Coloquios sobre la Belleza,
vocación, presencia y destino
Florecillas de Jerusalén
En enero de 1987 me encontraba yo en
Jerusalén, en el convento franciscano de La Flagelación (Vía Dolorosa, II
estación), ultimando una tesis doctoral en teología bíblica que luego defendí
el 28 de marzo: Las tinieblas en al muerte
de Jesús (Estudio de Lc 23,44-45ª). Yo no era un joven estudiante como casi
todos mis compañeros, sino un fraile que ya había bregado bastante. De hecho
allí celebré mis 25 años de sacerdote.
Horas de estudio, horas de soledad por
la causa de Jesús, horas de muchos íntimos ofrecimientos. A veces pensaba en mi
provincia de origen. A veces mi corazón se volvía nostálgico, amoroso como un
pétalo y… tierno. A veces, no…, porque mi corazón vivía en el amor, y en
Jerusalén escribí muchas poesías sobre los lugares de la vida, muerte y
resurrección del Señor.
Un día tomé mi máquina de escribir
eléctrica (no había llegado la computadora) y comencé a soñar en prosa,
recordando…, recordando… Cuando no había televisión, los frailes hacíamos la
recreación paseando. Nos poníamos el pequeño grupo, cinco o seis, en dos filas,
mirándonos a la cara, y caminábamos por la galería, unos caminando hacia
adelante y otros hacia atrás; así ida y vuelta. Nos contábamos muchas cosas:
verdades, sucedidos, medios inventos, y nos reíamos bastante…
Un día, pues, en Jerusalén, el ángel del
Señor me llevó a los desterrados de Pamplona, Sangüesa, Zaragoza… y de pronto
vi que estaba escribiendo en unas hojas blancas:
TRANSPARENCIAS
Prosiguen las Florecillas
Serias verdades con palabras risueñas
En Jerusalén, enero 1987
Hoy he rescatado aquellas hojas que
cuidadosamente conservo y, como estamos en Pascua, he querido darme un baño de
belleza, contemplando la Ascensión del Señor.
Y sacando a mi Niño, el de dentro (un
día el P. Benjamín, en el seminario seráfico, me dijo: ¡Niñote!, y me lo dijo
de tal manera que no me ofendió), me he atrevido a saltar a Internet para
compartir esto con otros Niños que andan por el mundo.
En la solemne misa de inauguración de su
pontificado, en la fiesta de San José, decía el Papa Francisco: “No debemos
tener miedo de la bondad, de la ternura”.
La ternura…, la ternura…, tenerezza; hasta seis veces puso el
Papa en su labios en aquella homilía esta palabra.
Espero, divino Jesús Resucitado, que no
lo lleves a mal – si hay frases inconvenientes – pues nunca quise ofenderte:
son florecillas que pongo a tus pies.
Dejo las cosas como salieron.
Escribí en Guadalajara, a 10 de mayo de
2013.
PRESENTACION
Cuando en tiempo de la comida se leía
antes en nuestras comunidades algún libro instructivo, se empezaba así: "Benedicite. En el nombre del Señor prosigue...
(y aquí se decía el título del libro)". De esa manera se abren estas páginas,
amable lector: En el nombre del Señor
prosiguen Las Florecillas de S. Francisco de Asís.
¿Qué son las Florecillas? Basta abrir
los ojos al campo. Las florecillas no son jardines, no son bosques, no son
cultivos ordenados y exuberantes. Son esas plantitas graciosas que salen en
cualquier sitio donde haya tierra, sol y agua, flores que denominamos con un
diminutivo pacífico y encantador: florecillas.
Las florecillas son la hermosura sin
importancia de la creación. Las florecillas son el regalo que, sin dinero,
puede disfrutar todos los que tienen el corazón dispuesto al amor. Las florecillas
son el misterio que late en todo; son el banquete de los pobres.
La vida de S. Francisco, como se sabe,
estuvo llena de florecillas, como los prados de margaritas, como el cielo de
estrellas. Pero el mundo está poblado de florecillas. Yo aquí he recogido
algunas sin salir de los campos donde he nacido, del cercado de mi propia provincia
religiosa.
Las recojo..., pues ¿qué diré? Es este
un capricho, un alivio, un ejercicio de poesía, es un acto de fe.
¿Queréis que hagamos filosofía? ¡Ay!,
no, que las vamos a estropear. Dejemos que las florecillas sean como son:
transparentes, luminosas, ungidas de la gracia del Espíritu Santo.
Escribía en Jerusalén, en el día del
Bautismo del Señor.
11 de enero de 1987.
El
hermano Rufino
La Virgen paga el postre
El P. José María de Oyarzun era un
providencialista milagroso. ¡Suerte que tenía! Porque parece que esta divina
filosofía la empleó toda su vida y le dio óptimos resultados.
Una de las cosas que hizo, estando en
Chile, fue edificar una capillita a la Virgen de Fátima, porque él era
devotísimo tanto de la Virgen como de la advocación de Fátima. Este minúsculo
santuario de la blanca Señora lo construyó cerca de Paine y al lado de la
carretera, para que cuando pasasen los camioneros se acordaran de que tenemos
una Madre en el cielo. Muchos se paraban, le rezaban a la Virgen tres avemarías
y le rogaban por sus mujeres, por sus hijas y por su familia.
Ya estaba la capillita terminada y había
que inaugurarla.
El P. José María pensó que tenía derecho
a pedir a la Virgen celestial un obsequio. A la Virgen, ya se sabe, se le puede
decir todo, pedirle cualquier cosa; luego ella verá lo que tiene que hacer,
pero que por pedir no quede. Y se le ocurrió pedirle no algo para sí, sino algo
para la comunidad, el postre de la inauguración, un rico postre, petición que
agradó mucho a la Virgen, como se verá por la historia.
Compró, pues, un rico postre por tanto
(digamos…, por 300 pesos) y anunció que aquel extraordinario era el postre de
la inauguración de la Capilla de Fátima. Todos contentos.
El milagro ocurrió después, porque
sucedió que fue a la alcancía de la capilla y he aquí que estaba el precio del
regalado postre: 315 pesos. La Virgen se había portado, y el P. José María dio
gracias con especial ternura.
Cogió, pues, el autobús y volvió a casa,
relamiéndose el alma de gusto y pensando cómo iba a decir a sus hermanos el
milagro que había acontecido: la Virgen había pagado el postre, la Virgen misma
por sus hijos los camioneros. Y bien pensado, se había portado con generosidad,
porque resulta que hasta había dejado propina. El postre valía 300 pesos y el
primer botín del cepillo eran 315.
En estas estaba, silencioso y pensativo,
cuando de pronto ve el número 15 en la mano, en un papelito amarillo. Y
entonces se da un golpe en la frente y exclama con voz del corazón que casi se
le oyó en los labios:
‑ ¡Ahí va!, pero si la Virgen me ha
pagado también el billete…
Jerusalén, 11/1/1987.
El hermano que vivía en la presencia de Dios
Fray Teodoro de Yábar vivía siempre en
la presencia de Dios y su fama de santidad se había difundido por toda la
provincia. Tenía cabeza dura y voluntad terrible, indomable en el servicio de
Dios. Era el hortelano mayor del convento de Alsasua, donde llueve mucho y en
invierno hace muy mal tiempo. Precisamente en esas temporadas él salía de limosnero
por los pueblos de La Barranca, por los caseríos del monte.
Y una tarde de invierno llegó a un
caserío. Llegó a una casa muy querida de la comunidad, en la cual recibir a
Fray Teodoro era una bendición de Dios. Fray Teodoro sabía que no menos de dos
quesos de oveja se los habían de dar con todo el corazón y también algo de
dinero. Llegó por la tarde, mojado el hábito y con un rostro que delataba la
fatiga. Pero la dueña miró inmediatamente a los pies del hermano, y ¿qué vio,
Dios mío? Con aquel tiempo Fray Teodoro iba descalzo, con sandalias sin taloneras.
Aquella vez los pies agrietados por detrás estaban bastante negros, porque le
había salido sangre.
Entonces la mujer de casa, en la gran
cocina familiar, le dijo:
‑ ¡Ay, Fray Teodoro, cómo viene,
siéntese, siéntese..., que le voy a limpiar un poco esas sandalias!
Esto era un truco, porque lo que quería
la buena mujer era hacer una obra de caridad con aquellos pies fríos y
doloridos.
‑ Bueno, bueno..., dijo Fray Teodoro vencido.
Y la mujer, la "etxekoandre",
le limpió las sandalias. Luego añadió:
‑ Mire, Fray Teodoro, ahora, mientras se
secan las sandalias, le voy a curar los pies con una guatita.
‑ Pero no es necesario, respondió con
cierta energía el hermano.
‑ Sí que es necesario, insistió la
mujer, apoderándose de la situación y dándoselas de enfermera. Sí que es
necesario, porque le ha salido sangre y eso se le puede infectar.
‑ Bueno, bueno..., dijo Fray Teodoro,
moviendo la cabeza calva ya de muchos años. Y accedió dulcemente forzado.
Entonces la mujer preparó un barreño de
agua templada y junto al barreño unos algodones.
Fray Teodoro, al ver que la mujer, iba
nada menos que a lavarle los pies, le dijo con particular gravedad:
‑ Considere, señora, que estamos ante la
presencia de Dios.
Jerusalén, 7 enero 1987
De cómo no hay que apropiarse
ni de la propia sepultura
El misionero capuchino fray Miguel de
Alzo se convirtió en obispo de la Misión de Guam y se llamó Monseñor Miguel
Ángel Olano, retornando a su nombre bautismal. Fue unos cuantos años obispo de
aquella región, pero luego, como entraron los americanos, tuvo que dejar la
sede a un obispo americano. El pasó a prestar sus servicios en las Islas
Filipinas y cuando se hizo viejo, volvió a la tierra madre, a vivir
tranquilito, en un piso, adosado al convento de San Sebastián.
Mientras tanto el Obispo Americano
construyó nueva catedral; hizo una cripta y allí varias sepulturas. Echó el ojo
a la principal de ellas y dijo:
- Esta será mi sepultura.
Con ello aquella sepultura quedó
predestinada a ser la Sepultura del Obispo de Guam.
Sucedió que para unas celebraciones de
la diócesis, en agradecimiento al antiguo Pastor, se le invitó a que viniera a
Agaña. Monseñor Olano, aunque anciano, se animó y emprendió el vuelo. Tanto se
animó que en aquellas latitudes tropicales quiso bañarse en el mar. Le dio un
ataque y murió.
Le hicieron solemnes funerales en la
Catedral y le enterraron. Pero ¿dónde le iban a enterrar al que había sido
Obispo de aquella diócesis? Le enterraron como Obispo en la cripta, todavía sin
estrenar. Y ¿en qué sepultura? En la sepultura que el Obispo Americano se había
predestinado para sí mismo.
Es que en este mundo no nos podemos
apropiar ni de la propia sepultura.
Jerusalén, 11 enero 1987.
Las yeguas malparidas
Entre los más célebres misioneros
populares que tuvo la provincia capuchina de Navarra‑Cantabria‑Aragón en los
tiempos modernos hay que contar al P. Ricardo de Alsasua. Faz enjuta y
demacrada, voz de grande fuerza dramática, gestos de una persona transfigurada.
Una aldeanita de Baquedano contaba cómo
predicaba allí. Habían puesto altavoces en la torre de la iglesia. Ya la voz
del P. Ricardo era fuerte de por sí, y cuando anunciaba los novísimos tronaba
la iglesia. Pero aquella vez el río caudaloso del profeta, por arte de los
altavoces, entraba impetuoso por las ventanas y todos estaban forzados a oír el
sermón.
Todos..., hasta los animales, porque
según la baquedanesa, al oír al P. Ricardo, las yeguas se asustaban, corrían
del pueblo monte arriba y con tales aprietos aquel año malparieron.
Hay que quedarse con la idea de que el
P. Ricardo era un gran predicador, pero como buen hijo de S. Francisco no hacía
daño a ningún animal, y por eso la tradición es exagerada.
Si le hubiera visto cómo lloraba de
verdad cuando hablaba de la misericordia de Dios, del hijo pródigo, y cómo
emocionaba de ternura al considerar que Jesús está en el sagrario por
nosotros...
Jerusalén, 11 enero 1987.
El pequeñito
De todos los frailes de esta provincia
norteña, donde entre los vascos ha habido grandes mocetones, el más pequeño de
estatura se llamaba... Benjamín. Sí, justamente así, porque así se lo había
puesto en el noviciado el santo maestro Bernardo de Artica. Era muy pequeñito,
y por esos misterios que lleva consigo la madre naturaleza durante muchos años
fue tiple. Si no supiéramos que detrás de todo hay un misterio escondido y
designios de amor, diríamos que la madre naturaleza había sido muy cruel con el
P. Benjamín.
Sufrió muchos complejos, chistecitos y hasta
desprecios de aquellos que querían ser graciosos a costa de tan poco.
Al ser ordenado sacerdote, le enviaron a
enseñar a los niños seráficos y toda su vida estuvo en el seminario. Pasado el tiempo
le salió bigote, mas nunca barba, y se lo dejó. Como entonces estas
singularidades no se usaban, se podía pensar cómicamente en la cara de un
guardia civil.
Pasaron sesenta años de estancia en Alsasua,
a la que consideraba su segunda patria. Ya hacía unos lustros que había
comenzado a predicar, subido a un taburete, y lo hacía con gran satisfacción
por sus dotes literarias en composición, por su empaque en la dicción, por su
ingenua y cándida humanidad.
A los sesenta años de residencia, el P.
Superior dijo: Esta solemne fecha tenemos que celebrarla. Se hizo una
Eucaristía de familia, es decir, fraternidad y P. Provincial. El P. Benjamín
tomó la palabra, se confesó y contó su secreto:
‑ Oh Madre mía, - decía como un niñote -
¡cómo has sido buena conmigo!, dulce Madre. Yo, pequeño y acomplejado, delante
de unos muchachotes que al principio sabían más latín que yo. Oh Madre mía, cuántas
gracias te tengo que dar, oh Madre mía.
Todos los asistentes comprendieron –
comprendimos con ternura - que la Virgen es la Madre de casa y que de los pequeños
es el reino de los cielos.
Jerusalén, 11 enero 1987.
Uno de los frailes más guapos
En nuestra provincia ha habido, por lo
menos, dos frailes que se han parecido a Jesucristo... en la cara. Uno de ellos
era el P. José Luis de Tudela. (Nota. El otro era el P. Florencio de Artabia,
1910-1994, que como entonces vivía no quise mencionarlo).
Era un fraile muy hermoso y garrido. Para ello
tenía tres condiciones: esbelta estatura, rostro con barba negra no grande y
ojos atravesadores, y una voz muy buena y potente. Si se quiere la prueba,
váyase a una portada de revista ilustrada cuando el famoso predicador,
retratado ante el micrófono ‑ crucifijo al pecho, manos abiertas ‑ daba la
misión de Granollers.
Caminando una vez por Pamplona, joven y
galano, por la avenida de Carlos III, dos pías señoritas caminaban por la misma
acera. De pronto una le dice a la otra ‑ la Pili a la Loli ‑:
‑ ¡Ay, chica!, qué fraile más guapo.
El P. José Luis, que no era sordo, oyó
el piropo, se volvió y les dijo como gran caballero:
‑ Señoritas, han llegado ustedes
demasiado tarde.
Jerusalén, 11/1/1987.
Los zapatos del fraile guapo
Para que el amable lector no se quede
con una idea frívola del fraile apenas mencionado, hay que añadir que este gran
predicador de puro bueno tocaba a veces las barreras del escrúpulo.
Una vez sus hermanas carnales le regalaron
un par de hermosos zapatos, cosa útil y necesaria. El humilde fraile se
presentó al superior y le dijo:
‑ P. Guardián, mis hermanas me han
regalado un par de buenos zapatos. ¿Los puedo tener?
Y el P. Guardián, viéndose confundido
por esa delicadeza de conciencia, le respondió:
‑ Hombre, P. José Luis...
Es que al P. José Luis le habían
enseñado en el noviciado que cuando el fraile recibe un obsequio no puede
recibirlo para sí (a fin de que no haya diferencias entre ricos y pobres), sino
que como legítimo hermano todo debe ponerlo a disposición de la comunidad.
Este misionero murió en el convento de
capuchina de Oaxaca y sus restos mortales los recogió la madre tierra del
cementerio de la ciudad. A los años de su muerte todavía había flores en su
tumba.
Jerusalén, 12/1/1987.
Canta alegre el ruiseñor
El P. Sebastián de Asiáin era pequeño y
redondo. Esto unido a cierta encantadora sencillez le habla merecido el nombre
familiar y cariñoso de Sebastianico. Estaba en el noviciado, para que los
novicios, según las Constituciones, tuviesen ante los ojos estampas de frailes
buenos. Cuando faltaba el Guardián y el Vicario, que lo era el P. Maestro,
entonces el P. Sebastián en función de decano presidía la comunidad; y se
producían escena como éstas:
‑ Venga, hoy vamos a rezar el Oficio
Divino despacio y bien pronunciado.
Con los nudos de los dedos de la mano
derecha, cerrada en puño, dio dos golpecitos rituales para iniciar el mismo el rezo:
‑ Deus
sisisi... intende! (= Deus, in adiutorium meum intende).
Los novicios dejaron escapar una
discreta risa bajo las bóvedas del coro y comprendieron que el P. Sebastianico,
pequeño, bello y rubicundo, no podía rezar el Oficio Divino despacio y bien
pronunciado.
Confesada a los novicios porque a los
novicios les gustaba. Uno de éstos, que habitualmente acudía a otro padre de su
devoción, una vez, por ausencia de su confesor, entró en el confesonario del P.
Sebastián. Aquel año (año de mi noviciado, 1955-1956) hacía un frío horrible;
se helaron las aguabenditeras de las celdas y la temperatura bajó en Sangüesa a
15 bajo cero. De qué se confesó el novicio, luego no lo recordó; sólo se le
quedó impresa la exhortación sacramental:
‑ Hala, ánimo y adelante. ¿No ve los
pajaricos? Siempre cantando. Frío, hielo, escarcha..., pero ellos siempre
cantando. Pues lo mismo su Caridad. Gloria a Dios. Siempre: Gloria a Dios.
Al mediodía, al refectorio, tras hacerse
rogar, al fin cantó el que era su villancico de todos los años. "¿Dónde
habrá, decid, pastores, / Niño más encantador?" En lo tonos altos
levantaba al cielo su cabeza, agarrándose con la izquierda el solideo, y emitía
unos temblores angélicos cuando decía: Canta
alegre el ruiseñor.
En el fondo, el ruiseñor de la enramada
era aquel mismo fraile, viejo misionero, pequeño y bondadoso, rubicundo como
una fruta madura.
Jerusalén, 12/1/1987
Una procesión de millares y millares
El P. Marcelo de Villava había nacido
cuando el siglo XIX dejaba caer su último número. Era un fraile generoso y
solía estar de buen temple. En su juventud fue misionero en el lejano Oriente,
en la isla de Guam, que es la perla del Pacífico.
Luego regresó porque ocuparon la isla,
con los militares, misioneros de otro continente. Era ya mayor, pues tenía 60
años más 3, cuando le encomendaron que hiciera de capellán en el cementerio.
Probablemente sería para poco tiempo, pero estuvo 20 años. Y como Zaragoza, sin
ser tan grande como Nínive…, es una ciudad muy populosa y como al único
cementerio iban a parar al final todos sus habitantes, durante estos años
recibió a innumerables cristianos que venían al camposanto. Mejor, dicho, no
fueron innumerables (Innumerables son sólo los Innumerables mártires de
Zaragoza...), porque el P. Marcelo en una libretita lleva la cuenta. Fueron,
durante su oficio, 75.850. (Nota
crítica. No recuerdo de dónde tomé la nota de su libretita particular).
Después de morir en la Enfermería de los
Capuchinos en Pamplona, se hizo un solemnísimo cortejo pascual para su entrada
en el cielo. Aparte de los ángeles, de los santos de su devoción, y de un sin
fin de voluntarios, acudieron, con cantos y palmas, con jotas y cachirulos,
otra turba ingente. Estos eran, ni más ni menos, que 75.850 personas, viejos e
infantes, hombres y mujeres, mozos y mozas, pues piadosamente se puede creer
que por la pasión de Cristo todos aquellos zaragozanos fueron salvos.
Todo fue muy hermoso, salvo que un
particular amigo de él, me dijo: pero ¿cómo es posible que no hemos comenzado
esta procesión desde el cementerio de Zaragoza?
* * *
En Alabanza de Cristo
y del pobrecillo Francisco. Amén.
AVISO
HISTÓRICO
Todos los frailes que se pasean por
estas páginas han muerto. Esto es una ventaja para el Cronista, porque ninguno
de ellos puede protestar, ninguno puede estirar de las orejas al audaz
escritor. Pero tienen sus abogados y éstos sí, si les place, pueden levantar la
voz. Yo de todas maneras quiero dejar constancia, como notario, de nombres y de
fechas rigurosamente históricas, para que se consulte en los libros, nombres y
fechas que son los siguientes:
P. José María de Oyarzun (llamado en el
siglo: José Ramón Félix irigoyen Zuazu, 1888-1985).
Fr. Teodoro de Yábar (Manuel Ansa
Aguirrezabala, 1888-1968).
Mons. Miguel Ángel Olano (como
religioso, León de Alzo, 1891-1970).
P. Ricardo de Alsasua (Leoncio Celaya
Lecea, 1910-1963).
P. Benjamín de Legarda (Gregorio Elía
Azcárate, 1896-1986)
P. José Luis de Tudela (José María Rubio
García, 1915-1981)
P. Sebastián de Asiáin (Marcelino Ayerra
Rodríguez, 1883-1963)
P. Marcelo de Villava (José Baldomero
Lasa Castro, 1898-1986)
Colofón en el Día de la Madre - 2013
Aquí en México, el Día de la Madre
(siempre el 10 de mayo), tiene otra raigambre y sabor que en España, donde es
más reciente y donde ha ido cambiando de fecha: del día de la Inmaculada al
domingo primero de mayo.
Yo le venero mucho a mi santa madre –
que la tengo siempre en mi celda en una foto y en un cuadro “al pastel”, que me
hizo una señora de la Parroquia, también ella amorosa madre – y a su memoria y
honor, juntamente con mi padre, le he escrito una serie de Sonetos Celestiales.
Hoy, al decidirme a poner en Internet
esta Florecillas de Jerusalén, voy a añadir otra, que dice de esta manera:
Amor de madre, amor eterno
El P. Benito de Elía (Joaquín Aguinaga
Tirapu, 1919-2005) era un fraile alto y delgado como una espiga. Por eso,
cariñosamente le llamábamos Benitín. Al ser ordenado de sacerdote y terminar la
carrera sacerdotal (creo que con dificultades) fue destinado a Zaragoza (1944),
y allí estuvo toda su vida, hasta que, enfermito, fue a la Enfermería de Pamplona,
donde terminó santamente sus días. No era un hombre de dotes brillantes…, no
era predicador… Era un hombre muy bondadoso y servicial, amigo de los pobres,
consejero de innumerables zaragozanos, y paño de lágrimas en el confesionario.
Cuenta la historia – pero no la historia
escrita – que una tarde fue a confesar a una casa particular, allí por donde el
Coso. Llamó a la puerta:
- ¡Hola, buenas tardes!
- ¡Hola…!
El hombre que le abrió no le ofrecía
buena catadura.
- ¿Qué le ocurre?
- Pues mire, que he venido a confesar.
El hombre, molesto, respondió:
- No, dispense.
- Sí, a un enfermito, que me han dicho
que está muy delicado, como para morir.
- No, aquí no hay ningún enfermo; se ha
equivocado.
- Pues la verdad es que se me ha quedado
muy fijo este número.
El diálogo comenzaba a ponerse tenso.
De repente el P. Benitín dice:
- ¡Ah!, esa señora es la que me ha dicho
en el confesionario que viniera aquí a confesar a un enfermo.
Y señaló una foto enmarcada que estaba
en la pared.
El hombre se quedó más blanco que la
pared y pudo responder:
- Dispense…, esa señora es mi madre y
murió hace años.
- Bueno…
Y hubo un silencio contenido, que rompió
el hijo:
- ¡Pase, padre, y confiéseme!
Guadalajara
de Jalisco, México, 10 de mayo de 2013.
Ha llegado la belleza en las entregas anteriores. dejamos constancia del pequeño historia de esta rúbrica:
112. Ha llegado la belleza - 1 (17 octubre 2011)
113. Ha llegado la belleza - 2 (18 octubre 2011)
114. Ha llegado la belleza - 3 (18 octubre 2011) - El más visitado: 1.084 visitas hasta la presente fecha de 10 de mayo de 2013).
144. Ha llegado la belleza - 4 (22 noviembre 2011)
Ha llegado la belleza en las entregas anteriores. dejamos constancia del pequeño historia de esta rúbrica:
112. Ha llegado la belleza - 1 (17 octubre 2011)
113. Ha llegado la belleza - 2 (18 octubre 2011)
114. Ha llegado la belleza - 3 (18 octubre 2011) - El más visitado: 1.084 visitas hasta la presente fecha de 10 de mayo de 2013).
144. Ha llegado la belleza - 4 (22 noviembre 2011)
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