jueves, 16 de enero de 2020

1305. Dom II A - Este es el Cordero de Dios


Este es el Cordero de Dios
Jn 1,29-34

Texto evangélico:
29 Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 30 Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. 31 Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
32 Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. 33 Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. 34Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

Hermanos:
1. Hemos entrado en la vida de Jesús, y la vamos a ir recorriendo, paso a paso, este año conducidos por el Evangelio de San Mateo; otro año será de la mano de San Marcos y un tercero bajo la guía de San Lucas. Son los ciclos que llamamos A, B y C para las 34 semanas del tiempo ordinario del año. A San Juan, el Cuarto Evangelio, no lo incluimos, porque este Evangelio es leído durante la Cuaresma y la Pascua todos los años.
La sorpresa de este Domingo es que todavía no comenzamos el ministerio de Jesús, anunciando el Reino de Dios, que será el próximo; sino que nos detenemos todavía más en el Bautismo de Jesús, centrándonos en san Juan, como acabamos de escuchar en el texto proclamado. Los tres primeros evangelistas narran, cada uno con sus propios detalles, el hecho del bautismo, Jesús en el agua, y la revelación que a continuación se produjo, la teofanía del bautismo. En el Cuarto Evangelio no se narra el hecho, sino el testimonio que Juan Bautista dio sobre lo acontecido.

2. Ya celebramos el Bautismo de Jesús el Domingo pasado, el domingo que
sigue a la Epifanía. No vamos a repetir lo que entonces anunciamos, pero es preciso detenernos en esta meditación, que es de suprema importancia para entender todo el Evangelio.
La escena de hoy comienza con una frase, que es de situación y de enlace: “Al día siguiente al ver Juan a Jesús que venía hacia él”. ¿Qué había pasado, pues, el día anterior?
Lo que había ocurrido el día anterior era una solemne declaración dad por Juan ante unos mensajeros: “Y este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?». Él confesó y no negó; confesó: «Yo no soy el Mesías»” (vv. 19-20).
Cuando uno recopila cuidadosamente todos los textos que en los Evangelios aparecen sobre Juan el Bautista, pronto observa que hay un problema histórico muy delicado: cómo entran en escena las dos figuras, cómo hay una duda acerca de quién es el Mesías, cómo incluso después de la muerte de Jesús siguió “el bautismo de Juan”. San Pablo, años más tarde, al evangelizar en Efusos, encontró a creyentes que había recibido solo “el bautismo de Juan”.  Pero a ninguno de los cuatro evangelistas les interesa aclararnos con precisicón estos sucesos y avatares; sino, en el tiempo en que escriben, transmitirnos el resultado final, la verdadera fe de la Iglesia.

3. El evangelista san Juan es particularmente contundente. Vamos a señalar estas verdades.
Primera verdad. Yo no lo conocía. Juan no conocía a Jesús. Por supuesto, había oído hablar de él; era incluso parientes. Rotundamente Juan no conocía a Jesús, el ser de Jesús, el misterio de Jesús.
Y nos dice cómo le conoció, por una revelación de Dios. Es que no hay otro camino para conocer a Jesús: que Dios mismo nos lo dé a conocer.
Este principio queda intacto para todos los siglos. Yo puedo saber muchas cosas de Jesús, pero no lo conozco. Recordemos aquella palabra de Jesús a Pedro: “¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17).
Para nuestra vida cristiana quede muy claro esto, hermanos: La ciencia no nos puede dar el conocimiento de Jesús, sino la fe, y la fe la pone Dios directamente en el corazón.

4. Segunda verdad: ese es el que bautiza con Espíritu Santo. Juan bautiza con agua, el que viene detrás bautizará con Espíritu Santo. “Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo» (vv. 7-8).
Jesús, cuando nos bautiza, nos bautiza lo que es y lo que tiene: nos transmite la santa de Dios, nos llena del Espíritu Santo. Ya nunca se alejará de nuestro corazón, salvo que nosotros mismos lo expulsemos, lo que se nos ha regalado en el bautismo: el Espíritu Santo.
El bautismo en el Espíritu Santo acontece en el mismo momento del bautismo cristiano; no hace falta esperar a otro momento carismátio especial, si bien es verdad que ese Espíritu de Dios tiene muchos momentos y formas de manifestarse. La principal es Pentecostés, pero, yo bautizado en Jesús, en ese mismo momento recibí la totalidad de los dones de Dios por el Espíritu. Esa es la identidad cristiana: el Espíritu de Dios habita en notros.

5. Tercera verdad: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Los judíos sacrificaban el Cordero pascual, Por ese rito central de la fe, el pueblo hebreo evocaba y actualizaba la liberación de la esclavitud, el paso a la tierra prometida, la alianza que un día hizo Dios con su pueblo. Ahora Juan define a Jesús como el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. En Jesús está todo el el don de Dios; en Jesús está toda la profecía; en Jesús está el Siervo de Dios in molado por la salvación del mundo. Bien podemos traer a nuestra liturgia, como el domingo pasado, uno de los Cántico del Siervo de Dios, el segundo: “Es poco que seas mi siervo | para restablecer las tribus de Jacob | y traer de vuelta a los supervivientes de Israel. | Te hago luz de las naciones, | para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra” (Is 49,6).

6. Cuarta verdad: este es el Hijo de Dios. Dice el texto sagrado, como remate de esta escena: Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios». Estamos en lo íntimo y en lo profundo de toda la teología de san Juan, más no podemos decir: Este Jesús de Nazaret que ha venido a Juan es el Hijo de Dios y existía desde el principio.
En declaraciones posteriores de Juan oiremos estas palabras: “Vosotros mismos sois testigos de que yo dije: “Yo no soy el Mesías, sino que he sido enviado delante de él”. El que tiene la esposa es el esposo; en cambio, el amigo del esposo, que asiste y lo oye, se alegra con la voz del esposo; pues esta alegría mía está colmada. Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar” (Jn 3,28-30).
Jesús, Hijo de Dios, es el Esposo de la Comunidad de Dios que ha comenzado a crearse.

Miramos a Jesús:
Jesús, Hijo de Dios, Esposo de la Iglesia, luz de las naciones, ilumínanos para que avancemos en el conocimiento de tu persona que solo tú nos puedes dar. Amén.

Ciudad de México, jueves 16 enero 2020.

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