sábado, 23 de julio de 2022

1788. Dom XVII,C – Señor, enséñanos a orar

                                         Señor, enséñanos a orar

                                                    Lc 11,1-13

Texto:

Lc11 1 Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». 2 Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, 3 danos cada día nuestro pan cotidiano, 4 perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”».

 5 Y les dijo: «Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice: “Amigo, préstame tres panes, 6 pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; 7 y, desde dentro, aquel le responde: “No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; 8 os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. 9 Pues yo os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; 10 porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre. 11 ¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? 12 ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? 13 Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?».

 

Hermanos:

1. Acabamos de asistir a una enseñanza divina de Jesús, algo absolutamente esencial para nuestra vida: cómo orar. Jesús, y solo él, sabe el secreto y nos lo enseña. Y el secreto es que oremos al Padre como él orar, desde la misma realidad y con el mismo estilo, teniendo, sin embargo, en cuenta que él no tiene pecado y nosotros sí.

Los grandes hombres de Dios tienen su secreto de vida en la oración, es decir, en su relación personal con Dios, y, en cuanto pueden, quieren transmitirlo a sus seguidores: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.

Qué interesante sería saber lo qué enseñó juan a sus discípulos para poder comparar.

 

2. Lo que aparece en los Evangelios es que toda la vida de Jesús estaba envuelta en la oración y que su oración era muy distinta de la de los demás, al grado que Jesús nos enseña en oración algo totalmente nuevo.

Los documentos de la Iglesia, al recoger los textos de oración del Evangelio, para decirnos que debemos orar en la madrugada, al mediodía y por la tarde y también por la noche, que eso es lo que llamamos “la liturgia de las horas”, nos han dicho esto:

 

“Su actividad diaria estaba tan unida con la oración que incluso aparece fluyendo de la misma, como cuando se retiraba al desierto o al monte para orar levantándose muy de mañana, o al anochecer, permaneciendo en oración hasta la cuarta vigilia de la noche.

Tornó parte también, como fundamentalmente se sostiene, en las oraciones públicas, tanto en las sinagogas, donde entró en sábado, "como tenía por costumbre"', corno en el templo, al que llamó casa de oración, y en las oraciones privadas que los israelitas piadosos acostumbraban recitar diariamente. También al comer dirigía a Dios las tradicionales bendiciones, como expresamente se narra cuando la multiplicación del pan, en la Ultima Cenas, en la comida de Emaús, de igual modo recitó el himno con los discípulos.

Hasta el final de su vida, acercándose ya el momento de la Pasión en la última Cena, en la agonía y en la cruz, el Divino Maestro mostró que era la oración lo que le animaba en el ministerio mesiánico y en el tránsito pascual. "Habiendo ofrecido en los días de su vida mortal oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas al que era poderoso para salvarlo de la muerte, fue escuchado por su reverencial temor" (Heb 5, 7) y con la oblación perfecta del ara de 12 cruz "perfeccionó para siempre a los santificados" (Heb 10, 14); y después de resucitar de entre los muertos vive para siempre y ruega por nosotros” (Ordenación de la Liturgia de las Horas, al principio).

 

3. Es muy hermoso, hermanos, salir al campo y quedarse quieto o tumbarse y orar. Toda la creación, si bien sabemos contemplarla, es un templo de oración. Jesús ha orado entre los árboles, debajo de los árboles, en la hierba, mirando al Mar de Galilea.

La noche tenía un encanto especial para él. Jesús como hombre no tenía la información que nosotros tenemos. La semana pasada nos informaba la prensa: “Este punto rojo tiene 13.500 millones de años y es la galaxia más antigua jamás observada. - La galaxia tiene la masa de mil millones de estrellas, lo que desconcierta a los astrónomos, ya que se creó tan solo 300 millones de años después del Big Bang”.

Pero Jesús, en una flor de la pradera, veía directamente la acción de Dios, la presencia de su Padre Dios, que era quien vestía a las flores con una finura y elegancia que Salomón en todo su esplendor no consiguió alcanzar. Ahí está trabajando mi Padre, y Jesús se enternecía con ello. La Naturaleza para Jesús no existe; todo es la Casa del Padre. Y así debe ser para nosotros, si vemos con la misma mirada de Jesús.

Para entender este Evangelio de hoy podríamos salir al huerto, al parte y detenernos pensando, como perdidos en la lejanía interior, que Jesús oraba y la oración era lo más maravilloso de su vida.

La oración no era una fuga de los hombres; al contrario, porque oraba podía a hacer milagros. Sin oración, no habría hecho ninguno.

 

4. Después de enseñarnos a orar, dándonos una fórmula de la oración, hace unas aplicaciones.

La novedad total de la oración de Jesús es llamar a Dios Padre, pero no poéticamente, afectivamente…, sino con el sentido nuevo del misterio de la Encarnación. Jesús es el Hijo de Dios encarnado, y solo puede tratar a Dios así; y nos abre esta relación para que entremos en ella, nos da parte en su filiación. El piadoso judío oraba y ora a Dios así: “Bendito seas, tú, oh Dios, Señor del cielo y de la tierra”. Es el respeto de adoración. Jesús lo acepta, pero añade algo nuevo: llamadle Padre, apoyados en mí, fiados de mí porque yo lo quiero así. Cuando la Iglesia nos dice cómo debemos rezar los salmos, nos da esta indicación: “la salmodia, aunque exija la reverencia debida a la majestad divina, debe realizarse con alegría de espíritu y dulzura amorosa, tal como conviene a la poesía y al canto sagrado y sobre todo a la libertad de los hijos de Dios” (, 104).

 

5. Partiendo del centro e la oración cristiana, que es la vivencia de la palabra Padre, viene todo lo demás. Pensemos en estas tres aplicaciones:

- Orar en toda hora y circunstancia.

- Orar en toda actividad. Una actividad que no pueda ser ofrecida en oración no es santa.

- Orar con toda confianza, según los ejemplos que Jesús ha puesto.

En suma, hermanos, concluyamos donde el Evangelio ha comenzado:

 

Señor, enséñanos a orar, y como ya nos lo has enseñando con copn el “Padre nuestro”, haz que sepamos rezar con la confianza sin límites con que tú nos has enseñado, y que pidamos al Padre cumplir siempre su santa voluntad. Amén.

 

 

Santa Verónica, sábado 23 julio 2022

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