¡Qué delicioso san Juan!
(Canción viviendo Evangelio)
“1
Después de esto Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de
Tiberíades. Y se apareció de esta manera: 2 Estaban juntos Simón
Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos
y otros dos discípulos suyos. 3 Simón Pedro les dice: «Me voy a
pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se
embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. 4 Estaba ya
amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no
sabían que era Jesús. 5 Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis
pescado?». Ellos contestaron: «No». 6 Él les dice: «Echad la red a
la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, y no podían sacarla, por la
multitud de peces. 7 Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a
Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo,
se ató la túnica y se echó al agua. 8 Los demás discípulos se
acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos
codos, remolcando la red con los peces. 9 Al saltar a tierra, ven
unas brasas con un pescado puesto encima y pan. 10 Jesús les dice:
«Traed de los peces que acabáis de coger». 11 Simón Pedro subió a la
barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento
cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. 12 Jesús les dice: «Vamos, almorzad».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían
bien que era el Señor. 13 Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y
lo mismo el pescado. 14 Esta fue la tercera vez que Jesús se
apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos” (Jn
21,1-14).
¡Qué delicioso san Juan,
tan sublime y tan
concreto!
Narrador de intimidades
y artista de sentimientos.
Siete eran los
pescadores
y Simón al frente de
ellos
y ciento cincuenta y
tres
los peces que
recogieron.
¡Es el Señor! exclamó
el Amado mañanero;
y Pedro, atando su
túnica,
se lanzó por ser
primero.
Sobre unas brasas había
un pez sabroso muy
tierno,
y con el pez una hogaza
también cocida en el
fuego.
Venid y almorzad, les
dijo
el Invitante del cielo.
Era abril de hermosa
luna
y soplaba un viento
fresco.
Así empezaba una
historia
que la vivo en mi
recuerdo.
¡Es el Señor!, me
resuena
y nunca se apaga el
eco.
Y me he quedado a
almorzar
invitado en este
almuerzo;
a mi frente está Jesús
y con él como y
converso.
De aquel entonces acá
ya pasaron dos
milenios,
¡Es el Señor!, y ahí
está,
junto al mar del
Evangelio.
Es el Señor, mi Señor,
y yo lo sigo diciendo,
y esas brasas son mi
hogar
y ese pez es mi
alimento.
Y ese pan, el que me
gusta
porque ese pan es su
cuerpo,
y esos ojos son los
suyos
que son un remanso
inmenso.
Mañana pascual de abril,
a orillas del lago
bello;
mi Jesús es primavera,
su Pascua, feliz
misterio.
Ante
el Viernes de Pascua de 2019
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