Parábola del padre bueno y de los dos hijos
Lc 15,11-31
Texto
evangélico:
11 También les dijo: «Un hombre tenía
dos hijos; 12 el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la
parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes. 13
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un
país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. 14
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y
empezó él a pasar necesidad. 15 Fue entonces y se contrató con uno
de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. 16
Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba
nada. 17 Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi
padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. 18
Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he
pecado contra el cielo y contra ti; 19 ya no merezco llamarme hijo
tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. 20 Se levantó y vino
adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le
conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió
de besos. 21 Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y
contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
22 Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la
mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los
pies; 23 traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y
celebremos un banquete, 24 porque este hijo mío estaba muerto y ha
revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el
banquete. 25 Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se
acercaba a la casa, oyó la música y la danza, 26 y llamando a uno de
los criados, le preguntó qué era aquello. 27 Este le contestó: “Ha
vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha
recobrado con salud”. 28 Él se indignó y no quería entrar, pero su
padre salió e intentaba persuadirlo. 29 Entonces él respondió a su
padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden
tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; 30
en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas
mujeres, le matas el ternero cebado”. 31 Él le dijo: “Hijo, tú estás
siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; 32 pero era preciso celebrar
un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido;
estaba perdido y lo hemos encontrado”».
Hermanos:
1.
La parábola del hijo prodigo es la perla de las parábolas, la joya de las
parábolas, si se admitiera calificaciones de las palabras de Jesús, una
pretensión que es necia y que, tomada en serio, sería una blasfemia. Blasfemia
sería el que nosotros tomáramos las palabras de Jesús y quisiéramos
clasificarlas por rango: estas son de primera, estas son de segunda, estas son
de tercera. Si Jesús es el Hijo de Dios, todo lo que él habla es divino.
Lo
que ocurre es que a nosotros nos gustan más unas que otras. ¿Por qué será? Nos
gusta más que Jesús nos hable del cielo y no del infierno. Nos gusta más que
él nos hable de la misericordia de Dios
que de la responsabilidad que debemos tener nosotros. Pero mutilaríamos el
Evangelio si, por escoger unas palabras, quisiéramos tachar las otras.
2.
¿Por qué nos gusta, pues, en especial la parábola del hijo pródigo? Primero porque
Jesús nos habla de la bondad del padre
del cielo con un lenguaje que llega a ser escandaloso. Y segundo, porque aunque
yo no haya sido tan malo como ese hijo que Jesús pinta en la parábola, tampoco
puede decir que soy un santo, y que por lo mismo tengo necesidad de que me perdonen.
Hermanos,
con seriedad, con sabiduría espiritual, vamos al fondo de la cuestión.
3.
¿Quiénes son los personajes de la parábola? Son tres: el padre, el hijo bueno,
y el hijo malo. De pequeños hemos oído: en la parábola falta una mujer, falta
la madre. El hijo no tenía madre, porque si la hubiera tenido no habría habido
hijo pródigo….
Es
una interpretación sentimental que no viene al caso.
En
la parábola hay tres personajes: el padre, que representa a Dios, nuestro
padre. A fuerza de ser bueno, a fuerza de pasarse de bueno, parece tonto.
Porque, de pronto, nos parece que es
verdad lo que dice el hijo bueno, el hijo formal y trabajador. Nos sentimos
inclinados a darle la razón: Mi padre se ha vuelto loco; a ese hijo, que es un
sinvergüenza y ha deshecho la familia, que nos ha dejado a la altura del barro,
a ese hijo que, muerto de hambre, ahora vuelve a casa le prepara un banquete, y
a mí… ¿qué?
-
Pero, hijo mío, le dice el padre: tú siempre estás conmigo, y esto es una
fiesta de todos los días – porque la verdadera fiesta es el amor, la paz, la
unidad y la libertad. En cambio, ese hermano tuyo estaba muerto y ha
resucitado; estaba perdió y lo hemos encontrado. ¡Esto había que celebrarlo!
Y
esto pasa en el cielo, que hay fiesta cuando un pecador que se convierte. Hay
más fiesta por la oveja extraviada que vuelve al redil, que por las otras
noventa y nueve que todos los días estén en casa.
4.
La parábola nos da, pues, una imagen e Dios, que parece rozar la herejía: Dios
se ha vuelto loco, loco de amor. Y al pecador que se arrepiente vuelve a casa,
no lo recibe con una prueba y un castigo, como se lo merecía, para recomenzar
todo en orden y que dé pruebas de verdadero arrepentimiento, como la recta
razón lo exige. Dios lo recibe a brazos abiertos y sin condiciones. Se rompen
los modelos humanos de comportamiento.
5.
Pero hay más: en la parábola hemos llegado a comprender que el personaje
central es Dios, representado por el Padre.
Sin
embargo, hay otro personaje oculto, que es el eje del sentido de lo que aquí
ocurre. El que tenga entendimiento, que
discurra, decía Jesús al terminar ciertas parábolas.
Esta
parábola invita a discurrir: ¿Quiénes s el cuarto personaje de esta parábola,
aparte del padre, del hijo bueno y del hijo amado?
La
respuesta nos la da el propio san Lucas, que tiene una frase de introducción
para que no perdamos el camino. Dice el texto de san Lucas antes de las tres
parábolas de la misericordia, la de la oveja perdida, la de la moneda perdida y
la del hijo perdido: “Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los
pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos» (v. 1 dl c. 15).
En
la parábola está el padre, está el hijo bueno, el hijo pecador, y está Jesús.
Es
una parábola en la que Jesús justifica su modo de proceder. Y nos está
diciendo: yo obro como obra Dios mi Padre. Dios se ha vuelto loco de amor y yo
también. Por eso, yo como con los pecadores.
Señor Jesús, enséñanos esta lección
que nunca acabamos de aprender. Señor, enséñanos la misericordia como tu padre
es misericordioso, como tú eres misericordioso. Amén.
Guadalajara,
sábado, 30 de marzo de 2019
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