Hágase, dijo María
“En cierto sentido, María ha
practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida,
por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación
del Verbo de Dios. La Eucaristía, mientras remite a la pasión y la
resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María
concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su
cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente
en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la
sangre del Señor.
Hay, pues, una analogía profunda entre
el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén
que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le pidió
creer que quien concibió « por obra del Espíritu Santo » era el « Hijo de Dios
» (cf. Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el
Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo
de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del
pan y del vino.
« Feliz la que ha creído » (Lc 1,
45): María ha anticipado también en el misterio de la Encarnación la fe
eucarística de la Iglesia. Cuando, en la Visitación, lleva en su seno el Verbo
hecho carne, se convierte de algún modo en « tabernáculo » –el primer «
tabernáculo » de la historia– donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los
ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como « irradiando » su
luz a través de los ojos y la voz de María. Y la mirada embelesada de María al
contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos,
¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada
comunión eucarística?”
(S. Juan Pablo II, Ecclesia de
Eucharistia [Jueves Santo 2003], n. 55).
Hágase, dijo María,
dándose en
plena oblación:
el sí más
bello del mundo,
el sí de la
Encarnación.
Sí por la
vida del Hijo,
por su Cruz y
su Pasión;
sí del
Misterio Pascual,
sí de la
Resurrección.
Sí de la Eucaristía,
Amén de
consagración;
Sí de la
Iglesia que vino
en el
Espíritu don.
Feliz por
haber creído
en la venida
de Dios,
feliz por ser
el Sagrario
que al Verbo
Santo albergó.
Feliz que
pudo abrazarle
con besos de
adoración,
feliz, que su
vida era
unidad y
Comunión.
¡Santísima Eucaristía,
Amor sobre
todo amor,
la Iglesia adora
y bendice
y entrega su
corazón! Amén.
Madrid, 19 agosto 2020, San Ezequiel
Moreno.
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