De la Pascua
de ayer a la plenitud del hoy de Dios
Reflexiones
al reanudar el tiempo ordinario
1. La liturgia no es magia; es
sacramento. La liturgia no es un festival; es una celebración. La liturgia no
es un desfogue explosivo de vivencias juveniles que estallan y producen unas escenas
exultantes de entusiasmo y alegría; pudiera ocurrir, pero la liturgia es una “sobriedad
del Espíritu” y, aunque con signos visible, acontece en el corazón.
La liturgia, camino de la hondura en el
misterio sin fondo del corazón humano y del corazón divino, es serenidad. Signo
de su autenticidad es el poso, el buen sabor. que deja dentro cuando todo pasa.
La liturgia es unción; es don del
Espíritu; es gracia reposada, sea cual sea la forma de ejecutarse: un grupo
juvenil o carismático vigoroso, animado – y hasta alborotado - , una comunidad
monástica que no requiere guitarras, pancartas ni símbolos originales, ni
danzas rítmicas.
La liturgia se autentifica por lo que
deja: una vivencia de fe estable.
2. Es particularmente oportuno
recordarlo ahora que acabamos de cerrar el tiempo pascual con la solemnidad de
Pentecostés y pasamos al llamado “tiempo ordinario”. El tiempo ordinario y los otros
tiempos tienen la misma belleza, porque es la “belleza total”. El tiempo ordinario,
como nos dicen los liturgistas, considera siempre el misterio total de Jesucristo.
Vuelvo con mis recuerdos a años
pretéritos cuando, introducido en la liturgia, comencé a comprender y a gustar
lo que es la Pascua y la Vigilia Pascual. Me permito citar lo que dejé escrito
en mi pequeño libro titulado “La hermosa Vigilia de Pascua” (Editorial Regina,
Barcelona 1995).
“El Catecismo Holandés dice con una expresión iluminada y
genial: "El domingo de Pascua hizo domingos a todos los domingos del
año".
Con psicología hace el Catecismo una comparación entre la
Navidad y la Pascua. "Al tomar parte en la Vigilia Pascual, no hemos de
esperar sentir las mismas emociones de Navidad. Navidad, con su tesoro de
conmovedoras melodías, tiene algo totalmente peculiar; Pascua con su simbolismo
más rico y profundo también. Se podría cifrar el ambiente del nacimiento del
Señor en dos palabras: paz y ternura; el de Pascua, tal vez en estas otras: paz
y gozo".
El gozo atmosférico de Pascua no podemos controlarlo por nuestro
simple esfuerzo; si no es posible distribuir lluvias y calores, cuánto menos
podremos operar sobre los paisajes del corazón. Dios por medio, la gracia del
Espíritu Santo. Por eso muy sensatamente avisa el texto referido: "Como
obra de Dios, nuestra paz y la medida en que la experimentamos depende del don
de Dios. Por eso no hay que 'contar' de antemano con ella en la noche de
Pascua. Muchos verdaderos siervos de Dios sienten precisamente en las grandes
festividades una profunda desolación, por lo que su alegría interior queda
embargada por la duda y el abatimiento. Mas, por lo general, las grandes
fiestas de la Iglesia son para quienes sinceramente buscan al Señor, fuente de
auténtica alegría. No vayamos, sin embargo, a la Vigilia Pascual – ni a la Misa
del Gallo, de Navidad – con el único fin de buscar alegría; busquemos al Señor
de la manera que fuere. El sabe bien lo que ha de hacer" (La hermosa Vigilia de Pascua. Cómo preparar
y vivir la celebración principal del año, en el cap. I, La fiesta anhelada, pp. 14-15)
3. Una Vigilia Pascual sencilla y hermosa, sin prisas, sin supresión
de lecturas, cantando los salmos responsoriales, y entonando los cantos
apropiados para cada momento, empezando – claro está – con el exultante Pregón…
deja una sabor espiritual que perdura durante todas las siete semanas de
Pascua.
No hace falta ser místicos de enciclopedia para vivir así la Pascua
con una intimidad segura en el fondo del alma. Y lo mismo la celebración de
Pentecostés, corona de la Pascua.
El origen de estas vivencias es sencillamente el haber asimilado, poco
a poco, un tipo de teología en la que se da a Dios, como se debe dar, la
primacía absoluta en toda la configuración de nuestro pensamiento y de nuestras
celebraciones:
- Dios es el que otorga el perdón de los pecados y trato de vivirlo;
- Dios es el que nos concede el gozo y la paz, no precisamente en función
de méritos antecedentes, sino como simple regalo de amistad, y trato de vivirlo;
- Dios es el que en todo instante quiere salir a nuestro encuentro,
vivir con nosotros, ser el bastión de nuestras seguridades, y trato de salir a
su encuentro, acogiéndolo.
Dios, solo Dios…
Y así sencillamente nuestra vida queda divinizada desde Éll, que nos
ama y que jamás nos va a retirar su amor.
Esta teología, de alguna manera “psicologizada”, es el sustrato firme
de la paz.rificado
4. En este punto, en este estado anímico, nos encontramos ahora al concluir
los cincuenta días de Pascua. Dios ha estado con nosotros. Jesús ha verificado
aquella promesa que regaló a los apóstoles: Volveré
a veros, y se alegrará vuestro corazón. Y también: Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.
Conforme a esto, entiende uno que el “tiempo
ordinario” no es un tiempo de segunda categoría, como si los otros fueran más
ricos, como tiempos de primera categoría. Todos son tiempos de categoría
suprema, por ser tiempos de de, creados por el Espíritu. Es el Espíritu el que hace
el tiempo; no lo hace nuestro calendario. El Espíritu, una vez que Jesús ha
iniciado el ésjaton divino.
Y aparte ocurre que el Dios viviente
tiene su historia personalizada con cada uno de sus hijos, conmigo, y esos
tiempos de Dios, que Dios los combina ligados a personas, lugares y
acontecimientos, están fuera o por encima de cualquier calendario litúrgico.
“Si
hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestro corazón”, dice la liturgia en
el invitatorio inicial del día.
5. Termina la liturgia hermosa de Pascua
y pasamos al prado de todos los días… Quizás hemos salido de Pentecostés con
una cierta nostalgia, entre poética, sentimental y afectivo-espiritual,
codiciosos de no acabar nunca esas palabras y signos que nos han deleitado en Pascua.
Pero he aquí que tras Pentecostés (ya no
hablaremos técnicamente de semanas de después de Pentecostés, dado que al
referencia no es la fiesta de pentecostés sino los tiempos varios del “año
sacramental”), la gracia que traemos de la vivencia de toda la Pascua, va a ser
de nuevo iluminadas por tres fiestas particularmente bellas, que la Iglesia las
ha adornado con muchas evocaciones:
- la Trinidad
- Corpus Christi
- Sagrado Corazón
Fiestas bellísimas, muchas veces
patronales, fiestas que tienen sus ermitas e imágenes.
Este itinerario festivo que cronológicamente
sigue a Pentecostés se nos muestra como un tránsito feliz al tiempo ordinario.
De menor importancia es la fiesta de Jesucristo
Sumo y Eterno Sacerdote, que no está en el calendario general y que se concede
a los episcopados que la piden.
6. El deleite espiritual que estas
fiestas producen – las tres fiestas nacidas como fiestas devocionales, no como
fiestas que emergen de la secuencia de los misterios de la vida de Cristo (mysteria vitae Christi) – tienen su peculiar
fascinación. Y esto les viene por la contemplación pascual de las mismas…Ese Jesús
que contemplamos, lo mismo en la Eucaristía que en la imagen del Sagrado Corazón,
es el Jesús que lo hemos visto en Pascua, Jesús que vive para siempre con el Padre
en la Trinidad, Jesús que está en el centro puro de la Iglesia y de la vida de
los creyentes.
En suma, la liturgia es bella, es un
prado ameno con su belleza particular en cada una de las estaciones. Es bella…,
porque la liturgia nos descorre en la fe el velo de los divinos misterios.
Y la liturgia viva, aunque deba mantener
sus formas o módulos, está en constante vaivé de vida, como el mar, como los cielos.
Por eso, en cuanto el Señor nos dé, debemos aportar cada quien nuestro granito:
- el espiritual y el místico, su
vivencia;
- el cantor, su cantar;
- el poeta, su poema;
- el músico, su pura melodía;
- el fiel devoto, la mujer devota, su
sincera oración;
- el contemplativo, la armonía y la paz
de su silencio.
En alabanza de Cristo. Amén.
Guadalajara, Jalisco, 20 de mayo de
2013,
lunes de la semana VII del tiempo
ordinario.
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