domingo, 24 de abril de 2022

1760. Domingo octava de Pascua 2022.– En Jesús está la Divina Misericordia

 

En Jesús está la Divina Misericordia

Jn 20,19-31

 

Texto evangélico:

19 Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». 20 Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21 Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». 22 Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

 24 Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25 Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». 26 A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». 27 Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». 28 Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». 29 Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

30 Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. 31 Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 

Hermanos:

 1.  Esta homilía es diferente de todas las demás, porque la escribo y pronuncio, aquí desde Roma, después de haber celebrado esta mañana con el Santo Padre junto con varios centenares de compañeros y hermanos sacerdotes Misioneros de la Misericordia, después de haber escuchado lo que el Papa ha dicho y de haber tenido la oportunidad de leerlo, con los medios técnicos de hoy. Una homilía sencilla, meditada, salida del corazón. Un consejo oportuno podía ser: lean lo que el Papa ha hablado. Olvídense de mí.

Pero, por otra parte, todo sacerdote ah recibido este ministerio sublime de entregar la Palabra de Dios a la comunidad de los fieles, y Dios se sirve de nosotros – sea cual sea nuestra competencia en el arte del lenguaje, y en los conocimientos de la Biblia y de la realidad humana – para llegar al corazón de sus hijos del modo maravilloso que él quiere.

He de precisar algunas circunstancias, no por interés periodístico, sino como ocasionales acontecimientos de fe. Estaba previsto que el Papa Francisco presidiera esta Santa Misa en el Domingo de la Divina Misericordia, y así está escrito en el folleto que se nos ha llegado: Ahora el Papa dice estas palabras y la asamblea responde con estas otras. Pero no ha ocurrido así. Antes de empezar la Santa Misa, hemos visto que el Papa venía caminando, saliendo de una parte lateral e la basílica, caminando con dificultad por la enfermedad que lleva en la rodilla. Le han colocado en una hermosa sede, antes de la primera fila de los fieles, mirando al altar. Espontáneamente de la asamblea ha brotado un aplauso, que era decirle: ¡Gracias, Santo Padre! Después de la proclamación del Evangelio, le han cambiado la sede y mirando a la asamblea ha dirigido su homilía.

La Eucaristía la ha presidido el obispo encargado de los Misioneros de la Misericordia, Mons. Rino Fisichella.

 

2. ¿De qué vamos hablar en esta homilía, hermanos, explicando el Evangelio? El Evangelio es una fuente que mana vida eterna y nunca se agota. Podemos escuchar esta palabra de Jesús o esta otra, y Dios actuará. El Papa nos ha dicho ye repetido en este Domingo de la Divina Misericordia que la Misericordia de Dios llega a todos, se abre a todos sin excepción, como a hijos suyos que somos, aunque nos hayamos equivocado. Y para hablar de este misterio nos ha explicado las tres veces que se repite en este Evangelio las palabras: La paz con nosotros.

En determinado momento se ha dirigido a los cerca de 400 misioneros de la misericordia, que estábamos allí con nuestras vestiduras blancas y la estola blanca que el Papa nos ha regalado, y nos ha dicho:

Y me dirijo a ustedes misioneros de la Misericordia, si cada uno de ustedes no se siente perdonado, que se detenga en este ministerio, hasta el momento de sentirse perdonado. Y de esa misericordia recibida será capaz de dar mucha misericordia, de dar mucho perdón. Y, hoy y siempre, el perdón en la Iglesia nos debe llegar así, por medio de la humilde bondad de un confesor misericordioso, que sabe que no es el poseedor de un poder, sino un canal de la misericordia, que derrama sobre los demás el perdón del que él mismo ha sido el primer beneficiado. Y de aquí nace ese “perdonar todo”, porque Dios perdona todo, todo y siempre. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón, pero Él perdona siempre. Y ustedes deben ser canales de este perdón, a través de su propia experiencia de ser perdonados. No hay que torturar a los fieles que viene con sus pecados, sino tratar de entender qué sucede, escuchar y perdonar y dar un buen consejo ayudando a seguir adelante. Dios perdona todo, no hay que cerrar esa puerta”.

Hermanos, la figura del Evangelio de hoy es Jesús mostrando la llaga de su costado, es decir su Corazón abierto, y mostrando sus manos abiertas y llagas para recibirnos a todos. Tantas veces hemos rezado: “Dentro de tus llagas escóndeme”.

En Viernes Santo, hermanos, leíamos un texto de los profetas: Sus heridas nos han curado. ¡Ojalá que nuestras heridas sean la salvación de otros hermanos! La redención se hace a través del sufrimiento aceptado con amor.

3. Jesús Resucitado ha pasado junto al Padre y nadie lo puede representar, pues vive en el mundo nuevo. Pero los Evangelios nos quieren garantizar que está también junto a nosotros, que lo podemos ver de otra manera diferencia, que de alguna manera, mediante la fe, lo podemos tocar, palpara, en una palabra, adorar.

Tomás se ha rendido ante Jesús y le ha dicho: ¡Señor mío y Dios mío! Y ahora, mirándonos Jesús a nosotros, dice a Tomás: Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

 Está comparando Jesús dos situaciones, la de Tomás y la nuestra, y en esta comparación el “Bienaventurados” significa: Tú eres bienaventurado, más bienaventurados son los que están creyendo sin pruebas. Esos somos nosotros, hermanos.

 

Terminemos con una oración a Jesús:

Señor Jesús, tú eres el Resucitado, el Viviente. Que te sintamos vivo en nuestras vidas; qué tú seas el amor verdadero, que nos dé paz y felicidad, y la entrega total para el servicio de nuestros hermanos, los hombres.

Roma. Domingo de la Divina Misericordia, 24 abril 2022.

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