María Magdalena, Pedro y Juan ante la tumba vacía
Jn 20,1-11
Texto:
Jn20 1 El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. 2 Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». 3 Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. 4 Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; 5 e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. 6 Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos 7 y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. 8 Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. 9 Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos. 10 Los dos discípulos se volvieron a casa.
Hermanos:
1. ¡Feliz Pascua del Señor! La alegría del Resucitado inunde cielo y tierra, traspase nuestro corazón, llene nuestra vida – mi vida – de luz, de esperanza y de fortaleza. La Resurrección del Señor sea el milagro radiante de nuestra vida.
La Resurrección de Jesús es un misterio de fe, para todos. Misterio de fe para la propia Madre del Resucitado, pues no hay otro medio de acceder a este cuerpo glorioso y divino. Misterio de fe para Pedro, jefe y guía del grupo de los apóstoles; misterio de fe para Juan, el discípulo amado, que en la Cena reclinó su cabeza sobre el pecho del Señor; misterio de fe hoy para todos los que nos profesamos discípulos de Jesús.
Vio y creyó, dice el texto sagrado refiriéndose a Pedro que entró el primero al sepulcro vacío, pero aplicándola a los dos cuando a continuación añade en plural: Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
Los dos discípulos se volvieron a casa, y a la tarde, cuando estaba juntos los apóstoles, con las puertas cerradas por miedo a los judíos, se les apareció el Señor.
2. He aquí, pues, hermanos, que estamos ante la verdad central de nuestra fe cristiana. Jesús, el Señor Jesús, ha resucitado; por tanto:
- era verdad que el Hijo de Dios había venido del cielo a la tierra, para ser Dios encarnado: era y es verdad;
- era y es verdad todo lo que él había hecho, dicho y prometido;
- era y es verdad que el ser humano, redimido por la sangre de Cristo muerto y Resucitado, tiene el mismo destino que ha alcanzado ya para siempre el Guía de nuestra Fe, Jesucristo, el Señor.
Es verdad que el ser humano ha sido divinizado, y se le abre un camino nuevo para caminar por la vida, todos unidos sabiendo que, si esta es nuestra Casa Común, mucho más lo es la Patria que nos espera, que es el cielo, partícipes todos de la gloria de la divinidad.
En este día radiante de la Resurrección vuelve nuestra mirada a contemplar con gozo al que surge del sepulcro y contemplar qué ha pasado y qué consecuencias tiene para nuestra existencia.
3. Jesús de Nazaret, el que fue matado muriendo en cruz, el que bajó a la tumba de la muerte y fue sepultado, ha resucitado.
La resurrección, hermanos, no es volver a la vida, recuperar lo que uno había perdido, rescatar del pasado aquel tesoro que el ser humano lleva consigo, que es su propia vida, que es su todo. Esto no sería resurrección, sino reviviscencia, recuperar lo perdido para seguir disfrutándolo. Todos hemos nacido con el ansia de vivir, pero vivir para siempre con una vida que no se acabe, que no esté recortada por el dolor, por todo cuanto es un tope para la felicidad que anhelamos. Resucitar no es volver atrás, para repetir lo mismo, sino alcanzar la plenitud, pasando al ámbito de lo divino.
Cuando nosotros hablamos de este misterio, podemos dirigir nuestra mirada en una doble dirección:
- Mirando a Jesús y preguntándonos qué pasa en él, como es el mundo en que entra y nos prepara;
- O mirando a nosotros, a aquellas primaras mujeres valerosas y amantes que de la tristeza y desconcierto pasaron a la alegría, a la vida nueva, y mirando en consecuencias a nosotros mismos, para ver si sucede lo que en ellas sucedió, como es justo que así sea.
La mirada principal es la primera: qué pasó en Jesús. Detengámonos, pues, con este pensamiento, que es la raíz de todo cuanto ha venido.
4. El mundo en que habitamos o el mundo que vivimos, esta confinando dos circunstancias absolutamente determinante, que lo configura en su carácter transitorio: el espacio y el tiempo. Yo soy limitado, soy pasajero, porque estoy medido por el espacio y el tiempo; y nos solo yo, sino toda la compañía que me rodea, toda la sociedad, toda la familia humana. Yo soy yo y mi circunstancia. Y mi circunstancia me ata a lo finito, a lo limitado, cuando en el fondo de mi ser siento una aspiración que rompe todos los moldes.
Yo soy yo en este espacio de mi cuerpo, al que tengo que dar de comer y de beber y que día a día se va renovando, porque se va corrompiendo a sí mismo, camino de la propia destrucción. Pero mi Yo ansía ser eterno. ¿No habrá otra forma de ser y de existir, no sumisa a estos condicionantes? Sí la hay, pero solo Dios la puede hacer y solo Dios la sabe. Nosotros nos imaginamos la vida fura como la prolongación de la vida actual. Es un pensamiento imaginativo, que viene en nuestra ayuda, que de alguna manera necesitamos siendo débiles como somos, pero que, si nos descuidamos, nos puede engañar. El mundo que viene, msi queridos hermanos, no es la continuación de este en que estamos; la Sagrada Escritura nos habla de cielos nuevo y de tierra nueva, es deir, la nueva creación donde Dios tiene su morada.
5. Y este es el mundo que hoy inaugura Jesús: la nueva creación y su santo cuerpo, por así decir, es la célula germinal. En esta nueva creación no hay espacio y tiempo a nuestro modo. Por eso, mirando a lo que acontece por la soberanía de Dios, podemos decir; Hoy, aquí, ha resucitado el Señor.
Hoy ha resucitado el Señor, hermanos.
Hoy se ha aparecido a María Magdalena, y le ha dicho: Vete a los hermanos y diles: Subo a mi Dios, que es vuestro Dios, a mi Padre que es vuestro Padre.
Hoy se me ha aparecido a mí, hoy, y me ha dicho: Anuncia mi Resurrección a mis hermanos.
Hermanos, misterio de gozo y esperanza, que nunca lo comprenderemos y disfrutaremos bastante.
Señor Jesús, gloria en tu santa Resurrección. ¡Gloria, aleluya! A ti la paz y el gozo, a ti el triunfo por toda le eternidad. Amén.
Cuautitlán Izcalli, Pascua del Señor 2023
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