domingo, 17 de julio de 2022

1785 – Dom XVI, C – Jesús, el Señor, hospedado en casa de Marta y María

                     Jesús, el Señor, hospedado en casa de Marta y María

Lc 10,38-42

Texto evangélico:

38 Yendo ellos de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. 39 Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. 40 Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». 41 Respondiendo, le dijo el Señor:

«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; 42 solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

 

Hermanos:

1. Vamos siguiendo a Jesús en su camino hacia Jerusalén, y esta escena de hoy es un episodio que le ocurre, escena entrañable que llena el corazón de simpatía y revelación.

Tantas veces vamos diciendo que tenemos que leer el Evangelio no como ejemplo edificante de una conducta que debemos imitar, como una lección de sublime moral que se entrega a la humanidad, sino como auténtica revelación de algo que no conocíamos ni podíamos conocer si Dios mismo nos lo revelaba.

Nos interesa, pues, desentrañar lo que aquí está escrito, para ver cuál es este descubrimiento divino, porque no tratamos de saber únicamente lo que pasó, sino lo que está pasando, porque el Evangelio es realidad de lo que Dios es hoy para con nosotros, de lo que Dios está haciendo hoy con nosotros.

En este caso vamos a prestar atención a estos tres puntos, a estos tres momentos:

Primero; Dios, Jesús, Hijo de Dios, se hace huésped de una casa humana, de mi propia casa, de mi familia, de mi corazón.

Segundo: Marta, como dueña de la casa, cumple una casa, una función maravillosa: preparar la comida al Hijo de Dios.

Tercero: María, la hermana de Marta, cumple otra función maravillosa, incluso superior: poder escuchar las mismas palabras del Hijo de Dios.

Estas tres verdades nos dan una visión nueva de la vida, que ningún maestro o sabio de este mundo nos la puede enseñar.

 

2. Y lo primero de todo, Dios es huésped del hombre. Dios no necesita de nadie. Dice un salmo, cuando Dios reprocha a Israel de los sacrificios que le presenta: “las fieras de la selva son mías, | y hay miles de bestias en mis montes;  conozco todos los pájaros del cielo, | tengo a mano cuanto se agita en los campos. Si tuviera hambre, no te lo diría; | pues el orbe y cuanto lo llena es mío” (Sal 50 [49], 10-12).

Siendo esto así, dice san Lucas que, aparte de los Doce, le seguía un pequeño grupo de mujeres y nos da sus nombres: “María la Magdalena…; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes” (Lc 8,2-3). No es ninguna falta de respeto pensar que estas mujeres eran las que le lavaban la ropa…, y le hacían los servicios que una buena esposa hace con su esposo, preparándole la comida, o una madre con sus hijos, viendo lo que le hace falta.

Pensándolo desde nuestra altura, hemos decir: el Hijo de Dios encarnado, se atiene a las consecuencias y, siendo Dios, se atiene a nuestras necesidades, de comida, de vestido, de higiene. Dios hombre como uno de nosotros, el que nos va a dar una doctrina del cielo, el que nos va a abrir las puertas del reino de Dios.

Ese es de, el Dios de nuestra vida; ese es Jesús, el que un día nos va a juzgar de nuestro comportamiento en la tierra. Estamos hablando el misterio de la Encarnación.

Ese es el Dios ante quien yo me postro, el Dios a quien yo rezo, el Dios infinito que ha aceptado nuestra sencilla y p obre vivienda humana.

3. Yendo, pues, de camino hacia Jerusalén, se hospedaron en una casa, que bien sabían de quien era.

Qué hermosa la costumbre, hermanos, de bendecir la mesa cuando nos sentamos a comer. Con esa oración sencilla recordamos y reconocemos que Dios es familia, que él está en medio de nosotros. Los alimentos son igual bendecimos que sin  bendecir; no tienen ni más  ni menso vitaminas. Pero, rezando en la mesa, confesamos que él es nuestro comensal, que a la escena de Marta y María es verdad y que hoy la estamos viviendo nosotros. 

4. Veamos, pues, lo que hacen estas dos mujeres, estas dos hermanas. Marta se encarga de la cocina y del servicio. Lo mejor para Jesús y que todo este asunto.

Ya saben ustedes que en el Vaticano hay una hospedería que le llaman la Casa de Sanata Marta. Si llega un obispo para su entrevista con el Papa no tiene que buscarse un hotel; ya sabe que hay una hospedería donde alojarse. El P. ha querido vivir en esta residencia, en la Casa de Sata Marta, en vez  de ocupar el Palacio Pontificio.

Marta está cumpliendo su papel de ama de casa, preparando lo mejor que tiene para este huésped único. Le prepara la comida, le prepara ala habitación para descansar, le ofrece agua para lavarse, le limpia las sandalias, y todo ello con el mayo cariño del mundo. Y, como hay confianza, hasta le reprocha a Jesús de que su hermana, tan tranquila, no le ayude en esto que es importantísimo.

Para entender el Evangelio hay que felicitarle a Marta porque esta cumpliendo a la perfección su oficio. Y aquí viene algo que no esperábamos.

Que Jesús, en vez de decir a María: Hala, vete con tu hermana y terminad de preparar todo – porque son Jesús y sus apóstoles – y esta comida es del todo especial, y hasta podemos sospechar que han preparado un postre sorpresa, Jesús, en cambio, a salir en defensar de lo que está haciendo María, esta mujer tan especial, que nos está dando una lección a nosotros. He aquí la palabra que ha conservado el Evangelio para que nosotros la entendamos y la conservemos y la apliquemos en nuestra vida. Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; 42 solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

 

4. Que era como decirle: Marta, gracias de corazón. Pero mira que, mi Padre Dios, le ha dado un don muy especial a tu hermana: aprovechar la ocasión, escuchar a Dios. Es un don que yo no se lo voy a quitar.

Es, como si de repente, aquella escena de familia se convirtiera en una escena sagrada que debe contemplar toda la Iglesia.

¿Qué es, pues, hermanos, lo que está revelando Jesús?

Que el poder escuchar a Dios es el privilegio más grande que se nos concede y que Jesús no nos lo va a quitar.  Privilegio y gracia que pide una respuesta: la acogida. Que nosotros, en medio de nuestras obligaciones familiares sepamos salvar una primacía. En nuestra vida, lo más importante es Dios.

Se ha abusado, por ignorancia, de esta escena cuando tomando las dos figuras, Marte y María, se ha hablado de dos estados de vida de consagración: la vida activa y la vida contemplativa. No, hermanas, Marta soy yo y María soy yo. Las dos habitan en mi corazón. Pero mi misión y función de ser María a los pies del Señor ha te tener preferencia sobre la misión de servicio. Ambas son necesarias, pero hay un orden ante Dios. Y el escuchar a Dios es la obligación primordial de un cristiano; de ahí arranca todo lo demás. 

Señor Jesús, la lección está clara. Concede la gracia de que yo, día a día, sea un oyente de tu Palabra, y desde ahí haga todo lo demás. 

Casa de Formación de Hermanas Capuchinas, Santa Verónica Giuliani 8capuchina), Cuautitlán Izcalli, Lago de Guadalupe, Edo de México, domingo 17 de julio de 2022.

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