viernes, 6 de noviembre de 2020

1450. Domingo XXXII A – Que llega el esposo, salid a su encuentro

 

Que llega el esposo, salid a su encuentro

Mt 25,1-13


Texto evangélico

Mt25 1 Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. 2 Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. 3 Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; 4 en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. 5 El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.

6 A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”. 7 Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. 8 Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. 9 Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”.

10 Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. 11 Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. 12 Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco”. 13 Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».

Hermanos:

1. Nunca me cansaré de decir que las palabras de Jesús, que son espíritu y vida, son siempre palabras de revelación, palabras que nos transportan a un mundo de maravillas que no conocíamos. Por eso, cada página del Evangelio suscita en nosotros admiración por la persona que nos habla, que es Jesús, contemplación, porque sin el don de la contemplación nunca podríamos gozar del gusto de lo que él nos entrega.

Es un preámbulo que vale para todas mis homilías.

Esta parábola tiene una clave, que es la sentencia final: velad, porque no sabéis el día ni la hora, que ciertamente es un aviso muy serio.

No sabemos el día ni la hora. ¿Será acaso hoy? ¿Será el año que viene? ¿Será dentro de diez años? Una cosa es del todo cierta: Velad, sí, velad, porque no sabéis el día ni la hora.

Pero esta misma parábola la puedo leer poniendo toda mi intensidad en la primera frase: diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo.

Permitid aquí una aclaración pertinente, que más que de homilía es de un profesor que estudia, línea a línea, palabra por palabra, el texto del santo Evangelio. Durante siglos ha habido una lectura incorrecta, cuando se ha leído el texto (de acuerdo a versión de la Vulgata latina) comenzando la parábola de esta amanera: “salieron al encuentro del esposo y de la esponsa” (decem virginibus : quae accipientes lampades suas exierunt obviam sponso et sponsae). Pero el texto sagrado no habla “del esposo y la esposa”; habla solo del esposo.

 

 2. En el fondo, uno piensa que Jesús se está retratando a sí mismo, y que él y solo él es el esposo.

Y si esto es así, es muy hermoso – es algo divino – pensar que el encuentro definitivo de la vida, es el encuentro con el esposo.

Estamos en el mes de noviembre, mes de nuestros hermanos difuntos. Oramos por ellos. ¿Y qué pensamos ante la muerte? Instintivamente la muerte produce miedo a todo ser humano. Escuchen esta reflexión que hacía este jueves, día 5, el Papa celebrando una misa, rodeado de cardenales y obispos todos ellos con mascarillas, cubriendo nariz y boca:

“Al rezar por los cardenales y obispos que han fallecido durante este último año, pedimos al Señor que nos ayude a considerar su parábola existencial de la manera correcta. Le pedimos que disuelva esa melancolía negativa que a veces nos penetra, como si todo terminara con la muerte. Es un sentimiento alejado de la fe, que se añade al miedo humano de tener que morir, y del que nadie puede decir que es completamente inmune. Por esta razón, ante el enigma de la muerte, incluso el creyente debe convertirse continuamente. Cada día estamos llamados a ir más allá de la imagen que instintivamente tenemos de la muerte como aniquilación total de una persona; a trascender lo evidente, los pensamientos sistemáticos y obvios, las opiniones comunes, a encomendarnos enteramente al Señor que declara: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre» (Jn 11,25-26)”.

3. Nos vamos a poner en el grupo de las vírgenes prudentes para identificarnos con el último sentido de la parábola.

Toda la Iglesia camina hacia Cristo, que es el esposo. Aquí se pierde la imaginación, cuando uno piensa que Jesús se ha visto a sí mismo como el esposo espiritual de esa Iglesia que somos nosotros.

La vida es un camino nupcial hacia el esposo que nos aguarda para el banquete eterno. Porque el cielo será eso: el banquete eterno.

Veamos, pues, a esas vírgenes, con túnicas blancas, con las lámparas encendidas en las manos, y también con el rostro encendido por la alegría que siente porque va a encontrar al esposo.

4. Hay en el fondo del corazón humano un deseo de belleza y poesía, - pese a la fealdad de ciertas vivencias de esta vida - , de transcendencia, de infinito, que ni la política ni nada de este mundo puede llenar. Ese deseo es verdad, no es una vana ilusión; es una llamada, una vocación.

Hemos escuchado un mensaje del libro de la Sabiduría:

“Radiante e inmarcesible es la sabiduría,

la ven con facilidad los que la aman

y quienes la buscan la encuentran.

Se adelanta en manifestarse a los que la desean” (Sab 6,12-13).

 

5. Hermanos, no nos confundamos: hemos sido llamados a lo bello, a lo verdadero, a lo generoso, a lo sublime. Y esto no puede ser sustituido por sucedáneos: la televisión para consumir horas y horas muertas, la tertulia con los amigos, las diversiones que se alcanzan con el dinero… Nada de eso te da lo que tú verdaderamente vas buscando.

En cambio, cuando nos arrodillamos ante Dios y nos abrimos a su presencia, comienza a aparecer un mundo nuevo.

Salid a su encuentro, que llega el esposo.

Ese esposo es Jesús, el Señor, el verdadero dueño de la historia, el que nos ha de juzgar un día. Pablo nos ha dicho: “si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual modo Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto” (1Tes 4,14). Ese es nuestro destino: estar con él.

Y en medio de la tribulación que padecemos, en medio de esta pandemia, que todo apunta a que va a durar largo tiempo, también está él. Escuchémosle; prestemos atención a los mensajes que nos da. Y levantemos el corazón al amor y la esperanza.

Señor Jesús, a ti te miramos y esperamos con las lámparas encendidas. Llena nuestras vidas, aun en medio del dolor, de una misteriosa alegría y de una inquebrantable esperanza. Amén.

 

Madrid, Jesús de Medinaceli, viernes 6 de noviembre de 2020.

No hay comentarios:

Publicar un comentario