Meditación para pensar en
el mes de noviembre
1.
Ayer era el Día de Difuntos, una fiesta que en la Iglesia tiene su título
propio: Conmemoración de Todos los Fieles
Difuntos. Una fiesta en la cual se reza:
Escucha, Señor, nuestras
súplicas y haz que, al proclamar nuestra fe en la resurrección de tu Hijo, se
avive también la esperanza en la resurrección de nuestros hermanos.
Es
una fiesta para pensar. Si uno va al
cementerio, entre tumbas y flores va pensando: o piensa en la Nada o piensa en la
Eternidad. En todo caso, uno piensa en la Vida, en la suya: qué hacer con ella.
No pensar es lo mismo que drogarse; es evadirse y eso no conduce a… nada; no
resuelve ni el futuro ni el momento presente.
2.
Y si el Día de Difuntos uno va al periódico – que es la plaza pública de la
sociedad – al punto ve que la gente piensa…, ¡vaya que sí piensa! Las flores son
bellos pensamientos de blanco, de morado, de amarillo, de rojo. Y las lágrimas también
son pensamientos, dolorosos pensamientos.
Ayer,
día de muertos, fui al periódico a pasearme por el cementerio, y había muchos
senderos por donde deambular, humorísticos y serios: viñetas, fotos, artículos.
En
la página de OPINIÓN había uno que se titulaba ni más ni menos que “La muerte”,
así a secas, de un columnista reconocido, de buena literatura. Comienza
diciendo que hace ocho meses murió su padre, y no tiene reparo en confesar este
Pensador: “Ocho meses de distancia no me han permitido superar el fallecimiento
de mi padre”.
Pero
qué es lo que realmente piensa… no acabo de verlo del todo, y quizás esa vaga o
indecisa opinión es índice de lo que muchos piensan igual.
3.
“Quizá sea que ya tengo esa edad que me hace escuchar los pasos de la Flaca en
la azotea, pero el hecho es que cada vez pienso más en la muerte. No estoy solo
en ello. Durante milenios la muerte ha sido una de las preocupaciones, cuando
no obsesión, del ser humano. En culturas antiguas tan distintas como la egipcia
y la mexica la muerte dominaba buena parte de la vida cotidiana”.
Coincido
por la edad en decir que, a nuestros años, uno – quiéralo o no – piensa en la
muerte. Díganlo los doctores, especialistas en inocular con medicinas, sin palabras,
pensamientos de muerte, o, mejor dicho, de Eternidad.
4.
Sigue más abajo el Pensador con un horizonte nuboso, no tan primaveral: “La
verdad es que los humanos no tenemos forma de saber si algo nos espera después
de la muerte. Ni siquiera la fe proporciona certeza. La muerte es el gran
misterio de la vida.
Mi
impresión es que el destino más lógico al morir es la pérdida de la conciencia
individual. Es cierto que la energía ni se crea ni se destruye, pero hay
transformaciones que desembocan en la nada. (…)
No
me hago ilusiones. Si Dios existe es infinito y por definición los finitos
seres humanos no podemos explicarlo o comprender sus designios. El miedo a lo
desconocido o a la nada nos ha hecho inventar mil explicaciones de lo que
ocurrirá una vez que nuestro cuerpo deje de funcionar.
La
preocupación que desde tiempo inmemorial siente el ser humano ante la muerte
es, sin embargo, una de nuestras características más distintivas. El perro
olfatea el cuerpo sin vida de su amo, pero no entiende realmente por qué no se
mueve ni sabe que nunca más volverá a jugar con él. El ser humano, en cambio,
sabe que ese cuerpo se quedará sin vida aunque no sepa realmente adónde se ha
escapado esa vida…” (Periódico Mural, Guadalajara, 2 noviembre 2012, Nacional,
Opinión, p. 8).
¿Cómo
definir este pensamiento o estos pensamientos? A mí me parece, sin ofender y en
cuanto alcanzo, que es - ¿cómo acertar? – como un no creer creyendo o un creer no creyendo. Y opino que es un pensar
muy extendido. ¿Piensa este pensador que "la energía" - que en definitiva será el "yo" - , mediante una transformación, puede desembocar en la nada...?
5.
Pero, claro, uno no puede quedarse en la banca de ese parque, aburrido por ser
pensativo, triste por ser mayor… y ver que las piernas no le siguen.
Será
mejor que vayamos a la banca del templo para pensar y esperar.
Y
he aquí que hoy, día siguiente a Difuntos, leo la lectura que toca en la Misa (sábado
de la semana 31 del tiempo ordinario) y resulta cosa diferente. Habla Pablo,
anciano (en aquellos tiempos romanos a los 60 años uno adquiría la categoría de
“senex”) y dice:
Para mí la vida es Cristo, y el morir una ganancia. Pero, si
el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé que escoger. Me
encuentro en esa alternativa: por un lado deseo partir y estar con Cristo que
es con mucho lo mejor; pero por otro, quedarme en esta vida, veo que es más
necesario para vosotros… (Flp 1,21-24).
No
se puede escamotear el realismo, la seriedad y la profundidad de este texto. Pablo
nos está hablando de su experiencia, que, a poco que sepamos discurrir, hemos de
aceptar que es una experiencia de calidad superior (en teología se llama “experiencia
mística”). Pablo afirma que él tiene un anhelo vehemente de estar con Cristo, y
eso, que es la muerte, para él es una ganancia, y es con mucho lo mejor…
No
podemos homologar todos los pensamientos humanos, no podemos decir que el que piensa
lo contrario tiene la misma razón.
Pero
hay un tránsito de fe, que eso no puede forzarse con la razón. Uno puedo
modular su propio psiquismo para hallar la paz interior. El buen observador
dice: No es lo mismo. La calidad de vida que sustenta el pensamiento de Pablo
hace que este pensamiento, que es don de Dios, gracia de Dios, nos contagie de
una impresión estremecedora. ¡Quién pudiera abordar la Muerte con esa exultación
de fe…!
6.
De Pablo vengamos a las gentes de nuestra parroquia, que también en ellas está
la revelación de Dios.
Conocí
el caso de una jovencísima madre de familia (a ella directamente no la conocí), que unas semanas antes de su
muerte quiso hacer un banquete de despedida a la familia. El cáncer era
irremediable. Allí pronunció un discursito de despedida, que luego se
distribuyó con su foto (pantalón vaquero y playera amarilla y una sonrisa que
enamora), y la hoja decía así:
“Palabras de Silvia a su familia en la
fiesta del 13 de septiembre de 2008:
Gracias
a todos, de verdad los quiero mucho…
Quiero
invitarlos a decirle siempre sí a Dios en sus vidas, porque es lo más maravilloso
que puede existir, cuando tú el das un SÍ a Jesús, un SÍ desinteresado, un SÍ
lleno de amor.
Entonces,
Él se manifiesta y te llena y llega un momento en que tú eres vacío, eres nada
y dejas que todo sea Dios para ti, dejas que sea Dios que obre en ti.
Estuvimos
pidiendo el milagro, pero ante todo yo les digo que milagro es, no solo que te
dé la salud, sino que también es milagro que puedas llegar con Él frente a
frente, cara a cara, y poderle decir:
CUMPLÍ
TU VOLUNTAD HASTA EL ÚLTIMO MOMENTO”.
Silvia,
has hablado como una Doctora de la Iglesia. Gracias. Amén.
(Me
dijeron que iban a publicar algún folleto con recuerdos tuyos. Quisiera
tenerlo).
Guadalajara,
Jalisco, 3 noviembre 2012.

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