos que a ello se oponen.

Pero el Nuevo Testamento conoce la caída del “amor primero”, el amor bautismal que fue el inicio de la nueva vida. Y del mismo modo que los Profetas en el Antiguo Testamento fueron el recordatorio continuo de la Alianza, El Profeta del Nuevo Testamento puede dirigirse a las siete Iglesias de Asia para que reciban el mensaje de Jesús y rectifiquen.
Los frentes de conversión, por mera pedagogía, los hemos dividido en tres: Dios – Yo – Mis hermanos (mi comunidad, mi pastoral).

El Dios de mi vida no es otro sino el Dios vivo y verdadero, que lo percibo como relación total, envolvente, continuo coexistente a mi ser, que significa.
- Dios presencia (co-sustantiva a mi ser)
- Dios diálogo, de donde la oración no es otra cosa sino al respiración del amor.
- Dios horizonte: Dios destino.
- En suma, Dios es el Yo de mi yo, el “intimior intimo meo” (S. Agustín), la vida de mi propia vida, el pensar de mis pensamientos, el amor de todos mis amores. Dios es la novedad de mi existencia, la primera y última palabra.

Puesto que “a radice” en Cristo he sido divinizado, convertirme a Dios no es otra cosa sino volver a divinizar mi vida, Convertirme a Dios es arrasar todo ídolo que quiere destruir a ese único Dios de vida, de amor y de ternura. He de salvar a ese Dios de mi fe. Húndase todo, pero sálvese Dios, es decir: sálveme yo en Dios. El Dios de mi oración tiene que destruir toda rutina, todo convencionalismo; tiene que aniquilar en absoluto toda moral de cumplimiento.
Conversión, mística, acción todopoderosa del Espíritu Santo es todo uno.


La conversión:
Segundo aspecto: El reencuentro conmigo mismo

Yo ante mí mismo
- Conciencia de lo que soy: las llamadas que brotan del ser, a la autenticidad, a la transparencia, a la generosidad
- Conciencia de lo que tengo: el don de la salud, el don la sexualidad, el don de la afectividad, el don de la inteligencia, el don de la comunicabilidad
- Conciencia de una misión que cumplir: yo soy único e irrepetible; lo que a mí se me ha encomendado como misión de vida yo solo lo puedo cumplir y no otro por mí; la importancia de mi misión no se mide por el radio externo de conocimiento sino por la autenticidad del ser
- Conciencia de lo que podría ser y no lo soy. ¿Acaso soy el fruto de mi cobardía más bien que de mi generosidad?
- La vida íntima de mi ser se juega entre dos polos: percepción de la presencia del pecado en mí, percepción de gracia de Dios en mí.
Fondear en mi propio fondo, en cuanto la razón alcanza, por los dictados de la Ética racional (Aristóteles y Cicerón) y por los descubrimiento del ser realizados por la Psicología experimental, nos dará y herramientas para trabajar el propio Yo, que es mío, pero que, en toda instancia, permanece como Misterio. Todo ello es positivo.
Con todo, la instancia final del Evangelio es de otro género.

En mi vida puede haber puntos muerto, nudos que no acaban de soltarse, secretos que nunca dije y me producen una sorda esclavitud. Convertirse es volver a la integridad de mi ser.
La confidencia es liberación. Lo que está dentro y debiera estar fuera, si no se saca, al final se pudre, y no produce paz.
El olvido es sanación para las cosas que hay que olvidar. Para las cosas mías que debo saber yo, si no me las digo (si no las escribo como quien se mira al espejo), al fin se vuelven contra mí, porque mi yo no acaba de ser yo.
Llegar a esta unidad y transparencia personal, a este casto desnudo personal ante mí, es conversión.
Tratar de autoengañarme, creando mi propia “falsa verdad” es destructor.
La zona de la propia sexualidad pertenece a esas honduras del ser, donde la introspección y el misterio se funden


La conversión:
Tercer aspecto: El reencuentro con mi hermano

Mi hermano, con quien comparto paño y mesa, puede ser mi comensal desconocido. Y eso puedo ser yo para él. La gracia del encuentro no es gracia de todos los días. Por otra parte, el don del corazón no es algo que se pueda forzar. Ni hay que ventilar la propia intimidad a todos.

Cada hermano es un “tú” para mí y un nosotros para todos; y yo soy un “tú” para cada hermano y un nosotros para todos.
Si vivo en comunidad, soy consciente de que debo a mi hermano cinco dones:

1)  El don de mi oración: orar por cada uno, nominalmente por cada uno.
2) El don de mi reverencia, reverencia hacia cada uno, respetando el misterio de su ser.
3) El don de mi apertura, a cada uno. A cada uno brindo, abierto, mi corazón, y lo manifiesto en actitudes de servicio; apertura que puede llegar al grado de amistad, por cuanto que se hace recíproca, leal y sólida.
4)  El don de mi silencio: reconozco en mi hermano que tiene derecho a que yo no aborde su intimidad comunicándome sus confidencias. No hablamos, obviamente, de confidencias sacramentales, sino de confidencias de situaciones personales, de carácter positivo o negativo.
5)   El don de mi disponibilidad para una situación de emergencia, en la cual, si él lo desea, puede contar conmigo.

IV
Corona de la conversión
Oblación en esta hora de la Iglesia

El punto de llegada de la conversión es Dios. Y entonces la conversión se convierte (valga la redundancia) en oblación, consagración. El que se ha vuelto a Dios, el que se ha adherido a Dios, el que se ha hecho un Espíritu con Dios, como lo pide el Bautismo, ha traspasado su corazón a Dios. Un solo corazón quiere decir que he sido consagrado a Dios, con el sello de una auténtica consagración, que para ser tal,
- es total
- es gratuita
- es para siempre.
Es el sentido de mi consagración a Dios, a Jesús Crucificado, en mi estado sacerdotal, mediante la cual se da al Señor Jesús la soberanía de mi propia vida. No se buscan éxitos pastorales, ni para su gloria. Se deja que Dios sea Dios del modo y manera que él quiera.
Cuando Jesús en los Evangelios da orden de que no se publiquen sus milagros, es esto lo que busca. Y a nosotros nos invita a hacer lo mismo.

La conversión auténtica y sincera pide la gracia de la fidelidad. La fidelidad humana se apoya en la fidelidad de Dios. Pablo reconoce su fidelidad por la pura misericordia de Dios: “Acerca de los célibes no tengo precepto del Señor, pero doy mi parecer como alguien que, por la misericordia del Señor, es fiel” (1Cor 7, 25).
La fidelidad de Dios es una de las afirmaciones soberanas de la Escritura: “El que os llama es fiel, y él lo realizará” (1Tes 4,24).
Esta fidelidad de Dios es la que debe sostener toda nuestra vida hasta el final.

La conversión sincera que en su forma plenaria es una oblación sin condiciones cae en el corazón de cada uno según el Señor le inspire.
Conscientes de que estamos viviendo una hora singularmente grave en la historia de la Iglesia, una pregunta nos sale al paso: ¿Qué puedo hacer yo por la Iglesia en este momento?
Acaso la respuesta secreta y silenciosa sea una oblación en expiación de amor. Las almas se han ofrecido como Víctima de amor…


Convertíos
(Al eco de estos pensamientos)

El Reino de Dios irrumpe
y avanza como un ciclón;
convertíos y abrazadlo
con la fe del corazón.

Que Dios mismo va viendo
con una suave evasión,
muy a gusto yo me entrego
a la gran liberación.

Nada pierdo cuando pierdo
pecados de mi afición,
que quien a mi se me entrega
es Dios de la Creación.

Convertíos nos decía
él en su predicación,
y al decirlo regalaba
toda su vida cual don.

Salir de la esclavitud
y entregarse es conversión,
la fe es el salto divino
y en ella me lanzo yo.

Muriendo en cruz cada día
despierto en resurrección;
y era Jesús allí mismo
y era yo, amor y unión.

Convertido en mi bautismo
y sellado con la unción;
de cara a la Trinidad
por siempre yo sea en Dios.

Guadalajara, Jalisco, 26 marzo 2019

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