Homilía 5/5 sobre el capítulo 6 de san Juan
Domingo XXI del tiempo ordinario, ciclo B
Jn 6,60-60
Texto del
Evangelio
Muchos de
sus discípulos, al oírlo, dijeron: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede
hacerle caso?” Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo:
“¿Esto os escandaliza?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba
antes? El Espíritu es quien da vida: la carne no sirve para nada. Las palabras
que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, hay algunos entre vosotros que no creen”. Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no
creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede
venir a mí si el Padre no se lo concede. Desde entonces muchos de sus
discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.
Entonces Jesús
les dijo a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Simón Pedro le
contestó: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna;
nosotros creemos y sabemos que tú eres Santo de Dios”.
Hermanos:
1. Este pasaje final del capítulo 6 del Evangelio
de san Juan es el remate dramático de la multiplicación de los panes. El
discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm ha sido tenso en las reacciones
que ha provocado; y al final hay una especie de estallido. Ninguna escena
violenta, ninguna agresión física.
No es un rechazo agresivo, como ocurrirá en capítulos
posteriores cuando quieren echarle mano a Jesús. Aquí no hay enemigos de Jesús.
Aquí se trata exclusivamente de amigos, de discípulos, de quienes le habían
seguido con curiosidad, con simpatía y entusiasmo. La palabra “discípulos” es la
palabra que se usa, en este caso, al hablar de los interlocutores. No se trata
de los judíos, sino del círculo de los que hasta este momento eran sus adictos.
Y este rasgo es precisamente lo que da gravedad a la escena.
Se hace una criba. Vamos a saber quién es discípulo
de Jesús y quién no lo es.
2. ¿Qué pasaría, hermanos, si entre nosotros,
que somos discípulos de Jesús, que hemos venido a la iglesia por eso, porque
somos católicos, e incluso católicos practicantes, qué pasaría si hacemos un
examen para saber quiénes quedan y quiénes se van?
Escuchemos de nuevo la primera frase del Evangelio:
Muchos de sus discípulos, al oírlo,
dijeron: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?” Ya veis:
eran “muchos” y eran “de sus discípulos”.
Este lenguaje era duro, hasta el punto de que se
preguntaban: ¿quién puede hacerle caso?
Y, sin embargo, Jesús no había pedido ninguna exigencia de muerte: no se trataba
de dejar al padre o a la madre para seguirle. No había que hacer ninguna cosa
heroica, que arriesgara nuestra vida… Aparentemente Jesús no pedía nada.
No es así, hermanos: Jesús estaba pidiendo el
todo. Estaba pidiendo la fe total en él. Estaba hablando de su Padre, y él se
ponía en el mismo rango divino. Estaba recordando a Moisés, y él era una
alternativa superior.
En realidad, bien considerado todo, estaba
pidiendo lo más que podía pedir: creer en
él como Hijo de Dios.
3. Muchos
de sus discípulos, al oírlo, dijeron: “Este modo de hablar es duro, ¿quién
puede hacerle caso?”
Y la consecuencia nos dice el Evangelio cuál
fue: Desde entonces muchos de sus
discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.
Sencilla y limpiamente, dejaron de ser discípulos
de Jesús y prefirieron ser discípulos de la Ley y volvieron a ser discípulos de
Moisés. Y de una manera tan expresiva anota el texto sagrado:
- se echaron
atrás
y no volvieron
a ir con él.
Es siempre bueno, hermanos, que se aclaren las
cosas.
La verdad es que nos da pavor que un examen así
se hiciera entre los discípulos, para saber quiénes son de verdad discípulos de
Jesús, y quiénes no lo son, aunque lleven el nombre, porque un día fueron
bautizados.
Hermanos, estamos hablando de cosas muy serias,
en la que nos molestaría mucho entrar de verdad en clarificaciones, porque no nos
incomoda demasiado un cristianismo sociológico. ¿A quién puede hacer mal el que
la fe esté llena de folklore, de fiestas y de celebraciones vistosas? Todo eso
es muy bonito, y da un colorido a la vida, y sería insensato el alcalde que
pretendiera suprimir esos festejos que pertenecen a las tradiciones del pueblo.
Todo eso legítimo, si es verdadero, si responde
a una fe que lo justifica. Pero todo eso es ambiguo – incluso vacuo – si no
responde a una fe cristiana que lo motiva.
4. El texto sagrado nos lleva a la Encarnación y
a la Eucaristía, y en esto debería centrarse el examen de nuestra fe:
- ¿Tú crees en la venida del Hijo de Dios a la
tierra? ¿O acaso esto será un puro mito religioso?
- ¿Tú crees en la presencia de Dios encarnado en
la tierra, Cristo presente en los humildes, en los dolientes, en los pobres?
- ¿Tú crees que Cristo está en la Eucaristía,
que celebramos los cristianos especialmente los domingos, como memorial del Señor
muerto y resucitado?
- ¿Tú crees que la Eucaristía es la carne del Hijo
de Dios, la sangre del mismo Hijo de Dios?
5. Hermanos, estas serían las preguntas para contestar
en un examen, preguntas que no hay que contestar en un papel, sino que tienen
que verse puestas en la vida.
Sigamos con el Evangelio, porque Jesús hace el
examen al grupo de los apóstoles, a ese grupo que ya en aquellos tiempos se
llamaba “los Doce”.
Les hizo,
pues, el examen:
“¿También
vosotros queréis marcharos?”
Y Pedro dio la respuesta, como jefe de grupo. A
lo mejor creía que hablaba por todo. Si era así, se equivocaba.
Simón Pedro dijo:
Señor, ¿a
quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y
sabemos que tú eres Santo de Dios.
Hermanos, esta es la fe de la Iglesia, la que
nosotros queremos profesar, la que nosotros desde lo íntimo del corazón queremos
pronunciar hoy ante Jesús en el momento de la sagrada Comunión.
Pedro hablaba y decía la verdad, pero, sin
saberlo, no representaba a todos. Había uno que no habría dado su conformidad.
Y ¡ojalá que en aquel momento hubiera sido valiente y se hubiera echado atrás!
Ojalá que Judas, entonces, hubiese dicho: No estoy convencido; me voy.
Estamos hablando de una imaginación, claro – legítima,
me parece – de algo que no se dio, y que es un profundo misterio: lo que cada
uno lleva dentro de su propio corazón.
Dejémoslo y vamos a centrarnos solo en la
confesión de Pedro.
6. Con mucha humildad, hermanos, con sinceridad
y amor, ahondando en el Evangelio de hoy, digámosle a Jesús dos cosas:
Primera. Jesús, yo quiero creer
y creo en tu divinidad, que se manifiesta en la Encarnación, en la Eucaristía, en
lo que llamas tu subida adonde estabas
antes, que se cumplió en tu santa resurrección.
Segunda. Jesús, yo creo que tú,
que eres el Santo de Dios, el único Santo, tú tienes palabras de vida eterna, y
que en tus manos está el camino de mi vida.
Hermanos, sea este el final de las cinco homilías
sobre el Evangelio del Pan de vida. El Señor nos conceda esta gracia. Pidámoslo
con confianza, para cada uno y para todos. Amén.
Guadalajara, jueves, 23 agosto 2012.
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