Homilía
en la fiesta de la Santísima Trinidad,
domingo
siguiente a Pentecostés, ciclo C,
Jn
16,12-15
Texto evangélico:
Muchas cosas me quedan por deciros, pro no podéis cargar con ellas por
ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad
plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os
comunicará lo que está por venir. El me glorificará, porque tomará de lo mío y
os lo comunicará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que
recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará.
1. Hoy es la fiesta de la Santísima
Trinidad, una fiesta que en el pueblo cristiano tiene muchísima veneración, que
ha arraigado cordialmente en las almas de las gentes sencillas. A la Trinidad
se le han dedicado tantas ermitas en los
montes, y donde hay una ermita fácilmente sospechamos que hay una
peregrinación con su misa, con su comida festiva, con sus festejos de danzas y
canciones. Seguramente que, al pronunciar estas palabras, nuestro corazón se
llena de recuerdos personales, y muchas personas podrán decir: Parece que está
hablando de mi pueblo.
Vuelven a mi mente recuerdos,
conversaciones de adolescentes como estas:
- Pues la Trinidad es la fiesta más
importante del año, porque de la Trinidad nacen todo los misterios.
- De la Trinidad ha nacido el misterio
de la Encarnación, y de la Encarnación, la infancia de Jesús, el ministerio de
Jesús, su pasión y muerte, su resurrección, la venida del Espíritu Santo.
Estas verdades son todas ellas ciertas
en sí mismas: de la Trinidad ha venido todo. Mas esto no quiere decir que la
Trinidad sea la fiesta principal…; ni siquiera la Trinidad tiene que tener una
fiesta aparte, porque en toda celebración cristiana se está celebrando la Trinidad,
de tal modo que cada vez que celebramos la Eucaristía, para empezar hacemos la
señal de la cruz y decimos. “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo”.
De Dios hemos nacido y a Dios
volveremos; estamos envueltos por Dios en todas partes. Hasta diríamos que
respiramos a Dios. Y Dios es lo que es: Dios es Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
2. Hoy la Iglesia, al festejar la
Trinidad, desea que tomemos conciencia clara de este misterio y, por así decir,
lo “personalicemos” en tanto en cuanto podamos. Por eso hemos puesto este
título a nuestras reflexiones: Mi Dios
es mi Trinidad.
¿Cómo podemos hablar de Dios? ¿Podemos
hablar nosotros, humanos, de Dios Trinidad?
Pues he aquí la respuesta, hermanos:
- Podemos hablar de Dios Trinidad,
- debemos hablar de Dios Trinidad, si,
al abrazar la fe, hemos experimentado que el único Dios que existe es el Dios
revelado, el Dios de la historia, el Dios de ayer y hoy, el Dios de mi vida, el
Dios que me va a juzgar, mi Dios, que es mi
familia, mi Dios, mi Trinidad.
3. Podemos hablar de Dios Trinidad,
puesto que Jesús ha utilizado el lenguaje de la familiaridad para revelarnos el
corazón de los misterios. Lo acabamos de oír. Todo lo que tiene el Padre es mío. El Dios
infinito, creador de cielo y tierra, Dios eterno sin principio ni fin, es el Padre
de Jesús; y el Padre de Jesús es mi Padre.
Jesús, que se despide, abre su corazón y habla de
Dios infinito como si fuese un familiar que está allí y que va a venir mañana.
Parece que esto no es correcto; e incluso que es escandaloso. Mas para
entendernos hay que usar el lenguaje de la familiaridad; incluso, no hay otro
lenguaje posible. Dios es familia,
nos está diciendo Jesús, mi familia,
vuestra familia.
Así nos ha revelado quién es el Padre.
4. El que se mete a fondo por las historia del
Antiguo Testamento se queda abrumado: ¡cuánta pecado!, ¡cuántas barbaridades…se
nos cuentan en esas páginas! Pero metiéndose a fondo y más a fondo, uno termina
adorando y diciendo: Realmente Dios está ahí. El protagonista de la Biblia es
Dios, Dios presentísimo, a veces muy escondido, en los hechos humanos; Dios,
siempre Dios y solo Dios, en todos los acontecimientos humanos. Donde está el
hombre está Dios. Y no puede ser de otra manera. Esta es la enseñanza central
del Antiguo Testamento: que Dios está presente. Y por estar presente, está
activo; nos acompaña; todo lo nuestro le interesa a él como cosa de familia.
Y si pasamos al Nuevo Testamento el panorama es el
mismo con una característica: Dios está en Jesús, Dios es Jesús, porque Jesús
es el Hijo de Dios.
Y para abrirnos el misterio completo, Jesús, el
Hijo de Dios, nos habla del Espíritu Santo. Nos lo presenta en el texto de hoy
(que corresponde a las confidencias de la Cena) como familia: uno de la misma
familia, con su personalidad distinta. Hay un solo Dios con tres Personas
distintas, dijeron los concilios de tiempos pasados.
5. Este Espíritu, que por ser Dios, tiene todas las
perfecciones de Dios hoy lo presenta Jesús como el Espíritu de la verdad. Es
también el Espíritu del amor, pero ahora nuestra atención se posa en esto de
que es el Espíritu de la verdad.
No podemos encontrar la verdad de Dios fuera del
Espíritu de la verdad. “Os guiará hasta
la verdad plena”, nos dice Jesús.
¡Qué panorama más bello! Realmente yo busco la
verdad, y, al buscarla, siento que la verdad es infinita, y que no hay nadie
que pueda cargar con ella. Tampoco los discípulos de Jesús podrán cargar con
toda la verdad; pero, no temamos, este a ser divino, Dios mismo, el Espíritu de
Dios, nos irá diciendo, conforme se van deslizando los siglos, lo que necesitamos
saber para el verdadero conocimiento de Dios. De esto se trata: de la verdad
que nos humaniza, nos santifica, nos diviniza, de esa verdad con la que el
hombre alcanza su destino. El Espíritu de Dios nos la va diciendo. Nosotros, la
Iglesia de Jesús, debemos dejarnos conducir por ese Espíritu de consuelo y de
amor, que es, al mismo tiempo, el Espíritu de la verdad.
6. Vivir así la vida, hermanos, es sublime;
sencillamente divino. Es vivir cotidianamente en la Trinidad: dialogar de
continuo con Dios, y sentir en mi corazón como Dios Padre, como Dios Hijo, como
Dios Espíritu Santo.
La Trinidad, pues, la sublime Trinidad, origen del
universo, se aposenta en mi corazón y es mi Trinidad.
Se aposenta en mi corazón y de mi corazón sale a la
vida. Mi Trinidad es mi ámbito de cada día.
Esto es bello; esto es verdadero; esto da la paz.
Hagamos juntos, hermanos, esta sencilla oración:
Mi Dios
Trinidad, mi Dios Padre, mi Dios Hijo, mi Dios Espíritu Santo: solo os pido una
cosa: ser vuestro confidente. Amén.
Guadalajara, Jalisco, jueves 23 mayo 2013.
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