1972. Letrillas de amor
La mayor revelación que ha llegado del cielo a la
tierra es esta: Dios me ama. Y tiene
razón Aristóteles, cuando dice: Dios no
ama. Lo recordaba Benedicto XVi, al escribir su primera encíclica “Dios
es amor, Deus caritas est”: “La
potencia divina a la cual Aristóteles, en la cumbre de la filosofía griega,
trató de llegar a través de la reflexión, es ciertamente objeto de deseo y amor
por parte de todo ser —como realidad amada, esta divinidad mueve el mundo—,
pero ella misma no necesita nada y no ama, sólo es amada” (Metafisica XII,7).
Dios no ama, no puede amar, porque el que ama es un indigente de amor, y Dios
no necesita nada.
Pues eso es la revelación: que Dios ama; mejor
dicho, porque el amor es siempre concreto, “Dios me ama”, hasta morir de amor,
morir de amor por mí. Esto es un disparate y una locura infinita. Pues esto es
el amor de Dios, y cada ser humano vale lo que vale el amor de Dios a él.
San Pablo llegó a decir: “Estoy crucificado con
Cristo; 20vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi
vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se
entregó por mí” (Gal 2,19-20).
Aquí se desquicia toda filosofía. Me amó y se
enetregó por mí. Dios muere en Jesús por amor a mí. Es el amor infinito vertido
en mi historia finita. Nadie lo puede entender, porque es revelación de fe.
Pero el amor de Dios es ese.
No será irrespetuoso cantar unas “letrillas de
amor” en torono a ese Amor infinito.
Yo soy amado por Dios,
así lo creo y lo siento,
y es un divino portento
que pone mi vida en pos.
Amado por Dios, mi Padre,
como Jesús era amado,
y el universo a su lado,
sin nada que lo descuadre.
Mi Dios es paz y armonía
que mi vida santifica,
cosa grande, cosa chica
todo suena a sinfonía.
Dios es amor infinito,
y yo me pierdo en su
playa,
y ahora, cuando me vaya,
leerá su manuscrito.
Y me va a felicitar,
por su obra y maravilla,
no soy yo, es él quien
brilla
como ofrenda de su altar.
Mi virtud es la esperanza,
que es la hija del amor,
y un celeste resplandor
hacia sus brazos me lanza.
Dios es milagro divino
que se encarna en cada uno;
no me mido con ninguno,
porque yo soy su destino.
Puedo sentir sin falacia
su caricia y su consuelo;
soy su Evangelio y anhelo
que él sea en mí todo
gracia.
Que soy pecador lo sé,
pero es mayor su perdón,
y de todo corazón
suyo soy y lo seré.
Y mi vida es celestial,
si estoy leyendo a San
Juan,
porque en sus versos están
las aguas del manantial.
El amor es vida entera
desde ya en la concepción;
Dios habita en un embrión
como en patria verdadera.
No se puede dialogar
en donde la vida empieza,
si amor y vida es certeza
no es posible negociar.
Dios es amor, todo amor,
que es igual que caridad,
y en mí su divinidad
me la dio en su Redentor.
Quisiera corresponder,
mas al hacerlo no puedo,
que siempre atrás yo me
quedo,
y aquí querer no es poder.
Amor que de Dios nos viene
es siempre amor excesivo,
amor gratis, sin recibo,
es el amor que nos tiene.
No ha de ser merecimiento
el cielo que nos espera;
será la gracia postrera
del padre al hijo
sediento.
El ser amado y amar
descubrí cual vocación,
y cantando esta canción
al morir quiero cantar.
El amor es sencillez,
historia de cada día,
no quiero otra membresía,
ni otro título ni prez.
Ya me amas, y más ámame,
- digo el dislate mayor,
Cuerpo de Dios amador - ,
y cuando haya de ir,
llámame.
Esa es mi vida cristiana,
que en el bautismo empezó,
y hasta el fin quiero ser
yo,
yo en Jesús que amando
sana.
Es Pascua, hermanos, es
Pascua
del Señor Resucitado,
sea él glorificado,
y el corazón brasa y
ascua.
¡Viva Jesús, el bendito,
en cielo, tierra y el mar,
que el mundo se ha de
llenar
de ese su gozo infinito!
Amén, aleluya.
Ciudad de México, 2 mayo 2024.
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