Jesús y Pedro sobre el agua
Mt 14, 2 2-33
DESPUÉS de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche es
taba allí solo.Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
Jesús les dijo enseguida:
«¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».
Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».
Él le dijo:
«Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero,
al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».
Hermanos:
1. El domingo pasado veíamos a Jesús en aquel evento grandioso de la multiplicación de los panes, que nos recordaba al Dios de amor del Antiguo Testamento que durante 40 años dio de comer a su pueblo peregrino en el desierto camino de la Tierra Prometida, que nos iluminaba para comprender que la Eucaristía es la multiplicación de los panes; y al par de estas dos consideraciones, revelaciones de fe, nos lanzaba una propuesta: Dadles vosotros de comer.
El pasaje que acabamos de escuchar es la secuencia inmediata de aquel que hemos referido.
Ya al atardecer, cuando se echaba encima la noche, Jesús da la orden a sus discípulos de que vayan a la otra orilla en la barca, Y después, he aquí tres palabras que quisiéramos recoger en el corazón: subió al monte a solas para orar.
2. Este es uno de los rasgos marcantes de la fisonomía de Jesús: la oración, o mejor, la necesidad de la oración. No va a cumplir ningún precepto de la Ley.
Él se aparta; él busca la soledad del monte, no para descansar, sino para orar. Esto ha acompañado a Jesús en el devenir de su vida: orar a solas, a su Dios, a su Padre. Cuando Jesús dice al discípulo en el Sermón de la montaña: “Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará” (Mt 6,6), está invitando a lo que él conoce de propia experiencia. La oración personal y en secreto a Dios, como a Padre, que tiene un sabor, un premio que nadie sino el que lo ha experimentado lo puede probar.
Hermanos, tenemos que convencernos por las palabras de Jesús, de que orar a solas a Dios nuestro Padre, es un supremo deleite que Dios mismos nos ofrece en la vida. Hagamos la prueba, porque Jesús la ha hecho el primero.
Estar a solas con Dios para escuchar a Dios nuestro Padre, y dialogar con él, es el mayor disfrute que el ser humano puede alcanzar en la vida. Es cierto que el cuerpo pide dormir, pero el alma tiene otras necesidades de silencio y de amor, a las que hay que dar satisfacción. Jesús necesita dar gracias al padre por todo lo acontecido, y por eso necesita internarse en el silencio de la noche y escuchar la más bella armonía que es la voz de Dios, y sentir sobre su corazón la misma caricia de Dios.
Orar no es decir palabras bien compuestas; orar se sencillamente estar en al presencia de Dios, estar de verdad, y ver lo que pasa entonces.
3. Con esta escena por delante entendemos lo que viene ahora. Ocurre que el lago, que los judíos llaman el Mar de Galilea, se ha puesto raro; que se han revuelto los vientos y el agua, y allí están los tripulantes de una barca que vacila. ¿Qué puede pasar? Puede pasar lo peor.
Y a la cuarta vigilia de la noche – poco antes del amanecer – Jesús se decide a una aventura personal. Los quiere ayudar. Y se lanza. Tiene que hacer un acto de total confianza en Dios su Padre, porque Jesús, siendo hombre, está sujeto al viento y a la tormenta, a hundirse en el mar como los demás hombres. Él tiene necesidad de comer, de beber, de dormir como nosotros.
Pero se decide, y en virtud de esta confianza sin límites en Dios se lanza a socorrer. El milagro que él va a hacer sobre Pedro, lo experimenta primero sobre sí mismo. Es el milagro de la confianza, que podemos llamarlos el milagro de la fe. Todos los milagros de Jesús, hermanos, son milagros de fe. La fe existe al principio, en medio y al final. Sin fe no hay milagros. Hoy científicamente no se podría demostrar ningún milagro de Jesús, porque carecemos de pruebas de laboratorio para comparar la situación anterior y la posterior. Pero, aunque los tuviéramos, siempre habría que decir que el componente de la fe es necesario para que una acción pueda ser calificada como “milagro”, porque el milagro siempre es un hecho sobrenatural.
4. Dice, pues, el texto sagrado que le vieron a Jesús andando sobre el mar, y gritaron de miedo pensando que se echaba encima un fantasma. Ya no eran las olas sacudidas, el viento y la tormenta; el peligro arreciaba porque ahora venía un fantasma fatídico.
¿Qué nos pasa en la vida, hermanos, cuando gritamos porque se nos echa encima un fantasma…? Tantos fantasmas hay en la vida, o en nuestra cabeza, porque no hemos alcanzado la seguridad de Dios, la tranquilidad y la paz que da la fe, en medio de la noche oscura y turbulenta.
Jesús, que no es un fantasma, ha venido a salvarlos. Y les da una palabra de salvación: esa palabra que resonaba en el Antiguo Testamento, y que resonó en el Huerto: Yo soy…
Yo soy, no tengáis miedo.
5. Hermanos, estamos en medio de esta epidemia mundial, y los médicos y los economistas quieren darnos palabras de seguridad. Los médicos, los investigadores quieren encontrar una vacuna, y en ello trabajan. Enhorabuena y sigan adelante; entretanto la pandemia sigue con su guadaña segadora. Los economistas hacen cálculos para remediar este descalabro de la economía, no ocurrido en el siglo. Los sociólogos buscan fórmulas para que el trabajo quede en proporciones sustentables. El miedo continúa, porque la epidemia no cesa.
En aquella noche que siguió a la multiplicación de los panes vino la tormenta, pero detrás de aquel fantasma había un salvador: Yo soy, no tengáis miedo.
Hermanos, en el fondo del corazón esta resonando esta palabra de aquel que nos ama y sabe en qué situación nos movemos.
6. La culminación de la escena y la última lección de este singular acontecimiento la encontramos en este diálogo y relación de Pedro y Jesús.
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».
Él le dijo:
«Ven».
Y,
efectivamente, Pedro, se lanza al agua, tal cual estaba, y el agua era como un
piso de cemento.
Pero, de pronto, la marejada arrecia; Pedro tiene miedo, y al tener meido, se hunde; la fe ha tambaleado, y entonces, con la fe ondulante, el agua es agua y no es cemento, y Pedro se hunde.
Hermanos, ¿más clara esta lección?
Si hay fe, hay seguridad, porque la fe enlaza con Dios.
Sin fe, el mundo queda desvencijado; mi vida cae a la deriva.
Jesús ha subido a la barca y el viento amainó, y los de la barca se postraron para decirle lo que ahora nosotros queremos decirle con ellos:
«Realmente eres Hijo de Dios».
Sí, Jesús, Hijo de María, verdaderamente tú eres el Hijo de Dios y tú eres la seguridad total de nuestra vida, pase lo que pase. Amén.
Logroño, viernes 7 agosto 2020
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