Señor, auméntanos la Fe
Lc 17,5-10
Texto
evangélico:
Lc17
5 Los apóstoles le dijeron al
Señor: «Auméntanos la fe». 6 El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un
granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el
mar”, y os obedecería.
7¿Quién de vosotros, si tiene un
criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven
y ponte a la mesa”? 8 ¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar,
cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? 9
¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? 10
Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid:
“Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».
Hermanos:
1.
Una vez más, y antes de entrar en el detalle del Evangelio, que es un texto en
esa ruta hacia Jerusalén que emprendimos el domingo pasado, digamos que el
Evangelio viene hasta nosotros como una inmensa oleada de luz, de paz y de
esperanza. Es la impresión dominante que uno tiene al escuchar la enseñanza de
Jesús sobre la oración con la confianza absoluta, hasta lo infinito.
El
texto de hoy recoge dos enseñanzas de Jesús: una sobre la eficacia triunfadora
de la oración con fe; otra sobre la identidad de nuestro corazón, de nuestra
vida ante nuestro Padre, Dios.
2.
Cuando hablamos, hace unos dmingos, del “Padre nuestro”, la clave de la oración
que Jesús nos dio, palabras que nadie anteriormente se había atrevido a
pronunciar – ni después tampoco – veíamos cómo Jesús saca sus palabras no de un
repertorio de doctrinas que él, como maestro, haya ido acumulando, sino de algo
absolutamente personal y profundo, algo nuevo para el mundo. Él ha querido
traducir cuál es su relación con Dios, y en conformidad con la misma, ha
entregado a su Comunidad una pauta de oración, de relación con el Padre.
Este
dicho de Jesús que hoy transmite el Evangelio, responde a la misma experiencia.
Y, por ello, podemos tomar el mismo principio de interpretación: de la
experiencia personal de Jesús a la experiencia personal de sus discípulos.
Señor,
auméntanos la fe. ¿De qué fe se trata? De la misma que ha tenido Jesús con su
Padre, de la fe que ha provocado toda la oración de los salmos. Cualquier
súplica de los salmos, del principio al final, es un anhélito de fe, como
gemido, como abandono, como seguridad. Los matices de la fe, esos movimientos
en que va y viene la fe del suplicante, que entiende su vida como pura relación
con Dios, manantial de toda la realidad, son variadísimos y no se pueden
catalogar.
3.
La teología clásica ha dicho que en Jesús no hay fe, porque la fe es propia de
los viandantes camino de la patria, mientas que Jesús, por su unión hipostática
con Dios no está en condición de viandante, sino que de raíz se encuentra en
estado de comprensor absoluto del Padre. Esta especulación, hermanos, por
verdadera que sea en sus esencias, no nos sirve para entender la situación anímica
de Jesús en el Huerto de los Olivos o en la Cruz.
Para
no entrar en polémicas, se puede sustituir la Fe por la Confianza, ese
estado de abandono de la humanidad de Jesús en Dios que ningún teólogo ha
negado.
Tened
confianza, eso dice Jesús. Los límites del poder de la oración son ni más ni menos
que los límites del poder de Dios. Dios no tiene límites ni en su poder ni en
su amor.
4.
Jesús nos está enseñando que el que ora pasa a la morada de Dios, a ese ámbito
o círculo divino, en el cual Dios es Dios y yo soy su hijo. Allí no hay nada imposible.
Si tuvierais fe como un granito de
mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os
obedecería.
Quede
esta frase como emblema del sentir de Jesús. Este árbol, una morera. “Arráncate:
yo te lo mando, obedéceme porque tengo un poder divino; y vete al Mar Muerto”. No es un golpe de magia. No es una película
en la que los seres humanos hacen viajes astrales. Jesús no imagina nada de
eso. Y se inventa esta frase que nos deja atónitos y mudos.
Esto
nunca se ha cumplido, ni se va a cumplir. Jesús nos está introduciendo en el
corazón de Dios, y apelando a nuestra imaginación nos está diciendo cosas
absurdas – o maravillosas – como a niños para que entendamos los secretos del
Reino de Dios.
5.
Si bien reflexionamos, hermanos, en toda vida humana hay situaciones imposibles
que nadie de nosotros puede vencer. Y repito que esto ocurre en toda vida
humana. Quiero borrar en mi vida heridas de sucesos que ya han sido, rencores
incrustados, que están ahí dentro como constitutivos de mi ser y permanecen y
permanecerán hasta la muerte. Imposible aniquilar ese fantasma, esa pesadilla.
Pero viene el poder de Dios, y Dios arrasa con todo.
Si
tuvierais fe como un granito de mostaza que se pierde en las arrugas de la
mano, entonces sí, veríais que Dios lo pudo todo en ti, en mí. Entonces, sí,
tendría yo personalmente la sublime experiencia de que Dios es mi Padre y me
ama con una ternura infinita.
Los
cautivos que vuelven de Babilonia cantan: “El Señor ha estado grande con
nosotros, | y estamos alegres” (Sal 126,3).
La
fe, hermanos, la fe, base de nuestra existencia cristiana.
“El
justo por su fe vivirá” (Hb 2,4) es un anuncio que Dios da al profeta Habacuc,
que nos recuerda la primera lectura de este domingo, y que san Pablo ha
recogido como emblema de su Teología (Rom 1,17 y Gal 3,11). La fe para San
Pablo es Cristo muerto y resucitado.
6.
Pasemos a la otra enseñanza que nos da Jesús, la enseñanza del siervo. En la
sociedad en que Jesús vive hay amos y criados, señores y siervos, un “status”
que nadie discute. No entremos ahora en lecciones de sociología que no vienen
al caso para explicar la palabra del Señor.
Cuando
un siervo ha hecho todo lo que tenía que hacer ha cumplido sencillamente con su
deber; no ha hecho nada de más.
Reflexionemos
y pensemos con gozo que esa es la actitud de toda criatura ante Dios su Creador
y Padre.
“Señor,
he hecho lo que tenía que hacer, sencillamente lo que tenía que hacer. Estoy
feliz de haber cumplido mi deber. Me has dado salud y la he aprovechado para
servirte y para el servicio de mis hermanos. He dado todo, no me queda nada.
Pero el haberlo dado ha sido un inmenso regalo.
No
me debes nada, porque no he hecho nada de más.
Solo
espero que te me des a ti mismo”.
¡Qué
actitud maravillosa, hermanos, para cerrar nuestra vida! Dios no nos debe nada,
pero Él mismo se dará todo entero a nosotros.
Señor Jesús, tú has sido el regalo
de mi vida; sé tú mismo el regalo de mi
eternidad. Amén.
Guadalajara,
sábado, 5 de octubre de 2019.
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