Homilía sobre el
Evangelio del Domingo XI del ciclo B,
Marcos 4, 26-34
La semilla que crece sola - El grano de mostaza
Texto del
Evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús a la
gente: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él
duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin
que él sepa cómo. La tierra va
produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el
grano. Cuando el grano está a punto, se
mete la hoz, porque ha llegado la siega.»
Dijo también: « ¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué
parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la
semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las
demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden
anidar a su sombra.»
Con muchas parábolas parecidas
les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus
discípulos se lo explicaba todo en privado.
Hermanos:
1. Las
parábolas del Evangelio nos llevan al corazón mismo de Jesús. Y esto por dos
motivos. Ningún rabino, como él, ha enseñado en parábolas: es una novedad de su
modo y estilo. Es algo que Jesús ha inventado en la forma de la predicación.
Esto por una parte; y por otra, el contenido de las parábolas gira en torno al
núcleo del anuncio de Jesús: el Reino de Dios.
Ha sido san Marcos, testigo de testigos, quien nos
da esta preciosa información: Todo se lo
exponía con parábolas.
Un gran investigador de los Evangelios, un hombre
lleno de piedad y sabiduría, el luterano Joaquín Jeremias, que se destaca,
quizás como nadie, en el estudio de las parábolas, escribía ya hace muchos años
– en 1947 – : “Las parábolas de Jesús son algo enteramente nuevo. En toda la
literatura rabínica no encontramos ni una sola parábola del tiempo anterior a
Jesús” (Presentación). Las parábolas transpiran el puro frescor del Evangelio
que Jesús ha anunciado. Estamos ante él, escuchándole, cuando escuchamos las
parábolas.
2. Y hay otra cosa: todas las parábolas hablan del
Reino de Dios. Incluso, más. “Todas las parábolas de Jesús obligan a los
oyentes a tomar posición sobre su persona y sobre su misión. Pues todas están
llenas del ‘misterio del reino de Dios’ (Mc 4,11)” que se está realizando, y en
el que Jesús es el protagonista (Conclusión de la obra citada).
3. “A
vosotros se os ha dado el misterio del Reino de Dios”, dice Jesús, en las
expresiones que nos ha transmitido san Marcos.
Entender las parábolas del Reino es entender el
“misterio del reino de Dios”, y nadie lo puede entender, porque esto es don de
Dios, fruto de una sabiduría que Dios pone en el corazón.
Entremos en este misterio, hermanos, con la primera
de las dos parábolas de este domingo, la de la simiente que crece sola. El
sembrador ha esparcido la semilla; ha hecho lo suyo y vuelve a casa. Y aquí
comienza el misterio. El hombre duerme o el hombre vela, y se queda la semilla
a merced de Dios. Dios tiene el sol, Dios tiene la lluvia; sobre todo, Dios
tiene el secreto de la vida yacente en el germen de la semillita que está
debajo de la tierra. Dios va a ser el secreto de todo lo que viene.
Y Jesús ve los campos de su tierra galilea. La
historia del misterio es esta: que la semilla se hace tallo, luego espiga,
luego grano, luego cosecha. Jesús se queda contemplando a Dios. No se queda
mirando a las nubes, si tienen agua; ni al sol, si va a calentar las tierras
humedecidas. Jesús se queda contemplando a Dios, que no va a perder un segundo
en el proceso de meses de la semilla, desde la siembra a la cosecha.
Dios, solo Dios, nos está diciendo Jesús, vidente
de las cosas divinas. Es que Jesús nos está hablando del Reino de Dios, y el
Reino de Dios es algo infinitamente más grande de todo lo que puedan cavilar
los sembradores y segadores de la semilla de la palabra de Dios.
4. Hermanos, a quienes andamos en estas cosas de
Dios, de la religión, de la fe en medio del mundo, esta parábola nos deja
atónitos. Porque nos invita a un cambio total de nuestros pensamientos, nos
rinde y nos lanza a una fe que seguramente no tenemos, a creer que Dios está en
medio del mundo, día y noche, minuto y segundo, dando germinación al Reino, que
es Reino de Dios, y no Reino de los hombres, ni Reino de la Iglesia: Reino de
Dios, solo de Dios.
Preocupados por el anuncio del Evangelio, vamos
contemplando con dolor cómo se desmorona en tantas partes la que nosotros
habíamos soñado como sociedad cristiana, y en particular como sociedad
católica. México (desde donde escribo y hablo) va perdiendo católicos, pese al
entusiasmo que los mexicanos han mostrado a los Papas que les han visitado:
Juan Pablo II cinco veces y Benedicto XVI en marzo de este año. Brasil es
especialmente el centro de nuestras preocupaciones, porque en estos últimos
decenios Brasil ha causado pérdida de treinta millones de católicos.
Son asuntos que a los pastores solícitos deben
preocupar. De hecho, los Papas han lanzado la consigna de la “nueva
evangelización”: nueva evangelización en este nuevo continente, y nueva
evangelización en la vieja Europa, de donde ha nacido este secularismo que va
corroyendo la fe. A mí, sacerdote, todo esto me preocupa y me hace sufrir; pero
no como causa de la propia empresa, sino como causa de Dios, de la fe en medio
del mundo. Y ¿cómo no me va a preocupar, si de verdad he puesto todo el afán de
mi vida en Cristo…?
5. Y ahora viene el mismo Jesucristo que me dice: El reino de Dios se parece a un hombre que
echa semilla en la tierra… la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa
cómo…
Yo, predicador del Evangelio, he de preguntarme con
una pregunta que llegue hasta el fondo de mi ser: ¿Me creo de verdad lo que
dice Jesús?
Jesús gustó, al parecer, el fracaso de su obra, que
terminaba en el rechazo y la cruz; pero creyó en el Reino de Dios y en la
acción de Dios en el mundo. Nos dijo, vuelvo a repetir, que la semilla germina y va creciendo, sin que
él sepa cómo.
¡Qué difícil es renunciar a este deseo de saber, de
controlar, de ver el éxito de nuestras planificaciones y sudores…! Sin que él sepa cómo, sigue sonando la
frase.
Esto pide a los predicadores el amor más
desprendido, más puro, libre de todo protagonismo. Esto nos está gritando a
voces que nos convirtamos del todo a Dios, y solo a Dios le demos el honor y la
gloria que Él merece, porque, al final, sólo Él lleva adelante la obra del
Reino, del Reino de Dios.
6. La parábola siguiente nos invita al mismo
desprendimiento, poniendo nuestra mirada en solo Dios. Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con
un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña.
Un granito de mostaza se pierde entre las arrugas
de la mano. Así es el Reino que nosotros predicamos, el Reino que ha predicado
Jesús. A los ojos humanos es algo insignificante, sin apenas apariencia. Pero
esta semillita casi invisible será un día un arbusto…, un árbol que extenderá
sus ramas a todas las gentes. El profeta Ezequiel, en la primera lectura de
este domingo, contempla este árbol de Dios: “Aves de todas las clases anidarán
en él, anidarán al abrigo de sus ramas” (Ez 17,23).
7. Mis hermanos, saquemos el corazón del fondo de
las preocupaciones. Lo que está pasando en el mundo nosotros lo analizamos,
pero solo Dios lo sabe.
Solo Dios, solo Dios…, a Dios y solo a Dios la
gloria y el poder.
Oremos como Jesús: Padre, santifica tu Nombre, trae
tu Reino, implanta tu Voluntad aquí en la tierra como la haces en el cielo.
Padre, por tu solo honor y gloria, cumple en
nosotros la obra de tu Reino. Amén.
Puebla, 16 junio 2012
Padre Rufino con su forma de vivir nos muestra ese profundo amor a cristo y nos invita a ser esa semilla que germine en el amor y vida cristiana no se desaliente que al menos en esta comunidad habemos muchos que sentimos que Dios es el camino la verdad y la vida. con cariño y admiracion OMC
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