En
la despedida de Jesús
Homilía para el domingo VI de
Pascua, ciclo C,
sobre Jn 1, 23-29
Texto evangélico:
El que me ama guardará mi palabra,
y mi Padre lo amará,
y vendremos a él y haremos morada en él.
El que no me ama no guarda mis palabras.
Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito,
el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, será quien os enseñe todo
y os vaya recordando todo lo que os he dicho.
La paz os dejo, mi paz os doy;
no os la doy como la da el mundo.
Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde
Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”.
Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre,
porque el Padre es mayor que yo.
Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, creáis.
Hermanos:
1. Las palabras que acabamos de
escuchar son palabras de despedida; en este sentido palabras testamentarias.
Una despedida que incluye grandes promesas; por eso, en la frase final de
nuestro texto oímos este aviso: “Os lo he
dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, creáis”.
Es que Jesús acaba de prometer el
envío del Espíritu Santo, si bien aquí no como un acontecimiento, sino como una
presencia inmanente en la Iglesia, que va a ejercer una misión callada en
continuidad con Jesús. Va a ser la memoria y la iluminación, para que todo lo
que anunció Jesús en su breve recorrido antes de la muerte violenta sea
comprendido en el devenir de la historia y actualizado como palabra viviente
del Señor.
Este lenguaje de Jesús, palabras
de sobremesa, son palabras que infunden consuelo, certidumbre y seguridad a la
Iglesia que inicia su camino en el mundo, y que en la ausencia de Jesús no va a
quedar huérfana, sino que va a contar con una presencia poderosa desde el
cielo. La mirada de Jesús se cierne sobre nosotros y a nosotros nos está
hablando.
2. El sentido totalizador es uno:
Yo continúo la obra que comencé entre vosotros
– viene a decir Jesús – pero de otra
manera.
Por de pronto, Jesús promete una
presencia divina, eficaz, personal, que se va a dar en lo íntimo del ser. Jesús
se sentía habitado por el Padre en lo más verdadero y real de su corazón. Ahora
él y el Padre van a morar en el corazón del creyente, una situación que
ciertamente no se había dado hasta ahora.
Con un lenguaje espiritual,
lenguaje místico, que no es etéreo ni ilusorio, Jesús promete: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre
lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (v. 21).
Con razón pudo decir una santa al
leer este texto evangélico, quien con una alegría irradiante exclamó: “He hallado mi cielo en la tierra, porque el
cielo es Dios y Dios está conmigo”. Me estoy refiriendo a la joven
carmelita Isabel de la Trinidad, que vivió cinco año en el convento y murió a
los veintiséis (1906), hoy Beata Isabel de la Trinidad. Esta fe contemplativa
dio sentido a su vida.
3. A este misterio lo llamamos
los cristianos la inhabitación de la
Santísima Trinidad. Es una presencia real, una presencia sustancial en la
hondura última del ser. Dios no está presente en mí por un acto intencional,
como si yo en este momento quisiera evocar a un ser querido, cuyo recuerdo
opera benéficamente en mí. Dios no es un recuerdo en las profundidades del
hombre, sino una presencia.
El tomar conciencia de esta
realidad hace que mi vida cambie, se reoriente de otro modo. Porque si,
efectivamente, yo acepto por la fe que el mismo Dios Creador del mundo, Padre
de todos los hombres, mora en mí, al punto diré que Dios va a ser no solo el
testigo de mis actos, sino la norma y medida de toda mi actuación humana.
Comienzo a comprender de un modo
distinto aquella frase inicial de la Biblia: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.
El ser humano tiene un origen
divino, que configura todas sus acciones; nacido de Dios, vuelve a Dios, porque
vive en Dios y de Dios. Es un parentesco divino, que de alguna manera han
intuido otras religiones, y que, llegado a esa plenitud de conciencia en la fe
cristiana, da una dirección nueva a todo nuestro comportamiento. El hombre, así
convencido e iluminado, acepta la soberanía de Dios como última palabra para su
vida, y entiende que mi prójimo, de igual dignidad que yo, es también un
peregrino del Absoluto, y que juntos debemos construir, desde Dios, este mundo
en el que estamos.
En una palabra, hermanos, Dios
mora en mí; Él es mi realidad radical, mi fuerza, mi esperanza, mi consuelo, mi
paz.
4. Otra palabra del Evangelio de
hoy se refiere al Espíritu de Jesús, que va a empezar su actuación en el
momento en que Jesús se retire de escena. Jesús lo hizo todo, pero nosotros no
estábamos en situación de comprender la transcendencia de todo lo que hizo.
Este Espíritu Defensor (Paráclito), que así lo llama Jesús, va a
enseñar el consumador de la obra iniciada por Jesús de Nazaret: “será quien os enseñe todo y os vaya
recordando todo lo que os he dicho”.
En el plano doctrinal lo vamos
comprobando con el paso de los siglos. La Iglesia va aumentando su caudal de
doctrina; va sacando conclusiones de algo que lleva sembrado dentro de sí
misma. En doctrina moral y social esto es evidente. Los cristianos hemos ido
formando un “corpus doctrinal”, que lo entendemos como “memoria de Jesús”. Su
contexto histórico en medio del Imperio Romano
era otro. Hoy hablamos de los problemas que la historia va planteando – de los
cuales no habla el Evangelio – pero los hablamos desde el Evangelio. El trabajador y la empresa son conceptos
que no existen ni en el Evangelio ni en el Derecho Romano, pero son situaciones
humanas de suma importancia, que desde Jesús y el Evangelio tienen una
respuesta.
Y lo mismo ocurre con ese corpus de doctrina cristiana – el dogma,
la comprensión de la fe – que va creciendo con el paso de los siglos: el
Espíritu va recordando, cuando van trabajando los teólogos y la fe certera de
los humildes. ¿Cuál es la fuente del Concilio Vaticano II? Sencilla y puramente
el Evangelio, el Evangelio actuado en la tradición y recordado por el Espíritu.
5. En el texto de hoy hay otro
punto: la paz de Jesús. No es la paz
militar, ni tampoco la paz social, aunque la incluya. Es la paz integral, que
viene de la Trinidad, que fue sellada en la Cruz – “Él es nuestra paz”,
escribió san Pablo (Ef 2,13) – que fluye de Jesús como comunión de amor entre
los suyos. La paz de Jesús que nosotros, sus discípulos, debemos dejar que
fluya de nuestra vida, viviendo, ante todo, en paz y unión, nosotros mismos.
Una paz que, al proyectarla, hemos de fomentar por todos los medios.
La paz desde esta perspectiva no
es un proyecto importante; es todo un sistema de vida que engloba la existencia
cristiana.
Hermanos, Cristo Resucitado es el
Viviente de la Comunidad cristiana. Él está ahí. Todo debe girar en torno a su
presencia, comenzando por nuestra Madre, a quien llamamos al Madre del Señor y Madre
de la Iglesia, cuya devoción se hace más sensible en el pueblo cristiano en el mes de mayo.
¡A Cristo Jesús el amor y la
gloria por los siglos de los siglos. Amén!
Guadalajara, Jalisco, 1 mayo
2013.
JESÚS VIVE EN MI POR ESO EN CADA ACTO DE MI VIDA SERIA BUENO TOMAR LA ACTITUD PREGUNTADOME "QUE HARÍA CRISTO EN MI LUGAR"
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