Marta y María – La amistad con Dios
Lc 10,38-42
38 Yendo ellos de camino, entró Jesús
en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. 39
Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor,
escuchaba su palabra. 40 Marta, en cambio, andaba muy afanada con
los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que
mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». 41
Respondiendo, le dijo el Señor:
«Marta,
Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; 42 solo una es
necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».
Hermanos:
1. Siguiendo el curso del Evangelio – la
marcha de Jesús a Jerusalén – he aquí que hoy nos encontramos con una escena
familiar, entrañable, que pronto nos hace caer en la esencia de lo que es el
Evangelio. El Evangelio no es otra cosa sino el encuentro con Jesús, el Señor;
un encuentro que se da porque Dios lo quiere, un encuentro que se abre a unas
dimensiones que el hombre nunca pudo imaginar, porque es un encuentro que se
abre a la amistad y la confidencia del hombre con su Creador.
Y cono en los domingos ordinarios se
escoge la primera lectura para introducir de alguna manera el Evangelio, o para
ver cómo el Evangelio ilumina todo el Antiguo Testamento, el primer texto sagrado
de hoy es el encuentro y el banquete que Dios preparó para Abraham:
“1 El Señor se apareció a
Abrahán junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de
la tienda, en lo más caluroso del día. 2 Alzó la vista y vio tres
hombres frente a él. Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la
tienda, se postró en tierra 3 y dijo: «Señor mío, si he alcanzado tu
favor, no pases de largo junto a tu siervo…” (Gen 18,1-3).
2. Lo primero de todo, hay que disipar
el malentendido que ha acompañado, con excesiva frecuencia, la interpretación
de esta escena. De aquí se ha tomado pie para hablar en la Iglesia de dos tipos
de vida, especialmente de dos tipos de consagración religiosa: la vida activa,
representada por Marta; la vida contemplativa, representada por María, dando la
superioridad a la vida contemplativa. Siguiendo con el mismo pensamiento, hemos
hablado también de la vida “mixta”, que uniría en sí lo mejor de la vida activa
y lo mejor de la vida contemplativa, que daría como resultado la vida perfecta,
al estilo de Jesús. El texto sagrado no lleva a estos compartimentos, sino que
en su unidad, es más simple, y nos invita a todos los cristianos – sea cual sea
el modo de vida en el que nos veamos inmersos – a salvar siempre la primacía de
Dios, como clave de nuestra existencia.
No vamos a dar una clase de exégesis
bíblica, ni de teología sutilísima. Vamos a tratar de dejarnos llevar por la
palabra de Dios, para ver hasta dónde nos lleva el mensaje que Jesús, a quien
san Lucas gusta de llamar “el Señor”, nos lleva de la mano.
3. Nos encanta la solicitud de Marta, la
hacendosa mujer del hogar, que quiere lo mejor para su huésped, porque su
huésped es el Señor. Todo lo que hace Marta es digno de alabanza, todo lo hace
desde el amor y por amor. Marta no es una hospedera codiciosa de quedar bien,
de ganar ventajas para sí. Todo lo que hace Marta es digno de aplauso, y, sin
duda, Jesús se lo agradece.
Pero hay algo muy delicado que en este
momento Marta no comprende. Lo que está haciendo María le parece una
desatención con el huésped, y hablando con la libertad y el desparpajo con que
se puede hablar en familia, le dice a Jesús que no hay derecho, que él se
merece otra cosa, que María debe arremangarse y poner manos a la obra. Se
trata de acoger al Señor con lo mejor que tengamos en casa.
Además, en el relato han desaparecido
los discípulos en el diálogo, pero al inicio de la escena se nos advierte que
Jesús iba con sus discípulos: la comida no es para tres; es para unos cuantos
más. Desaparecen los discípulos; quedan invisibles en el diálogo, porque se
trata de algo muy sencillo y muy puro, y añadir detalles distraería nuestra
atención: María, pues, ha escogido la
parte mejor, y no le será quitada. Esta es la frase esencial, que ahora
nosotros queremos desentrañar.
4. ¿Cuál es la parte mejor de la vida?
¿Cuál es el don supremo que Dios nos puede regalar? ¿Cuál es la gracia del
Evangelio que podemos recibir, si abrimos el corazón?
He aquí la respuesta: La gracia más
sublime que se nos concede en esta vida es la amistad con Dios, poder entrar en
diálogo y comunión con Dios.
En
la experiencia humana no hay nada más sabroso, más gratificante que poder entrar
en el amor de una persona: amar y ser amado, que eso es la amistad. Son muy
conocidas algunas palabras de Aristóteles sobre la amistad en su Ética a
Nicómaco: Y ahora vamos a hablar de la amistad, dice “lo más necesario para
la vida”, lo más necesario para una vida feliz. Por eso, dice Aristóteles, “nadie
querría vivir sin amigos, aun estando en posesión de todos los otros bienes” (Ética
a Nicómaco VIII). Por otra parte, además de necesaria, la amistad es algo
noble, es algo hermoso “Constituye
una virtud o, en todo caso, no puede darse sin virtud”.
Son
unos párrafos inmortales los que Aristóteles nos ha dejado.
5.
Ahora bien, en ningún caso, el Filósofo Aristóteles pudo hablarnos de la
amistad con Dios, que es el argumento en que estamos. Hablar con Jesús, es
decir, estar pendiente de sus labios para escuchar y responder, comunicándose,
es hablar con Dios.
Y
esto es lo más sublime que se nos ha concedido en la tierra: la comunión con
Dios.
Ser
amigo de Dios, hablar con Dios, escuchar a Dios, mirar a Dios extasiado ante su
presencia, es lo que se nos ha concedido a los cristianos, a todos los
cristianos. Esta es “la parte mejor” que llevamos todos en el corazón, y que
Jesús de ninguna manera nos la va a quitar.
Con
este toque de reflexión, este Evangelio de Marta y María nos invita, hermanos,
a algo sublime: desconectar televisión, móviles, y entrar en comunión. Dios
toma la palabra y comienza él. Y oímos que nos dice: Tú eres mi hijo, y te amo
sin compararte con nadie. Haya sido cual haya sido tu vida, tú eres mi hijo y
yo te quiero.
6.
Y a Jesús, hermanos, podemos tratarle como a padre, como a amigo, como a
esposo. Es Jesús. Es el Señor.
Y
aquí nos quedamos.
Jesús,
decididamente la escena de Marta y María es una revelación, una revelación para
mí. Sin mirar a nadie, yo sé que tú eres mi amigo, mi Señor, mi Dios. Gracias,
Jesús, Dios mío.
Pamplona,
jueves, 18 de julio de 2019
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