domingo, 17 de abril de 2022

1758. Vio y creyó. Jesús ha resucitado. Homilía pascual de 2022

 Vio y creyó. Jesús ha resucitado

Jn 20,1-9


Texto evangélico:

1 El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. 2 Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». 3 Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. 4 Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; 5 e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. 6 Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos 7 y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. 8 Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. 9 Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Hermanos:

Concluida con gozo la Vigilia pascual, con ese gozo exultante anunciado en el Pregón de la noche, la iglesia nos da la posibilidad de una misa solemne de Pascua proclamando los textos que acabamos de escuchar. Este mensaje que llega a nosotros, como palabra de fe, está escrito muchos años después de los hechos, como experiencia interna de la iglesia, que podemos desmenuzar, ahondar, y, por gracia de Dios, pasar a la experiencia que traducen y suscita.

Hemos oído a Pedro dar su testimonio en casa de Cornelio, y el texto sagrado dice en el versículo 40 que Dios concedió a Jesús (édoken) aparecerse. Los exegetas han analizado esta expresión, ¿qué significa? Que sencillamente el crucificado ya no es visible, pero Dios le concede como gracia para nosotros la gracia de aparecerse. Todas las apariciones son regalo de Dios a la comunidad.

La resurrección de Jesús no es una “reviviscencia”, no es recuperar una cosa que había perdido, no es un volver atrás; sino que se una marcha hacia adelante, a lo infinito. Nosotros tenemos la experiencia corpórea de la realidad, que está medida por el espacio y el tiempo. Jesús pasa de este mundo a la nueva creación. No hay espacio, no hay tiempo.

¿Cuándo resucitó Jesús? Hace dos mil años. Es una respuesta desde nuestra óptica. Pero la liturgia nos dice: Hoy. Y este hoy, que es un hoy “sacramental” no es menso verdadero que el ayer y hoy de nuestra astronomía.

 

2. Pablo nos invita a una experiencia espiritual y mística, matriz de todas las experiencias cristianas: habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Pablo hubo de romper la gramática para acercarnos al umbral del misterio: convivir, con morir, consepultar, conresucitar, convivificar, consentar… y otras son palabras que el apóstol tuvo que tallar, inventar, sacarlas de donde no estaban para decirnos: Hay una realidad incomparablemente superior a la realidad física, y a esa estamos llamados. Y ha de ser una experiencia tan real, tan personal e íntima que nos haga llorar de alegría.

San Ignacio nos hace observar en los Ejercicios que es más fácil compadecer con Cristo sufriente que gozarse con Cristo glorioso. ¿Quién de nosotros, hermanos, no se siente convulsionado, incluso hasta llorar de pena y dolor, al ver escenas trágicas de la guerra? Estos lo experimentamos todos, en grado mayor o menor, y estamos dispuestos a colaborar en algo. Pero ¿quién de nosotros, con la mano al pecho, puede decir: Me siento realmente feliz porque hoy, en el hoy de Dios, Jesús ha resucitado? Me siento realmente feliz, porque leo la Escritura, ese pasaje que la sagrada liturgia me propone, y siento una corriente interior nueva, que me traspasa el alma y el cuerpo.  Hermanos, a esto estamos llamados:  a una experiencia totalizadora del ser de que Jesús realmente ha resucitado.

3. Permitid en este sentido la reflexión que mana del Evangelio. Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto En el Evangelio de Juan, que se escribe con la espesura de tantos años de vida, aparece tres personas, solo tres: María la Magdalena, que corre al sepulcro antes del amanecer. ¿Cómo va a ir sola en la oscuridad de la madrugada una mujer? Evidentemente que va acompañada, pero al evangelista, en este momento, le interesa solamente una, María la Magdalena. Y aparecen otros dos nombres: Pedro y Juan. No aparece el grupo de los discípulos. María Magdalena va adonde estaban Pedro y el discípulo a quien Jesús amaba.

Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. Este es el mensaje; Jesús es el Kyrios. Se lo han llevado y no sabemos dónde está el Kyrios, el Amado.

Ninguno de los tres ha alcanzado todavía la fe. Los tres son enamorados, e incluso enamorados ardientes, pero ninguno de los tres tiene fe. Y la Fe es el único camino, el único, para alcanzar el cuerpo del Señor. La resurrección del Señor no es una verdad histórica, aunque se realice dentro de la historia. Ha sido es y será solamente una verdad de fe; o diré mejor, una experiencia de fe, porque sin experiencia personal no hay fe. Y los misterios que celebramos solo los podemos celebrar como misterios de fe, no como escenas memoriales emotivas y motivadoras. Si María de Nazaret, es decir la que san Juan llama la madre de Jesús, o la Mujer, ha tenido una aparición de su hijo, como nos invita a meditar san Ignacio en los Ejercicios, solo ha podido ser posible en la fe. Sin la fe, la resurrección es un mito de la historia de las religiones.

Corrieron, pues, los dos discípulos, pero el discípulo amado, que llegó el primero, no entró, porque el mismo evangelista nos dice, desde el primer encuentro hasta el final, que el primero es Pedro.

Entró, pues, Pedro y entonces fue convertido en testigo, él el primero. Se le apareció el resucitado, no en visión, sino en fe.

Después entró el otro discípulo. Y he aquí lo que nos transmite, para que quede grabado en nuestros corazones, invitados a la misma experiencia: Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Juan es un vidente creyente. Y ahora, para que lo sepa toda la Iglesia, nosotros, en este día pascual de nuestra celebración: Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Hermanos, Pedro y el Discípulo no habían podido leer la Escritura. Era letra obtusa, a pesar de que el mismo Jesús la había explicado.

Pudiera ser que nosotros estemos en a la misma situación. Y esta palabra evangélica queda como una llamada para toda la Iglesia. Siglos más tarde san Jerónimo, comentando a Isaías dirá: Ignorar las escrituras es ignorar a Cristo.

Tenemos que acudir humildemente a Pedro, el primer creyente de la Resurrección, a que nos muestre las Escrituras, sabiendo que el lugar central y original de las escrituras no es la Cátedra académica, sino la sagrada liturgia. Apartarse de la liturgia para entender las Escrituras es apartarse de Cristo Resucitado.

Hermanos, como ministro de la Palabra en este lugar y en esta celebración sagrada, os invito a ir a las santas Escrituras, de la mano de Pedro, de la mano de la Liturgia, para llegar a la experiencia que el Señor Jesús dio a Pedro y al otro Discípulo: el gozo de ver al resucitado, de comer con el Resucitado, de llenarnos de la embriaguez del Espíritu Santo y de recibir la salvación que gratuitamente se nos ofrece. Amén.

 

Pamplona, 17 abril 2022

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