sábado, 7 de febrero de 2026

2084 (1028) Dom V ord. – Jesús y sus discípulos: luz del mundo

 

2084 (1028) Dom V ord. – Jesús y sus discípulos: luz del mundo, sal de la tierra

 

Jesús y sus discípulos: luz del mundo, sal de la tierra

Mt 5,13-16

 

13Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. 14Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. 15Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. 16Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos. 

 

Hermanos:

1. El domingo pasado anunciábamos con gozo las Bienaventuranzas que proclama Jesús. Se abría el Sermón de la montaña, que hoy prosigue con la consigna y misión que nos da Jesús. A nosotros, discípulos suyos, nos constituye

- como sal de la tierra,

- como luz del mundo.

Palabras absolutamente sorpresivas, y que de repente uno puede decir: No acabo de entender qué está anunciando el Maestro.

No es literatura, ánimos que lanza al aire un líder exaltado que quiere enardecer a su tropa.  En efecto, necesitamos que venga a nuestros corazones el Espíritu de Dios, que es el Espíritu de Jesús, para que lleguemos a comprender cuál es la vocación y la responsabilidad que se nos entrega.

 

2. En el Evangelio de san Juan escuchamos: Yo soy la luz del mundo; quien me sigue no anda en tinieblas. Esto, sí, lo entendemos, porque aceptamos que Jesús es el Hijo de Dios. Grandes personajes han pasado por la tierra a lo largo de los siglos, y con su extraordinaria inteligencia nos han abierto los caminos de la sabiduría.  Les admiramos y agradecemos como grandes bienhechores de la humanidad. Algunos de ellos, incluso, han querido iniciar una religión con sus enseñanzas. Alto ahí, porque solo Dios, y nadie más puede decirnos cómo quiere que le honremos. No hay ningún ser humano, ningún profeta, que pueda decir: Yo soy la Luz del Mundo. Pero Jesús lo ha dicho, y nos ha dicho la verdad. Nosotros lo aceptamos, porque confesamos que él es Dios verdadero de Dios verdadero.

 

Esta palabra de Jesús, “Yo soy la luz del mundo”, nos recuerda lo que pasó cuando el nacimiento de Jesús y a los cuarenta días lo llevaron al Templo, y el anciano Simeón les salió al encuentro, cómo le tomó en sus brazos e impulsado por el Espíritu, bendijo a Dios y exclamo:

mis ojos han visto a tu Salvador,

a quien has presentado ante todos los pueblos:

luz para alumbrar a las naciones

y gloria de tu pueblo Israel.

Y termina el texto evangélico: Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño (Lc  2,30-33).

 

Pero es que ahora, en el Sermón de la montaña, lo que solo puede decirse de Jesús, se dice de sus discípulos, de aquellos que Jesús tiene delante: Vosotros sois la luz del mundo; vosotros sois la sal de la tierra, la sal que preserva de la corrupción, la sal que, al deshacerse, da sabor a los alimentos.

 

Vosotros, vosotros, dice Jesús. Y es que, además, dentro de es “vosotros” estoy yo. Y Jesús lo dice por ellos y por los que los que van a seguir, que somos nosotros. Vosotros sopis la luz del mundo; yo, discípulo, soy la luz del mundo.

Este es el significado de la palabra de Jesús, si queremos ser serios, rigurosos con el santo Evangelio. ¿Qué puede significar esta sentencia, la misión que lleva dentro?

3. Jesús hablaba así, pero nos nos dijo que teníamos que dedicarnos al estudio, al aprendizaje de libros antiguos llenos de sabiduría.

Hemos escuchado en las lecturas anteriores frases muy hermosas, que nos pueden orientar:

Entonces surgirá tu luz como la aurora… Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía».

Y el salmo responsorial oraba así:

En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo. Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus asuntos.

– Porque jamás vacilará. El recuerdo del justo será perpetuo

 

4. Con estos criterios se van clarificando las cosas:

- que tenemos que ser luz del mundo, no con nuestros conocimientos y raras doctrinas, sino con nuestra vida;

- y que, efectivamente seremos eso, luz del mundo, si unimos nuestra vida a la vida de Jesús.

San Pablo nos lo ha explicado muy claro:

Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.

Resulta, pues, que Jesucristo, puesto en la Cruz, ese es la luz del mundo.

Estamos invitados a subir a esa montaña: No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.

Nuestra vida debe resplandecer a la vista de todos, como una ciudad, una aldea que está construida en la cima del monte.

¡Qué palabras nos está diciendo el Señor! Nuestra vida cristiana, nuestra vida de discípulos debe ser clara y transparente, luminosa ante la vista de todos.

Aprendamos de memoria esta frase final del Evangelio: Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.

Queremos brillar, queremos iluminar, pero no para que nos miren y nos glorifiquen a nosotros. No dice eso Jesús. Que brillemos, sí, con nuestras buenas obras, y que, al ver neustras buenas obras, es decir, nuestra luz, den gloria no a nosotros, sino al Padre que está en los cielos.

Aquí está nuestra vocación. Y bien podemos decir: Yo quiero ser santo, yo quiero ser luminoso, yo quiero ser la belleza de la Iglesia, no para que me alaben a mí, sino para que, cuando me vean a mí, den gloria a Dios, diciendo: Qué grande y hermoso es ese Dios en el que cree esa persona.  Qué bella esa esa vida en la que cree esta persona. Esta es nuestra vocación, hermanos. La vida es bella, si está llena de Dios.

El Evangelio es lo más hermoso que ha acontecido en el mundo, y bien merece que entreguemos al Evangelio todo nuestro corazón. Nunca nos arrepentiremos de ello.

Señor Jesús, tú eres la luz del mundo. Nos has enseñado una doctrina que nos convence. Contigo yo quiero ser también luz para mis hermanos los hombres, para que todos sepan que tenemos un Padre en los cielos, que merece todo honor y toda gloria. Amén.

Pamplona, viernes, 6 febrero 2026.

sábado, 31 de enero de 2026

2083 (1027) Dom IV ord. – Jesús proclama las Bienaventuranzas del Reino

 

2083 (1027) Dom IV ord. – Jesús proclama las Bienaventuranzas del Reino

 

Jesús proclama las Bienaventuranzas del Reino

Mt 5,1-12a

 

Texto:

1Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; 2y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: 3«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. 4Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. 5Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. 6Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. 7Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia8Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios9Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. 10Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. 11Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. 12Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo,17Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».

Hermanos:

1. Todos los domingos vamos escuchando las palabras de Jesús, que nos han transmitidos los santos Evangelios. Es un privilegio, es un regalo. Hemos de pensar que todas tienen la misma categoría divina, que todas son revelación de algo que solo Él, como Hijo de Dios, nos puede transmitir y nos transmite.

Siendo esto verdad, ocurre al mismo tiempo que hay sentencias de Jesús que producen en nosotros un impacto del todo especial, sin tener en menos las otras palabras. Y un texto singularísimo de los Evangelios es esta página de las Bienaventuranzas que acabamos de escuchar. ¿Por qué nos impresionan de un modo tan especial? Por dos cosas.

Primero, porque nos presentan un tipo de vida que es justamente lo contrario de lo que el mundo apetece y vive.

Y segundo, porque nos abren la mente y el corazón a un mundo, que él ha inaugurado, que él está viviendo el primero, y que se nos antoja que tiene que ser un mundo maravilloso, por ser el mundo de Dios.

Tenemos que examinarlas con todo cuidado, porque si entramos en ese mundo que en ellas se contiene, ha comenzado en la tierra nuestra bienaventuranza, nuestra felicidad.

 

2. Lo primero que advertimos es que las bienaventuranzas no son una serie de virtudes que aconsejan los sabios para acertar en el camino de la vida. Las Bienaventuranzas son exclamaciones, son felicitaciones que se lanzan a personas afortunadas.  Como cuando a una persona le cae la lotería: ¡Qué suerte la tuya! Me alegro, te felicito.

Jesús ha subido a la montaña, y ve el panorama de lo que Dios está haciendo. Dios, su Padre, está haciendo maravillas, y precisamente con aquellas gentes que tiene delante. Y prorrumpe en exclamaciones: Bienaventurados los pobres en el espíritu.

¿Quiénes son los pobres? Los que no tienen nada. No, esos no son los pobres: los que Dios ha hecho pobres por dentro, pobres de espíritu, pobres de corazón. Porque uno puede no tener nada y morirse de envidia y de rabia. Ese no es bienaventurado, no es feliz.

En cambio, un cristiano pobre como san Francisco puede ser feliz. Y Jesús habla no al aire, sino a quienes tiene delante. Por eso san Lucas pone las palabras de Jesús de esta manera: Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Jesús está hablando a esos que tiene delante.

 

3. Con esta lección san Pablo dirá años más tarde a los fieles de la comunidad de Corinto, como lo hemos oído en la segunda lectura:

… fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor (Cor 1,26-29).

Las Bienaventuranzas de Jesús están proclamadas en contra de las Bienaveturanzas del mundo, que no están escritas en Tablas de Oro, pero son las bienaventuranzas de lo que se vive y quiere vivirse:

Bienaventurados los ricos, porque el dinero abre todas las puertas.

Bienaventurados los corruptos, porque ellos alcanzarán los mejores puestos.

Bienaventurados los que se dedican al placer de los sentidos, porque ellos saben disfrutar de la vida.

Bienaventurados los mentirosos y los que triunfan con apariencias y con doble vida, porque ellos recibirán los honores.

Esos aplausos, esa aparente felicidad, pasa como un racha de viento, y no llega a lo íntimo del corazón.

 

4. Volvamos, pues, al texto de san Mateo. Ocho bienaventuranzas. Son ocho ejemplos, ocho situaciones, que marcan, cada uno de ellas, un estilo de vida nuevo y distinto. Cada una de ellas puede representar una totalidad de vida. Jesús pronunció otrs bienaventuranzas, como cuando aquella buena mujer le lanzó un piropo: Dichosa la mujer que te llevó en tus entrañas y cuyos pechos te dieron de mamar. Fue un piropo precioso que, sin duda le gustó mucho a Jesús, y entonces él le respondió con otro mejor: ¡Dichoso, más bien, Bienaventurados, mejor, ¡los que escucha la Palabra de Dios y la ponen por obra! Quien se lo puede aplicar, que se lo aplique, y la primera, sin duda, es su madre. La Madre de Jesús fue la más bienaventurada, porque en todo momento estuvo cumpliendo la voluntad de Dios: Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

 

5. Viene de repente a la memoria aquella Bienaventuranza que pronunció san Francisco y la pusieron en sus escritos: Bienaventurado aquel religioso que no encuentra placer y alegría sino en las santísimas palabras y obras del Señor, y con ellas conduce a los hombres al amor de Dios con gozo y alegría. ¡Ay de aquel religioso que se deleita en las palabras ociosas y vanas y con ellas conduce a los hombres a la risa! (Adm. XX).

San Francisco meditó mucho las Bienaventuranzas de Jesús; las comentó, y añadió otras según el mismo estilo. Por ejemplo: Bienaventurado el siervo que no se tiene por mejor cuando es engrandecido y exaltado por los hombres, que cuando es tenido por vil, simple y despreciado, porque cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más (Adm. XIX).

 

6. Las ocho bienaventuranzas, cada una de ellas, como digo, apuntan a un estilo de vida, y con ellas debemos trazar nuestro retrato espiritual. Vamos a tomar una: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

¿Quiénes son los limpios de corazón? Los que guardan la virtud de la castidad. No, hermanos; es la castidad y mucho más. Los limpios de corazón son los que tienen el corazón en armonía, los que no llevan una doble vida, los sencillos y humildes que saben que lo esencial es invisible a los ojos, los que ven la vida no con criterios de utilidad, sino desde la bondad, la belleza, el altruismo, el amor a los demás. Esos son los limpios de corazón. Esos son los que verdaderamente ven a Dios, los que viven en amistad con Dios.

Una bienaventuranza que es hermana gemela de aquella otra: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”.

Hermanos, ¡qué bellas son las bienaventuranzas! En nuestras casas, o en la paz y el silencio de la iglesia, podemos tomar las ocho bienaventuranzas y repasarlas una a una, y veremos como instintivamente cambiará nuestra vida, porque a eso estamos llamados, porque Dios nos quiere dar esa vida, porque ahí, y solo ahí, está la verdadera felicidad.

 

Terminemos orando:

Señor Jesús, yo quiero ser verdadero discípulos tuyo, yo quiero escuchar las bienaventuranzas de tus propios labios, yo quiero que me las digas a mí, como un día las dijiste en el Sermón de la montaña. Amén.

 

Pamplona, sábado 31 enero 2026.

 

2082 (1026) Dom III ord. - Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos

 2082 (1026) Dom III ord. - Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos

Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos

Mt 4,12-23

 

Texto:

12Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. 13Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaúm, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí14para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: 15«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. 16El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». 

17Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». 

18Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. 19Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». 20Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. 21Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. 22Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. 

23Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. 

Hermanos:

1. Al entrar en la vida de Jesús, hemos de tener muy en cuenta esta secuencia con que está escrita: primero es el Bautismo; a continuación, viene el desierto, y en tercer lugar es el arranque de su predicación, con este detalle previo, señalado por el Evangelio: “Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaúm, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí”. Jesús sale de su pueblo, Nazaret, que era una aldea escondida, y se establece en la ciudad central de entonces, Cafarnaúm.

Esta triple secuencia de Bautismo, Desierto, Predicación es ciertamente una secuencia de tiempos sucesivos, pero más en profundidad es una secuencia de hechos íntimos. Yo no puedo lanzarme a predicar si no paso por una transformación profunda que se da en el bautismo y luego por esa soledad e intimidad del desierto. Y cada vez que tenemos que predicar, aplicándonos el ejemplo de Jesús, hemos de decir: Yo no puedo predicar si no paso por la oración todo eso que voy a anunciar, porque lo que yo voy a proclamar no es mío, sino mensaje de Dios.

Definitivamente ha dejado su pueblo de Nazaret, su ambiente, su vecindario y va adonde Dios le llama. Efectivamente, el predicador de Dios tiene que estar dispuesto a dejarlo todo, como lo hemos de ver más claramente en los episodios de hoy.

Pero san Mateo nos da una nota que el simple historiador no la advierte. ¿Por qué Jesús va a establecerse en Cafarnaúm? La respuesta obvia y aparente es esta: porque era el centro principal de la comarca, el centro principal del comercio y del movimiento. San Mateo ve las cosas desde arriba, y se acuerda del profeta Isaías. Cafarnaúm está en las tierras donde se habían asentado las tribus de Zabulón y Neftalí, al hacer Josué la división de la Tierra prometida, ahora tierra conquistada.  La geografía se ha aplanado y por aquellas llanuras venían las tribus de Oriente si quería alcanzar el Mar mediterráneo. Y el evangelista ve una conexión providencial. Cita a Isaías en un pasaje que hemos escuchado en la primera lectura. Con palabras poéticas nos dice un mensaje de salvación: “En otro tiempo humilló el Señor la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, pero luego ha llenado de gloria el camino del mar, el otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles.  El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; | habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló” (Is 8,23-9,1).

No me voy a detener en esta frase, pero es para meditarla, porque hoy vemos cómo se está cambiando la geografía de la fe. Ya no es el occidente, ya no es Europa; el mensaje va cundiendo por África, por Asia y regiones de Oriente. Hoy todavía no hemos visto en la sede de Pedro a un Papa de raza negra, pero un día llegará; quizás no lo veamos, sí nuestros descendientes. La geografía de Dios no la vamos a determinar nosotros. Jesús no va a comenzar por Judea, al parecer, la parte preferida; va a comenzar por la Galilea de los gentiles, por el pueblo que yacía en tinieblas.

Y Jesús comienza cuando Juan termina. Pero su mensaje no va a ser el mismo, sino distinto y nuevo.

 

2. Entremos, pues, en el mensaje de Jesús. Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.

Jesús predica o anuncia y proclama dos cosas: un acontecimiento y una actitud.

El acontecimiento es el Reino de Dios, llamado igualmente, el Reino de los cielos. Y una actitud: la conversión. Aclarémonos.

¿Jesús no predica al Ley de Moisés? No, si bien en ningún momento la quiera contradecir. Jesús predica algo superior: Dios ha traído su reinado a la tierra, y está ahí. Ese reinado no lo pudo traer Moisés, ni ninguno de los profetas. Dios ha traído ese reino y reinado; lo ha traído por medio de su Hijo, Jesucristo. Y está ahí. Jesús es la palabra definitiva de Dios en la historia. Para recibirlo, hace falta un vuelco total, que él llama “la conversión”.  Y este vuelco lo necesitamos todos, los malos y los buenos, por así decir, todos, absolutamente todos debemos convertirnos.

 

3. Vamos a reflexionar un poco más hondo.

Jesús se como enviado de Dios con un mensaje que se le ha confiado de arriba. No es un líder de este mundo que ha descubierto un mensaje de salvación y viene a decirnos: Somos el pueblo elegido de Dios; somos libres y es indigno que estemos sujetos al dominio del Imperio Romano. Dios no puede querer eso, y este es el menaje que yo os traigo, una libertad digna de nuestra raza, de nuestra historia y destino. Desde la libertad hemos de construir nuestro gobierno como pueblo soberano, y desde ahí nuestro trabajo, nuestra vivienda, nuestra economía.  Somos los dueños de nuestro propio destino. ¿Hay cosa más digna para un pueblo único, como ha sido y debe ser el Pueblo de Israel, preferido por Dios sobre todos los demás?

Un caudillo puede hablar en estos o parecidos términos. Pero Jesús no ha levantado su voz con este tono. Esa política humana, que podría y puede defenderse desde otros planteamientos, no es el Reino de Dios. Dios quiere reinar. Lo irá explicando Jesús a través de tantas palabras y parábolas.

Y para ello nos pide la conversión, que es un acto de entrega del corazón a Dios o a él mismo.

Es maravilloso que Dios enetre en la tierra y pueda hacer lo que Él, solo Él puede y quiere hacer. Esto es lo que nos trae Jesús: la obra de Dios en el mundo.

 

5. Y sigue el Evangelio con dos escenas que nos dejan pasmados. Unos trabajadores del lago, que están en su faena cotidiana: Simón y Andrés, por un lado; Santiago y Juan, por otro. Son pescadores, gente sencilla que se gana la vida con este oficio. Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres”.

Pero, si todavía no lo conocen; si ellos no han nacido ni estudiado para ser líderes, jefes de nadie. Pero es que esto es una elección divina, y Jesús actúa con una autoridad que nadie tiene, que no se la ha dado nadie, sino Dios mismo, y que se impone por sí sola. Ellos dejan oficio y familia, dejan futuro y planes personales y siguen a Jesús. Evidentemente que esto es un milagro. Van a ser “pescadores de hombres”, una frase terrible y no propiamente simpática. Jesús entiende que el mundo está en un naufragio y en esta situación extrema hay que salvarlo como sea.

 

6. Hermanos, todo esto que decimos tiene hoy su propio realismo y actualidad. Hemos seguido a Jesús, porque él nos ha dado y está dando el Reino de Dios, su Padre, la vida nueva que solo Dios puede darnos. Eso es la vida cristiana, la vida venida de Dios puesta en la tierra.

Y hay otro pensamiento. Jesús necesita colaboradores: Venid en pos de mí. Si oímos esta voz, no tengamos miedo, que Jesús mismo nos garantiza el éxito de la empresa. Dios está con nosotros, y no hay fuerza humana que pueda impedir la actuación de lo divino. Dios quiere hacer maravillas, y las quiere hacer por nuestras manos. Dios quiere anunciar su Palabra y quiere sanar toda enfermedad y dolencia. Digámosle humildemente:

Señor, si me llamas, cuenta conmigo. No serán mis fuerzas que operen; será tu voluntad y tu poder divino. A ti, Señor Jesús, todo honor y toda alabanza. Amén.

 

Pamplona, sábado, 24 enero 2026

sábado, 17 de enero de 2026

2081 (1025) Dom II ord. Bautismo de Jesús y Bautismo del cristiano

 

2081 (1025) Dom II ord. Bautismo de Jesús y Bautismo del cristiano

Bautismo de Jesús y Bautismo del cristiano

Jn 1,29-34

 

29Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 30Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. 31Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel». 32Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. 33Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. 34Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios»

Hermanos:

1. El domingo pasado, cerrando el tiempo de Navidad e iniciando el tiempo ordinario del año, contemplamos el Bautismo de Jesús, narrado por el evangelista san Mateo. Hoy meditamos de nuevo sobre el Bautismo de Jesús, con unas palabras misteriosas del Evangelio de san Juan, el discípulo amado, puestas en labios de Juan Bautista, el que bautizó a Jesús, el Precursor del Señor. El discípulo amado quiere dejar muy clara ante la comunidad cristiana cuál es la identidad de Juan el Bautista y cuál es la identidad, absolutamente única, de Jesús. Juan Bautista – el mayor nacido de mujer, dirá Jesús – ha tenido una misión muy concreta: manifestar a Israel quién era realmente Jesús, a quien llama Hijo de Dios. Cosas muy grandes y hermosas habían dicho los patriarcas del que iba a venir; así Jacob cuando bendijo a sus hijos y en particular a Judá, de cuya tribu había de nacer el Mesías, Rey de Israel. Y Moisés encargado de transmitir al Pueblo la verdadera Ley de la Alianza de Dios con los hombres. Hoy en el libro de Isaías leemos un oráculo precioso, el segundo cántico del Siervo de Dios.

Y ahora dice el Señor,

el que me formó desde el vientre como siervo suyo,

para que le devolviese a Jacob,

para que le reuniera a Israel;

he sido glorificado a los ojos de Dios.

Y mi Dios era mi fuerza:

«Es poco que seas mi siervo

para restablecer las tribus de Jacob

y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.

Te hago luz de las naciones,

para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra» (Is 49,5-6)

El Siervo de Dios, que es Jesús, va a ser no solamente la gloria de Israel, va a ser la luz de las naciones, el salvador del mundo.

 

2. ¿Qué fue realmente el Bautismo? ¿Qué sintió Jesús para ir al Bautismo? ¿Qué experimentó en lo íntimo de su ser cuando fue bautizado?  No son preguntas de curiosidad que se hace el investigador curioso. Lo que fue el Bautismo de Jesús allí quedó y punto. Pero ocurre que Jesús traspasa su bautismo a los que van a ser sus discípulos, para que de alguna manera se repita el misterio, y esto nos interesa altamente, porque nosotros, cristianos, hemos sido bautizados, hemos entrado en la Iglesia pro la puerta del bautismo.

El día pasado dijimos y repetimos que el Bautismo de Jesús fue real y verdadero, el más auténtico de los bautismos, que no fue un acto ejemplar y ficticio, una representación sagrada para que nosotros nos animáramos par entrar por el mismo rito.  El cristiano ha de pensar que el bautismo noes una simple ceremonia, un simple trámite de inscripción en la lista de los bautizados, en el grupo de los pertenecientes a una institución. No es ese requisito de inscripción que uno necesita para ser miembro de la sociedad, normalmente acompañado de una cuota económica. Ni es tampoco un acto social y familiar, una oportunidad que se brinda a una familiar para invitar a familiares y amigos.

El bautismo, por el contrario, es ese acto solemne por el cual uno toma una decisión definitiva de vida; pasa de un determinado ¡status” u otro de género diferente.  El bautismo es una consagración, con la peculiaridad de que no soy yo el agente de esa obra sobrenatural que acontece, sino que Dios mismos es el autor de cuanto allí ocurre. No es un acto de buena voluntad, de una buena persona; es infinitamente más.

De por sí el bautismo es un acto soberano de adultos. Si se puede bautizar a un infante, a un bebé, sin que él se entere, es porque entendemos que queda envuelto en toda la fe de la familia, que él va a profesar, y porque no queremos privarle de esta gracia sublime desde el inicio de su vida.

 

3. En Jesús adulto, su Bautismo sagrado es el encuentro de lo humano y lo divino, fundido en el misterio de la Encarnación. Jesús, Hombre celestial, baja al misterio último del pecado del hombre, y se solidariza con el pecado del hombre. Y ene se momento, explota, por así decir, la divinidad en lo íntimo del misterio humano. Baja el Espíritu sobre él, y todo lo humano queda para siempre divinizado.

 

En el bautismo cristiano hay tres momentos que configuran el acto sagrado:

1) La renuncia a un mundo sin Dios, que acaso es el mundo en que vivimos

2) La profesión de fe a todo lo que nos ha traído Jesucristo

3) y la consagración a una vida nueva, según el modelo de Jesús.

 

En la noche santa de la Vigilia Pascual, esto se hace con las palabras más explícitas, reafirmando la interioridad de nuestro bautismo que un día recibimos. Podemos recordarlo:

-       ¿Renunciáis a Satanás, esto es: 

           al pecado, como negación de Dios; 

           al mal, como signo de pecado en el mundo; 

           al error, como ofuscación de la verdad; 

           a la violencia, como contraria a la caridad; 

           al egoísmo, como falta de testimonio del amor?

-       Si, renuncio.

-       ¿Renunciáis a sus obras, que son: 

           vuestras envidias y odios; 

           vuestras perezas e indiferencias; 

           vuestras cobardías y complejos; 

           vuestras tristezas y desconfianzas; 

           vuestras injusticias y favoritismos; 

           vuestros materialismos y las sensualidades; 

           vuestras faltas fe, esperanza y caridad?

-       Si, renuncio.

-       ¿Renunciáis a todas sus seducciones, como pueden ser: 

           el creeros mejores; 

           el veros superiores; 

           el estar muy seguros de vosotros mismos; 

           el creer que ya estáis convertidos del todo; 

           el quedaros en las cosas, medios, instituciones, 

           métodos, reglamentos, y no ir a Dios?

 

4. El Bautismo es renuncia, porque ha habido una iluminación; los antiguos también llamaban al Bautismo iluminación. Iluminación de una fe que no nos la puede dar nadie de este mundo, sino Dios mismo. Y esta Fe nos lleva a una consagración, lo cual supone el inicio de una vida del todo distinta.

Fe en Jesucristo, que es la Palabra definitiva de Dios en la historia, y en todo el misterio de Jesús.

Juan Bautista proclama: Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios.

Un bautizado es alguien que proclama que Jesús es el Hijo de Dios.

Mi vida y la de Jesús se funden en un mismo proyecto. Y esto es la consagración que se verifica en el Bautismo cristiano.

Este es el misterio divino del bautismo cristiano. Nuestra lengua castellana ha creado un verbo castizo, para decir que es bautizar: Bautizar es lo mismo que “cristianar”, hacer a uno cristiano. Es un hermoso verbo que bien podemos mantener.

 

5. Hermanos, no hay gracia mayor que hayamos recibido que la gracia del Bautismo. Es la gracia de la filiación divina. Somos hijos de Dios y herederos del Reino de los cielos.

El Bautismo es un sello, también decían los antiguos, un sello o marca que nos dice a nosotros y a los demás que pertenecemos a Dios.

Ser cristiano es vivir de acuerdo al Bautismo, en mi vida personal, familiar y social.

 

Señor Jesús, gracias infinitas por el don del bautismo que me diste un día. Nunca me avergonzaré de ser lo que soy, de ser cristiano, y ante ti y ante todos mostraré que tú eres el sentido de mi vida. Amén.

 

Pamplona, sábado 17 de enero de 2026.