viernes, 18 de diciembre de 2020

1465. Domingo IV de Adviento, ciclo B - La Virgen en el misterio de la Encarnación


 La Virgen en el misterio de la Encarnación

Lc 1,26-27



Texto evangélico

26 En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, 27 a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. 28 El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

29 Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. 30 El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. 31 Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. 32 Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; 33 reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». 34 Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». 35 El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. 36 También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, 37 porque para Dios nada hay imposible».

38 María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Hermanos

1. Todos los años el domingo IV de Adviento está dedicado a la Virgen María, y el domingo que sigue a la Navidad, que este año es el día 27 de diciembre, es el Domingo de la Sagrada Familia. Una especial oportunidad este año para hablar de san José, con los pensamientos que el Papa nos ha expuesto en la carta de san José, firmada el día de la Inmaculada para establecer el año próximo como Año de san José, según lo explicaremos en su momento.

Hoy nos centramos en la Virgen, como preparación inmediata para la Nochebuena.

Acabamos de escuchar esta página sublime del Evangelio de San lucas, rigurosamente divina, que nunca nos cansaremos de escuchar y meditar, porque aquí está todo el misterio de María.

Una diferencia esencial que distingue a los católicos de todas las múltiples confesiones cristianas nacidas como secuencia y consecuencia de la Reforma es el aprecio que profesamos a María, como Madre de Jesús, Madre de la Iglesia, Madre nuestra. No adoramos a la Virgen, porque la Virgen María es una criatura, y solo Dios merece adoración y gloria, pero la veneramos con un amor muy entrañable que, una vez sentido, no lo podemos expresar; pero sí que lo tenemos que manifestar a través de nuestras palabras, cantos, poesías, pinturas, y, muy particularmente, a través de nuestra conducta.

 

2. De María “nunquam satis”, dijo san Bernardo; de María nunca hablaremos lo bastante.

Y lo primero que viene a la mente al evocar el anunció el ángel a María es aquella frase soberana del Concilio: “Pero el Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación la aceptación de la Madre predestinada, para que, de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida” (Lumen Gentium 56).

Y la frase siguiente dice: “Lo cual se cumple de modo eminentísimo en la Madre de Jesús por haber dado al mundo la Vida misma que renueva todas las cosas y por haber sido adornada por Dios con los dones dignos de un oficio tan grande”.

 

3. Yo quería en la homilía de hoy hablar en algún momento de lo ocurrido en el día de ayer, jueves, en el Congreso: la aprobación de un Decreto de muerte, que se eufemísticamente se llama “Eutanasia”, como al aborto se le llama “interrupción del embarazo”. En España los abortos legales del año 2000 al 2018 suman 1.741.424 (Véase a la información en Internet: Estadísticas del aborto en España, Wikipedia, contabilizados año tras año).

He aquí que acabamos de escuchar que María es la mujer que contribuye a la vida. Los Obispos nos invitaron a un día de oración y ayuno el miércoles, día 16, ante esta triste situación.

Esta es la situación moral de nuestra patria: permitido el llamado matrimonio de dos personas del mismo sexo, divorcio, aborto, eutanasia… Todo lleva la misma lógica, que es la siguiente: El hombre es dueño y responsable de su propio destino, el hombre hace y deshace la sociedad que le conviene, todos tenemos el mismo derecho. A Dios no hay que meterlo en la sociedad, porque, si existe, guárdatelo para ti mismo.

La aprobación de la eutanasia, que se veía venir, está en plena coherencia con la visión del hombre quiere propiciar la nueva sociedad. El asunto no es político o social; más hondo el asunto es filosofía y religión.

 

4. Al llegar la hora suprema de la muerte, del encuentro definitivo con Dios, nosotros no queremos morir sino vivir;  ni Jesús quería morir: “Padre, si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”, decía Jesús en el Huerto e los Olivos. Lo mataron clavándolo en una cruz, pero, como el cadáver no podía quedar colgado en la cruz aquel sábado que comenzaba con la caía del sol, por si acaso no había muerto, vinieron dispuestos a matarlo del todo, dándole un mazazo en las piernas, y rematarlo de esta manera. Como lo encontraron ya muerto, lo que hicieron fue atravesar el costado con una lanza y sacar la sangre que quedaba en el corazón. Así murió Jesús, como una piltrafa, si bien es cierto que personalmente moría con la dignidad de Hijo de Dios y rodeado del amor de su Madre, de las mujeres que lo habían seguido, de Juan, el discípulo amado.

 

5. La muerte digna que quiere un cristiano, como hijo de Dios, es una muerte de amor: acompañado de quienes le han querido en esta vida, y ofreciendo los dolores, a veces extremos e inaguantables de la enfermedad, como acto redentor, apoyado en Jesús. Entonces sí vienen los cuidados paliativos: amortiguar el dolor mediante la morfina u otros medicamentos, y a lo mejor hay que atenderle, al pie de la cama día y noche, para que deje en paz este mundo en el momento oportuno, sin prolongarle artificialmente la vida con una máquina. En fin, que se vea que lo hemos amado hasta el fin, con sinceridad y verdad; que un moribundo no nos estorba, aunque condicione completamente nuestros planes; que el estado y la medicina están al servicio de la vida, porque dueño de la vida es solamente Dios.

La pandemia que estamos padeciendo, y que ya al final de este mes, la vamos a combatir con la vacuna, nos está diciendo que el único dueño de cielo y tierra es Dios, que somos frágiles, que nos necesitamos unos a otros, que nadie es el dueño del mundo para que en la naturaleza puedan brotar otros males más pernicioso que el que estamos padeciendo

Y el misterio que estamos dispuesto a celebrar dentro de unos días nos proclama que Dios nos ha amado hasta hacerse hombre, y hasta morir como hombre.

 

5. Y para venir a este mundo, Dios se fijó en una mujer. Terminamos donde hemos comenzado. María es la Madre de la vida, María es nuestra esperanza. Hoy justamente (18 de diciembre) es la Virgen de la Esperanza, la Virgen de la Expectación del parto.

Dulce Virgen María, que con tu sí nos diste al Dios de la Vida, haz que sepamos apreciar la vida; haznos comprender que hemos nacido para la vida, no para la muerte; para la alegría, no para la tristeza; para la paz, no para la guerra.

Haznos comprender que con pandemia o sin pandemia yo puedo en la alegría de Dios, de Jesús, tu Hijo amado, y nuestro señor. Y que nadie me podrá quitar jamás esta alegría.

Bendita la Navidad, que queremos celebrar con fe e in mensa gratitud y alegría. Amén.

 

Madrid, viernes18 diciembre de 2020, Virgen de la esperanza.

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