La oración del humilde atraviesa las nubes
Lc 18,9-14
Texto evangélico:
9 Dijo también esta parábola a
algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los
demás: 10 «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo;
el otro, publicano. 11 El fariseo, erguido, oraba así en su
interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres:
ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. 12
Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. 13
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos
al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de
este pecador”. 14 Os digo que este bajó a su casa justificado, y
aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla
será enaltecido».
Hermanos:
1.
Cuando uno lee el Evangelio y lo admira, lo goza y no acaba de admirarlo,
quisiera poner un título, un apelativo que expresara, de manera esplendorosa la
novedad que allí hemos encontrado. ¿Es esto posible? Seguramente que no, porque
el Evangelio es manantial sin fondo.
Con
este aviso, un epíteto para este Evangelio, acaso sería: La parábola más crítica,
más cortante, de Jesús… Pero quizás no sea justo. Lo que sí advertimos en una
lectura profunda de lo que Jesús nos ha legado, recogido por la comunidad, es un
enjuiciamiento total de situaciones que él ha vivido, estilo que nosotros, por
determinado sentido social de la comunidad, no nos atrevemos a asumirlo.
Las
parábolas de Jesús no son solo revelación y sabiduría; son palabra profética,
purificadora, llamada imperiosa a la conversión, a deshacer nuestros falsos ídolos
y dar a Dios lo que es de Dios.
2.
He aquí el desenmascaramiento de la piedad, centrado en la piedad farisea. Palabras
severas que revierten sobre nosotros, y sobre mí, en concreto, para decir: Acaso
yo soy un fariseo, y por ser tan fariseo ni siquiera me había dado cuenta.
Un
dato esencial para comprender la parábola son las dos líneas de introducción
que pone san Lucas. Dice en efecto: Dijo
también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse
justos y despreciaban a los demás.
¿Jesús
condena a todos los fariseos? Según esta introducción, no. Jesús condena a “algunos”.
Y estos, que no son sabemos si son fariseos o de otra corriente espiritual, son
los que se comportan como el fariseo retratado en la parábola.
Pero
sí es verdad – y esto hay que reconocerlo con lealtad científica – que Jesús,
para su enseñanza universal, ha pintado a un fariseo. Y con ello, claro está,
ha condenado lo que llamamos “fariseísmo”, hablando en términos generales.
3.
Un legado inmenso para la humanidad que uno lealmente ha de reconocer, sea cual
sea su adscripción religiosa, es el legado de la literatura judía, acaso una
buena parte trabajada por la piedad farisea. Los judíos se sienten orgullosos
de haber aportado espiritualidad a la humanidad. Nosotros, instintivamente, nos
sentimos críticos frente a ellos, y sería difícil entablar un diálogo, aparte
de que no conocemos la literatura judía, la tradición rabínica de Israel.
La
parábola es fulminante.
No
faltarán hermanos judíos que digan: No acepto esa imagen del fariseo… El
fariseo auténtico es humilde y da gloria a Dios.
Ahora
bien, Jesús habla desde una realidad conocida por él, padecida por él.
4.
He aquí, pues, la imagen que Jesús presenta del fariseo. El fariseo es el hombre
perfecto ante Dios. Dos rasgos de su perfección: Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.
Uno
puede objetar: ¡Qué barbaridad eso de ayunar dos veces por semana, si la Ley no
obliga, ni mucho menos, a eso!
El
hipotético fariseo puede responder: Ya lo sé, pero lo hago por los pobres
pecadores; son ayunos de supererogación. Yo no los necesito, porque las cuentas
están en paz con Dios; pero otros sí lo necesitan…
Es
que el hipotético fariseo de la parábola está contemplando la cruel parábola de
la vida: los hombres son ladrones,
injustos, adúlteros. Pues es verdad, cruelmente es verdad. Lo que dijo en
la parábola el fariseo lo podemos decir hoy: la corrupción, la injusticia, el
adulterio campean por doquier.
Por
eso, el fariseo dice: no soy como los
demás hombres.
Incluso
se atreve a más: llega a preciar: ni tampoco como ese publicano. No conoce,
en realidad, a ese publicano, pero ya sabe quiénes son los publicanos: todos
igual de tramposos, y ese que está ahí tiene que ser uno del gremio.
Esta
visión de la vida – los demás hombres y yo – la teología, por así hablar, y la
convierte en pura oración: Oh Dios, te doy gracias por ser lo que soy y no ser
como los demás hombres.
5.
Hermanos, si esto sucede, hemos caído en el abismo y nos hay remedio, porque
nos damos cuenta y convertimos nuestra insensatez en culto divino, lo más puro
que puede hacer el hombre: ¡Oh Dios, te doy gracias…!
¡Qué
insensatez y hasta dónde podemos llegar…!
La
figura del publicado diametralmente es la contraria. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar
los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten
compasión de este pecador”.
Los
judíos tienen bellísimos textos en sus reflexiones sapienciales, en los salmos,
en los profetas sobre la oración del humilde, que Dios la escucha.
En
la primera lectura de hoy, que es del libro del Eclesiástico, hemos oído: “La oración del humilde atraviesa las nubes,
| y no se detiene hasta que alcanza su destino” (Eclo 35,17).
¿Qué
nos dice Jesús en la parábola? Nos dice dos cosas:
-
Que la oración del publicano fue de una humildad total.
-
Y que esta oración, por su humildad, por su sinceridad, le agradó a Dios
inmensamente, le tocó el corazón.
El
balance final fue el siguiente: Os digo
que este bajó a su casa justificado, y aquel no.
Hermanos,
para concluir, voy a tomar unas palabras de san Francisco, que no son tan
bonitas, pero son reales y aluden al Evangelio: “nosotros, por nuestra culpa,
somos hediondos, miserables y contrarios al bien, pero prontos y voluntariosos
para el mal, porque como dice el Señor en el Evangelio: Del corazón proceden y
salen los malos pensamientos, adulterios, fornicaciones, homicidios, hurtos,
avaricia, maldad, dolo, impudicia, envidia, falsos testimonios, blasfemia,
insensatez (cf. Mc 7, 21-22; Mt 15,19)” (Regla
no bulada, Cap. XXII: De la amonestación de los hermanos).
Llama
la atención que san Francisco utilice este lenguaje, nada simpático, exhortando
a los hermanos.
En resumen de todo lo dicho, hermanos,
digamos como Jesús nos ha enseñado:
“¡Oh
Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que este bajó a su casa
justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el
que se humilla será enaltecido».
Amén. Paz y Bien.
Guadalajara, jueves, 23 octubre 2019.
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