Para una homilía en la fiesta de santa Clara
Hermanas
Clarisas Capuchinas,
Hermanas
Novicias,
Hermanos Capuchinos de mi propia fraternidad:
1. Estamos celebrando un día para nosotros muy
señalado: la solemnidad de santa Clara, que este año tiene un sello específico,
por ser la conclusión de un Año Clariano. Este año comenzó el Domingo de Ramos
del pasado 2011 y concluye hoy, fiesta de santa Clara de 2012.
En aquella ocasión inicial los ministros
generales escribieron una carta a la familia franciscana, para que junto renováramos
la gracia de nuestra vocación. Hermanos y hermanas profesamos un mismo carisma.
El año 2007 habíamos recordado, incluso a lo largo de un trienio, la gracia de los
orígenes de Francisco. Unos años después la familia franciscana celebramos los
orígenes de Clara, que al amparo de Francisco emprende la misma vocación de Francisco.
Recordamos, pues, aquel domingo de Ramos de
12011 en que Clara, por la noche, en la ermita de santa María de la Porciúncula,
a sus 18 años, hizo su consagración al Señor. Francisco, ante el altar de la
Virgen, le cortó los cabellos, signo de que terminaba su vida en el mundo y
pasaba definitiva y exclusivamente al servicio del Señor Jesús, a quien con
todo el corazón de mujer enamorada podía llamar “esposo mío”. Clara permaneció
fiel hasta la muerte, 42 años después, el 11 de agosto de 1253.
Nuestro amado Papa Benedicto XVI el domingo de
Ramos de este año escribió una carta al Obispo de Asís para hacer memoria de
este evento y manifestar su significación evangélica.
2. Hace 20 años en la fiesta de la Santísima
Trinidad de 1992 el cardenal Joseph Ratzinger recibía en la basílica de santa
Clara los votos perpetuos de una hermana clarisa. Pronunció una homilía que es una
delicia volverla a leer, y que sintoniza plenamente con el espíritu de
consagración de este día. He aquí algunos párrafos:
“A la Iglesia del tiempo de san Francisco no le
faltaba poder ni dinero, no le faltaban escritos y buenas palabras, no le
faltaban construcciones: le faltaba aquel radicalismo evangélico que da al
mundo el libelo del repudio para vivir sólo para el esposo Jesús. Por eso, a
pesar del dinero, de las piedras y de las palabras, la Iglesia «se desmoronaba
toda».
En San Damián, donde había de ser la morada de
santa Clara y sus hermanas, escuchó Francisco en su corazón la voz del
crucificado: Francisco, ve y repara mi Iglesia, que se está desmoronando.
Y continuaba el cardenal:
“En San Damián, donde el sufrimiento del Señor
con su Iglesia se hace palabra, santa Clara es un signo para todos nosotros.
El Señor sufre también hoy en su Iglesia y por
su Iglesia: «¡Como ves -como vemos- se desmorona toda!», y nuestra respuesta,
como la primera respuesta de san Francisco, es también, sobre todo, piedras,
dinero, palabras.
La vida de santa Clara no es una «privatización»
del cristianismo, no es un esconderse en un individualismo o en un quietismo
religioso. La vida de santa Clara abre las fuentes de toda verdadera
renovación. Vivir la Palabra hasta el fondo, sin reservas y sin glosas, es el
acto por el que se abre la puerta del hombre a Dios, el acto donde la fe se
convierte en caridad, donde la Palabra, el Señor se hace presente entre
nosotros.
Hemos de ser sinceros: la vida evangélica no
puede ser, en este momento, un «permanente fortissimo» del amor. De hecho, las
preguntas que preceden a la profesión hablan de soledad y de silencio, de
plegaria asidua, de penitencia generosa, de obras buenas y de humilde trabajo
cotidiano” (Selecciones de
Franciscanismo, vol. XXI, n. 62 (1992) pp. 270-274).
3. Nosotros, hermanas clarisas capuchinas y
hermanos capuchinos, hemos celebrado un centenario que ha tenido más de interioridad
que de festejos brillantes. No están hoy los tiempos para presumir de nuestras glorias.
Y sin embargo, la figura cristiana de santa
Clara, es para nosotros algo tan bello, tan radiante, tan transparente, que es
saludable el recordarla y deleitarse en esta contemplación. Yo de mi parte así
he procurado hacerlo.
Ese “eterno femenino” que el varón lo lleva
dentro como misteriosa compañía, uno que se ha nutrido a lo largo de la vida de
las esencias franciscanas lo puede ver representado en Clara, que es madre
espiritual y que es, al mismo tiempo, hermana.
Hablar de estas cosas impone cierto pudor, porque
lo más bello de nosotros mismos no lo vamos a airear al viento. Me acabo de
referir al propio intento de ver a Clara
como ese “eterno femenino” que llama al varón y que de alguna manera quisiera
verlo representado en una consagrada fiel, confidente de las propias aspiraciones.
Ustedes tienen en mano ese librito de poemas en torno a santa Clara, Pianticella, Plantilla, que les he
ofrecido, nacido en mi corazón a lo largo de años, y puesto en Internet.
Algo de esto que voy diciendo se puede entreleer en sus versos,
que han querido ser ágiles y suaves, como versos propios de amor. También al Internet fueron una serie de reflexiones bajo el título de “Esencias de santa
Clara”, que hace años, estando en el noviciado de Tres Ojitos (Chihuahua), impartí a las
Capuchinas de Ciudad Madera, Chi.
4. Al final del Año Clariano, cada uno de nosotros,
hace su balance, y quizás trazar o reafirma una directriz de vida.
El ministro general de los hermanos menores, con
ocasión del fin de este centenario, acaba de escribir una carta (15 de julio,
fiesta de san Buenaventura), que dirige, en el área de su compétencia, “A todas las Hermanas Pobres de Santa
Clara y a todos los Hermanos Menores” y que tiene por título: FIJOS LOS OJOS EN
EL PUNTO DE PARTIDA (cf. 2CtaCl 11): Actualidad
del carisma franciscano-clariano a 800 años de existencia. Por su contenido vale igualmente para nosotros, hermanos menores capuchinos, para ustedes, hermanas clarisas capuchinas. Nos dice, en
efecto, cuál es la actualidad de un carisma, cuyo perfume se siente después
800 años. Nos indica el camino: Vivir el
Evangelio - ¡Dios mío y mi -todo!” - La
vida fraterna en comunidad o santa unidad - Sin nada propio - Misión.
Se detiene ampliamente cuando habla del “cultivo
de las raíces”.
Le quiero citar con amplitud, no en tono
quejumbroso, sino viendo en él un valiente realismo y asociándome a su
esperanza.
“Son muchos los que afirman que la vida
religiosa y también la franciscano-clariana están viviendo la estación del
invierno. El invierno, a primera vista, es tiempo de muerte: desaparece el
verde de la vegetación, se caen las hojas, no hay flores, y la estación de los
frutos ya ha pasado. El invierno pone a
prueba la esperanza, que se nutre de una espera paciente hasta que vuelva la
primavera y los campos se vistan de flores, que pronto darán paso a los frutos.
También en la vida religiosa y en la vida franciscano/clariana el invierno se
caracteriza, entre otros síntomas, por la falta de vocaciones, con todo lo que
ello comporta: inversión de la pirámide de edad, con muchos ancianos y pocos
jóvenes, cierre de obras y de presencias, disminución de la relevancia social
que muchas veces teníamos, aumento del desánimo, rutina....
En invierno una tentación podría ser podría ser la de cortar los árboles y las plantas. Tanto no se ve sino el tronco. Pero la muerte que parece caracterizar el invierno no es tal. Bajo la aparente esterilidad se desarrolla un proceso de revitalización. Es la estación en la cual la trabajan
asiduamente las raíces, almacenando toda la sabia y toda la linfa necesarias
para trasmitir nueva vida en la primavera, de tal modo que en verano se puedan
recoger los frutos. Con su trabajo silencioso y escondido las raíces hacen
posible que la vida renazca, porque “si el grano de trigo caí do en tierra no
muere, queda solo. Pero si muere da mucho fruto” (Jn 12, 24). El invierno es el
tiempo de la radicalidad escondida, del cre- cimiento en profundidad, de paso,
aunque sea largo y doloroso, hacia una nueva vida.
La experiencia del invierno es la que me lleva a
pediros, mis queridas Hermanas y mis queridos Hermanos, que cultivemos las
raíces. Tal vez nos hubiera gustado vivir en la estación de las flores y de los
frutos abundantes, pero nos ha tocado vivir la estación profundamente fecunda
del invierno. Acojámosla como tal, con sano realismo, pero también con
esperanza cierta (cf. OrSD 2). La tentación de arrojar la toalla, de no
cultivar la vida de fe, de falta de esperanza, de renunciar a la lucha, de caer
en la mediocridad, o, tal vez incluso, de abandonar, puede que no sea ajena a
algunos de nosotros. Pero ceder a todo ello sería simplemente renunciar a
trasmitir vida, vivir el presente egoísticamente, que poco o nada tendría que
ver con lo que hemos prometido el día de nuestra profesión. Cuando nos faltan
tantas seguridades que hemos acariciado y cultivado amorosamente es el momento
de volver a lo esencial, de vivir la espiritualidad del éxodo, de renovar
nuestra firme voluntad de vivir sin nada propio.
Más allá de las apariencias, el invierno está
llamado a ser un kairós, una gran oportunidad para crecer en profundidad, y
para purificaros y volver a lo que realmente cuenta. A través del invierno que
estamos viviendo, estoy convencido que el Señor nos llama, a vosotras y a
nosotros, a la radicalidad. Una radicalidad que no consiste en gestos
espectaculares, sino en un cuidado paciente y escondido de las raíces que, al
fin de cuentas, se reducen a una fe radical en aquel para el cual nada hay
imposible (cf. Lc 1, 37).
En estos momentos ya no se trata de luchar
simplemente por la subsistencia o la supervivencia. Se trata de ejercitaros en
una fe radical, fe recta (cf. OrSD 2) y en una esperanza contra toda esperanza.
La primera, la fe radical, nos llevará a vivir en Dios y a vivir de Dios. Para
ello es necesario caminar desde Cristo y devolver al Evangelio, en cuanto Forma
de Vida, el protagonismo que le corresponde en nuestra existencia en cuanto
regla y vida. La segunda, la esperanza, es la que da sentido profundo a la
vida. Hoy corre el riesgo de diluirse en la gestión de una simple, y, en muchos
casos, angustiosa cotidianidad. Sin caer en un ingenuo optimismo, no podemos
renunciar a la esperanza que brota y se sostiene en una promesa: “Yo estoy con
vosotros todos los días” (Mt 28,20). La fe radical y la esperanza son los manantiales
de los cuales podemos sacar agua fresca y abundante para trabajar las raíces y
revitalizar nuestra vida, aparentemente árida, de tal modo que el invierno sea
fecundo, como el grano enterrado en el surco”.
5. Hermanos y hermanas presentes. Es bello
seguir a Jesús; es bello, entusiasmante, fortificante. Otros lo han hecho; lo
han conseguido con la gracia de Dios.
¿Por qué nosotros no?
¿Y por qué no yo mismo?
Alcemos los ojos a María, presencia purísima y
tierna en la vida de Francisco y de Clara.
¡Madre del amor hermoso y de la santa esperanza,
consíguenos esta gracia de tu Hijo! Amén.
Guadalajara-Zapopan, 11 agosto 2012.
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