martes, 18 de abril de 2023

1880. Domingo en la octava de Pascua 2023

 

Domingo en la octava de Pascua,

Domingo de la Divina Misericordia

Jn 20,19-31


Texto:

Jn20 19 Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». 20 Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21 Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». 22 Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».  24 Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25 Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

26 A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». 27 Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». 28 Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». 29 Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

30 Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. 31 Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 

Hermanos:

1. El Domingo pasado, Domingo de Pascua, fiesta de las fiestas, empezábamos nuestra homilía, diciendo ¡Feliz Pascua del Señor! Con los mismos sentimientos, hoy podemos comenzar con el mismo augurio: ¡Feliz pascua del Señor!, sintiendo al mismo tiempo que todas nuestras palabras quedan cortas y resultan pobres y descoloridas ante la belleza y magnitud del misterio que celebramos.

A este Domingo se le ha puesto un título en la liturgia, cosa que no ocurre n ningún otro del año, aunque varios domingos tinen intenciones particulares, “Domingo de la Divina Misericordia”, pero, a la verdad, que hasta los mismos títulos resultan incómodos, por el misterio infinito que celebramos rebasan los mismos títulos que nosotros ponemos.

Cada día de la semana pascual hemos contemplado, Evangelio a Evangelio, una aparición del Señor; hoy, coronando esta primera semana de la cincuentena pascual, volvemos a Juan, y la fe nos lleva al cenáculo, a lo que ocurrió aquella tarde del día que hoy llamamos domingo, el primer día de la semana, dice el Evangelio, porque con la resurrección del Señor comienza el calendario cristiano, y lo que ocurrió una semana después.

 

2. Las palabras humanas nos son necesarias para vivir mientras aquí vivimos, para entendernos y relacionarnos, pero las palabras humanas no bastan para trasvasar lo divino a lo humano, para unir lo infinito con lo infinito, la eternidad con el tiempo, el misterio que lo visible.

El relato de Juan nos ha dicho que miremos y que toquemos, que metamos el dedo en el agujero de las manos llagadas, que metemos la mano enera en la llama del costado abierto, que abierto viene desde el cielo. Pero un cuerpo celestial no tiene llagas, con sangre o sin sangre, para introducir allí los dedos de nuestras manos o la mano entera. Un cuerpo celestial queda divinizado, y solo divinamente se puede comulgar con él. Ni la Filosofía ni la Biología nos pueden aclarar estas experiencias divinas, a las que somos invitados. Yo no sé lo que significa la Física cuántica, porque no he entrado nunca por estos rumbos; lo que sí sé y sabemos que ninguna ciencia humana, ninguna experiencia de acá abajo, nos pueden empalmar dando entrada al cuerpo de Cristo. Y, sin embargo, la letra del Evangelio de hoy nos está diciendo, de modo concreto, que el cuerpo de Cristo se nos brinda para que hagamos con él la experiencia del contacto espiritual, para que veamos, toquemos, entremos.

La sorpresa última es la frase final, cuando Jesús compara la suerte de Tomás con la suerte nuestra: Felices, que por el contexto significa “más felices”, más felices que tú Tomás, los que creen sin haber visto. Jesús está hablando de sus discípulos que siguen de nosotros, de los discípulos reunidos en reunión memorial del cuerpo y de la sangre, reunión memorial de cada domingo:

Tomás adoró al Señor, rendido a sus plantas: Señor mío y Dios mío, y allí derramos su amor; nosotros, más felices, entramos en contacto y abrazo con el Señor, entramos en su cuerpo, nos aposentamos en su Corazón, a través del acto de fe, y somos más felices que el mismo Tomás apóstol.

 

3. Volvamos al principio de la escena. Al amanecer de aquel día fueron las apariciones a las mujeres; al atardecer, lo que hemos escuchado.

Las puertas estaban cerradas, por miedo a los judíos. Mas para el cuerpo de Jesús la casa no tiene muros. Jesús acaba de traspasar, ya sin tiempo, el universo creado. Del lugar donde está junto al Padre ha venido hasta nosotros. ¿No podrá llegar a la sala de los apóstoles, y hoy a nuestra sala, sin tener que abrir la puerta, sin tener que romper la pared…?

Así lo ha hecho.

Entró, vino, se hizo presente. Y les saludó: ¡Shalom! Saludo de cortesía que se daban y se dan todos los judíos, pero hoy sonaba distinto, porque era distinto. ¡La Paz! Pero era distinto, porque dice el Evangelio que, al saludar, hizo un gesto sacramental: Les mostró las manos y el costado. La paz que él daba brotaba de allí. La Paz era un río espiritual de amor que brotaba de la Pasión y muerte. Era blanca, era azul, era divina. Aquellas manos, aquel corazón se han quedado abiertos, llegando hasta nosotros, porque la Paz sigue manando y mando. San Pablo, al saludar al principio de sus cartas, ha redondeado esta paz con una palabra, y les decía a los cristianos: ¡Gracia y Paz! Es decir, que esa Paz era la gracia de Jesús que del cielo se desbordaba hasta nosotros.

 

4. Domingo de la Divina Misericordia, decíamos antes, porque ese mensaje ha quedado plasmado visualmente en esa imagen de la Divina Misericordia: Jesús, con vestidos celestes, aparece desde el cielo, y con su mano derecha bendice y con la izquierda está mostrando su corazón, y de este corazón manan dos haces de luz, uno blanco y uno rojo, el agua y la sangre, que significan todo el caudal de amor, nunca extinguido que mana del corazón de Jesús. Esta imagen quiere ser una representación del Evangelio, y es el modo cómo Jesús se hizo ver a una humilde religiosa polaca llamada santa Faustina Kowalska (25 agosto1905- Cracovia, 5 octubre1938).

El mensaje que deja esta humildísima hermana, en palabras de Jesús, recogidas del Diario espiritual que escribió, es esta:

“Toda alma que cree y tiene confianza en Mi Misericordia, la obtendrá. La última tabla de salvación es recurrir a Mi Misericordia. Yo soy el amor mismo y la misma misericordia”.

 

Hermanos, en la Iglesia hay tantas imágenes y devociones de Jesús y de María. No demos ningún valor mágico a ninguna de ellas. Son formas múltiples y legítimas. Pero ninguna de ellas nos puede decir algo verdaderamente importante y definitivo en la fe, que no esté ya contenido en el santo Evangelio.

El mensaje de la Misericordia es un mensaje que mana de la Escritura.

 

5. La página de hoy contiene una plenitud de sentido, pero el tiempo razonable de una homilía nos impide profundizar en otras palabras de Jesús. Anotemos tan solo: Recibid el Espíritu Santo. El Espíritu Santo, que es el Espíritu que animó a Jesús en todo momento, el Espíritu por el cual fue encarnado en el seno de la Virgen María, es el Espíritu que se otorga a la Iglesia como fruto de la Resurrección. Y donde está el Espíritu está el pleno perdónd e los pecados.

 

Hermanos, concluímos: ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor!

 

Señor Jesús, te pedimos que tu santa Resurrección sea experiencia real, viva y concreta en nuestras almas y en nuestros cuerpos, y que toda nuestra vida sea un homenaje de amor a este divino acontecimiento, que es tan actual para nosotros como para tus apóstoles. Amén, aleluya.

 

Cuautitlán Izcalli, Domingo octava de Pascua, 16 abril 2023.

 

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