jueves, 2 de mayo de 2024

1972. Letrillas de amor

1972. Letrillas de amor


La mayor revelación que ha llegado del cielo a la tierra es esta: Dios me ama. Y tiene razón Aristóteles, cuando dice: Dios no ama. Lo recordaba Benedicto XVi, al escribir su primera encíclica “Dios es amor, Deus caritas est”: “La potencia divina a la cual Aristóteles, en la cumbre de la filosofía griega, trató de llegar a través de la reflexión, es ciertamente objeto de deseo y amor por parte de todo ser —como realidad amada, esta divinidad mueve el mundo—, pero ella misma no necesita nada y no ama, sólo es amada” (Metafisica XII,7). Dios no ama, no puede amar, porque el que ama es un indigente de amor, y Dios no necesita nada.

Pues eso es la revelación: que Dios ama; mejor dicho, porque el amor es siempre concreto, “Dios me ama”, hasta morir de amor, morir de amor por mí. Esto es un disparate y una locura infinita. Pues esto es el amor de Dios, y cada ser humano vale lo que vale el amor de Dios a él.

San Pablo llegó a decir: “Estoy crucificado con Cristo; 20vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2,19-20).

Aquí se desquicia toda filosofía. Me amó y se enetregó por mí. Dios muere en Jesús por amor a mí. Es el amor infinito vertido en mi historia finita. Nadie lo puede entender, porque es revelación de fe. Pero el amor de Dios es ese.

No será irrespetuoso cantar unas “letrillas de amor” en torono a ese Amor infinito.



 

Yo soy amado por Dios,

así lo creo y lo siento,

y es un divino portento

que pone mi vida en pos.

 

Amado por Dios, mi Padre,

como Jesús era amado,

y el universo a su lado,

sin nada que lo descuadre.

 

Mi Dios es paz y armonía

que mi vida santifica,

cosa grande, cosa chica

todo suena a sinfonía.

 

Dios es amor infinito,

y yo me pierdo en su playa,

y ahora, cuando me vaya,

leerá su manuscrito.

 

Y me va a felicitar,

por su obra y maravilla,

no soy yo, es él quien brilla

como ofrenda de su altar.

 

Mi virtud es la esperanza,

que es la hija del amor,

y un celeste resplandor

hacia sus brazos me lanza.

 

Dios es milagro divino

que se encarna en cada uno;

no me mido con ninguno,

porque yo soy su destino.

 

Puedo sentir sin falacia

su caricia y su consuelo;

soy su Evangelio y anhelo

que él sea en mí todo gracia.

 

Que soy pecador lo sé,

pero es mayor su perdón,

y de todo corazón

suyo soy y lo seré.

 

Y mi vida es celestial,

si estoy leyendo a San Juan,

porque en sus versos están

las aguas del manantial.

 

El amor es vida entera

desde ya en la concepción;

Dios habita en un embrión

como en patria verdadera.

 

No se puede dialogar

en donde la vida empieza,

si amor y vida es certeza

no es posible negociar.

 

Dios es amor, todo amor,

que es igual que caridad,

y en mí su divinidad

me la dio en su Redentor.

 

Quisiera corresponder,

mas al hacerlo no puedo,

que siempre atrás yo me quedo,

y aquí querer no es poder.

 

Amor que de Dios nos viene

es siempre amor excesivo,

amor gratis, sin recibo,

es el amor que nos tiene.

 

No ha de ser merecimiento

el cielo que nos espera;

será la gracia postrera

del padre al hijo sediento.

 

El ser amado y amar

descubrí cual vocación,

y cantando esta canción

al morir quiero cantar.

 

El amor es sencillez,

historia de cada día,

no quiero otra membresía,

ni otro título ni prez.

 

Ya me amas, y más ámame,

- digo el dislate mayor,

Cuerpo de Dios amador - ,

y cuando haya de ir, llámame.

 

Esa es mi vida cristiana,

que en el bautismo empezó,

y hasta el fin quiero ser yo,

yo en Jesús que amando sana.

 

Es Pascua, hermanos, es Pascua

del Señor Resucitado,

sea él glorificado,

y el corazón brasa y ascua.

 

¡Viva Jesús, el bendito,

en cielo, tierra y el mar,

que el mundo se ha de llenar

de ese su gozo infinito!

Amén, aleluya.

Ciudad de México, 2 mayo 2024.

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