Ante el VIII centenario
Pianticella 23
Una
de las cosas más bellas que se han escrito de santa Clara lleva la firma de
Juan Pablo II, la carta que escribió a las Clarisas, en la fiesta de san Clara
de 1993, con el título “Una vida hecha Eucaristía”. La verdad es que del
sacramento de la Eucaristía habla poco, al final. Pero es que la vida de santa
Clara fue toda ella pura oblación de amor, pura Eucaristía.
Con
el deseo de añadir un himno más al poemario de Pianticella (Plantita), he acudido a este mensaje del Papa, que
recoge lo más precioso de la investigación clariana. Con ese intento vaya,
primero, el mensaje del Beato Juan Pablo II; luego el balbuceo de mi poesía.
Queridas
religiosas de vida contemplativa:
1.
Hace ochocientos años nacía Clara de Asís en el seno de la familia del noble
Favarone di Offreduccio.
Esta
mujer nueva, como han escrito refiriéndose a ella en una carta reciente los
ministros generales de las familias franciscanas, vivió como una pequeña planta
a la sombra de san Francisco, que la condujo a las cimas de la perfección
cristiana. La celebración de esta criatura verdaderamente evangélica quiere
ser, sobre todo, una invitación al redescubrimiento de la contemplación, de ese
itinerario espiritual del que sólo los místicos tienen una experiencia
profunda. Quien lee su antigua biografía y sus escritos –la Forma de vida, el
Testamento y las cuatro cartas que se han conservado de las muchas dirigidas a
santa Inés de Praga– penetra hasta tal punto en el misterio de Dios, uno y
trino, y de Cristo, Verbo encarnado, que permanece casi deslumbrado. Esos
escritos están tan marcados por el amor que en ella suscitó el mirar ardorosa y
prolongadamente a Cristo, el Señor, que no es fácil referir lo que sólo un
corazón de mujer pudo experimentar.
2.
El itinerario contemplativo de Clara, que se concluirá con la visión del «Rey
de la gloria» (Proc IV,19), comienza precisamente con su entrega total al
Espíritu del Señor, como hizo María en la Anunciación. Es decir, comienza con
el espíritu de pobreza (cf. Lc 1,48) que no deja nada en ella, salvo la
simplicidad de su mirada fija en Dios.
Para
Clara la pobreza –tan amada y citada en sus escritos– es la riqueza del alma
que, despojada de sus bienes propios, se abre al «Espíritu del Señor y a su
santa obra» (cf. RCl 10,10), como un recipiente vacío en el que Dios puede
derramar la abundancia de sus dones. El paralelismo entre María y Clara aparece
en el primer escrito de san Francisco, en la Forma vivendi dada a Clara: «Por
inspiración divina os habéis hecho hijas y siervas del altísimo y sumo Rey, el
Padre celestial, y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir
según la perfección del santo Evangelio» (Forma vivendi en RCl 6,3).
A
Clara y sus hermanas se las llama esposas del Espíritu Santo: término inusitado
en la historia de la Iglesia, donde la religiosa, la monja siempre es
calificada como esposa de Cristo. Pero resuenan aquí algunos términos del
relato lucano de la Anunciación (cf. Lc 1,26-38), que se transforman en
palabras-clave para expresar la experiencia de Clara: el Altísimo, el Espíritu
Santo, el Hijo de Dios, la sierva del Señor, y, en fin, el cubrir con su
sombra, que para Clara es la velación, cuando sus cabellos, cortados, caen a
los pies del altar de la Virgen María, en la Porciúncula, «casi delante del
tálamo nupcial» (cf. LCl 8).
3.
La obra del Espíritu del Señor, que se nos dona en el bautismo, consiste en
reproducir en el cristiano el rostro del Hijo de Dios. En la soledad y el
silencio, que Clara elige como forma de vida para ella misma y para sus
hermanas entre las paredes paupérrimas de su monasterio, a mitad de camino
entre Asís y la Porciúncula, se disipa la cortina de humo de las palabras y las
cosas terrenas, y se hace realidad la comunión con Dios: amor que nace y se
entrega.
Clara,
tras contemplar en la oración al Niño de Belén, exhorta con las siguientes
palabras: «Dado que esta visión de él es esplendor de la gloria eterna, fulgor
de la luz perenne y espejo sin mancha, lleva cada día tu alma a este espejo…
Mira la pobreza de aquel que fue recostado en un pesebre y envuelto en pobres
pañales. ¡Oh admirable humildad y pobreza, que produce asombro! ¡El Rey de los
ángeles, el Señor del cielo y de la tierra, está recostado en un pesebre!» (4
CtaCl 14.19-21).
Ni
siquiera se da cuenta de que también su seno de virgen consagrada y de «virgen
pobrecilla» unida a «Cristo pobre» (cf. 2 CtaCl 18) se convierte, por medio de
la contemplación y la transformación, en cuna del Hijo de Dios (Proc IX,4). En
un momento de gran peligro, cuando el monasterio está a punto de caer en manos
de las tropas sarracenas reclutadas por el emperador Federico II, la voz de
este Niño, desde la Eucaristía, la tranquiliza: «¡Yo os protegeré siempre!»
(LCl 22).
La
noche de Navidad de 1252, el Niño Jesús transporta a Clara lejos de su lecho de
enferma, y el amor, que carece de lugar y tiempo, la envuelve en una
experiencia mística que la introduce en la profundidad infinita de Dios.
4.
Si Catalina de Siena es la santa llena de pasión por la sangre de Cristo; si
Teresa la Grande es la mujer que va de «morada» en «morada» hasta llegar al
umbral del gran Rey en el Castillo interior; y si Teresa del Niño Jesús es la
que recorre con sencillez evangélica el camino, Clara es la amante apasionada
del Crucificado pobre, con quien quiere identificarse totalmente.
En
una de sus cartas se expresa de la siguiente manera: «Mira que él por ti se ha
hecho objeto de desprecio, y sigue su ejemplo, haciéndote, por amor suyo,
despreciable en este mundo. Mira… a tu Esposo, el más hermoso de entre los
hijos de los hombres, que por tu salvación se hizo el más vil de los hombres,
despreciado, maltratado y flagelado repetidamente en todo el cuerpo, e incluso
agonizante entre los dolores más terribles en la cruz. Medita, contempla y
trata de imitarlo. Si con él sufres, con él reinarás; si con él lloras, con él
gozarás; si con él mueres en la cruz de la tribulación, poseerás con él las
moradas celestiales en el esplendor de los santos, y tu nombre quedará escrito
en el Libro de la vida…» (2 CtaCl 19-22).
Clara,
que ingresó en el monasterio cuando tenía apenas 18 años, muere allí a los 59,
tras una vida de sufrimientos, oración constante, austeridad y penitencia. Por
este deseo ardiente del Crucificado pobre nada le pesará jamás, hasta el punto
de que, ya agonizante, dijo a fray Reinaldo, que la asistía «en el largo
martirio de tan graves enfermedades»…: «Desde que conocí la gracia de mi Señor
Jesucristo por medio de su siervo Francisco, ninguna pena me ha resultado
molesta y ninguna penitencia, gravosa; ninguna enfermedad me ha resultado dura,
hermano querido» (LCl 44).
5.
Pero Cristo, al sufrir en la cruz, también refleja la gloria del Padre y atrae
hacia sí en su Pascua a quien lo ha amado hasta compartir sus sufrimientos por
amor.
La
frágil joven de 18 años que, al huir de su casa la noche del domingo de Ramos
del año 1212, se lanza sin titubear a esa nueva experiencia, creyendo sólo en
el Evangelio que le indicó Francisco, completamente sumergida con los ojos del
rostro y con los del corazón en el Cristo pobre y crucificado, experimenta esta
unión que la transforma: «Coloca tus ojos –escribe a Inés de Praga– ante el
espejo de la eternidad, coloca tu alma en el esplendor de la gloria, coloca tu
corazón en aquel que es figura de la sustancia divina y transfórmate
totalmente, por medio de la contemplación, en la imagen de su divinidad.
Entonces también tú experimentarás lo que está reservado únicamente a sus
amigos, y gustarás la dulzura secreta que Dios mismo ha reservado desde el
inicio a los que lo aman. Sin conceder siquiera una mirada a las seducciones,
que en este mundo falaz y agitado tienden lazos a los ciegos para atraer hacia
ellas su corazón, con todo tu ser ama a aquel que por tu amor se entregó» (3 CtaCl
12-15).
Entonces
el duro tálamo de la cruz se convierte en el dulce tálamo de boda y la recluida
para siempre por amor encuentra los tonos más apasionados de la Esposa del
cántico: «¡Atráeme hacia ti, oh Esposo celestial!… Correré sin cansarme jamás,
hasta que me introduzcas en tu celda» (4 CtaCl 30-32).
Encerrada
en el monasterio de San Damián, en una vida marcada por la pobreza, el
cansancio, la tribulación y la enfermedad, pero también por una comunión
fraterna tan intensa que, en el lenguaje de la Forma de vida, recibe el nombre
de «santa unidad» (Bula inicial 18), Clara siente la alegría más pura que se
haya concedido experimentar a una criatura: la de vivir en Cristo la unión
perfecta de las tres Personas divinas, entrando casi en el inefable circuito
del amor trinitario.
6.
La vida de Clara, bajo la guía de Francisco, no fue una vida eremítica, aunque
fue contemplativa y de clausura. Alrededor de ella, que quería vivir como las
aves del cielo y los lirios del campo (Mt 6, 26.28), se reunió un primer núcleo
de hermanas, contentas sólo con Dios. Esta pequeña grey, que rápidamente fue
aumentando –en agosto de 1228 los monasterios de las clarisas eran al menos 25
(cf. Cartas del cardenal Reinaldo, en AFH 5, 1912, pp. 444- 446)– no alimentaba
ningún temor (cf. Lc 12,32): la fe era para ella motivo de tranquilidad y
seguridad frente a todo peligro. Clara y las hermanas tenían un corazón tan
grande como el mundo: como contemplativas, intercedían por toda la humanidad.
Como almas sensibles a los problemas cotidianos de cada uno, sabían hacerse
cargo de toda aflicción: no había ninguna preocupación, ningún sufrimiento,
ninguna angustia o desesperación ajena que no hallara eco en su corazón de
mujeres entregadas a la oración. Clara lloró y suplicó al Señor por la amada
ciudad de Asís, asediada por las tropas de Vitale de Aversa, y logró que la
ciudad fuera librada de la guerra. Oraba todos los días por los enfermos y
muchas veces los curaba con el signo de la cruz. Persuadida de que sólo tiene
vida apostólica quien se sumerge en el pecho desgarrado de Cristo crucificado,
escribía a Inés de Praga con las palabras de san Pablo: «Te considero
colaboradora de Dios mismo (Rom 16,3) y apoyo de los miembros débiles y
vacilantes de su Cuerpo inefable (3 CtaCl 8).
7.
También gracias a un tipo de iconografía que tuvo mucho éxito a partir del
siglo XVII, a Clara de Asís se la representa a menudo con el ostensorio en la
mano. El gesto recuerda, aunque en una actitud más solemne, la realidad humilde
de esta mujer que, ya muy enferma, se postraba, sostenida por dos hermanas,
ante el tabernáculo de plata que contenía la Eucaristía (cf. LCl 21), colocado
delante de la puerta del refectorio, donde estaba a punto de irrumpir la furia
de las tropas del emperador. Clara vivía de ese pan, aunque, según las
costumbres de su tiempo, sólo lo podía recibir siete veces al año. En el lecho
de su enfermedad bordaba corporales y los mandaba a las iglesias pobres del
valle de Espoleto.
En
realidad, toda la vida de Clara era una eucaristía, porque –al igual que
Francisco– elevaba desde su clausura una continua acción de gracias a Dios con
la oración, la alabanza, la súplica, la intercesión, el llanto, el ofrecimiento
y el sacrificio. Acogía y ofrecía todo al Padre en unión con la infinita acción
de gracias del Hijo unigénito, niño, crucificado, resucitado y vivo a la
derecha del Padre.
Queridas
hermanas, en este aniversario jubilar, la atención de toda la Iglesia se dirige
con mayor interés a la figura luminosa de vuestra madre amadísima. Vuestra
mirada debe fijarse en ella con mayor fervor, a fin de que su ejemplo os
estimule a intensificar vuestra correspondencia a las gracias del Señor,
mediante la entrega diaria a ese compromiso de vida contemplativa, de la que la
Iglesia obtiene tanta fuerza para su acción misionera en el mundo de hoy.
Cristo,
nuestro Señor, sea vuestra luz y la alegría de vuestro corazón.
Con
estos deseos, en señal de afecto profundo, os imparto a todas una especial
bendición apostólica.
Dado
en el Vaticano, el 11 de agosto –conmemoración litúrgica de santa Clara de
Asís– de 1993, decimoquinto año de mi pontificado.
1. Clara cristiana y
hermana,
enamorada a porfía,
y del Espíritu esposa,
como la Virgen María.
2. Clara de humilde
pobreza
que santa unidad hacía,
Clara, la contemplativa,
silencio de cada día.
3. El tálamo de la Cruz
de heridas resplandecía,
rosas de amor que Jesús
a Clara esposa ofrecía.
4. El pesebre de Belén,
donde el tierno Rey
yacía,
caliente de dulces besos
el misterio predecía.
5. Riquísima de pobreza,
Clara, hecha Eucaristía,
Clara de la Trinidad,
adoración y alegría.
6. Clara, anhelo,
intimidad,
la que mi búsqueda
ansía,
maestra de ruta hermosa,
me confío: sé mi guía.
7. Oh Cristo luz, que
iluminas,
alzado, la travesía,
sé, Cristo, el Rey de la
gloria,
oh gozo de nuestra
latría. Amén.
Guadalajara, domingo 5
agosto 2012.
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