Concepción inmaculada
El 8 de diciembre de 1854 el Papa Pío IX, Beato, selló la bulla “Inefabillis Deus”, y en espíritu contemplativo hoy podemos leer aquellos 19 títulos con los cuales el Papa Desarrolla el documento. No se diga que es una mariología maximalista. Es leer para contemplar y gozar más allá de toda teología. La fe necesita Teología, pero no es Teología.
Solo así puede entenderse, en oración, estas líneas del comienzo: [Dios] “eligió y señaló, desde el principio y antes de los tiempos, una Madre, para que su unigénito Hijo, hecho carne de ella, naciese, en la dichosa plenitud de los tiempos, y en tanto grado la amó por encima de todas las criaturas, que en sola ella se complació con señaladísima benevolencia. Por lo cual tan maravillosamente la colmó de la abundancia de todos los celestiales caris-mas, sacada del tesoro de la divinidad, muy por encima de todos los ángeles y santos, que Ella, absolutamente siempre libre de toda mancha de pecado y toda hermosa y perfecta, manifestase tal plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en modo alguno mayor después de Dios y nadie puede imaginar fuera de Dios”.
Con estos sentimientos, con este eterno sueño que late en el corazón humano, cantamos el eterno femenino. Dios santificó a la Mujer desde el principio, y antes del principio, a una Mujer, a quien puedo llamar hermana mía, y en su belleza divinal puedo leer ya el triunfo definitivo de mi vida, mi Pascua eterna.
Con amor lo decimos y cantamos
Concepción inmaculada,
prodigio de luz divina,
cantándote, Virgen santa,
entonamos tu Magníficat.
Sueña el hombre peregrino,
sintiendo su alma herida,
que ha de existir la belleza
reflejo del Dios de vida.
Es verdad lo que yo anhelo,
instinto que en mí palpita,
que el triunfo de toda gracia
es triunfo y belleza mía.
Dulce pensar que está escrito
al inicio de la Biblia,
que atraviesa la Escritura
bella paloma a mi vista.
Del Génesis hasta el fin
allí estaba la Purísima,
que el Hijo no se hizo historia
sin Madre del Verbo digna.
Y era hija de su Hijo
al ser Madre redimida,
digna Madre del Señor
que el origen santifica.
Dulce misterio de amor,
que abre a una espera infinita.
¡Gracias, mi Dios inefable,
oh Trinidad beatísima! Amén.
Madrid, Vigilia de la Inmaculada 2020.

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