Salid al mundo, discípulos
(Plegaria
en el
Sábado
de la Semana Pascual – Mc 16,9-15)
San Pablo VI nos escribió la exhortación
apostólica “Evangelii nuntiandi” (8
diciembre 1975), tesoro siempre a meditar.
Y con amor exquisito allí nos dijo cosas
tan bellas como esta.
“La
evangelización, vocación propia de la Iglesia. La Iglesia lo sabe. Ella
tiene viva conciencia de que las palabras del Salvador: "Es preciso que
anuncie también el reino de Dios en otras ciudades", se aplican con toda
verdad a ella misma. Y por su parte ella añade de buen grado, siguiendo a San
Pablo: "Porque, si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, sino que se
me impone como necesidad. ¡Ay de mí, si no evangelizara!". Con gran gozo y
consuelo hemos escuchado Nos, al final de la Asamblea de octubre de 1974, estas
palabras luminosas: "Nosotros queremos confirmar una vez más que la tarea
de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la
Iglesia"; una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la
sociedad actual hacen cada vez más urgentes. Evangelizar constituye, en efecto,
la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella
existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don
de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de
Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa” n. 14).
Predicamos a todas las gentes, a todo
pueblo y raza de esta tierra, pero nuestro anuncia alcanza también a “toda
creatura” (pase tê ktisei, omni
creaturae, v. 15), porque la santa Resurrección de Jesús, el Señor, ha
tocado la entraña del universo, y en él todo ha sido recreado, y toda creatura
maniesta la gloria de Dios.
1. Salid al mundo,
discípulos,
conmigo en el corazón
y anunciad el Evangelio
a toda la creación.
2. Del Génesis al
principio,
cuando el mundo
comenzó,
a las trompetas finales
que el Amado vio en
visión
3. llevad vida y
alegría,
predicad y alzad la voz,
y decid con gozo santo:
El Señor resucitó.
4. A las Estrellas del
cielo,
a la Hermana Luna y Sol,
al Fuego, al Agua y al
Viento
predicad la salvación.
5. A todas las creaturas
que el Creador las
creó,
decidle que ya es el
Día
de la feliz Redención.
6. Anunciad esta
hermandad
que Dios Padre
estableció
juntos la tierra y el
hombre
en la regeneración.
7. Y a todo doliente
humano
llevadle paz y perdón,
primicias de un
Evangelio,
que culmina en
comunión.
8. Anunciad con
parresía
y proclamad el Pregón:
que la muerte fue
vencida
y la vida es solo amor.
9. Ya el prodigio es
evidencia
del creyente que aceptó
y Jesús es la respuesta
y la luz que iluminó.
10. Salgamos al mundo,
hermanos,
como Dios nos confió,
con serena valentía,
y compartamos el don.
11. Es hora privilegiada,
es ésta Hora de Dios,
y anunciar a Jesucristo
es nuestra gracia y
misión.
12. Aquí vengo
agradecido,
aquí está tu servidor,
yo soy hijo del Anuncio,
yo seré tu Anunciador.
13. La Biblia llevo en
mi mano,
que es vida y
meditación,
ungido por el Espíritu
yo seré Predicador.
14. ¡Oh mi divina
dulzura,
palabras que nadie oyó,
contigo, Jesús amado,
tu reino, gloria y
honor! Amén.
Casa
de formación Santa Verónica, Sábado de Pascua, 27 abril 2019
Casa de formación
Santa Verónica, víspera de la Octava de Pascua 201
Memoria de los que fue
(Evangelio
dominical
de
la Octava de Pascua – Jn 20,19-31)
Hemos de llamar acá a las más bellas
conquistas de la humanidad, para que nos ofrezcan soporte de este misterio
infinito que se llama: la Resurrección del Señor.
¿Cómo se puede poner en contacto el
Misterio, totalmente penetrado por el Dios Uno y Trino y los medios de nuestra
tan limitada experiencia?
Las apariciones de Jesús, en esa
variedad que ofrecen los textos evangélicos, cumplen una doble función.
Son, por una parte, memoria de lo que “aconteció”,
pero que desborda toda experiencia. Son memorial sacramental de la Realidad
absolutamente sagrada. Todo ello, volviendo la mirada a la historia.
Pero, mirada al futuro, son paradigma,
anticipo, proyecto…, de lo que cada cristiano, or la pura gracia de Dios, puede
experimentar de la Resurrección de Jesús, centro de nuestra fe.
No son un “andamiaje” or nosotros construidos
para representar lo que nosotros imaginamos; son medios sacramentales de
comunicación con el misterio absoluto.
El poeta, entrando en comunión con
Jesús, qisiera asumir el afecto y la ternura del amante, la intimidad del
orante, el vuelo, la evocación del musicante… Jesús Resucitado, presente n el
Padre, presente en mí, transciende todo.
Jesús Resucitado, hijo del Padre e
impregnado del Espíritu, pido tu misericordia para cantar. Es por tu gloria.
Memoria
de lo que fue
y
de lo que es proyecto,
cada
escena del viviente
se
me ofrece como Encuentro.
Encuentro
de acceso al Padre
y
al Espíritu que siento,
de
la santa Trinidad,
puerta,
camino y espejo.
Abre
el costado divino,
para
beber como anhelo,
o
para estar silencioso
perdido
adentro, muy dentro.
Al
Espíritu Persona
quisiera
en mi ser tenerlo
y
quedar embriagado
de
santidad y consuelo.
Trinidad
que se revela
cuando
Jesús alza el vuelo,
Locutores
de mi vida,
mi
Dios Uno, Dios eterno.
Mi
Jesús Resurrección,
dame
el divino silencio,
sabiduría
de fe,
dame
palparte tu cuerpo.
Yo
peregrino te llamo,
Jesús
de todo mi empeño.
dame
experiencia de fe,
que
en ella morir yo quiero.
Mi
Jesús aparecido,
yo
creo en el Evangelio,
creo
en ti, Dios de Dios,
y
en ti por siempre me quedo. Amén
(Fin de este ciclo)
No hay comentarios:
Publicar un comentario