Las tres venidas del Espíritu
Jn 14,15-16.23-26
Texto evangélico:
15 Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. 16
Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con
vosotros.
(…) 23 El que me ama guardará mi
palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. 24
El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es
mía, sino del Padre que me envió. 25 Os he hablado de esto ahora que
estoy a vuestro lado, 26 pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que
enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya
recordando todo lo que os he dicho.
Hermanos:
1. Hoy concluimos los cincuenta días de
la Pascua del Señor, con esta solemnidad que llamamos Pentecostés, fiesta
solemnísima de la misma categoría que la Pascua del Señor.
Los Hechos de los Apóstoles nos
recuerdan lo que pasó. Todos los años lo recordamos. “1 Al cumplirse
el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. 2 De
repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba
fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. 3
Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose
encima de cada uno de ellos. 4 Se llenaron todos de Espíritu Santo y
empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía
manifestarse” (Hech 2,1-4).
Por ser la fiesta judía de Pentecostés,
Jerusalén estaba llena de peregrinos, venidos de múltiples países de la Diáspora.
Pedro anunció el Evangelio a sus hermanos
judíos. Fue algo apoteósico
“Los que aceptaron sus palabras se
bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas” (v. 41).
2. Así comenzó la Iglesia. Fue el
comienzo de una historia que de ninguna manera se ha cerrado. Bastantes años
después san Pablo escribía a los Romanos palabras que hoy hemos recordado: “ 14 Cuantos se dejan llevar por
el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. 15 Pues no habéis
recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis
recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: « ¡Abba, Padre!». 16 Ese
mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; 17
y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de
modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él” (Rom
8,14-17). Las cartas del apóstol san Pablo están llenas de la presencia del
Espíritu Santo.
La gracia que pedimos este día es que se
muestre de nuevo el Espíritu en la Iglesia. Jesús nos prometió el Espíritu,
como lo hemos escuchado en la Cena. Su promesa la cumplió y la sigue
cumpliendo.
3. Para tener claridad sobre estas
verdades divinas que llenan el alma de consolación, hablemos de las tres venidas principales que ha tenido el Espíritu
Santo en la Historia de la salvación, las tres relacionadas con Jesús.
La primera fue cuando el Espíritu vino
al seno de la Virgen María para que el Verbo se hiciera carne. Recordemos el
momento de la Anunciación: “Y María dijo al ángel: « ¿Cómo será eso, pues no
conozco varón?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la
fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer
será llamado Hijo de Dios” (Lc 1,3435).
Por eso nosotros confesamos en el Credo:
Y se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno de María Virgen, y se hizo
hombre.
Jesucristo no podía venir a la tierra
sino por obra del Espíritu Santo. María, asociada a la Santísima Trinidad, fue
Madre y Virgen por obra del Espíritu Santo.
4.
La segunda venida del Espíritu Santo fue la inauguración del ministerio de
Jesús, cuando en el bautismo de Juan. Los cuatro Evangelios están concordes en
el mismo testimonio. San Marcos lo cuenta de esta manera: “9 Y
sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue
bautizado por Juan en el Jordán. 10 Apenas salió del agua, vio
rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. 11
Se oyó una voz desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco»”
(Mc 1,911).
Este
Espíritu le empujó y le llevó al desierto. Las palabras de Jesús, las obras
portentosas de Jesús, estaban movidas por la presencia del Espíritu Santo. El
Espíritu le habitaba. Si Jesús había sido concebido por obra del Espíritu Santo
es signo de que el Espíritu había venido con él, estaba con él. El bautismo fue
una manifestación esplendorosa, pero la presencia del Espíritu en él pertenecía
a su misma naturaleza de Hijo unigénito del Padre.
A
esta podemos llamarle a la segunda venida del Espíritu en la historia de Dios
con los hombres.
5.
Pero hoy celebramos esta venida en Pentecostés, esta venida que no hemos
atrevido a llamar la tercera venida del Espíritu Santo. No os dejaré huérfanos, nos dijo Jesús. Os enviaré el Espíritu.,
Jesús había sido nuestro defensor y consolador. Desde el cielo, una vez
glorificado, Jesús nos va a enviar a oro Defensor y Consolador. Y esto es lo
que hoy recordamos y celebramos: la venida y la presencia del Espíritu en la
Iglesia.
No
hemos de pensar, hermanos, con criterios administrativos y funcionales de este
mundo, como si Jesús hubiera sido un don incompleto de Dios al mundo y ahora el
Espíritu fuera el complemento.
Jesucristo
es el don total del Padre al mundo: Todo el amor de Dios está en Jesús, toda la
revelación de Dios al mundo está en Jesús, todas las maravillas de Dios al
hombre.
Entonces,
¿cuál es la misión del Espíritu?, ¿qué va a completar que no lo hubiera hecho
primero Jesús?
6.
Hermanos, no se trata de un reparto de poderes y de funciones. Jesús es un don
total del Padre, y lo mismo el Espíritu Santo es un don total de Dios. Pero
Dios está escribiendo una historia que tiene sus fases y modalidades. La
historia de Jesús externamente fue pasajera, va a durar hasta la vuelta del
Señor. Jesús nos lo había dicho todo, porque es la revelación completa del
misterio de Dios. Él os recordará – nos dice Jesús – lo que yo os he hablado.
Es un recuerdo creador. Lo que antes no veíamos, lo que no podíamos entender
ahora lo vemos y entendemos. El Espíritu y Jesús son uno.
El
Espíritu es la maravilla de Dios, a la maravilla de Jesús.
El
Espíritu nos está indicando que estamos en la época de la Iglesia hasta la
vuelta de Jesús.
Esta
forma de pensar, hermanos, nos abre un panorama insospechado. Alabemos a Dios y
démosles gracias. Nunca jamás podremos hacerlo como él se merece.
Mirando
a Cristo, mirando al Espíritu, digamos:
Señor Jesús, gracias por el envío
del Espíritu Santo, fruto de tu vida.
Ven, Espíritu Santo, y llena los
corazones de tus fieles con el fuego de tu amor. Amén.
Casa
de Oración San Pío (estado de Puebla, México), a los pies del volcán
Iztaccihuatl, jueves 6 de junio de 2019.
Feliz Pentecostés, feliz regalo
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