jueves, 23 de enero de 2020

1306. Dom III del tiempo ordinario: “Domingo de la Palabra de Dios”


Un punto particular
Ministerio de Lector de la Palabra de Dios
(Hacia una posible
Guía de lectores en nuestras Parroquias)


Instrucción (no Homilía)
Exhortación apostólica del Papa Francisco “Aperuit illis” “con la que se instituye el Domingo de la Palabra de Dios”

3. Así pues, establezco que el III Domingo del Tiempo Ordinario esté dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios. Este Domingo de la Palabra de Dios se colocará en un momento oportuno de ese periodo del año, en el que estamos invitados a fortalecer los lazos con los judíos y a rezar por la unidad de los cristianos. No se trata de una mera coincidencia temporal: celebrar el Domingo de la Palabra de Dios expresa un valor ecuménico, porque la Sagrada Escritura indica a los que se ponen en actitud de escucha el camino a seguir para llegar a una auténtica y sólida unidad.
Las comunidades encontrarán el modo de vivir este Domingo como un día solemne. En cualquier caso, será importante que en la celebración eucarística se entronice el texto sagrado, a fin de hacer evidente a la asamblea el valor normativo que tiene la Palabra de Dios. En este domingo, de manera especial, será útil destacar su proclamación y adaptar la homilía para poner de relieve el servicio que se hace a la Palabra del Señor. En este domingo, los obispos podrán celebrar el rito del Lectorado o confiar un ministerio similar para recordar la importancia de la proclamación de la Palabra de Dios en la liturgia. En efecto, es fundamental que no falte ningún esfuerzo para que algunos fieles se preparen con una formación adecuada a ser verdaderos anunciadores de la Palabra, como sucede de manera ya habitual para los acólitos o los ministros extraordinarios de la Comunión. Asimismo, los párrocos podrán encontrar el modo de entregar la Biblia, o uno de sus libros, a toda la asamblea, para resaltar la importancia de seguir en la vida diaria la lectura, la profundización y la oración con la Sagrada Escritura, con una particular consideración a la lectio divina.

GUÏA
(De un retiro dado a sacerdotes)

Aclaraciones previas
En la proclamación de la Palabra, el Evangelio se reserva al Diácono o al Sacerdote. Las otras lecturas las proclama o un “ministro instituido” o un “encargado”, hombre o mujer. En cualquier caso, como indica el Misal Romano (Ordenación de las lecturas de la Misa, n. 55) hace falta una triple preparación: técnica, bíblica y litúrgica. Todo ello desde la base de que el varón o la mujer que proclama la Palabra de Dios es alguien que está celebrando los divinos misterios y que en este momento es portador de una presencia. Si la Palabra es “Libro”, y este es digno de respeto, el Libro se hace en este momento “Locución”, es decir “Acontecimiento”, Palabra viva.
1.     Cuando leas y proclamas la Palabra de Dios en la asamblea litúrgica, piensa, ante todo, que estás ejerciendo este ministerio ante la presencia de Jesús, el Señor, que es el que nos preside.
2.     Para ejercer este ministerio prepara tu corazón. Pide a Dios un corazón humilde, sencillo y puro, para que seas digno portador de la Palabra.
3.     Es lógico que el que sirve el Pan de la Palabra se alimente del Pan de la Eucaristía.
4.     Es más importante el hecho de proclamar el texto sagrado que el hecho de comentar el texto sagrado, la lectura que la predicación. La presencia sacramental de Cristo se verifica en el hecho de proclamar la Palabra, y se trata de una presencia real.
5.     Nunca te atrevas a leer de repente, salvo fuerza mayor, un texto que no conoces. Prepara la lectura.
6.     En tu compostura y vestido pórtate de igual manera que si tus ojos contemplaran físicamente al Señor.
7.     Al leer, todo tu ser entra en acción; especialmente tu rostro. Que se vea que Cristo serenamente brilla en ti.
8.     Evitando todo teatralismo, que tu dicción sea perfecta, sin que se pierda una sola sílaba. Que la Palabra llegue nítida a los del primer banco de la asamblea y a todos y cada uno del fondo.
9.     Que la lectura, sin ser empalagosa, resulte agradable a los oídos de todos. La Palabra de Dios se lo merece.
10.                       Un buen lector sabe distinguir, con la debida modulación, lo que es un texto narrativo, de lo que es un texto poético. la poesía hebrea es un constante balanceo de paralelismos.
11.                       Cuida especialmente lo que es un “texto oracional”; así el salmo responsorial. Cuando lo leas, ora íntimamente con las palabras que pronuncias.
12.                       El buen lector, siempre que lee “comunica”, no simplemente informa. La comunicación acontece de corazón a corazón; es vida que se entrega, porque es vida que se vive. El medio de la entrega es la voz, el signo o gesto y la mirada. Un buen lector sabe mirar a los que se dirige la lectura, para que la escuchen y la vida.
13.                       Cuando estás en el ambón no dejas de ser asamblea. Observa la reacción. Cuando se leyó la Ley de Moisés después del destierro (Esdras y Nehemías), toda la asamblea lloraba.
14.                       Si no se entiende el texto, no se puede leer, anunciar, proclamar. Mucho cuidado con niños o niñas y adolescentes, que hacen gracia, pero que con frecuencia no entienden lo que están leyendo.
15.                       Es importante el momento de acercarse al Libro y el momento de retirarse del Libro.
16.                       Toma conciencia clara de que esa Palabra que tú estás proclamando, está cayendo como lluvia benéfica de revelación y conversión en personas que te escuchan, y que el Espíritu Santo, por tu mediación, está obrando allí.
17.                       Si eres lector o lectora aventajado, piensa y responde: ¿Por qué este texto se proclama este domingo? Es decir: ¿Cuál es el curso y la pedagogía de la Iglesia en la ordenación de las lecturas. “La instrucción bíblica debe apuntar a que los lectores estén capacitados para percibir el sentido de las lecturas en su propio contexto y para entender a la luz de la fe el núcleo central del mensaje revelado”
18.                       “La instrucción litúrgica debe facilitar a los lectores una cierta percepción del sentido y de la estructura de la liturgia de la Palabra y las razones de la conexión entre la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística”.
19.                       Sería ideal que, como lector o lectora, tuvieras en tu casa un Comentario bíblico que hagan la exégesis de las lecturas bíblicas.
20.                       Al concluir la lectura, recapacita en tu interior: ¿Cuál es el sabor espiritual y el fruto que la lectura ha dejado mí?
En mi casa, mi Biblia
Ø Hay una Biblia de estudio, como un libro de texto. Y hay una Biblia de oración. A lo mejor es la misma. A esa tu Biblia acaríciale, bésala, venérala…, adórnala. Su sitio no es el librero, sino un lugar diferente, según la creatividad de tu amor.
Ø En América latina se está trabajando la BIA o Biblia de la Iglesia en América, de la cual se ha editado hasta el presente el Nuevo Testamento, autorizado por las Conferencias Episcopales de Argentina, Bolivia, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela. Para informarse ver:
Ø En España existe la versión oficial de la Conferencia Epíscopal Española (con la “recognitio” de la Congregación para el Culto Divino en 2010 y otra posterior), único texto que ha de ser usado en los leccionarios litúrgicos, y que será normalmente el texto de los Catecismos y documentos oficiales.
Fr. Rufino María Grández, OFMCap
Misionero de la Misericordia

No hay comentarios:

Publicar un comentario