La casa de Simón
en Galilea
Lc 4,38-44
Miércoles semana XXII del tiempo ordinario
38 Al salir Jesús de la sinagoga, entró en la casa de
Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le rogaron por ella. 39
Él, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella,
levantándose enseguida, se puso a servirles.
40
Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los
llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando. 41
De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban y decían: «Tú eres el
Hijo de Dios». Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era
el Mesías.
42
Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar desierto. La gente lo andaba
buscando y, llegando donde estaba, intentaban retenerlo para que no se separara
de ellos. 43 Pero él les dijo: «Es necesario que proclame el reino
de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado».
44
Y predicaba en las sinagogas de Judea.
La casa de Simón en Galilea
es casa de Jesús, el Nazareno,
y yo me siento hoy el invitado
y un no sé qué me está quebrando el pecho.
Jesús está en familia, tan humano,
y puedo imaginar lo que no veo,
mas no imaginación lo que han contado
que una mujer enferma está en el lecho.
Se inclina cariñoso…, y ¿qué va a hacer,
si no es doctor ni práctico enfermero?
Yo te lo mando, fiebre, vete fuera,
y deja en paz a este humilde cuerpo.
La fiebre se escapó como un demonio,
y lejos se marchó, huyendo…, huyendo…
y comenzó la cena, cual festín,
y la mujer feliz por ir sirviendo.
Cual comensal que soy me quedo atónito
mirando con amor a mi maestro,
diciéndole sin voz que tengo fiebre
y mucho, mucho sueño con mareo.
Mas al ponerse el sol salí a la calle,
para inclinar mis sienes a su gesto,
sentí que Dios bajaba, Dios de gracia,
que a cada uno iba bendiciendo.
Meditación y santa Eucaristía:
así es ese Jesús en quien yo creo;
y vi que el Evangelio no es un libro,
que el Evangelio es dulce sacramento.
Madrid, 2 de septiembre de 2020
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