sábado, 5 de octubre de 2019

1261. Dom. XXVII, C – Señor, auméntanos la Fe


Señor, auméntanos la Fe
Lc 17,5-10

Texto evangélico:
Lc17  5 Los apóstoles le dijeron al Señor: «Auméntanos la fe». 6 El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería.
7¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”? 8 ¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? 9 ¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? 10 Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».

Hermanos:
1. Una vez más, y antes de entrar en el detalle del Evangelio, que es un texto en esa ruta hacia Jerusalén que emprendimos el domingo pasado, digamos que el Evangelio viene hasta nosotros como una inmensa oleada de luz, de paz y de esperanza. Es la impresión dominante que uno tiene al escuchar la enseñanza de Jesús sobre la oración con la confianza absoluta, hasta lo infinito.
El texto de hoy recoge dos enseñanzas de Jesús: una sobre la eficacia triunfadora de la oración con fe; otra sobre la identidad de nuestro corazón, de nuestra vida ante nuestro Padre, Dios.

2. Cuando hablamos, hace unos dmingos, del “Padre nuestro”, la clave de la oración que Jesús nos dio, palabras que nadie anteriormente se había atrevido a pronunciar – ni después tampoco – veíamos cómo Jesús saca sus palabras no de un repertorio de doctrinas que él, como maestro, haya ido acumulando, sino de algo absolutamente personal y profundo, algo nuevo para el mundo. Él ha querido traducir cuál es su relación con Dios, y en conformidad con la misma, ha entregado a su Comunidad una pauta de oración, de relación con el Padre.
Este dicho de Jesús que hoy transmite el Evangelio, responde a la misma experiencia. Y, por ello, podemos tomar el mismo principio de interpretación: de la experiencia personal de Jesús a la experiencia personal de sus discípulos.
Señor, auméntanos la fe. ¿De qué fe se trata? De la misma que ha tenido Jesús con su Padre, de la fe que ha provocado toda la oración de los salmos. Cualquier súplica de los salmos, del principio al final, es un anhélito de fe, como gemido, como abandono, como seguridad. Los matices de la fe, esos movimientos en que va y viene la fe del suplicante, que entiende su vida como pura relación con Dios, manantial de toda la realidad, son variadísimos y no se pueden catalogar.

3. La teología clásica ha dicho que en Jesús no hay fe, porque la fe es propia de los viandantes camino de la patria, mientas que Jesús, por su unión hipostática con Dios no está en condición de viandante, sino que de raíz se encuentra en estado de comprensor absoluto del Padre. Esta especulación, hermanos, por verdadera que sea en sus esencias, no nos sirve para entender la situación anímica de Jesús en el Huerto de los Olivos o en la Cruz.
Para no entrar en polémicas, se puede sustituir la Fe por la Confianza, ese estado de abandono de la humanidad de Jesús en Dios que ningún teólogo ha negado.
Tened confianza, eso dice Jesús. Los límites del poder de la oración son ni más ni menos que los límites del poder de Dios. Dios no tiene límites ni en su poder ni en su amor.

4. Jesús nos está enseñando que el que ora pasa a la morada de Dios, a ese ámbito o círculo divino, en el cual Dios es Dios y yo soy su hijo.  Allí no hay nada imposible.
Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería.
Quede esta frase como emblema del sentir de Jesús. Este árbol, una morera. “Arráncate: yo te lo mando, obedéceme porque tengo un poder divino;  y vete al Mar Muerto”.  No es un golpe de magia. No es una película en la que los seres humanos hacen viajes astrales. Jesús no imagina nada de eso. Y se inventa esta frase que nos deja atónitos y mudos.
Esto nunca se ha cumplido, ni se va a cumplir. Jesús nos está introduciendo en el corazón de Dios, y apelando a nuestra imaginación nos está diciendo cosas absurdas – o maravillosas – como a niños para que entendamos los secretos del Reino de Dios.

5. Si bien reflexionamos, hermanos, en toda vida humana hay situaciones imposibles que nadie de nosotros puede vencer. Y repito que esto ocurre en toda vida humana. Quiero borrar en mi vida heridas de sucesos que ya han sido, rencores incrustados, que están ahí dentro como constitutivos de mi ser y permanecen y permanecerán hasta la muerte. Imposible aniquilar ese fantasma, esa pesadilla. Pero viene el poder de Dios, y Dios arrasa con todo.
Si tuvierais fe como un granito de mostaza que se pierde en las arrugas de la mano, entonces sí, veríais que Dios lo pudo todo en ti, en mí. Entonces, sí, tendría yo personalmente la sublime experiencia de que Dios es mi Padre y me ama con una ternura infinita.
Los cautivos que vuelven de Babilonia cantan: “El Señor ha estado grande con nosotros, | y estamos alegres” (Sal 126,3).
La fe, hermanos, la fe, base de nuestra existencia cristiana.
“El justo por su fe vivirá” (Hb 2,4) es un anuncio que Dios da al profeta Habacuc, que nos recuerda la primera lectura de este domingo, y que san Pablo ha recogido como emblema de su Teología (Rom 1,17 y Gal 3,11). La fe para San Pablo es Cristo muerto y resucitado.

6. Pasemos a la otra enseñanza que nos da Jesús, la enseñanza del siervo. En la sociedad en que Jesús vive hay amos y criados, señores y siervos, un “status” que nadie discute. No entremos ahora en lecciones de sociología que no vienen al caso para explicar la palabra del Señor.
Cuando un siervo ha hecho todo lo que tenía que hacer ha cumplido sencillamente con su deber; no ha hecho nada de más.
Reflexionemos y pensemos con gozo que esa es la actitud de toda criatura ante Dios su Creador y Padre.
“Señor, he hecho lo que tenía que hacer, sencillamente lo que tenía que hacer. Estoy feliz de haber cumplido mi deber. Me has dado salud y la he aprovechado para servirte y para el servicio de mis hermanos. He dado todo, no me queda nada. Pero el haberlo dado ha sido un inmenso regalo.
No me debes nada, porque no he hecho nada de más.
Solo espero que te me des a ti mismo”.
¡Qué actitud maravillosa, hermanos, para cerrar nuestra vida! Dios no nos debe nada, pero Él mismo se dará todo entero a nosotros.
Señor Jesús, tú has sido el regalo de mi vida; sé tú mismo el regalo de  mi eternidad. Amén.

Guadalajara, sábado, 5 de octubre de 2019.

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