Suavidad, dulzura y belleza
1. La Eucaristía, donde está real y verdaderamente
presente Jesús Resucitado, nos introduce por los caminos de la belleza. Hablamos
de la belleza pura. La belleza en estado puro es el Dios de nuestra fe.
Y el modo de comunicación con esta belleza absoluta
es
- o bien la contemplación,
- o bien el toque de amor.
Al fin, las dos experiencias se funden.
2. La experiencia de lo divino no es otra cosa sino
el encuentro y fusión de dos presencias, las cuales, al contacto, se hacen una:
Dios y yo. Al fin Dios está esencialmente presente en nosotros por su divina inmanencia
que traspasa todos los seres. Y esta presencia, que es al mismo tiempo
transcendente e inmanente, se hace noticia cuando mi corazón de hombre peregrino
siente que Dios le ha visitado. Dios visita a todos sus hijos, sin excluir a
nadie, y esos toquecitos al corazón, que sentimos en la intimidad, no son otras
cosa que noticia cierta de esa presencia. Dios está conmigo.
3. Dios llega como fruición, y esto es suavidad y
dulzura; Dios llega como belleza, lo cual también es suprema fruición, divina
embriaguez. Y la Eucaristía, sacramento de fe – o “sacramento de la fe” – es justamente
todo eso.
Y eso, y no otra cosa, es la fiesta del Corpus,
fiesta de supererogación (ya lo explicamos en su momento, al pasar de Pentecostés
al tiempo ordinario) nacida en el siglo XIII como anhelo de amor.
Nacida del amor, que es la cuna de la belleza, los
siglos la han ido cargando de expresiones bellas: los teólogos, los poetas, los
músicos, los orfebres y arquitectos han venido a postrarse ante la Eucaristía y
dejar salir del corazón un suspiro de amor, al que luego le han dado forma en
su arte.
4. La Eucaristía se cierne sobre todos los ámbitos
de la vida, y quien lo desee puede disertar sobre la Eucaristía y las exigencias
sociales que reclama la comunidad eucarística. Es cierto e, incluso, evidente.
Con todo, el primer anhélito que brota en el pecho, al mirar la Eucaristía es
un simple efluvio de amor, que irradia suavidad, dulzura y belleza. La Eucaristía
nos invita a mirar, penetrar, dejarse embargar de sentimientos divinos. La Eucaristía
es para sentirse amado.
Corpus Christi como fiesta nació en la Iglesia el 8
de septiembre de 1264
por el papa Urbano IV
(bula Transiturus hoc mundo).
Santo Tomás de Aquino nos dejó los textos
para el Oficio y Misa propia del día. Y unas composiciones teológicas y
poéticas, himnos
y secuencias muy bellos y más embellecidos
con la música gregoriana: Pange Lingua o Lauda Sion, Panis angelicus,
Adoro te devote, Verbum Supernum Prodiens, Tantum Ergo.
5. Repasando recuerdos, me ha venido a la mente
aquel Año Eucarístico de 2005, cuando aún vivía el Beato Juan Pablo II. Y de
mis archivos he rescatado un poema que entonces dediqué a mis queridas hermanas
capuchinas sacramentarias. Sacramentarias así llamadas, porque pertenece a su carisma
el mantener la adoración al Santísimo Sacramento día y noche.
En este camino de la belleza, hoy brindo aquel
poema a quienes gustan estar en adoración ante Jesús Eucaristía expuesto sobre
el altar.
Cantinela para la adoración del
Santísimo Sacramento,
expuesto en la Custodia
(Estos versos de siete sílabas llevan
acento rítmico en la tercera y en la sexta). He aquí unos versos sencillos y
espontáneos. Para su ejecución, se
podría intercalar, entre estrofa y estrofa, alguna música apropiada meditativa;
o quizás algún pasaje continuo del Evangelio de san Juan.
1
Tu presencia
infinita
se hace un suave
latido,
nos envuelve en
su nube
y caemos
cautivos,
dulcemente
adorando,
oh Señor
Jesucristo.
2
Nuestros ojos se
pierden
en la luz
suspendidos:
eres Tú el que
eres,
eres Dios, todo
mío,
el Amor que
conquista
y me tiene
rendido.
3
En silencio sagrado
yo te adoro y te
miro,
y no pienso ni
hablo,
a tu pecho
respiro;
y me estoy
cobijado
y te siento
conmigo.
4
Ser y estar todo
uno,
ser contigo yo
mismo:
en la santa
unidad,
verme en ti
sumergido;
y adorar con
dulzura,
Sacramento
dulcísimo
5
Tú eres tú
frente a mí,
creador y
destino,
y me haces ser
yo,
reflejado en tu
abismo:
oh mi Dios, soy
tu imagen,
de la arcilla
venido.
6
La quietud sabe
a amor,
es paisaje
divino;
navegamos sin
tiempo,
hasta hallar el
principio;
y el principio
era el Padre,
y con Él era el
Hijo.
7
Al principio el
Espíritu
era el fuego
escondido:
en Hogar
increado
era amor de Dios
trino;
era brasa y
ternura
el amor siempre
vivo.
8
Dios eterno
encarnado
escogió nuestro
sitio,
y a mi alcance
se puso,
por el tiempo
ceñido:
oh mi Dios, cuyo
nombre
es Jesús
Eucarístico.
9
¡Oh ternura
inefable,
oh mi Dios
pequeñito,
que te bastan
tan solo
unos granos de
trigo:
yo me gozo y te
adoro
con los ojos
bien fijos!
10
El amor sin
palabras
llega a ti en mi
suspiro;
sin palabras te
encuentro,
y te escucho en
lo íntimo:
oh mi Dios más
adentro
que mi yo de mí
mismo.
11
Oh mi Dios, a
quien veo,
con los ojos
sencillos,
eres luz que se
enciende
en mi rostro
encendido;
y te digo un
secreto:
yo te amo, amor
mío.
12
Yo te amo Jesús,
y a tu pecho me
arrimo;
yo te beso y te
como,
mi manjar
exquisito;
de pecado y
mentira
librame,
compasivo.
13
Dame el don de
mirarte
y expresar mi
gemido,
pecador que yo
soy,
mas de amores
herido:
oh Jesús, pan
sabroso,
oh Jesús, dulce
vino.
14
Oh María que
diste
a Dios Verbo
cobijo,
de tu cuerpo
sagrado
es la carne de
Cristo;
seas tú
bendecida
por tu fruto
bendito.
15
Dios corone su
amor
con la paz por
los siglos,
y los cielos y
tierra,
con los hombres
unidos,
todos juntos
cantemos
al Amor
eucarístico. Amén
(Guadalajara,
Jalisco, Corpus Christi 2013)
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